¿Por Qué La India Seguirá Al Lado De Estados Unidos?

La sociedad estadounidense está, en efecto, cada vez más cansada de los costos asociados a la política internacionalista de su país. Las bruscas oscilaciones de la política exterior de Trump que con frecuencia parecen derivar más de estados de ánimo personales que de cálculos racionales basados en intereses estratégicos ponen de relieve los riesgos a los que se enfrenta la India. No puede descartarse la posibilidad de que Trump, o cualquier otra administración estadounidense, busque en algún momento un entendimiento con Pekín. Si este escenario, inquietante para Nueva Delhi, llegara a materializarse, Asia probablemente quedaría bajo la hegemonía de China, y la India, junto con otras potencias del Indo-Pacífico, tendría que aprender a desenvolverse en un mundo geopolítico profundamente diferente.
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La administración Trump no trató precisamente bien a la India. Sin embargo, Nueva Delhi respondió con una serenidad mucho mayor de la que la mayoría de los observadores habría esperado. Los pronósticos que auguraban un deterioro significativo de las relaciones entre Estados Unidos e India como consecuencia del comportamiento de Donald Trump no se materializaron; por el contrario, los líderes de ambos países mantuvieron contactos frecuentes y cordiales. En lugar de recurrir a represalias, la India optó por una actitud prudente y contenida, aun cuando el gobierno indio se vio sometido a importantes críticas en el ámbito interno. A pesar de su creciente malestar ante determinadas actuaciones estadounidenses, es probable que Nueva Delhi continúe la política de acercamiento estratégico a Washington que ha caracterizado las últimas dos décadas.

La razón es tan sencilla como frecuentemente ignorada por analistas y comentaristas: la India carece de una alternativa real. Frente a ella se encuentra una China cada vez más poderosa y más asertiva, con la que mantiene disputas tanto territoriales como políticas. China constituye la principal preocupación estratégica de la India y todo indica que seguirá ocupando ese lugar en el futuro previsible. Aunque Nueva Delhi cuenta con numerosos socios internacionales valiosos, ninguno posee la capacidad acumulada ni el peso geopolítico de Estados Unidos. Por incómodo que pueda resultar el comportamiento de Trump, la India sigue necesitando el respaldo estadounidense para gestionar el desafío que representa Pekín. Esta realidad solo podría modificarse si la falta de fiabilidad de Estados Unidos dejara de ser percibida como una anomalía asociada a Trump y se transformara en una característica permanente de la política exterior estadounidense. Hasta entonces, la asociación con Washington no será para la India una cuestión de preferencia, sino una cuestión de necesidad.

Cuando Trump ganó las elecciones presidenciales estadounidenses de 2024, el panorama parecía considerablemente más prometedor. En Nueva Delhi existía una confianza palpable respecto al futuro de la relación bilateral durante un eventual segundo mandato del mandatario republicano. Resultaba comprensible que el primer ministro Narendra Modi alabara la “magnífica victoria” de Trump; después de todo, no era el único líder que había comprendido la necesidad casi constante del presidente estadounidense de recibir reconocimiento y validación pública. Sin embargo, más allá de la diplomacia personal, también existía un optimismo genuino tanto entre las élites políticas como en amplios sectores de la opinión pública india.

Ese optimismo parecía tener fundamentos sólidos. El ministro de Asuntos Exteriores de la India, Subrahmanyam Jaishankar, recibió un asiento de honor en la ceremonia de investidura de Trump, mientras que Modi realizó una visita temprana a Washington pocas semanas después de la toma de posesión. Todo indicaba que la cooperación estratégica entre ambos países continuaría profundizándose.

Sin embargo, ese clima favorable se desvaneció abruptamente en abril de 2025, cuando Trump impuso aranceles a la India en el marco de las denominadas tarifas del “Día de la Liberación”. Pero aquello fue solo el comienzo. Un mes más tarde, tras un atentado terrorista en la Cachemira administrada por la India que desencadenó una escalada militar entre India y Pakistán, Trump comenzó a atribuirse públicamente el mérito de haber contribuido al fin de la crisis.

Al hacerlo, debilitó de manera imprudente la narrativa sostenida por Nueva Delhi, según la cual Pakistán había solicitado la paz debido a la contundencia de la respuesta militar india. Más aún, durante décadas la India ha defendido la posición de que no acepta mediación de terceros en sus disputas con Pakistán. Aunque esta afirmación nunca ha sido completamente exacta puesto que Washington ha intervenido ocasionalmente para reducir tensiones entre ambas potencias nucleares, los anteriores presidentes estadounidenses habían procurado mantener discretamente esa ficción diplomática para evitar incomodar a la India.

Trump, sin embargo, era diferente. Sus declaraciones públicas colocaron al gobierno indio en una situación incómoda. Nueva Delhi no deseaba desmentir abiertamente al presidente estadounidense por temor a provocar una reacción negativa de un líder conocido por su temperamento impredecible. Pero tampoco podía aceptar plenamente sus afirmaciones. La cuestión de la mediación resultó probablemente más dolorosa para la India que los propios aranceles, ya que el actual gobierno nacionalista ha hecho de la defensa de la soberanía territorial uno de los pilares centrales de su legitimidad política.

Como si ello no fuera suficiente, Trump invitó posteriormente al jefe del ejército pakistaní a una prolongada reunión en la Casa Blanca, lo elogió públicamente y dejó claro que no compartía la interpretación india sobre el desenlace del conflicto. Para muchos en Nueva Delhi, aquello equivalió a añadir sal sobre una herida aún abierta.

A continuación llegaron nuevos contratiempos. La India tuvo que afrontar aranceles adicionales relacionados con la importación de petróleo ruso, circunstancia que la obligó a reducir dichas compras hasta su nivel más bajo en cuarenta y cuatro meses a comienzos de 2026. Paralelamente, la guerra emprendida por Estados Unidos e Israel contra Irán agravó aún más las dificultades estratégicas de Nueva Delhi.

La reacción india fue notablemente moderada, una actitud que provocó fuertes críticas dentro del país debido a lo que muchos percibieron como una excesiva cautela frente a Washington. El papel central desempeñado por Pakistán en los esfuerzos de mediación relacionados con la guerra de Irán incrementó todavía más la frustración india. Incluso comenzaron a surgir indicios de desacuerdos internos dentro del propio gobierno, y algunos sectores responsabilizaron al ministro de Asuntos Exteriores, Subrahmanyam Jaishankar, de los reveses diplomáticos sufridos por el país.

A pesar de lo que muchos consideran una notable indiferencia estadounidense hacia los intereses y el orgullo nacional de la India, el gobierno de Modi ha evitado cuidadosamente cualquier confrontación abierta con Washington. La razón es simple: frente al ascenso de China, Nueva Delhi considera que no dispone de una alternativa estratégica viable. Aunque muchas de las acciones de Trump han sido percibidas como afrentas al prestigio indio, ninguna de ellas ha alterado el cálculo fundamental que guía la política exterior de la India. Para sus dirigentes, el objetivo prioritario sigue siendo equilibrar el poder chino, y mientras esa realidad persista, la asociación con Estados Unidos continuará siendo un imperativo geopolítico más que una opción política.

La brecha de riqueza y poder entre la India y China se ha ampliado con notable rapidez. Desde la década de 1950 hasta aproximadamente los años ochenta, ambos países mantenían niveles de desarrollo relativamente comparables. Sin embargo, a mediados de la década de 1990, las reformas de liberalización económica impulsadas por China habían convertido su economía en una estructura tres veces mayor que la de la India, una diferencia que continuó ampliándose con el paso del tiempo. Para 2024, la economía china era aproximadamente cinco veces más grande que la india. Aunque la India también ha experimentado un crecimiento considerable y ha aumentado su participación en la economía mundial del 1,6 % en 2000 al 3,4 % en 2023, su posición relativa frente a China se ha debilitado. Mientras que en 1980 la economía india equivalía aproximadamente a dos tercios de la economía china, hoy representa menos de una quinta parte de ella.

China está transformando rápidamente su poder económico en capacidad militar. Durante décadas, la India se enorgulleció de ser el único país asiático que operaba un portaaviones. Hoy, sin embargo, China dispone de tres portaaviones todos ellos más grandes que los dos que posee la India— y existen además especulaciones sobre la construcción de un cuarto portaaviones de propulsión nuclear. La India produjo el primer avión de combate a reacción diseñado en Asia después de 1945, pero en la actualidad depende en gran medida de aeronaves importadas. China, por el contrario, ya cuenta con al menos dos modelos de cazas furtivos de quinta generación en servicio activo. Asimismo, su inmensa capacidad industrial le ha permitido convertirse en una potencia destacada en materia de vehículos aéreos no tripulados, un ámbito en el que la India permanece considerablemente rezagada.

No resulta sorprendente, por tanto, que los dirigentes indios consideren el equilibrio frente a China como el principal desafío estratégico de su política exterior. Cuando la India llevó a cabo sus pruebas nucleares en 1998, el entonces primer ministro Atal Bihari Vajpayee identificó explícitamente la amenaza china como una de sus principales justificaciones. Para 2010, el jefe del Ejército indio advertía por primera vez sobre la posibilidad de una guerra en dos frentes, en la que la India podría verse obligada a enfrentarse simultáneamente a China y Pakistán.

Esta preocupación estratégica explica también por qué gobiernos ideológicamente tan distintos como el conservador de Vajpayee y el encabezado por el Congreso Nacional Indio bajo Manmohan Singh coincidieron en la necesidad de construir una nueva relación con Estados Unidos. Más allá de las diferencias partidistas, ambos compartían la percepción de que el ascenso de China alteraba profundamente el equilibrio de poder asiático.

La administración de Narendra Modi ha mantenido esencialmente la misma orientación. Aunque inicialmente Modi buscó establecer una relación económica más cooperativa con Pekín, las repetidas acciones coercitivas de China a lo largo de la frontera tibetana demostraron los límites de cualquier estrategia basada en el acercamiento. Los incidentes fronterizos dejaron claro que la cooperación económica no era suficiente para moderar el comportamiento estratégico chino.

El punto de inflexión llegó en 2020, cuando un enfrentamiento en la frontera provocó la muerte de veinte soldados indios y de un número no revelado de militares chinos—, marcando el primer derramamiento de sangre en la frontera entre ambos países en varias décadas. Tras ese episodio, Nueva Delhi intensificó aún más sus vínculos estratégicos con Washington y reforzó su participación en el Quad, el mecanismo de cooperación estratégica que reúne a la India, Estados Unidos, Japón y Australia.

En teoría, la India dispone de diversas alternativas para diversificar sus asociaciones estratégicas. Sin embargo, muchas de ellas pierden consistencia tras un análisis más detenido. Rusia, por ejemplo, parece a primera vista una opción evidente. Moscú fue uno de los principales socios de la India durante gran parte de la Guerra Fría y continúa siendo considerado por algunos sectores como una posible alternativa frente a Estados Unidos.

De hecho, durante la segunda mitad del año pasado, la India pareció enviar señales en esa dirección mediante una serie de visitas oficiales de alto nivel, culminadas con la visita de Estado del presidente ruso Vladimir Putin a la India en diciembre, la primera de este tipo en cuatro años. Sin embargo, aquella visita resultó mucho menos significativa de lo esperado, especialmente debido a que no logró concretar los nuevos acuerdos energéticos y de defensa que muchos anticipaban.

Una Rusia debilitada, cada vez más dependiente de China, atrapada en el desgaste estratégico de la guerra en Ucrania y reducida a una sombra de la superioridad tecnológica militar que exhibía durante la Guerra Fría, difícilmente puede sustituir el papel que desempeña Estados Unidos en los cálculos estratégicos de Nueva Delhi. Para la India, Moscú sigue siendo un socio útil en determinados ámbitos, pero ya no posee la capacidad económica, tecnológica, militar y geopolítica necesaria para constituir un verdadero contrapeso frente a China.

La India continúa adquiriendo armamento ruso, aunque estas compras han disminuido significativamente durante la última década. Solo una parte menor de esta reducción puede atribuirse a la preocupación de Nueva Delhi por una dependencia excesiva de Moscú como proveedor militar. La presión ejercida por Estados Unidos probablemente también desempeña un papel limitado. La razón principal es mucho más sencilla: Rusia ya no dispone de las tecnologías militares avanzadas que la India necesita.

Mientras Nueva Delhi se enfrenta a una fuerza aérea china cada vez más sofisticada, Moscú carece de un avión de combate de quinta generación plenamente operativo que pueda ofrecer a la India. De hecho, la India había invertido anteriormente en el programa ruso del caza Su-57, que debía proporcionar precisamente esa capacidad. Sin embargo, cuando quedó claro que Rusia no poseía la tecnología necesaria para desarrollar una aeronave que satisficiera las exigencias operativas indias, Nueva Delhi decidió abandonar el proyecto.

China, por el contrario, ya ha incorporado al servicio activo al menos dos modelos avanzados de cazas furtivos de quinta generación y, según diversas estimaciones, dispone además de un bombardero estratégico furtivo que constituye una fuente particular de preocupación para la India. Más aún, existe la posibilidad de que parte de estas capacidades tecnológicas termine llegando a Pakistán, aliado estratégico de Pekín desde hace décadas.

La eficacia de la tecnología militar china ya ha comenzado a manifestarse en el campo de batalla. Durante el enfrentamiento militar indo-pakistaní de mayo de 2025, se informó de que varios aviones de combate indios fueron derribados como resultado de la combinación de aeronaves chinas avanzadas y misiles aire-aire de largo alcance. Este episodio tomó por sorpresa a la Fuerza Aérea India y puso de relieve la rapidez con la que está evolucionando el equilibrio militar regional.

Otro obstáculo estratégico de gran relevancia es la creciente convergencia entre Moscú y Pekín. Rusia se ha sumado a las críticas chinas contra el Quad, organización de la que la India forma parte junto con Estados Unidos, Japón y Australia. Más importante aún, la negativa de Moscú a respaldar a Nueva Delhi durante los enfrentamientos fronterizos sino-indios de 2020 dejó claro que la India no puede confiar en Rusia como socio en un eventual conflicto con China.

Aunque resulta improbable que la India abandone completamente su relación con Moscú, las élites estratégicas indias son plenamente conscientes de que Rusia no ofrece una solución al principal desafío geopolítico del país: el ascenso de China.

Otra alternativa para Nueva Delhi consiste en profundizar sus asociaciones con Australia, Japón y otras potencias del Indo-Pacífico. Todos estos países comparten una preocupación creciente por las implicaciones del poder chino y han experimentado de primera mano las consecuencias de la política cada vez más asertiva de Pekín.

Japón ha tenido que enfrentar repetidas incursiones chinas en torno a los territorios que administra en el Mar de China Oriental, así como diversas actividades militares consideradas provocadoras, incluidos ejercicios de gran escala. A finales de 2025, una agrupación naval china realizó una inédita circunnavegación de Australia, operando justo fuera de sus aguas territoriales. Este episodio se sumó a anteriores intentos de coerción económica por parte de Pekín y a sus demostraciones de fuerza en el Mar de China Meridional y en torno a Taiwán.

No resulta sorprendente que los países de la región hayan comenzado a responder, aunque en muchos casos de forma cautelosa. Japón y Australia ya han intensificado significativamente sus esfuerzos para contrarrestar la amenaza percibida, tanto mediante el fortalecimiento de sus propias capacidades militares como a través de la profundización de sus alianzas existentes.

Japón ha superado hace tiempo el histórico límite del 1 % de su PIB destinado al gasto militar y, considerando las asignaciones presupuestarias complementarias, ya supera el 2 % de su producto interno bruto. Australia, por su parte, se ha convertido en uno de los últimos países de la región en aumentar sustancialmente sus inversiones en defensa. Su ministro de Defensa justificó esta decisión argumentando que era necesaria para afrontar «las condiciones estratégicas más amenazantes desde el final de la Segunda Guerra Mundial». Otros países del área, como Corea del Sur, también han incrementado de manera considerable sus presupuestos militares.

Paralelamente, la región está construyendo una compleja red de asociaciones de seguridad. Australia y Japón han profundizado notablemente sus vínculos bilaterales, incluyendo la firma del Acuerdo de Acceso Recíproco. A comienzos de este año, Australia suscribió además un acuerdo de seguridad con Indonesia. Incluso Japón y Corea del Sur, pese a las tensiones históricas que han marcado sus relaciones, han comenzado a ampliar su cooperación en materia de defensa.

Más allá de la región, tanto el Quad como la alianza AUKUS (Australia, Reino Unido y Estados Unidos) constituyen ejemplos de cómo los países del Indo-Pacífico están recurriendo cada vez más a mecanismos de cooperación estratégica para responder a un entorno de seguridad cada vez más complejo.

En este contexto, el Indo-Pacífico ofrece a la India oportunidades significativas para desarrollar nuevas asociaciones estratégicas. Nueva Delhi, de hecho, está intentando aprovecharlas. Sin embargo, la construcción de una arquitectura de seguridad regional más sólida enfrenta importantes obstáculos prácticos.

En primer lugar, aunque todos estos países comparten la preocupación por el extraordinario crecimiento del poder chino, cada uno percibe la amenaza de manera diferente. La India está principalmente preocupada por las disputas territoriales a lo largo de su frontera terrestre con China. Japón centra su atención en las cuestiones marítimas y, especialmente, en las Islas Senkaku. Australia, por su parte, está más interesada en la seguridad de las rutas marítimas y en la preservación de un orden regional abierto.

En segundo lugar, existe una diferencia significativa respecto a la naturaleza misma de la cooperación. Japón y Australia cuentan con una larga tradición de colaboración en materia de seguridad y defensa. La India, en cambio, continúa mostrando una actitud mucho más cautelosa y escéptica hacia cualquier forma de integración militar profunda o cooperación de seguridad vinculante.

Incluso si estas diferencias pudieran superarse en el futuro, seguiría existiendo una cuestión compleja: el reparto de responsabilidades y cargas dentro de cualquier esfuerzo colectivo destinado a equilibrar el poder de China. Como suele ocurrir en toda alianza estratégica, la distribución de costos, riesgos y compromisos constituiría una de las negociaciones más difíciles y sensibles.

Sin embargo, el problema más fundamental es también el más grave: incluso si estos tres países actuaran de manera plenamente coordinada, seguirían sin igualar el poder de China. El producto interno bruto combinado de India, Japón y Australia equivale apenas a aproximadamente la mitad del PIB chino (según los datos del Banco Mundial para 2024, calculados en dólares corrientes). Del mismo modo, el presupuesto de defensa de China, estimado en unos 336.000 millones de dólares —una cifra que probablemente subestima su gasto real—, supera ampliamente los aproximadamente 190.000 millones de dólares que estos tres países pueden aportar conjuntamente, de acuerdo con los datos del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI).

La realidad es que, incluso suponiendo que todos los problemas de coordinación pudieran resolverse, una asociación de este tipo no sería suficiente por sí sola para equilibrar el poder chino.

Las demás alternativas estratégicas resultan aún menos viables. Las potencias europeas están demasiado lejos, son relativamente débiles en términos militares en el Indo-Pacífico y se encuentran excesivamente fragmentadas como para proporcionar un apoyo significativo frente a China. El bloque económico BRICS integrado originalmente por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica ha crecido en tamaño e influencia, pero continúa profundamente dividido y tiende a alinearse más con el liderazgo chino que con las prioridades estratégicas de la India.

No es probable que Nueva Delhi abandone ninguna de estas asociaciones. Sin embargo, todas ellas seguirán desempeñando un papel complementario, más que sustitutivo, respecto a Estados Unidos. De hecho, estas relaciones pueden ayudar a la India a reducir parcialmente su dependencia de Washington y preservar cierto grado de autonomía estratégica, un objetivo históricamente importante para la política exterior india. Pero esta estrategia solo puede funcionar si Estados Unidos continúa siendo un socio fiable y comprometido.

La última alternativa disponible para la India consiste en resolver sus diferencias con China, aunque ello no implique necesariamente alinearse con Pekín. Después de todo, ambos países comparten posiciones similares en diversos asuntos internacionales. Esta realidad ayuda a explicar por qué Jawaharlal Nehru, el primer primer ministro de la India, dedicó tantos esfuerzos a construir una relación de cooperación con su gigantesco vecino. Aquella política pasó a ser conocida como Hindi-Chini Bhai Bhai («India y China son hermanos»).

Además, los dirigentes indios siempre han sido conscientes de que una rivalidad permanente con China podría hacer que la India dependiera excesivamente de otras potencias. Esa fue precisamente una de las razones por las que Indira Gandhi intentó mejorar las relaciones con Pekín a finales de la década de 1960, a pesar de que apenas unos años antes la India había sufrido una dolorosa derrota militar frente a China.

De manera similar, durante el último año, a medida que aumentaban las preocupaciones de Nueva Delhi respecto a las políticas del presidente Trump, la India volvió a explorar un acercamiento hacia Pekín. Se enviaron ministros de alto nivel en visitas oficiales, se flexibilizaron las restricciones a los viajes de negocios y se redujeron algunas limitaciones impuestas a las inversiones chinas.

Sin embargo, pese a estos modestos avances, no existe ninguna evidencia de que la India disponga realmente de una «carta china» capaz de modificar el equilibrio estratégico. El principal problema para Nueva Delhi es que Pekín ha mostrado escaso interés en una reestructuración profunda de las relaciones bilaterales. Incluso la limitada distensión observada recientemente parece haber sido determinada principalmente por China.

Además, la India sigue sin comprender plenamente qué factores impulsan el comportamiento estratégico chino. Esto incluye las repetidas incursiones y enfrentamientos fronterizos ocurridos en Depsang (2013), Chumar (2014), Doklam (2017) y, de manera especialmente grave, en Galwan (2020), donde murieron veinte soldados indios. La disputa fronteriza sino-india no se limita a una simple cuestión cartográfica; involucra vastos territorios, reclamaciones de soberanía y cuestiones profundamente vinculadas a la identidad nacional de ambos países, lo que la convierte en un conflicto extremadamente difícil de resolver.

A ello se suma otro obstáculo fundamental: la estrecha asociación estratégica entre China y Pakistán, una relación consolidada durante décadas y que no muestra señales de debilitamiento. Dado que Pakistán sigue siendo el principal rival regional de la India, esta alianza limita significativamente las posibilidades de una reconciliación profunda entre Nueva Delhi y Pekín.

En consecuencia, para la India solo parece quedar una opción estratégica verdaderamente viable: Estados Unidos. La razón es sencilla. Estados Unidos es el único país con suficiente poder económico, militar y tecnológico para equilibrar a China. Además, los propios intereses estratégicos estadounidenses también exigen contener la expansión de la influencia china.

Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que Estados Unidos deje de ser una opción real. Esto podría ocurrir, por ejemplo, si la evolución de la política interna estadounidense condujera al país hacia una postura más aislacionista y menos comprometida con los asuntos internacionales. Si Washington decidiera que ya no está dispuesto a emplear su poder para equilibrar a China, entonces la enorme capacidad estadounidense perdería gran parte de su valor estratégico para la India.

Hasta que eso suceda, sin embargo, Nueva Delhi seguirá enfrentándose a una realidad incómoda pero ineludible: su asociación con Estados Unidos no es el resultado de una afinidad ideológica ni de una confianza absoluta, sino de una necesidad geopolítica impuesta por el ascenso de China.

La sociedad estadounidense está, en efecto, cada vez más cansada de los costos asociados a la política internacionalista de su país. Las bruscas oscilaciones de la política exterior de Donald Trump que con frecuencia parecen responder más a estados de ánimo personales que a cálculos racionales basados en intereses estratégicos ponen de manifiesto los riesgos a los que se enfrenta la India.

No puede descartarse la posibilidad de que Trump, o cualquier otra administración estadounidense, busque en algún momento un entendimiento o una acomodación estratégica con Pekín. Si este inquietante escenario llegara a materializarse, Asia probablemente quedaría bajo la hegemonía de China, y la India, junto con otras potencias del Indo-Pacífico, tendría que aprender a desenvolverse en un entorno geopolítico profundamente diferente.

Sin embargo, se trata de una posibilidad relativamente remota. Las grandes potencias rara vez abandonan voluntariamente regiones que consideran fundamentales para su poder, su prosperidad y su posición internacional. La historia demuestra que los Estados con ambiciones globales no suelen retirarse de espacios estratégicos cuya importancia resulta vital para sus intereses nacionales.

En cualquier caso, hasta que un desenlace tan improbable llegue a producirse, la India continuará apoyándose en el poder equilibrador de Estados Unidos. Más improbable aún, en el futuro previsible, sería un escenario en el que la capacidad estadounidense se debilitara hasta tal punto que dejara de ser útil para los intereses estratégicos de Nueva Delhi.

Mientras Estados Unidos conserve el poder necesario para contrarrestar a China y siga mostrando voluntad de utilizarlo, la India continuará privilegiando sus intereses geopolíticos de largo plazo por encima de agravios coyunturales o heridas al orgullo nacional. En otras palabras, mientras Washington siga siendo capaz de actuar como contrapeso frente a Pekín, Nueva Delhi estará dispuesta a dejar de lado sus frustraciones y a aceptar ciertas incomodidades diplomáticas en nombre de un objetivo estratégico superior.

*La Dra. Rajeswari (Raji) Pillai Rajagopalan es investigadora principal residente en el Instituto Australiano de Política Estratégica (ASPI, por sus siglas en inglés). Anteriormente trabajó en la Observer Research Foundation, con sede en Nueva Delhi, a la que se incorporó tras desempeñarse durante cinco años (2003-2007) en la Secretaría del Consejo de Seguridad Nacional del Gobierno de la India. La Dra. Rajagopalan es autora, coautora o editora de más de una docena de libros e informes, entre ellos el más reciente, Assessing India’s Perceptions of China’s Nuclear Expansion (Instituto de la Paz de Estados Unidos, 2025). Asimismo, ha publicado artículos académicos en revistas especializadas como India Review, Strategic Studies Quarterly, Air and Space Power Journal, International Journal of Nuclear Law y Strategic Analysis. Puede seguirse su trabajo en la plataforma X a través de la cuenta @raji143.

*Rajesh Rajagopalan es profesor de Política Internacional en la Universidad Jawaharlal Nehru de Nueva Delhi. Sus principales áreas de investigación son la teoría de las relaciones internacionales y las políticas exterior y de seguridad de la India. Entre sus publicaciones destacan tres libros: Nuclear South Asia: Keywords and Concepts (coautor junto a Atul Mishra), Fighting Like A Guerrilla: The Indian Army and Counterinsurgency y Second Strike: Arguments about Nuclear War in South Asia. Sus artículos académicos algunos de ellos en coautoría han sido publicados en revistas especializadas como International Affairs, The Washington Quarterly, Contemporary Security Policy, India Review, Contemporary South Asia, Small Wars and Insurgencies, South Asia, South Asian Survey y Strategic Analysis. Puede seguirse su trabajo en la plataforma X a través de la cuenta @RRajagopalanJNU.

Fuente:https://warontherocks.com/why-india-will-stick-with-america/