«Predecir el futuro es especialmente difícil» es una frase que a veces se atribuye a Yogi Berra y otras al físico danés Niels Bohr. Sea quien sea su verdadero autor, yo me inclino por el danés. Bohr reveló la aleatoriedad y la incertidumbre que caracterizan las escalas temporales más pequeñas, como el movimiento de los electrones; su legado constituye, a su vez, un ejemplo de la paradoja inherente al progreso. Después de ayudar a los Aliados a ganar la carrera por las armas nucleares contra los nazis, Bohr se esforzó, sin éxito, por detener otra carrera nuclear entre Washington y Moscú. Murió de insuficiencia cardíaca apenas unas semanas después del final de la Crisis de los Misiles de Cuba, en consonancia con otra de las observaciones, esta vez indiscutible, de Yogi Berra: el futuro ya no es lo que solía ser.
Las contradicciones trágicas y los sombríos fantasmas de la generación de Bohr rondan What We Owe the Future (Lo que le debemos al futuro), de William MacAskill, pero no parecen perturbar demasiado esta obra, que se inscribe en un movimiento largoplacista pequeño, bien financiado y discretamente creciente en influencia, con epicentro en la Universidad de Oxford, donde el propio MacAskill trabaja. El largoplacismo, en su forma más sencilla, sostiene que el deber ético supremo de una persona en el presente consiste en aumentar las probabilidades de supervivencia de la humanidad a largo plazo y, por pequeñas que sean, las posibilidades de que nuestros lejanos descendientes lleguen a colonizar el supercúmulo de galaxias de Virgo. Dado que la distribución de los recursos intelectuales y materiales es un juego de suma cero, esto exige realizar sacrificios en el presente. Los largoplacistas sostienen que existen razones justificadas para tales sacrificios, pues el progreso tecnológico generará con el tiempo cantidades literalmente astronómicas de «valor» en el futuro, hasta el punto de que las penurias y sufrimientos padecidos por la humanidad actual, ese «títere viviente» del presente, quedarían reducidos a una magnitud casi insignificante. MacAskill escribe que este enorme potencial genera una obligación ética de renunciar a «la dominación del presente sobre el futuro».
El número potencial de seres humanos que podrían poblar ese futuro teórico resulta incalculable sin recurrir a las cifras multiplicativas que ocupan buena parte de la literatura largoplacista. MacAskill deja estas cifras de lado y, en su lugar, incluye tres páginas repletas de símbolos de baños unisex, cada uno de los cuales representa a 10.000 millones de personas y pretende sugerir el alcance de la responsabilidad moral que tenemos hacia ellas. Según MacAskill, «el futuro puede ser muy grande». «También puede ser muy bueno o muy malo». A su juicio, el escenario favorable exige que mantengamos y aceleremos, aun a costa de enormes sacrificios, el crecimiento económico y el progreso tecnológico, con el fin de permitir la aparición de una inteligencia artificial capaz de impulsar un crecimiento exponencial que alimente las conquistas cósmicas de seres superinteligentes que solo tendrían un parentesco lejano con Homo sapiens.
El largoplacismo, una mezcla de tecnooptimismo desenfrenado y utopismo, surgió como una filosofía de salón predilecta entre un sector de Silicon Valley obsesionado con perseguir sueños futuristas. El colega de MacAskill, el filósofo de origen sueco Nick Bostrom, destacó a comienzos de la década de 2000 por sus trabajos en torno al concepto de «riesgo existencial», un marco filosófico que evalúa el valor y la importancia de los acontecimientos en función de la probabilidad de que contribuyan a garantizar la supervivencia de la humanidad o, por el contrario, la amenacen. En los últimos años, Peter Thiel, Elon Musk y Jaan Tallinn, cofundador de Skype, han mostrado interés por sus ideas. En 2012, Jaan Tallinn fue uno de los fundadores del Centre for the Study of Existential Risk (Centro para el Estudio del Riesgo Existencial) de la Universidad de Cambridge y realizó importantes donaciones al Future of Humanity Institute (Instituto para el Futuro de la Humanidad) de Oxford, donde Bostrom desarrollaba una agenda de investigación orientada al largo plazo.
El trabajo de MacAskill también recibió elogios en Silicon Valley. Elon Musk, de hecho, describió What We Owe the Future (Lo que le debemos al futuro), con su característico estilo egocéntrico, como «una obra que coincide en gran medida con mi propia filosofía». Entre los numerosos mensajes de elogio y apoyo de figuras destacadas que recibió el libro, esta afirmación del hombre más rico del mundo es quizá la valoración que más se aproxima a revelar la verdadera importancia de la creciente influencia del largoplacismo. Porque, pese a todas sus resonancias de ciencia ficción, lo que ha atraído la atención hacia el largoplacismo no es un argumento convincente para priorizar el valor de exoplanetas remotos y de los siglos venideros, sino la política de los multimillonarios que pretende imponer al resto de nosotros.
*Alexander Zaitchik es escritor del proyecto Economy for All del Independent Media Institute y periodista independiente radicado en Nueva Orleans.
