Rastrear los orígenes del estrecho de Ormuz hasta la cosmología persa antigua revela cómo la política exterior de Estados Unidos hacia Irán transforma lugares cargados de capas históricas en abstracciones estratégicas y cómo ello alimenta la inestabilidad en todo Oriente Medio.
Hablar hoy del estrecho de Ormuz es entrar ya en un lenguaje de reducción. En los informes políticos y en los análisis militares aparece como un “cuello de botella”: un estrecho pasaje por el que transita un porcentaje cuantificable del petróleo mundial, un espacio de presión, vulnerabilidad y control. El término funciona de manera instrumental, como suele hacerlo el lenguaje burocrático. Convierte el agua en una función y la geografía en una herramienta. Sin embargo, Ormuz no fue originalmente un término estratégico. Conserva, de forma tenue pero persistente, el eco de Ahura Mazda, el “Señor Sabio” de la antigua cosmología zoroastriana, donde el orden, la verdad y el juicio moral no eran abstracciones, sino principios estructurantes de la existencia. Decir “Ormuz” es hablar, aunque sea indirectamente, dentro de ese legado. Ignorarlo no significa simplemente omitir un detalle histórico; revela algo sobre la forma en que ese lugar es percibido.
La genealogía que une a Ahura Mazda con Ormuz no es lineal, ni implica tampoco una continuidad doctrinal entre la antigua Persia y el Estado iraní moderno. Las lenguas cambian, los imperios surgen y caen, y los significados se desplazan a través del tiempo. El Ahura Mazda avéstico se convirtió en Ohrmazd o Hormazd en persa medio y, mediante transformaciones lingüísticas posteriores, quedó establecido como Hürmüz/Ormuz en el uso regional. El nombre pasó a asociarse primero con un reino que dominó el comercio marítimo del Golfo Pérsico y finalmente con la isla y el estrecho mismos. Lo que permaneció a través de esas transformaciones no fue la doctrina, sino el propio acto de nombrar: esa geografía estaba inscrita en un universo de significados mucho antes de ser cartografiada como infraestructura. No era un corredor a la espera de ser utilizado. Ya estaba situada dentro de un orden moral y cosmológico.
Reconocer esto no implica romantizar el pasado ni sugerir que la teología antigua deba guiar la geopolítica contemporánea. Más bien significa aceptar que la geografía nunca es únicamente física. La geografía se interpreta, se habita y se nombra dentro de marcos que le otorgan significado. Cuando esos marcos desaparecen de la vista, lo que queda es una superficie legible, medible y fácilmente manipulable, pero vaciada de profundidad. Esa es precisamente la transformación que ocurre cuando Ormuz se convierte en un “cuello de botella”. El problema no es solamente que el término sea insuficiente. El problema es que orienta la percepción hacia la utilidad funcional y relega la profundidad histórica, cultural y política detrás de la función estratégica. En ese sentido, “cuello de botella” no es solo una descripción. Es una forma de ver. El nombre permanece, pero gran parte de aquello que antes le daba significado desaparece. Lo que queda es una función.
El vocabulario estratégico moderno que rodea al estrecho de Ormuz refleja esta transformación. En el lenguaje de la seguridad energética global y de la planificación militar, el estrecho se define por su capacidad de tránsito y por su vulnerabilidad. Es un paso estrecho por el que circula una parte significativa del suministro mundial de petróleo y cuya interrupción repercute en los mercados y en los Estados. Dentro de este marco, la tarea de la política consiste en mantener abierto el estrecho o, si es necesario, amenazar con cerrarlo. El control se convierte en la cuestión central: quién puede garantizar el flujo, quién puede interrumpirlo y cuál sería el costo de ello.
Pero lo que se pierde en este encuadre no es solo el matiz histórico. Lo que desaparece es el reconocimiento de que un lugar así no puede reducirse a una única función sin distorsionar la realidad que contiene. El estrecho de Ormuz no es simplemente una línea de tránsito. Está rodeado de Estados con historias, identidades y cálculos estratégicos propios. Durante siglos ha sido disputado, negociado y habitado. Su importancia excede su función estratégica. Tratarlo como una herramienta supone asumir que puede manipularse independientemente de las condiciones que lo rodean; es decir, asumir que el control sobre el paso equivale al control sobre las consecuencias.
Esa suposición se encuentra en el núcleo de gran parte de la tensión actual entre Estados Unidos e Irán. La estrategia estadounidense en la región ha operado durante mucho tiempo bajo la premisa de que una superioridad naval, económica y tecnológica abrumadora puede producir previsibilidad política. La crisis actual en el estrecho expone con extraordinaria claridad los límites de esa premisa. Desde la escalada del conflicto entre Estados Unidos e Irán a comienzos de este año, el transporte marítimo comercial se ha ralentizado drásticamente; petroleros han sido capturados o desviados hacia otras rutas, y los precios del petróleo han aumentado repetidamente en reacción al temor de interrupciones. Cientos de barcos y miles de tripulantes han quedado periódicamente atrapados en el Golfo o en sus alrededores, mientras las operaciones militares rivales y las amenazas de represalias convierten esta vía marítima en un escenario de incertidumbre.
Estados Unidos ha respondido mediante operaciones de bloqueo, escoltas navales, aplicación de sanciones y esfuerzos para asegurar el tránsito marítimo. Irán, por su parte, ha recurrido no solo a amenazas militares directas, sino también a la asimetría: incautaciones de barcos, ataques con drones, advertencias marítimas y el uso estratégico de la propia incertidumbre. Incluso las rutas marítimas más vigiladas han demostrado ser difíciles de controlar completamente, ya que los petroleros desactivan sistemas de rastreo, redirigen cargamentos o transfieren petróleo de manera clandestina fuera del alcance directo de los mecanismos de sanción.
Lo que emerge de ello no es un sistema controlable, sino un sistema complejo e inestable. Estados Unidos posee una capacidad abrumadora de proyección de poder y, aun así, no logra imponer un orden político estable en la región que rodea al estrecho. Irán carece de una fuerza militar comparable, pero conserva una capacidad de disrupción desproporcionada respecto a su escala material. Cada escalada destinada a producir disuasión genera, en cambio, nuevas formas de inestabilidad. Los mercados reaccionan, las rutas marítimas se alteran, los actores regionales reajustan sus posiciones y la lógica del control se vuelve cada vez más difícil de sostener.
Esto suele describirse como un error de cálculo: un fracaso a la hora de anticipar las reacciones de otros actores. Pero existe otra forma de entenderlo. ¿Y si el problema no fuera únicamente que los cálculos son erróneos, sino que el propio objeto calculado ha sido mal reconocido?
Abordar Ormuz como un cuello de botella significa ver un paso estrecho cuya importancia deriva principalmente de su capacidad de ser controlado. Abordarlo como un lugar nombrado, habitado e históricamente situado significa, en cambio, ver un nodo dentro de una densa red de significados y relaciones. La primera perspectiva depende de la abstracción y transforma la complejidad en algo que parece manejable. La segunda insiste en el contexto; reconoce que las acciones repercuten dentro de sistemas que exceden el control de cualquier actor individual. Cuando la política se formula dentro de la primera perspectiva, corre el riesgo de chocar con realidades que no logra percibir plenamente.
Esta colisión no es exclusiva del estrecho de Ormuz. Refleja un patrón más amplio de la política exterior estadounidense, en el que las regiones son tratadas como entornos estratégicos definidos por recursos, amenazas y oportunidades. Un enfoque así permite claridad, coordinación y proyección de poder. Pero también fomenta un determinado hábito de pensamiento: prioriza aquello que puede medirse y manipularse, mientras deja de lado la historia, la cultura y la memoria. El resultado es una forma de involucramiento que es simultáneamente poderosa y limitada. Puede proyectar fuerza, asegurar rutas y perturbar a los adversarios. Sin embargo, tiene dificultades para producir estabilidad porque comprende los mundos que intenta moldear solo de manera parcial.
El nombre Ormuz ofrece un recordatorio de ello. Señala una historia que no puede reducirse a una función contemporánea, una profundidad que se resiste a ser aplanada. La referencia a Ahura Mazda no es una llamada a revivir una cosmovisión antigua, sino un recordatorio de que los lugares nunca son únicamente fragmentos de geografía estratégica. Son espacios moldeados a lo largo de siglos por el lenguaje, la memoria, la fe, el comercio, el conflicto y las relaciones humanas. Cuando esas capas desaparecen de la vista, la política se vuelve cada vez más ajena a las realidades que enfrenta.
Decir que el poder estadounidense no puede ver esto no significa negar su alcance o su influencia. Significa sugerir que su visión está limitada por los marcos dentro de los cuales opera. El estrecho de Ormuz no es solo un lugar de importancia estratégica. También es un espacio donde colisionan formas rivales de comprender el mundo. Un lado ve un cuello de botella. El otro ve un lugar moldeado por la herencia, el ritual y la historia vivida.
La cuestión fundamental no es abandonar la estrategia, sino reconocer sus límites. Actuar en el mundo tal como es exige algo más que la capacidad de proyectar poder o gestionar flujos. Requiere atención a los contextos en los que tienen lugar las acciones, así como la conciencia de que aquello que parece ser solo una superficie puede ocultar capas de significado que moldean las consecuencias de maneras difíciles de prever.
Al final, el estrecho de Ormuz sigue siendo lo que ha sido durante mucho tiempo: un estrecho paso marítimo que conecta grandes masas de agua, un lugar por donde circulan mercancías, personas y poder. Pero también es algo más que eso. Es un nombre cargado de historia, un espacio que se resiste a la reducción y un recordatorio de que el mundo no existe únicamente para ser administrado. El significado ya estaba allí mucho antes de que apareciera la estrategia. Y todo intento de actuar dentro de él ignorando este hecho terminará, tarde o temprano, enfrentándose a los límites de su propia comprensión.
*Martina Moneke escribe sobre arte, moda, cultura y política recurriendo a la historia, la filosofía y la ciencia con el propósito de iluminar la ética, la responsabilidad cívica y la imaginación. Sus textos han sido publicados en diversos medios, entre ellos Common Dreams, Countercurrents, Eurasia Review, iEyeNews, Kosmos Journal, LA Progressive, Pressenza, Raw Story, Sri Lanka Guardian, Truthdig y Znetwork. En 2022 recibió el Premio de Primer Lugar en la categoría de Editoriales Electorales otorgado por el Club de Prensa de Los Ángeles en el marco de los 65.º Premios de Periodismo del Sur de California. Vive entre Los Ángeles y Nueva York. También puede seguirse su trabajo a través de Substack.
Fuente:https://znetwork.org/znetarticle/from-ahura-mazda-to-hormuz-what-us-power-fails-to-see/
