Uno de los discursos estándar de la derecha MAGA estadounidense sostiene que las naciones europeas se han convertido en actores oportunistas que viven a costa del contribuyente estadounidense. Esta queja no carece de fundamento: desde el final de la Guerra Fría, muchos Estados europeos permitieron el deterioro de sus propios ejércitos mientras confiaban en que Estados Unidos asumiera la carga financiera de la seguridad global. Sin embargo, este argumento pasa por alto los beneficios menos visibles del sistema internacional construido por Washington. Estados Unidos no se beneficia de la OTAN y de otras instituciones transatlánticas únicamente en términos materiales, sino también políticos y sociales: las élites europeas han sido integradas en un orden centrado en América que moldea sus incentivos, sus ambiciones y su percepción de lo posible.
En otras palabras, las verdaderas ventajas de Estados Unidos provienen de su capacidad para moldear el comportamiento de las élites aliadas y de insertar regiones enteras dentro de una arquitectura institucional favorable. Lo que aquí se describe es un orden global en el que el horizonte último de movilidad vertical ya no es el Estado-nación, sino las instituciones estadounidenses, las organizaciones globales con sede en Estados Unidos y las corporaciones norteamericanas. Para comprender esta dinámica basta con observar Europa.
Para las élites de los Estados poscomunistas miembros de la Unión Europea, una carrera en las instituciones europeas representa la cima del ascenso político. Esta trayectoria es bastante familiar: el liderazgo nacional se convierte en un peldaño hacia Bruselas. El ex primer ministro polaco Donald Tusk, por ejemplo, pasó posteriormente a ocupar la presidencia del Consejo Europeo. Numerosos dirigentes de Europa del Este exhiben su competencia y virtud a través de su “aceptación” en los círculos europeos, mientras que las especulaciones sobre su eventual incorporación a las instituciones de la UE se consideran algo normal. Los cuadros provenientes de los partidos gobernantes son integrados de manera constante en las estructuras burocráticas de la Unión.
Para los europeos occidentales, cuyos estándares son considerablemente más altos, las carreras dentro de las instituciones de la UE poseen menos prestigio. No es casualidad que la actual presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ascendiera a ese cargo tras un desempeño poco destacable en la política interna alemana; del mismo modo, tampoco es casual que dicha posición haya sido ocupada por figuras procedentes de Estados relativamente pequeños como Luxemburgo. En cambio, las élites de Europa Occidental se orientan hacia Estados Unidos, que funciona de facto como el destino final de la movilidad global. La política en los Estados de Europa Occidental, incluso en sus niveles más altos, opera cada vez menos como una meta definitiva y más como una plataforma hacia un prestigio transatlántico aún mayor.
La joven estrella política austríaca Sebastian Kurz se convirtió rápidamente en estratega global de Thiel Capital tras abandonar la cancillería. El ex primer ministro británico Rishi Sunak pasó a desempeñar funciones de asesoría en Goldman Sachs, Microsoft y Anthropic. La ex ministra de Asuntos Exteriores de Alemania, Annalena Baerbock, ocupa actualmente la presidencia de la Asamblea General de las Naciones Unidas con sede en Nueva York. El ex primer ministro británico Tony Blair asumió cargos de asesor en JPMorgan tras dejar el poder, mientras que el ex primer ministro noruego Jens Stoltenberg regresó a Noruega como ministro de Finanzas después de ejercer durante una década el cargo de secretario general de la OTAN, actualmente ocupado por el ex primer ministro neerlandés Mark Rutte. El ex primer ministro italiano Mario Draghi también pasó parte de su carrera en Goldman Sachs antes de alcanzar las más altas posiciones de la gobernanza europea. Las posiciones específicas pueden variar, pero la lógica subyacente de la circulación de élites permanece notablemente consistente.
La importancia de estas trayectorias profesionales se vuelve más evidente cuando se comparan con casos situados fuera del espacio aceptado. Cuando el ex canciller alemán Gerhard Schröder comenzó a trabajar para gigantes energéticos rusos tras abandonar el cargo, la reacción en Occidente fue inmediata y persistentemente indignada. En cierto sentido, esta reacción era completamente lógica: reconocía implícitamente que los compromisos pospolíticos de los líderes nacionales poseen un peso geopolítico significativo. Mientras que las relaciones con empresas, instituciones o alianzas occidentales son consideradas neutrales o incluso admirables, vínculos similares con potencias rivales son percibidos como profundamente problemáticos. Este doble rasero revela la estructura subyacente del sistema transatlántico construido por Estados Unidos y que quizá ahora esté comenzando a desmantelarse.
Para un observador con mentalidad MAGA, tales desarrollos podrían parecer simples ejemplos de oportunismo profesional sin conexión alguna con los intereses estadounidenses; sin embargo, la realidad está muy lejos de eso. Las élites europeas son disuadidas de enfrentarse a Estados Unidos porque, en un sentido muy real, han sido compradas no mediante corrupción burda, sino mediante la promesa de estatus, influencia y carreras pospolíticas en el verdadero centro del poder global bajo la hegemonía estadounidense.
El hecho de que los líderes políticos de importantes Estados-nación concluyan sus carreras trasladándose a otro país constituye un indicador revelador del poder estadounidense, aunque no carece de precedentes históricos. Este fenómeno puede entenderse como una forma contemporánea de la “domesticación de la nobleza”, concepto que el historiador Peter Wilson desarrolla en su obra Absolutism in Central Europe, apoyándose en los trabajos de Norbert Elias y Jürgen Freiherr von Krüdener. Wilson explica que las majestuosas cortes europeas de los siglos XVI y XVII no eran únicamente bellas, sino que funcionaban como instrumentos de control político destinados a apaciguar y domesticar a la nobleza, haciendo así posible la consolidación de los Estados absolutistas.
Wilson describe este fenómeno de la siguiente manera:
“El gobernante obtuvo cierto grado de libertad respecto a las limitaciones aristocráticas; sin embargo, solo pudo convertirse en un monarca absoluto gracias al desarrollo de una corte destinada a consolidar su poder. El absolutismo se transforma así en un proceso de manipulación y socialización más que de coerción directa. La posición fortalecida del gobernante hizo posible la ‘domesticación de la nobleza’ mediante la oferta de los atractivos de la sociedad cortesana. Estos incentivos eran más sociales que económicos o materiales, lo que refleja en estos argumentos una influencia más weberiana que marxista.”
Los monarcas centralizaron el poder manipulando y socializando a la nobleza a través del prestigio de la vida cortesana, privándola así de las funciones militares tradicionales que alguna vez le habían permitido resistir la centralización de la autoridad real. El ceremonial cortesano, que Elias denominó el “proceso civilizador”, debilitó la inclinación guerrera inherente a la aristocracia. Los miembros de la alta nobleza fueron transformados en aliados del soberano dentro del proyecto de construcción estatal y, con frecuencia, ocuparon posiciones al frente de proto-ministerios.
En la Monarquía de los Habsburgo, por ejemplo, los grandes magnates húngaros optaron por incorporarse al servicio imperial desempeñando funciones en las cancillerías del monarca, mientras que la resistencia a la centralización se desplazó progresivamente hacia la baja nobleza. Los paralelismos con las actuales relaciones entre Estados Unidos y Europa son profundos. Con el ascenso de Estados Unidos como superpotencia indiscutida del mundo, las élites europeas fueron igualmente “domesticadas” mediante su incorporación a una “corte” imperial más amplia; la participación en esta estructura ofrece estatus, seguridad y oportunidades a cambio de renunciar en gran medida a la autonomía.
Las reacciones de las élites europeas frente al trato, a menudo duro y humillante, de Trump revelan la continuidad de esta dinámica. En gran medida, se muestran reacias a entrar en una confrontación abierta. Continúan siendo “civilizadas” en el sentido eliasiano y mantienen la esperanza de regresar al mundo anterior a Trump. Lo que distingue a Trump de sus predecesores es su visible indiferencia e incluso hostilidad hacia todo el sistema de integración de las élites transatlánticas. Mientras las administraciones anteriores mantenían “la corte” y las recompensas que ésta ofrecía, Trump con frecuencia trató a las élites aliadas con abierto desprecio, debilitando precisamente los mecanismos que aseguraban su integración dentro del orden liderado por Estados Unidos. En este sentido, Trump está alterando la lógica que durante décadas constituyó el fundamento de las relaciones transatlánticas.
Si el acceso a la corte se restringe o si las recompensas que ofrece disminuyen, las élites europeas podrían verse obligadas a redescubrir una forma más tradicional de soberanía. Al hacerlo, podrían regresar no a una nueva domesticación, sino a una condición aristocrática original definida por la capacidad y la voluntad de entrar en conflicto. ¿Sería eso beneficioso para Estados Unidos? ¿Lo sería para los europeos? El tiempo lo demostrará pronto.
* Tomislav Kardum es un historiador croata y autor de varios libros. Sus escritos en inglés han sido publicados en Quillette, The European Conservative, The Critic, The American Spectator y Areo.
Fuente:https://providencemag.com/2026/05/trump-and-the-domesticated-european-elites/
