Los límites y las lecciones de una política exterior basada en los intereses
Durante casi ochenta años, Estados Unidos fue el principal arquitecto y garante del orden internacional. Sin embargo, hoy Washington, bajo el lema de «America First», está dando marcha atrás en la responsabilidad de sostener el sistema que ayudó a construir tras la Segunda Guerra Mundial. Mientras Estados Unidos se aleja del liderazgo global y cuestiona las normas y el orden que una vez promovió, el mundo observa para comprobar si Pekín está dispuesto a ocupar ese vacío.
En numerosos países que durante décadas fueron aliados de Estados Unidos, la percepción sobre China se ha vuelto cada vez más favorable. Por ejemplo, una encuesta realizada por Politico en febrero de 2026 reveló que los ciudadanos de Canadá, Francia, Alemania y el Reino Unido apoyan un mayor acercamiento a China ante la disminución de la confianza en Estados Unidos como líder mundial. Pekín ha fomentado activamente esta percepción presentándose como defensor del multilateralismo, campeón del mundo en desarrollo y garante de un orden internacional que, según su propia narrativa, sería más «justo e igualitario». Desde esta perspectiva, China ofrece estabilidad y cooperación en un momento en que Estados Unidos es visto como un actor impredecible y unilateral.
No obstante, un examen más detenido del comportamiento de China muestra que Pekín no pretende sustituir a Washington como líder mundial ni asumir las responsabilidades tradicionalmente asociadas al estatus de superpotencia. A diferencia de Estados Unidos, que construyó una extensa red de alianzas y sostuvo el orden internacional de la posguerra, o de la Unión Soviética, que dirigía un bloque formal de Estados comunistas a través del Pacto de Varsovia, China ha mostrado escaso interés en asumir la responsabilidad de un orden alternativo o de una coalición rígidamente organizada. En su lugar, busca ampliar su influencia global, establecer asociaciones sin compromisos vinculantes y alcanzar el estatus de gran potencia sin cargar con los costes del liderazgo.
Mientras amplía rápidamente su red de asociaciones estratégicas y se sitúa en el centro de coaliciones no occidentales como la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), Pekín ha dado prioridad a la flexibilidad antes que a la disciplina o al control. China evita las alianzas formales y se resiste a los compromisos de largo plazo, prefiriendo acuerdos que puede reforzar o flexibilizar según convenga. Valora la capacidad de actuar con firmeza cuando están en juego sus intereses esenciales, pero no muestra inconveniente en que otros asuman los costes de gestionar las crisis regionales y globales que quedan fuera de esas prioridades. En ese sentido, mucho antes de que la administración Trump impulsara la política de «America First», China ya seguía una estrategia que podría describirse como «China First», basada en priorizar sus intereses nacionales mientras evita asumir responsabilidades globales.
Este enfoque se aprecia con claridad en las relaciones de Pekín con sus socios más cercanos. Tanto durante la guerra de Rusia en Ucrania como en el conflicto de Irán con Israel y Estados Unidos, China ha brindado apoyo económico y diplomático, evitando en gran medida cualquier implicación militar directa. Incluso cuando sus socios estratégicos se enfrentan a amenazas existenciales, Pekín mantiene las distancias. Del mismo modo, tampoco parece dispuesto a limitar los comportamientos desestabilizadores de sus aliados ni a asumir un papel activo en la resolución de los grandes conflictos internacionales.
En muchos aspectos, esta estrategia de «China First» ha beneficiado a Pekín. China ha ampliado su influencia internacional sin asumir riesgos excesivos, ha proyectado una imagen de liderazgo global y ha logrado convencer a numerosos gobiernos para respaldar sus posiciones. Sin embargo, esta misma estrategia también presenta importantes limitaciones. Al evitar compromisos más profundos, especialmente en materia de garantías de seguridad, Pekín ha tenido dificultades para transformar su creciente red de relaciones en vínculos basados en la lealtad o en una auténtica fuerza colectiva. Sus socios no están dispuestos a asumir grandes costes en nombre de China y, en cambio, mantienen relaciones paralelas con sus rivales para preservar un equilibrio estratégico. Además, este enfoque puede contribuir a una mayor inestabilidad del sistema internacional. Al intentar minimizar su exposición a las crisis, en lugar de gestionarlas activamente, Pekín corre el riesgo de favorecer la persistencia de una inestabilidad que, con el tiempo, también puede terminar perjudicando sus propios intereses.
Aunque Estados Unidos y China poseen geografías distintas y trayectorias históricas muy diferentes, la experiencia de Pekín ofrece una importante advertencia para Washington. Un enfoque global más centrado en los intereses y orientado prioritariamente al beneficio nacional puede reducir las cargas a corto plazo, pero el precio puede ser una menor cohesión estratégica, un apoyo menos fiable por parte de los aliados y, en última instancia, un orden internacional más inestable que deje tanto a Estados Unidos como al resto del mundo en una situación peor.
Ya había pagado el precio
La preferencia de China por las asociaciones flexibles en lugar de las alianzas formales tiene profundas raíces históricas. Desde la fundación de la República Popular China en 1949, sus dirigentes han considerado que el país enfrenta una amenaza permanente de lo que denominan «cerco estratégico». Según esta visión, potencias hostiles, cercanas o lejanas, pueden coordinarse para limitar la soberanía, la seguridad y el desarrollo de China.
Al comienzo de la Guerra Fría, el líder chino Mao Zedong intentó contrarrestar ese cerco estrechando lazos con la Unión Soviética. En 1950, Pekín firmó con Moscú una alianza formal que garantizaba asistencia económica, tecnológica y un paraguas de seguridad soviético. En muchos aspectos, este acuerdo proporcionó al nuevo régimen todo lo que necesitaba: recursos, formación y protección. Sin embargo, el coste fue muy elevado. La alianza arrastró a China a la Guerra de Corea, en gran medida bajo las condiciones impuestas por Moscú y Pyongyang, lo que provocó enormes pérdidas humanas y económicas. Además, el conflicto frustró los planes de Pekín para tomar el control de Taiwán. Como respuesta a la guerra en la península coreana, la administración de Harry S. Truman envió la Séptima Flota al estrecho de Taiwán y, posteriormente, la administración de Dwight D. Eisenhower firmó un tratado de defensa mutua con la isla. Gracias al respaldo de Washington, Taiwán permaneció fuera del control de Pekín, manteniendo vivo un asunto que los dirigentes chinos siguen considerando una tarea pendiente de la reunificación nacional.
Sin embargo, menos de una década después, la alianza entre China y la Unión Soviética se desmoronó. Las diferencias ideológicas, la competencia por las áreas de influencia regional y la desconfianza mutua terminaron separando a ambos países. Para los dirigentes chinos, la lección fue duradera: las alianzas limitan la autonomía y exponen a China a los riesgos derivados de las ambiciones y los conflictos de otros. Desde entonces, Pekín ha evitado establecer nuevas alianzas formales. De hecho, el único tratado de defensa mutua que China mantiene vigente en la actualidad es el firmado con Corea del Norte en 1961, una alianza que hoy parece representar más una carga estratégica que un activo.
Incluso cuando todavía era aliado formal de Moscú, Pekín ya comenzaba a desarrollar una visión más flexible del alineamiento internacional. Zhou Enlai, primer ministro chino y arquitecto de la diplomacia de la República Popular, sostenía desde principios de la década de 1950 que el mundo no debía entenderse como un sistema dividido únicamente entre dos bloques enfrentados, uno encabezado por Washington y otro por Moscú. A su juicio, China debía conservar la capacidad de maniobrar entre múltiples centros de poder en lugar de quedar vinculada a un único bloque. Esa visión acabaría cristalizando posteriormente en la teoría maoísta de los «Tres Mundos».
Según este marco conceptual, en la cúspide se situaba el «Primer Mundo», integrado por las grandes potencias: Estados Unidos, al que Pekín consideraba desde hacía tiempo el principal responsable del cerco estratégico contra China, y la Unión Soviética, percibida alternativamente como socio o como amenaza. Por debajo se encontraba el «Segundo Mundo», formado por los países industrializados alineados con Estados Unidos, entre ellos Japón y los países europeos. La mayoría de ellos carecía de armas nucleares y no había alcanzado el estatus de superpotencia. Desde la perspectiva china, estas potencias intermedias constituían los principales apoyos de la política estadounidense de contención y, por ello, se convirtieron en objetivos prioritarios de los esfuerzos de Pekín por debilitar el cerco estratégico. Finalmente, el «Tercer Mundo» comprendía los países de Asia, África y América Latina, a los que China consideraba una base natural de apoyo, unida por experiencias históricas compartidas como el antiimperialismo y el deseo de desarrollo.
Mao aspiraba a unir al Segundo y al Tercer Mundo frente al Primer Mundo. Sin embargo, en la práctica, la competencia global de China con Washington y Moscú fue un esfuerzo marcado por el aislamiento. Pekín carecía de los recursos de sus grandes rivales y, por ello, tuvo dificultades para atraer aliados. Salvo unos pocos socios comunistas, como Albania y Camboya, que expresaban solidaridad política a cambio de la ayuda china, los llamamientos de Pekín a una resistencia colectiva contra las «potencias imperialistas» encontraron escaso respaldo.
No obstante, la idea central de la teoría de los «Tres Mundos» anticipó el enfoque flexible y no alineado que, con el tiempo, acabaría definiendo la estrategia global de China.
Pongámosle nombre
La estrategia de desarrollar múltiples asociaciones en los distintos niveles del sistema internacional siguió siendo el principio organizador fundamental de la diplomacia china tras el final de la Guerra Fría y adquirió aún mayor importancia bajo el liderazgo del actual presidente de China, Xi Jinping. Cuando Xi llegó al poder en 2012, China se enfrentaba a un entorno de seguridad que percibía como cada vez más hostil, marcado por el fortalecimiento de las alianzas lideradas por Estados Unidos y por un creciente escrutinio sobre las ambiciones globales de Pekín. Al mismo tiempo, China disponía de una escala económica, una proyección diplomática y una capacidad de coerción mayores que en cualquier otro momento de su historia. A comienzos de la década de 2010, se había convertido en el principal socio comercial de más de 120 países, ocupaba una posición central en las cadenas mundiales de suministro y sus fuerzas armadas avanzaban rápidamente en su modernización. Según la visión de Xi, el mundo atravesaba «cambios sin precedentes en un siglo»: el predominio de Occidente se debilitaba, el orden multipolar avanzaba y China se acercaba «más que nunca al centro del escenario mundial».
Esta evaluación sentó las bases de una política exterior mucho más proactiva. Durante los primeros años de su mandato, Xi sostuvo que China debía desarrollar «una diplomacia propia, acorde con el papel de una gran potencia». Esta postura representó una clara ruptura con sus tres predecesores Deng Xiaoping, Jiang Zemin y Hu Jintao, quienes habían recomendado mantener un perfil bajo en los asuntos internacionales. Pekín comenzó a oponerse con mayor firmeza al cerco estratégico que percibía y al orden internacional encabezado por Estados Unidos. Sin embargo, Xi dejó claro que China no copiaría el modelo estadounidense de alianzas, al que calificó de obsoleto y basado en la confrontación. En su lugar, Pekín impulsaría «un nuevo tipo de relaciones internacionales» y construiría «un nuevo camino para las relaciones entre los Estados». Bajo su liderazgo, China amplió rápidamente su red mundial de asociaciones, elevó el nivel de sus relaciones diplomáticas e incrementó su inversión en plataformas internacionales lideradas por Pekín.
En la actualidad, China mantiene relaciones formales de asociación con más de cien países y organizaciones regionales. Aunque Pekín evita establecer públicamente una clasificación oficial de estas relaciones, resulta evidente la existencia de una jerarquía informal. En la cima se encuentra Rusia, cuya relación con China está definida oficialmente como una «Asociación Estratégica Integral de Coordinación para una Nueva Era». Un grupo más reducido de países entre ellos Bielorrusia, Pakistán y Venezuela es considerado «socio en toda circunstancia», una categoría que refleja un elevado grado de alineamiento político. Por debajo aparece un amplio y diverso conjunto de «socios estratégicos integrales» y «socios estratégicos» repartidos por África, Europa, Oriente Medio y el Sudeste Asiático. Estas denominaciones ocultan tantas diferencias como las que revelan. Casi todos los Estados insulares del Pacífico, por ejemplo, son considerados «socios estratégicos integrales», pese a que el nivel real de cooperación con China varía considerablemente entre ellos. Yibuti, que comparte esa misma categoría, mantiene una cooperación mucho más profunda con Pekín e incluso alberga la primera base militar china en el extranjero.
Para Pekín, esta ambigüedad constituye una ventaja. La flexibilidad del sistema de asociaciones le permite profundizar las relaciones cuando los intereses coinciden y reducir su implicación cuando aumentan los riesgos o los costes. Mientras da prioridad a una coordinación estratégica más estrecha con Rusia y con sus socios del Sur Global, China continúa fortaleciendo sus vínculos con potencias intermedias alineadas con Estados Unidos en Europa y el noreste de Asia. Corea del Sur y varios países europeos poseen oficialmente el estatus de «socios estratégicos», reflejo de su importancia para Pekín. Mantener esas relaciones permite a China conservar el acceso a mercados avanzados y tecnologías de vanguardia, al tiempo que suaviza algunos de los aspectos más duros de la competencia estratégica con Estados Unidos.
Más allá de las relaciones bilaterales, Pekín también ha utilizado coaliciones multilaterales para ampliar su influencia. La Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), el grupo BRICS integrado originalmente por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica y actualmente compuesto por diez miembros, así como diversas plataformas regionales impulsadas por China, ofrecen a Pekín espacios desde los que puede influir en la agenda internacional, coordinar posiciones diplomáticas sobre asuntos globales y proyectar su voz con mayor fuerza y a un coste relativamente bajo.
Durante muchos años, los dirigentes chinos evitaron implicarse directamente en cuestiones de seguridad fuera de sus fronteras y prefirieron utilizar herramientas económicas y diplomáticas para ampliar su influencia. Sin embargo, a medida que la presencia global de China se ha expandido y sus ciudadanos e inversiones se han extendido por todo el mundo, este enfoque de intervención mínima ha comenzado a cambiar. En la última década, China ha ampliado su participación en las operaciones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas, ha contribuido a las misiones contra la piratería en el golfo de Adén y ha evacuado tanto a ciudadanos chinos como extranjeros de zonas en conflicto. Asimismo, los ejercicios militares conjuntos y la cooperación entre fuerzas de seguridad con los miembros de la Organización de Cooperación de Shanghái y de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) generalmente enmarcados en la lucha contra el terrorismo, la seguridad marítima o la asistencia humanitaria han permitido a Pekín profundizar sus vínculos de seguridad con sus socios sin asumir compromisos formales de alianza.
Mantenerse al margen
Para muchos de los socios de China especialmente los países en desarrollo y los regímenes autoritarios que han sido ignorados o mantenidos a distancia por Estados Unidos y sus aliados, Pekín ofrece una valiosa atención diplomática, oportunidades económicas y legitimidad internacional.
Sin embargo, el modelo de asociaciones de China se define tanto por lo que ofrece como por lo que no ofrece, y esto se hace especialmente evidente en los momentos de crisis más graves. Desde hace tiempo, los dirigentes chinos consideran que las cargas del liderazgo global estadounidense en particular su papel como garante de la seguridad internacional constituyen una de las principales causas del exceso de compromiso estratégico y del posterior declive de Estados Unidos. Por ello, China evita en términos generales los tratados de defensa mutua, las garantías de seguridad y las obligaciones vinculantes. En su lugar, ofrece un paquete más limitado: cooperación económica, respaldo diplomático y una colaboración selectiva en materia de seguridad, manteniendo las distancias cuando aumentan los riesgos.
A medida que estallaban conflictos en Europa, América Latina y Oriente Medio, los límites de las asociaciones chinas se hicieron cada vez más visibles. Irán constituye un ejemplo ilustrativo. China es el principal socio comercial de la República Islámica y el mayor comprador de su petróleo. Además, en 2021 ambos países firmaron un ampliamente publicitado acuerdo de asociación estratégica integral por veinticinco años. Dos años más tarde, Pekín contribuyó a mediar el acuerdo que permitió el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Arabia Saudí e Irán, un hecho que entonces fue interpretado como una prueba del ascenso de China como mediador de poder en Oriente Medio.
Sin embargo, cuando la región volvió a verse envuelta en conflictos, Pekín mantuvo una postura llamativamente distante. Tras los ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán en 2025 y el estallido, a comienzos de este año, de una guerra aérea a gran escala, China condenó las operaciones militares, continuó comprando petróleo iraní pese a las sanciones estadounidenses y suministró a Teherán bienes de doble uso, incluidos equipos electrónicos y productos químicos industriales con posibles aplicaciones militares. Aunque informes de inteligencia estadounidenses sugirieron que Pekín podría haber proporcionado misiles portátiles a Irán, China evitó en gran medida ofrecer una asistencia militar abierta o de gran escala. Asimismo, tampoco emprendió ninguna iniciativa para garantizar la seguridad del estrecho de Ormuz, pese a que un eventual cierre de esta ruta marítima amenazaría directamente las importaciones energéticas chinas y su economía orientada a las exportaciones.
En lugar de ello, Pekín limitó en gran medida su actuación al plano diplomático. Junto con Pakistán, emitió una declaración de cinco puntos en la que pedía un alto el fuego y presionó a Teherán para que negociara con Washington. No obstante, evitó cuidadosamente asumir cualquier responsabilidad sobre el desenlace del conflicto y rechazó las peticiones iraníes para actuar como garante del alto el fuego o proporcionar garantías de seguridad más amplias.
En Europa, mientras la guerra en Ucrania entraba en su quinto año, China adoptó una estrategia de apoyo limitado hacia Rusia, su socio estratégico más importante. Menos de un mes antes de la invasión rusa de Ucrania, Pekín y Moscú habían descrito públicamente su relación como una asociación «sin límites». China mantuvo el comercio con Rusia, incrementó las compras de petróleo ruso, suministró bienes de doble uso y ofreció un respaldo diplomático constante. Este apoyo permitió a Moscú mantener cierta estabilidad económica y reconstruir parte de su base industrial de defensa. Sin embargo, al igual que en el caso de Irán, Pekín evitó proporcionar ayuda militar letal a gran escala. En consecuencia, Rusia se vio obligada a recurrir a Corea del Norte para obtener tropas y armamento, una circunstancia que puso de manifiesto los límites del respaldo chino.
La reticencia de China a movilizar todos sus recursos en favor de sus socios quedó aún más patente durante uno de los momentos más delicados para el presidente ruso Vladímir Putin. Cuando el Grupo Wagner, una poderosa organización paramilitar vinculada al Kremlin, protagonizó una rebelión armada en junio de 2023, ni el Gobierno chino ni Xi Jinping expresaron públicamente un apoyo explícito al mandatario ruso, pese a la estrecha relación personal que ambos líderes proyectaban. En su lugar, el Ministerio de Asuntos Exteriores de China emitió un breve comunicado de apenas dos frases, calificando la crisis como «un asunto interno de Rusia» que debía ser resuelto por las propias autoridades rusas. Frente a una grave crisis interna que afectaba a su socio más cercano, Pekín optó por la prudencia antes que por la solidaridad.
Venezuela constituye otro ejemplo revelador. En enero de 2026, Estados Unidos capturó al presidente venezolano Nicolás Maduro apenas unas horas después de que este se reuniera con el representante especial chino para América Latina y promovió la formación de un nuevo gobierno bajo patrocinio estadounidense. Durante años, China había sido el principal sostén económico de Venezuela, concediendo préstamos por decenas de miles de millones de dólares y adquiriendo grandes volúmenes de petróleo venezolano. Sin embargo, cuando el gobierno de Maduro afrontó su desafío externo más grave, Pekín no fue más allá de condenar la intervención y evitó adoptar medidas de mayor alcance.
En todos estos casos aparece un patrón coherente. China sostiene a sus socios económicamente y los protege en el plano diplomático, pero evita defenderlos en los momentos más críticos. Asimismo, aunque invoca de forma reiterada principios como la soberanía, la integridad territorial y la primacía del derecho internacional, ha mostrado muy poca disposición a defenderlos, especialmente cuando son sus propios socios quienes los vulneran.
Cosechas lo que siembras
A primera vista, el modelo chino parece haber tenido éxito. Pekín ha construido una amplia red de socios y plataformas que le proporcionan legitimidad internacional y respaldo diplomático para sus intereses fundamentales. Muchos de sus socios apoyan abiertamente a China en los foros internacionales y respaldan sus posiciones sobre cuestiones controvertidas, como Taiwán o la política aplicada por Pekín en Xinjiang. Sin embargo, estos logros suelen ser más simbólicos que sustanciales. Pueden reforzar la legitimidad del Partido Comunista Chino y ayudar a Pekín a moldear el discurso internacional, pero rara vez se traducen en una auténtica alineación estratégica o en acciones que impliquen costes significativos. En caso de una gran crisis, sigue siendo incierto hasta qué punto China podría contar realmente con sus socios.
Ya existen indicios de que los dirigentes chinos dudan de la fiabilidad de esas asociaciones. Por ejemplo, el año pasado, cuando las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China alcanzaron su punto más alto y la administración Trump impuso amplios aranceles globales, Pekín expresó su preocupación por la posibilidad de que sus socios alcanzaran acuerdos paralelos con Washington y aceptaran restringir las exportaciones chinas a cambio de reducciones arancelarias. Las autoridades chinas respondieron advirtiendo de posibles «medidas de represalia recíprocas». El hecho mismo de que Pekín considerara necesario lanzar esa advertencia demuestra que la alineación estratégica entre China y sus socios no está garantizada ni surge de forma automática. Es cierto que las alianzas de Estados Unidos tampoco están exentas de tensiones, pero los vínculos institucionales más profundos y la interdependencia en materia de seguridad han proporcionado, al menos hasta hace poco, una base mucho más sólida para la coordinación.
En un plano más amplio, aunque las asociaciones de China amplifican su influencia diplomática, rara vez generan una verdadera fuerza colectiva. Las economías emergentes y los países en desarrollo que Pekín intenta agrupar frente al orden internacional liderado por Estados Unidos no constituyen un bloque cohesionado. Las diferencias de intereses nacionales y las rivalidades internas —especialmente la competencia entre China e India— siguen limitando la coordinación. Las iniciativas impulsadas por los BRICS como alternativa a las instituciones financieras dominadas por Occidente reflejan claramente estas limitaciones. El Nuevo Banco de Desarrollo, por ejemplo, más de una década después de su creación, solo concede una pequeña fracción de los préstamos otorgados por el Banco Mundial y continúa profundamente integrado en el sistema financiero global basado en el dólar. De igual forma, el Acuerdo de Reservas de Contingencia de los BRICS tampoco ha logrado desempeñar un papel relevante durante las crisis financieras.
Al mismo tiempo, la creciente presencia económica de China ha generado nuevas fricciones. Las preocupaciones por el endeudamiento, los desequilibrios comerciales y la llegada masiva de productos chinos de bajo coste han incrementado el escepticismo hacia Pekín en países que anteriormente lo consideraban un socio para el desarrollo. Con el paso de los años, China ha comenzado a recibir acusaciones de prácticas económicas explotadoras similares a las que antes se dirigían contra Estados Unidos y Europa, alimentando protestas locales y llevando a varios gobiernos de Asia y África a revisar o incluso cancelar importantes proyectos financiados por Pekín.
A ello se suman las disputas persistentes y la desconfianza histórica que China mantiene con varios de sus vecinos. Su actitud firme en las disputadas fronteras marítimas y terrestres, así como el recurso a instrumentos de coerción económica, han debilitado su imagen como potencia benévola y no hegemónica. Incluso países que comparten la visión china de que el orden internacional está dominado de manera injusta por Estados Unidos y sus aliados continúan manteniendo relaciones estrechas con Occidente. Los vecinos de China actúan, en esencia, de forma pragmática: buscan diversificar sus relaciones, equilibrar riesgos y evitar depender excesivamente de cualquier gran potencia, incluida la propia China.
La misma tendencia puede observarse entre las potencias intermedias alineadas con Estados Unidos en Asia y Europa. Aunque la confianza en Washington ha disminuido y varios aliados estadounidenses han reforzado sus vínculos económicos con China, Pekín sigue teniendo dificultades para transformar esas relaciones en una verdadera alineación estratégica. Para países como Francia, Alemania, Japón o Corea del Sur, China es un socio económico de enorme importancia y una gran potencia cuya influencia debe tenerse en cuenta, pero no constituye un socio fiable en materia de seguridad ni un líder creíble de un orden internacional duradero.
La reticencia de China a respaldar plenamente a sus socios en tiempos de crisis también plantea interrogantes sobre el apoyo que podría esperar a cambio. Los límites de la estrategia de «China First» se harían especialmente visibles en un eventual conflicto por Taiwán. Pekín probablemente podría contar con apoyos limitados y guiados por intereses propios por parte de Rusia y Corea del Norte, en forma de bienes de doble uso, inteligencia, equipamiento militar o suministros energéticos, como ha ocurrido con Moscú. Sin embargo, esa ayuda estaría muy lejos del respaldo coordinado, costoso y operacionalmente integrado que Estados Unidos puede movilizar tradicionalmente a través de sus aliados formales. Las asociaciones de China carecen, por lo general, de los mecanismos institucionales necesarios para operaciones militares colectivas de gran escala, como la planificación conjunta, la logística integrada y la interoperabilidad. En consecuencia, cualquier apoyo procedente de Moscú o Pyongyang sería más paralelo y oportunista que verdaderamente coordinado y sostenible.
La mayoría de los demás socios de China probablemente optaría por la neutralidad en caso de un conflicto por Taiwán. Son muy pocos los países que estarían dispuestos a asumir costes significativos en favor de Pekín, ya sea desafiando abiertamente las sanciones estadounidenses o combatiendo junto a las fuerzas chinas. Si Estados Unidos decidiera intervenir en defensa de Taiwán, Pekín intentaría presionar a aliados estadounidenses en Asia, como Japón, Filipinas y Corea del Sur, para impedir que facilitaran el uso de bases militares o prestaran otro tipo de apoyo operativo a Washington. Sin embargo, mientras el sistema de alianzas estadounidense permanezca intacto, estos países seguirán teniendo poderosos incentivos para respaldar a Estados Unidos: sus compromisos derivados de tratados, su dependencia de las garantías de seguridad estadounidenses y la presencia permanente de tropas norteamericanas en sus territorios.
En consecuencia, China tendría que soportar en gran medida por sí sola el peso de un eventual conflicto por Taiwán. Incluso si Pekín no espera un apoyo pleno de sus socios, sostener una guerra prolongada, resistir la presión económica y gestionar los riesgos derivados de una intervención estadounidense resultaría mucho más difícil sin una coalición fiable. Un modelo de asociaciones concebido para preservar la flexibilidad puede terminar limitando la capacidad de China para movilizar apoyos precisamente en el momento en que más los necesitaría.
Solo en la cima
Las recientes crisis en Oriente Medio y América Latina han puesto de manifiesto los límites de la capacidad de Pekín para proteger sus intereses en el extranjero. Estos acontecimientos han llevado a expertos de centros de estudios y académicos chinos a debatir si China debería adoptar una postura más ambiciosa y más intervencionista fuera de sus fronteras. Sin embargo, la mayoría de los dirigentes chinos sigue considerando que asumir un papel global más amplio, especialmente si implica mayores responsabilidades en materia de seguridad, terminaría debilitando el poder del país.
¿Qué podría llevar a China a cambiar de rumbo? Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos asumió el liderazgo global por necesidad: Asia y Europa estaban devastadas y solo Washington disponía de la capacidad necesaria para reconstruir y estabilizar el sistema internacional. Para que China decidiera sostener un nuevo orden mundial y redefinir profundamente su estrategia global, probablemente sería necesaria una conmoción de magnitud comparable: un escenario en el que el sistema internacional se volviera tan inestable que Pekín no viera otra alternativa que asumir el coste de restaurar el equilibrio. Mientras no se produzca un choque de esa naturaleza, parece poco probable que la estrategia china experimente un cambio sustancial en el corto plazo.
El sistema internacional parece dirigirse no hacia una simple transición de la hegemonía estadounidense al predominio chino, sino hacia una etapa sin un líder claro, en la que las grandes potencias otorguen más importancia a preservar su libertad de acción que a sostener el orden internacional. En un mundo así, las grandes potencias evitarán formar alianzas, limitarán la interdependencia profunda y reducirán su disposición a proporcionar bienes públicos internacionales. Los vínculos económicos y de seguridad dejarán de verse como ventajas para convertirse en posibles vulnerabilidades, mientras que las relaciones estrictamente basadas en intereses serán consideradas el mejor instrumento para promover los objetivos nacionales.
La experiencia de China ilustra tanto el atractivo como las limitaciones de este enfoque. Al evitar compromisos vinculantes y responsabilidades permanentes, Pekín ha preservado su autonomía y reducido su exposición a los riesgos. Sin embargo, también ha encontrado dificultades para transformar su amplia presencia internacional en una auténtica fuerza colectiva. Sus relaciones siguen siendo relativamente superficiales, sus socios mantienen políticas de equilibrio entre distintas potencias y su capacidad para movilizar una coalición en momentos de crisis continúa siendo frágil.
Washington debería analizar cuidadosamente esta realidad. En Estados Unidos, algunos sectores sostienen que reducir el compromiso global, disminuir las obligaciones con aliados y socios y adoptar plenamente el principio de «America First» favorecería los intereses nacionales a largo plazo. Sin embargo, la experiencia de China apunta en sentido contrario. Una política exterior basada exclusivamente en los intereses inmediatos y en prioridades nacionales definidas de forma estrecha puede resultar atractiva a corto plazo, pero tiene como coste un apoyo menos fiable por parte de los socios y la aparición de un mundo más fragmentado e inestable. Cuando el sistema internacional carece de una gran potencia dispuesta, al menos, a dirigirlo y gestionar su funcionamiento, resulta mucho más difícil contener las crisis y coordinar respuestas colectivas, lo que termina reduciendo la seguridad incluso de los Estados más poderosos. La lección para Estados Unidos, por tanto, es clara: resistir la tentación de seguir el ejemplo de China.
Fuente:https://www.foreignaffairs.com/china/why-china-first-will-fail-patricia-kim
