El socialismo y el fascismo adquirieron protagonismo durante el siglo XX, pero posteriormente perdieron su prestigio como principales teologías políticas. Entretanto, la victoria del liberalismo al término de la Guerra Fría fue, en realidad, el presagio de su propia crisis. Cuando el liberalismo encontró finalmente la posibilidad de llevar a cabo el proyecto ilustrado a escala global, quedó de manifiesto que la concentración en los métodos racionales era incapaz de responder a la cuestión de la dimensión teológica de la legitimidad política. En el siglo XXI, el nacionalismo, la religión y un socialismo revitalizado han vuelto a manifestarse como fundamentos míticos de la identidad política, mientras que el racionalismo liberal ha entrado en declive, transformándose en la ideología de una nueva clase de burócratas encargados de administrar la vida humana. Frente a esta nueva clase liberal, las políticas identitarias populistas han cobrado fuerza en sus variantes nacionalistas, religiosas, socialistas y antiimperialistas, así como en las combinaciones de todas ellas.
En todos estos casos, el populismo ha surgido de la insistencia en un significado trascendente destinado a constituir el fundamento de la identidad política. Si «el enemigo es la encarnación de la propia pregunta», el populismo constituye, en la práctica, una respuesta a la cuestión teológico-política que el procedimentalismo liberal ha dejado sin resolver. El nacionalismo y la religión conforman la base teológico-política de los populismos de derecha, que dirigen sus energías contra el Estado administrativo y el internacionalismo. Ambos se han consolidado en burocracias cada vez más amplias, dirigidas por expertos que rechazan la importancia de los compromisos sustantivos de esta naturaleza. Sin embargo, las formas de populismo de izquierda representan hoy una amenaza potencialmente más urgente para las instituciones democráticas liberales, puesto que carecen de marcos trascendentes preexistentes y se ven obligadas a construirlos dentro de su propia praxis política. Al distanciarse del nacionalismo y de la religión, los populismos de izquierda han desarrollado alternativas destinadas a sustituir estas teologías políticas, alejándose de los objetivos universalistas y adoptando una visión maniquea del mundo que sitúa la identidad racial y la condición de víctima en el centro de los juicios morales.
Cabe sostener que, al atribuir un significado último a sus compromisos políticos, los movimientos de izquierda muestran una inclinación más pronunciada a suprimir el debate, imponer restricciones a la expresión y recurrir al absolutismo moral. La izquierda también ha tenido mayor éxito a la hora de atraer a su campo a las burocracias de la nueva clase, puesto que ambas comparten una carencia estructural de significado trascendente. En la medida en que estas burocracias continúen aferrándose al internacionalismo liberal, que sitúa el derecho en lugar de los compromisos morales sustantivos, seguirán restando importancia a la teología política y sobreestimando su capacidad para administrar la vida social.
¿Qué posición le queda entonces a la democracia después de todo esto?
Como forma de gobierno basada en la participación del pueblo en los procesos de toma de decisiones, la democracia exige, por una parte, que el pueblo mantenga una unidad fundamental en torno a determinados objetivos teológico-políticos y, por otra, que existan mecanismos procedimentales capaces de traducir sus sentimientos y tendencias en decisiones políticas. El colapso del primero de estos elementos puede conducir a una guerra civil. La degradación del segundo, en cambio, puede desembocar en la supresión de las organizaciones independientes por parte de un demagogo o una facción. Por tanto, las democracias pueden llegar a su fin tanto por falta de unidad como por un exceso de ella. Lo decisivo es preservar una amplia unidad en torno a una teología política inclusiva, al tiempo que se permite el debate abierto y la existencia de alternativas en los procesos de toma de decisiones relativos a la consecución de objetivos comunes.
Aunque nuestros análisis políticos en estas páginas se han centrado con frecuencia en la cuestión de la teología política, el número 216 de Telos está dedicado a los peligros que la erosión del compromiso con el debate abierto, el razonamiento basado en evidencias y el pluralismo representa para la democracia.
Srđan M. Jovanović examina la transformación experimentada por la izquierda occidental. Los métodos epistemológicos que esta empleaba antaño para desafiar a la autoridad establecida el debate, los criterios universales de justificación y la disposición a revisar las propias creencias ante las evidencias han sido abandonados progresivamente. En su lugar, el pensamiento de izquierda está dominado hoy por la conformidad ideológica, la subordinación de la universalidad a la identidad y la certeza moral. La izquierda tiende a considerar la crítica como una forma de discurso agresivo y, como consecuencia, reprime el debate mediante restricciones como las normas de expresión y los espacios seguros. Además, el énfasis en el racismo ha propiciado un alejamiento del ideal de igualdad universal y una deriva hacia el esencialismo racial. Por último, el antiimperialismo ha conducido a la idealización de las víctimas, como se observa en las reacciones de la izquierda ante Hamás, especialmente después del 7 de octubre. Desde esta perspectiva, oponerse al poder occidental se convierte, por sí mismo, en una forma de legitimidad moral atribuida a quienes son considerados víctimas, independientemente de sus métodos y objetivos. Jovanović sostiene que la extrema izquierda y la extrema derecha, pese a perseguir objetivos diferentes, recurren a métodos similares de absolutismo moral y supresión de la disidencia. Su propuesta consiste en regresar al liberalismo, no como ideología, sino como método basado en la justificación universal, el respeto a las discrepancias y la posibilidad de someter las afirmaciones a refutación.
A partir de estos problemas presentes en las ideologías de izquierda, Phillip W. Magness y Williamson M. Evers explican cómo la teoría crítica de la raza pasó de ser un movimiento intelectual marginal a convertirse en uno de los pilares del pensamiento político de izquierda. Sostienen que el surgimiento y la expansión de esta teoría deben entenderse como una reacción al fracaso de las reformas del sistema educativo estadounidense, desde la educación infantil hasta el último curso de secundaria. La persistencia de la brecha de rendimiento académico entre estudiantes negros y blancos incrementó el pesimismo respecto de las instituciones estadounidenses, a pesar de que los progresistas y los sindicatos docentes debilitaron iniciativas como el programa No Child Left Behind (Que ningún niño se quede atrás) y las escuelas concertadas (charter schools), que parecían haber logrado avances concretos en el rendimiento de los estudiantes negros. La ausencia de progresos creó un entorno en el que la teoría crítica de la raza pudo sostener que la causa fundamental del problema era el racismo estructural. Una ideología que surgió, en parte, de los propios fracasos a la hora de mejorar la educación de los estudiantes negros terminó obstaculizando las reformas que habían demostrado producir avances mensurables en el rendimiento académico.
Anthony Petros Spanakos analiza los peligros que amenazan actualmente a la democracia a través del conflicto entre el ideal liberal de un Estado limitado y las presiones populistas que reclaman la intervención estatal para generar igualdad en las condiciones sociales. Tocqueville se situó del lado liberal en este debate y advirtió contra la tendencia populista a ampliar el aparato estatal con el propósito de alcanzar determinados resultados de bienestar social. Sin embargo, en las condiciones actuales, en las que el Estado administrativo ya ha adquirido una considerable dimensión, el populismo se ha dividido entre quienes desean ampliar aún más el Estado para generar igualdad social y quienes pretenden desmantelar las estructuras administrativas que consideran obstáculos para la soberanía popular y la libertad individual. Spanakos relativiza la importancia de este conflicto específico al describir ambas formas de populismo como manifestaciones de un mismo descontento con las instituciones existentes. Este descontento lleva a ambos sectores a reclamar, en nombre de la democracia, una reconfiguración del Estado y de la sociedad. Aunque estas dos formas de populismo han profundizado la polarización, Spanakos cuestiona la idea de que tales tendencias conduzcan necesariamente al desmoronamiento de la democracia en la actualidad.
Gregory Melleuish y Susanna G. Rizzo recurren al relato de Tucídides sobre la democracia ateniense para poner de manifiesto los peligros inherentes a toda democracia. Cuando tanto la verdad como la tradición quedan subvertidas por medio de la retórica, el populismo emerge como una patología de la democracia. Melleuish y Rizzo llaman la atención sobre populistas atenienses como Cleón, cuyo ascenso reflejaba la desintegración institucional y el distanciamiento entre las élites y los ciudadanos comunes. Cuando la retórica y las apelaciones emocionales se desvinculan de la verdad y de las tradiciones que legitiman las restricciones morales, la energía democrática puede generar hybris, es decir, una desmesura marcada por la arrogancia. La destrucción de Melos por parte de Atenas y la desastrosa expedición a Sicilia ejemplifican este peligro. Los autores establecen una comparación entre esta amenaza y la ambiciosa política exterior de Trump. Dado que la democracia alberga tendencias estructurales hacia el populismo y los excesos, Estados Unidos necesita recuperar el concepto de phronesis, o sabiduría práctica, que fomenta la moderación y la deliberación civilizada.
Melleuish y Rizzo dirigen sus críticas contra la retórica de la derecha, que debilita la búsqueda de la verdad. A partir de ahí, podríamos sentirnos inclinados a someter también la retórica de izquierda y de derecha a una crítica igualmente rigurosa. Sin embargo, la dificultad de evaluar actualmente los populismos de izquierda y de derecha dentro de una misma categoría reside en que ello puede llevarnos a pasar por alto una diferencia fundamental en la relación que ambos movimientos mantienen con los valores. Centrarse en la preservación de los métodos del debate académico, el razonamiento basado en evidencias y los criterios universales permite evitar que los valores distorsionen nuestro pensamiento. El deterioro de estos métodos, por el contrario, ha conducido a conclusiones erróneas y a una degradación de la calidad del debate académico.
Aunque tendemos a asociar este tipo de razonamiento defectuoso con los sectores menos instruidos de la sociedad, Jovanović sostiene que el problema se ha extendido también al mundo académico, actualmente dominado por la izquierda, y a la población con estudios universitarios. Entre sus causas se encuentran tanto la influencia de los ataques posmodernos y posestructuralistas contra el concepto de verdad como la práctica desaparición de las voces conservadoras en las universidades. Esta situación genera una cámara de resonancia ideológica que favorece el extremismo en detrimento de la verdad. En este contexto, quienes defienden la objetividad y los criterios universales son frecuentemente calificados de conservadores y racistas por la izquierda, y objeto de ataques. De este modo, los conservadores se ven empujados a una posición paradójica y difícil: se ven obligados a atacar a la academia para poder defender sus propios estándares académicos.
Sin embargo, también sería un error rechazar todas las discusiones en torno a los valores y oponerse a cualquier forma de retórica con el argumento de que debilita la objetividad racional. Como sostienen Magness y Evers, mantener una determinada creencia en el racismo estructural a pesar de las evidencias que la contradicen supone permitir que la retórica prevalezca sobre los criterios objetivos, lo que erosiona de manera manifiesta tanto la integridad académica como los procesos democráticos de toma de decisiones. Este uso de la retórica es, sin duda, perjudicial. No obstante, excluir todas las discusiones sobre los valores del discurso democrático o académico no es ni posible ni deseable. La retórica incluye legítimamente los debates sobre los valores que enmarcan nuestros procesos de toma de decisiones. Tanto los académicos como los políticos deben explicitar los valores inclusivos que orientan sus análisis y decisiones. Necesitamos valores religiosos y nacionales que guíen los fines de nuestros pensamientos y acciones. Estos valores, así como sus consecuencias, deben expresarse con claridad. Mientras que gran parte de nuestro discurso académico y político se centra en proteger y fortalecer nuestra democracia, buena parte del discurso en China está orientado a consolidar el totalitarismo. Esta diferencia es, sin duda, de importancia vital, con independencia de la calidad de los métodos de debate e investigación empleados. La retórica hace visibles este tipo de divergencias.
Debemos distinguir entre, por un lado, la adhesión a valores como la democracia, respecto de los cuales existe un consenso en que deben orientar los objetivos de nuestros pensamientos y elecciones, y, por otro, la adhesión a fenómenos como el racismo estructural o a determinadas soluciones, como el socialismo, que pueden llevarnos a evaluar los hechos de manera preconcebida, con el propósito de ajustarlos a una conclusión establecida de antemano. La retórica comprende ambas formas de influir en nuestra búsqueda de la verdad. Los peligros que amenazan nuestra democracia y nuestra búsqueda de la verdad no surgen únicamente cuando permitimos que nuestros valores nos impidan evaluar objetivamente las evidencias, sino también cuando perdemos de vista los valores que deberían orientar nuestros esfuerzos. El siguiente artículo de este número de nuestra revista se centra precisamente en este segundo problema.
Ross Lewin sostiene que el programa de los Socialistas Democráticos de América (DSA) está estructurado de tal manera que identifica el obstáculo para resolver los problemas que pretende abordar con un enemigo concreto que, en última instancia, resulta ser el Estado judío. El programa de la DSA parte de la visión de un mundo utópico, liberado de la explotación, la desigualdad, la inseguridad y la guerra, para preguntarse a continuación qué impide su realización. El relato comienza culpando a «los patrones» y termina señalando a Israel como enemigo concreto. Dado que el programa de la DSA carece de una concepción tangible de la forma que debería adoptar la libertad política, la unidad que lo sustenta depende de la presunción de un enemigo común cuya eliminación promete la liberación. Aunque Lewin evita extraer explícitamente esta conclusión, la DSA ha terminado convirtiéndose en el equivalente más próximo a las formas de totalitarismo surgidas en el siglo XX, al asumir la función de agente potencial de dicha eliminación. De este modo, combina efectivamente la demonización de los capitalistas propia del socialismo con la persecución de los judíos característica del fascismo.
Russell A. Berman sostiene que las guerras de Ucrania y Gaza han acelerado una profunda transformación del pensamiento estratégico estadounidense. La creciente brecha entre las normas internacionales y las realidades geopolíticas está favoreciendo una transición desde una política exterior basada en valores hacia una consideración más pragmática y negociadora de los intereses nacionales. Estas dos guerras representan, en esencia, tipos de conflicto radicalmente distintos. La guerra de Ucrania es un conflicto predominantemente convencional y de carácter «westfaliano», librado entre Estados soberanos sobre territorios reconocidos internacionalmente. La guerra de Gaza, por el contrario, enfrenta a Israel con Hamás, un actor no estatal que recurre a métodos terroristas y a la guerra asimétrica. Esta diferencia pone de manifiesto las debilidades del derecho internacional, dado que las normas jurídicas concebidas principalmente para los Estados no pueden aplicarse a los actores no estatales de la misma manera ni hacerse cumplir con idéntica eficacia. Los conflictos muestran cómo el «orden basado en reglas» está cediendo terreno ante una renovada atención a la geografía, el control territorial, los intereses materiales y la competencia entre grandes potencias. Mientras las instituciones internacionales y las normas abstractas pierden autoridad, la importancia de la guerra informativa y la propaganda demuestra que la dimensión moral sigue siendo fundamental en la formación de la voluntad política.
Ethan Stoneman y Joseph Packer sostienen que la inteligencia artificial generativa amenaza no solo el empleo académico o la propiedad intelectual, sino también la dimensión humana de la escritura. Los grandes modelos de lenguaje transforman el lenguaje en datos descontextualizados que pueden extraerse, recombinarse y reproducirse sin la experiencia corporal ni la responsabilidad propias de la autoría humana. Frente a una concepción de la escritura centrada en la legibilidad, Stoneman y Packer proponen recuperar el concepto de escritura esotérica de Leo Strauss. Tradicionalmente, los escritores esotéricos ocultaban determinados significados «entre líneas» y los transmitían únicamente a lectores atentos, capaces de reconocer contradicciones deliberadas, omisiones y formas de expresión indirecta. El significado oculto solo puede ser desvelado por alguien capaz de ejercer el juicio necesario para determinar el sentido verdadero que subyace tras lo expresamente enunciado. Por consiguiente, los textos esotéricos ofrecen la posibilidad de una forma alternativa de lenguaje que podría resultar incomprensible para las operaciones de la inteligencia artificial generativa, la cual trabaja exclusivamente sobre el texto explícito y, por ello, permanece en la superficie del lenguaje.
Clifford Angell Bates Jr. examina la interpretación de Marcel Gauchet sobre la democracia moderna en el contexto de la cuestión «teológico-política». Gauchet sostiene que la secularización no ha eliminado lo sagrado, sino que lo ha desplazado desde la autoridad religiosa trascendente hacia las estructuras políticas. En una primera etapa, el nazismo y el estalinismo sustituyeron la autoridad religiosa por movimientos políticos de carácter «cuasirreligioso». Tras el colapso de estos movimientos, el individuo pasó a ocupar un lugar sagrado en la sociedad democrática. Sin embargo, la organización de la sociedad en torno al individuo debilita los vínculos de solidaridad colectiva y fragmenta la identidad política. La globalización y el neoliberalismo, al orientar las actividades humanas hacia la satisfacción de los intereses individuales, no hacen sino profundizar aún más estas tensiones. No obstante, Gauchet considera que el pluralismo de la democracia y sus instituciones, capaces de adaptarse a condiciones cambiantes, constituye la mejor vía para conciliar la autonomía individual con el gobierno colectivo en una época secular.
David Pan es profesor de Lenguas y Estudios Europeos en la Universidad de California, Irvine. Anteriormente, trabajó en la Universidad Washington de San Luis, la Universidad de Stanford, la Universidad Estatal de Pensilvania y McKinsey & Company. Es autor de Primitive Renaissance: Rethinking German Expressionism (2001) y Sacrifice in the Modern World: On the Particularity and Generality of Nazi Myth (2012). Asimismo, ha publicado estudios sobre J. G. Herder, Heinrich von Kleist, Friedrich Nietzsche, Franz Kafka, Walter Benjamin, Ernst Jünger, Bertolt Brecht, Carl Schmitt y Theodor Adorno. Es editor de la revista Telos.
Fuente:https://www.telospress.com/telos-216-fall-2026-dangers-to-democracy/
