Una Rusia Agotada Por La Guerra Se Está Fragmentando

Nadie sabe cómo terminará el actual callejón sin salida provocado por la aventura militar de Putin. Sin embargo, una realidad es cada vez más evidente: el rumbo de los acontecimientos no parece favorable ni para Rusia ni para su presidente.
junio 23, 2026
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Para los rusos tanto para las élites como para los ciudadanos comunes resulta cada vez más difícil ignorar el creciente desastre provocado por la guerra que Vladimir Putin decidió iniciar contra Ucrania y que ya se prolonga desde hace más de cuatro años.

Los rusos saben perfectamente que este conflicto ha generado retrocesos estratégicos catastróficos a cambio de ganancias extremadamente limitadas: una OTAN ampliada y con mayores recursos; más de un millón de bajas; la pérdida del dominio sobre el mercado energético europeo (y de la influencia política asociada a él); la emigración de hasta un millón de los jóvenes más talentosos del país; el deterioro de la economía rusa; y mucho más.

Sin duda, muchos han permanecido en silencio por el comprensible temor a los mecanismos represivos de Putin. Sin embargo, esa situación está cambiando. Cada vez más rusos expresan abiertamente su oposición a la guerra e incluso al propio Putin. Además, muchos de ellos logran hacerlo sin ser asesinados ni encarcelados.

En el rígido sistema autoritario ruso, esto solo es posible porque algunos sectores de los poderosos servicios de seguridad del país lo están permitiendo. El hecho de que esto ocurra con creciente frecuencia debería constituir una señal de alarma para Putin.

¿Podría esta oposición cada vez más visible provocar finalmente la caída de Putin y, con ella, el fin de la guerra? ¿Existe un punto de inflexión?

Quizá ese punto de inflexión sea la creciente eficacia de los ataques con drones ucranianos contra las refinerías rusas, cuyo número ya supera los 150. Tan solo entre el 1 y el 22 de mayo, Kiev logró atacar las diez mayores refinerías de Rusia, provocando que seis de ellas suspendieran o detuvieran completamente sus operaciones. Como consecuencia, ya no resulta difícil imaginar un verano con escasez de combustible y largas filas en las gasolineras de Moscú.

Pero los problemas de Rusia no terminan ahí. El país también enfrenta dificultades en sus exportaciones de petróleo debido a los ataques ucranianos contra sus puertos. Entre el 25 de marzo y el 11 de abril, Rusia exportó aproximadamente 3,5 millones de barriles diarios de crudo, frente a los 5,2 millones que exportaba a comienzos de año, lo que representa una caída cercana al 40 %. Esta situación reduce progresivamente los ingresos del Estado y obliga al régimen a recurrir cada vez más al Fondo Nacional de Riqueza. De hecho, se informa que el Kremlin ya ha vendido alrededor del 60 % de sus reservas de oro.

Como resultado de estos y otros factores, Guennadi Ziugánov, líder del Partido Comunista de la Federación Rusa tradicionalmente alineado con el Kremlin, advirtió recientemente que las condiciones económicas se han deteriorado hasta tal punto que una revolución similar a la de 1917 ya no puede descartarse. Sus declaraciones coinciden con las advertencias de numerosas figuras públicas menos conocidas que alertan regularmente sobre la fragilidad de la economía rusa y la capacidad del país para seguir financiando la guerra.

Las líneas de suministro rusas también se encuentran cada vez más amenazadas. Moscú depende de una única carretera principal y de una sola línea ferroviaria para abastecer a sus tropas en Crimea y en otras zonas del sureste de Ucrania. En las últimas semanas ha perdido gran parte de su capacidad para hacerlo de manera segura, ya que trenes y convoyes que utilizan estas rutas están siendo atacados con éxito por los nuevos drones FP-2 ucranianos, capaces de transportar 230 libras de explosivos y con un alcance de 120 millas. Trenes en movimiento han resultado dañados y descarrilados; las carreteras están llenas de vehículos rusos destruidos y quienes continúan utilizándolas se ven obligados a desplazarse durante la noche.

El impacto acumulado de estos problemas ya empieza a sentirse en Crimea, donde la ciudad de Sebastopol ha comenzado a aplicar restricciones al suministro de combustible.

En diciembre de 2010, la inmolación del vendedor ambulante tunecino Mohamed Bouazizi en protesta por las restrictivas regulaciones gubernamentales desencadenó un efecto dominó político que terminó con la caída de dirigentes de larga trayectoria como Zine El Abidine Ben Ali en Túnez, Hosni Mubarak en Egipto y, finalmente, Muamar Gadafi en Libia. Un efecto dominó similar parece cada vez más concebible en el actual y tenso entorno político ruso.

Por supuesto, ese punto de inflexión podría no llegar nunca. Putin es plenamente consciente de su propia vulnerabilidad y ha adoptado medidas decididas para limitarla. Ha restringido partes de la infraestructura de internet rusa para controlar mejor el flujo de información. También ha reforzado su seguridad personal para prevenir intentos de golpe de Estado o de asesinato y ha intensificado la represión contra posibles opositores. Estas medidas podrían permitirle mantenerse en el poder y continuar la guerra.

Nadie sabe cómo terminará el actual callejón sin salida provocado por la aventura militar de Putin. Sin embargo, una realidad se vuelve cada vez más evidente: la dirección que están tomando los acontecimientos no parece favorable ni para Rusia ni para su presidente.

Herman Pirchner Jr. es presidente del Consejo Americano de Política Exterior (American Foreign Policy Council).

Fuente:https://thehill.com/opinion/international/5924789-russia-war-dissent-growing/