La Extraña Derrota De La Disuasión Nuclear

Para los Estados con armas nucleares, las lecciones de este período deberían ser profundamente inquietantes. Tanto los actores estatales como los no estatales son cada vez más capaces y están cada vez más dispuestos a atacar a potencias nucleares mediante armas convencionales, una realidad que está trastocando la lógica tradicional de la disuasión nuclear.La disuasión basada en la amenaza de represalias nucleares el mecanismo clásico que durante décadas sostuvo la estabilidad estratégica se está debilitando. En cambio, la disuasión por negación, es decir, desalentar a un agresor haciendo que su ataque resulte ineficaz o incapaz de alcanzar sus objetivos, podría adquirir una importancia mucho mayor.
junio 22, 2026
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La Próxima Crisis de la Estabilidad Estratégica

En junio de 2025, los servicios de seguridad ucranianos llevaron a cabo una audaz operación en el interior de Rusia. Infiltraron drones de ataque de corto alcance ocultos en camiones de carga cerca de numerosas bases aéreas rusas, incluidas instalaciones situadas en la región de Amur, próxima a la frontera con China. Muchas de estas bases albergaban bombarderos estratégicos pesados con capacidad para transportar armas nucleares. Utilizando la red de telefonía móvil rusa para controlarlos a distancia, los operadores ucranianos lograron, según las evaluaciones de Kiev, destruir al menos diez de estos bombarderos y dañar un total de 41 aeronaves, incluidas algunas utilizadas para el mando y control nuclear.

La operación, conocida como Operación Telaraña, fue extraordinaria. Sin embargo, su aspecto más importante no fue la llamativa relación coste-beneficio como señaló un analista, «un solo dron de apenas 500 dólares destruyó un bombardero estratégico valorado en decenas de millones» ni el ingenioso uso de las telecomunicaciones rusas. Lo verdaderamente significativo fue que pudo llevarse a cabo.

Como parte de su doctrina estratégica, Moscú había sostenido durante años que un ataque convencional contra sus activos estratégicos podría desencadenar una respuesta nuclear. Sin embargo, esto no disuadió a Kiev. Ucrania estuvo dispuesta a atacar capacidades nucleares rusas, y Rusia fue incapaz de impedirlo.

La operación ucraniana constituye un ejemplo impactante de una tendencia más amplia: la disuasión nuclear ya no funciona como antes. Durante décadas, los países asumieron que poseer armas nucleares era la garantía definitiva de seguridad. De hecho, muchos observadores interpretaron la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022 como una prueba de que Kiev cometió un error al renunciar en 1994 al arsenal nuclear heredado de la Unión Soviética. Según esta visión, si Ucrania hubiera conservado armas atómicas, Rusia jamás se habría atrevido a atacar.

De forma similar, se argumenta que si Irán hubiera desarrollado ya su propio arsenal nuclear, Israel y Estados Unidos no habrían podido lanzar los ataques realizados desde febrero, asesinar a dirigentes iraníes ni destruir gran parte de la infraestructura militar del país. A partir de esta lógica, muchos concluyen que más Estados tienen motivos para buscar armas nucleares como seguro frente a la agresión. Según este razonamiento, las armas nucleares serían indispensables para disuadir a los adversarios más poderosos.

Sin embargo, los conflictos recientes parecen demostrar exactamente lo contrario.

Ucrania no solo está atacando objetivos en el interior de Rusia, sino también instalaciones directamente relacionadas con la capacidad nuclear rusa. Irán y sus fuerzas aliadas han lanzado repetidamente ataques contra Israel, un país ampliamente considerado como potencia nuclear. Teherán ha disparado misiles y drones contra ciudades israelíes e incluso contra instalaciones relacionadas con el programa nuclear israelí.

India y Pakistán, pese a poseer ambos armas nucleares, protagonizaron en mayo de 2025 el enfrentamiento más grave de este siglo, llevando a cabo ataques en profundidad dentro del territorio del otro.

En todos estos casos, la posibilidad de una escalada nuclear y de represalias atómicas no logró impedir la guerra convencional o híbrida. De hecho, tanto Estados como actores no estatales parecen haber descubierto que las amenazas nucleares tienen límites muy claros.

Las armas nucleares pueden parecer cada vez más irrelevantes frente a ataques convencionales e híbridos persistentes. En los conflictos contemporáneos, un arsenal de misiles balísticos intercontinentales con ojivas nucleares, una flota de submarinos nucleares y escuadrones de bombarderos estratégicos sirven de poco para disuadir ataques de drones baratos si los Estados nucleares no están realmente dispuestos a utilizar sus armas.

Esta realidad debería hacer reflexionar tanto a las potencias nucleares actuales como a los países que aspiran a convertirse en una de ellas.

La fuerza del tabú nuclear fue puesta a prueba durante los primeros meses de la invasión rusa de Ucrania. Según diversas informaciones, el presidente ruso Vladímir Putin estuvo cerca de considerar el uso de armas nucleares tácticas para evitar la derrota de las fuerzas rusas en el sureste de Ucrania. Sin embargo, parece haber desistido debido a las recomendaciones de sus propios mandos militares, a la presión pública ejercida por los líderes de China e India y, probablemente, a las advertencias transmitidas discretamente por Washington.

El tabú nuclear no constituye una barrera absoluta, pero sí impone enormes costes políticos y morales a quienes contemplan el uso de estas armas. Además, cualquier dirigente que tome esa decisión deberá afrontar el hecho de convertirse en la segunda persona de la historia en emplear armas nucleares en combate, una posición histórica profundamente inquietante y marcada por el descrédito.

Para los Estados nucleares, las lecciones de esta etapa deberían resultar alarmantes. Tanto actores estatales como no estatales muestran una capacidad y una disposición crecientes para atacar a potencias nucleares mediante medios convencionales, alterando profundamente la lógica tradicional de la disuasión.

La disuasión basada en la amenaza de represalias nucleares el mecanismo clásico que durante décadas sostuvo la estabilidad estratégica— se está debilitando. En cambio, la disuasión por negación, es decir, desalentar a un agresor haciendo que su ataque resulte ineficaz o incapaz de alcanzar sus objetivos, podría adquirir una importancia mucho mayor.

Este enfoque exigiría nuevas prioridades por parte de los gobiernos. En lugar de gastar enormes cantidades de dinero en la modernización de plataformas nucleares existentes, los Estados nucleares podrían obtener mejores resultados fortaleciendo las defensas alrededor de sus instalaciones estratégicas y concentrándose más en la resiliencia que en la expansión de sus capacidades nucleares.

Asimismo, deberían encontrar formas de preservar y reforzar las normas que regulan el ataque a objetivos convencionales. Por ejemplo, podrían comprometerse a no atacar nunca centrales nucleares ni instalaciones militares relacionadas con programas nucleares. Medidas de este tipo podrían ayudar a reducir las tensiones durante las crisis, cuando las partes enfrentadas se sienten tentadas a atacar infraestructuras nucleares del adversario.

Para los Estados que no poseen armas nucleares, el debilitamiento de la disuasión nuclear tradicional también debería servir como advertencia más amplia. En lugar de proporcionar una seguridad absoluta, la bomba atómica podría estar generando nuevas y perturbadoras formas de vulnerabilidad.

El Debilitamiento de la Disuasión

Desde la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética y posteriormente Rusia desplegaron una tríada nuclear compuesta por misiles balísticos intercontinentales terrestres, misiles balísticos lanzados desde submarinos y bombarderos pesados con el objetivo de amenazar y disuadir a sus adversarios. Estos sistemas son definidos como «fuerzas ofensivas estratégicas» porque pueden transportar ojivas a distancias superiores a las 3.400 millas. Estados Unidos puede alcanzar directamente el territorio continental ruso, mientras que Rusia puede hacer lo mismo con el territorio continental estadounidense.

La rápida expansión del arsenal nuclear chino en los últimos años tiene como objetivo situar a Pekín al mismo nivel que Moscú y Washington. Manteniendo esta estructura estratégica, un país puede garantizar que no será víctima de un «primer golpe perfecto», es decir, un ataque nuclear capaz de eliminar por completo su capacidad de represalia. De esta manera, conserva la posibilidad de responder.

La posibilidad de una represalia nuclear ha funcionado tradicionalmente como el principal elemento disuasorio que impide que los Estados nucleares utilicen armas nucleares unos contra otros. Esta combinación de capacidades ha constituido la base de la estabilidad estratégica: la idea de que ningún Estado dotado de armas nucleares debería tener incentivos para emplear armas cuyo uso podría desencadenar consecuencias apocalípticas.

Cuando una potencia nuclear se enfrenta a un adversario sin armas nucleares, puede recurrir a demostraciones de fuerza atómica para intimidarlo. Tomemos como ejemplo los bombarderos estratégicos rusos. Aunque pueden emplearse para transportar armamento convencional, Moscú destacó explícitamente su papel nuclear en 2024 al declarar que cualquier ataque contra los activos estratégicos rusos podría provocar una respuesta nuclear.

Se esperaba que esta ambigüedad proporcionara flexibilidad a los dirigentes rusos. No estaban obligados a utilizar armas nucleares en respuesta a los ataques ucranianos, pero confiaban en que la mera posibilidad de una escalada nuclear haría que Kiev se lo pensara dos veces antes de atacar objetivos estratégicos.

Durante la Operación Telaraña, Ucrania puso a prueba esa ambigüedad y descubrió que no era más que una cortina que ocultaba la prudencia rusa. Tras el impacto causado por la destrucción de bombarderos estratégicos, Moscú no pulsó el botón nuclear. Ni siquiera reanudó una campaña explícita de amenazas atómicas. En lugar de ello, respondió con un ataque convencional que incluyó 400 drones y 40 misiles contra objetivos ucranianos.

Esta respuesta resumió perfectamente el choque entre la lógica tradicional de la disuasión nuclear y las realidades de la guerra contemporánea. Como Ucrania ha demostrado desde 2022, poseer armas nucleares no protege a un agresor de represalias convencionales. Incluso el arsenal más poderoso del mundo no basta para proteger a una gran potencia frente a un Estado más pequeño decidido a defenderse.

Israel está aprendiendo una lección similar. Los dirigentes israelíes mantienen una política de ambigüedad respecto a las capacidades nucleares del país, pero durante mucho tiempo existió una confianza implícita en que las armas nucleares protegerían a Israel al disuadir tanto a Estados como a actores no estatales.

El ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 destruyó esa creencia. Los acontecimientos posteriores la han debilitado aún más. En los últimos años, y especialmente desde el inicio de la ofensiva conjunta entre Estados Unidos e Israel contra Irán en febrero, Israel ha sido objeto de intensos ataques con misiles por parte de Irán, Hezbolá en el Líbano y los hutíes en Yemen.

Ni los Estados ni los actores no estatales parecen considerar la capacidad nuclear israelí como una razón para abstenerse de atacar territorio israelí. De hecho, en marzo Irán atacó el reactor productor de plutonio de Dimona, demostrando no solo que la disuasión nuclear israelí había fracasado en su supuesto propósito, sino que incluso podía convertirse en un imán para nuevos ataques.

La respuesta israelí a esta amenaza ha consistido en reforzar de manera constante y significativa sus sistemas de defensa antimisiles multinivel: desde la Cúpula de Hierro (Iron Dome), diseñada para interceptar ataques de corto alcance, hasta la Honda de David (David’s Sling), destinada a misiles de medio y largo alcance, y el sistema Arrow (Hetz), especializado en la defensa contra misiles balísticos de largo alcance.

Estas defensas escalonadas están diseñadas para hacer frente a una amplia variedad de amenazas, desde ataques aislados hasta salvas masivas de misiles, y son capaces de distinguir rápidamente entre proyectiles peligrosos y aquellos que caerán sin causar daños.

La ironía de esta situación es doble.

En primer lugar, la proliferación de misiles precisos, drones y vehículos no tripulados baratos entre los vecinos de Israel e incluso entre actores no estatales ha generado una relación coste-beneficio desfavorable para sistemas avanzados como la Cúpula de Hierro. Al igual que otros países de Oriente Medio, Israel estudia la experiencia ucraniana en el desarrollo de defensas eficaces y económicas contra drones de bajo coste. Sin embargo, el gobierno israelí evitó cuidadosamente proporcionar a Ucrania sistemas avanzados de defensa antimisiles durante toda la guerra contra Rusia.

La segunda ironía es que Israel ha apostado precisamente por una estrategia de «disuasión por negación» mediante la construcción de sofisticadas defensas antimisiles. Teóricamente, sus adversarios deberían desistir de atacar al comprender que sus ofensivas resultarían inútiles debido a la capacidad israelí para interceptar los proyectiles dirigidos contra objetivos dentro del país.

Sin embargo, esta teoría está siendo sometida a una dura prueba durante la actual guerra con Irán. Los enemigos de Israel continúan lanzando oleadas de misiles y drones contra ciudades y posiciones militares israelíes, y algunos de ellos inevitablemente logran alcanzar sus objetivos y causar daños.

El bajo coste y la amplia disponibilidad de las armas convencionales modernas están obligando a Israel a buscar sistemas defensivos aún más económicos.

Mientras tanto, el otro elemento disuasorio israelí la amenaza de represalia nuclear ha quedado prácticamente fuera de la conversación pública. Incluso en sus declaraciones oficiales sobre el ataque a Dimona, el gobierno israelí evitó cualquier referencia que pudiera interpretarse como una amenaza nuclear.

Israel continúa aferrándose a su estrategia de ambigüedad nuclear, probablemente para evitar desencadenar una carrera armamentística regional o exponerse a nuevas sanciones internacionales. Como consecuencia, ya sean Estados o actores no estatales, los adversarios de Israel tienen pocas razones para tomar en consideración su capacidad nuclear o sentirse disuadidos por la posibilidad de un ataque atómico israelí.

Un Nuevo Consenso

Sin duda, las armas nucleares siguen fomentando la prudencia en determinadas circunstancias. Desde 2022, Estados Unidos y sus aliados de la OTAN han incrementado gradualmente la ayuda militar a Ucrania de manera que no provocara una respuesta escalatoria por parte de Rusia. Moscú, por su parte, ha evitado atacar directamente territorio de la OTAN durante toda la guerra, aunque las armas suministradas por la Alianza se han convertido en objetivos legítimos una vez que cruzan la frontera ucraniana. Tanto Rusia como la OTAN han evitado cuidadosamente cualquier enfrentamiento directo que pudiera desencadenar una escalada mayor.

En este contexto, la teoría tradicional de la disuasión nuclear sigue conservando cierta validez. La enorme cantidad de armas nucleares en los arsenales de Estados Unidos y Rusia aproximadamente 4.000 ojivas por cada lado podría estar obligando tanto a Moscú como a Washington y sus aliados a actuar con extrema cautela. Un intercambio mutuo de misiles nucleares entre ambas potencias implicaría el riesgo de una rápida escalada hacia una catástrofe global.

Otra explicación puede encontrarse en la singular relación nuclear desarrollada por Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Tanto Washington como Moscú mantienen sus fuerzas nucleares en elevados niveles de alerta y listas para ser lanzadas con rapidez. Sin embargo, ninguna de las dos partes dispone de la capacidad para ejecutar un primer ataque completamente devastador o «perfecto» que elimine por completo la capacidad de represalia del adversario. Esta frágil «estabilidad del primer golpe» ha mantenido a ambas potencias en una situación de mutua vulnerabilidad nuclear que ninguna desea alterar.

Durante la Guerra Fría, ambas superpotencias temían que su rival desarrollara una «sorpresa estratégica», es decir, una nueva arma o sistema defensivo capaz de alterar el equilibrio y romper la estabilidad del primer golpe. Esto nunca llegó a suceder, pero el temor persiste hasta nuestros días.

Esta preocupación se refleja actualmente en la inquietud estadounidense ante la rápida expansión del arsenal nuclear chino. Washington teme enfrentarse eventualmente a dos grandes potencias nucleares con arsenales masivos: Rusia y China. En tal escenario, Estados Unidos podría no ser capaz de responder de manera eficaz a amenazas simultáneas procedentes de ambos países. Su paraguas nuclear podría debilitarse y dejar a sus aliados expuestos a ataques convencionales por parte de Pekín o Moscú.

Hasta ahora, la disuasión nuclear extendida de Estados Unidos ha contribuido a evitar conflictos convencionales en Europa y Asia Oriental. Sin embargo, a medida que China incrementa su capacidad nuclear, esta situación podría cambiar.

En Asia Meridional, por el contrario, las armas nucleares no han impedido la guerra convencional. A pesar de que India y Pakistán poseen arsenales nucleares, ambos países se vieron arrastrados en 2025 a su enfrentamiento convencional más grave desde 1999.

Los choques directos entre estas dos potencias nucleares siempre generan alarma dentro y fuera de la región. Estados Unidos ha intervenido en numerosas ocasiones para facilitar un alto el fuego, incluida la crisis de 2025. China también afirmó haber contribuido a la desescalada del conflicto.

La amenaza de una escalada nuclear impulsa a las potencias externas a intervenir. Como demuestra el caso indo-pakistaní, las armas nucleares no impiden necesariamente los enfrentamientos convencionales, pero el temor a que puedan utilizarse favorece una rápida terminación de las hostilidades.

En resumen, los acontecimientos recientes revelan tendencias contradictorias en la disuasión nuclear. La estabilidad estratégica entre las dos grandes potencias heredadas de la Guerra Fría parece seguir manteniendo alejados los conflictos convencionales en Europa y Asia Oriental. China, como nuevo competidor estratégico, podría alterar ese equilibrio, pero por ahora este continúa vigente.

Por el contrario, en Asia Meridional se siguen produciendo guerras convencionales a pesar de que ambas partes poseen armas nucleares.

Estos hechos sugieren que las potencias nucleares actuales seguirán considerando necesario conservar sus arsenales, incluso frente al creciente número de amenazas convencionales. Algunos elementos de la disuasión continúan dependiendo de un equilibrio nuclear estable y seguirán haciéndolo mientras existan armas nucleares.

Sin embargo, todos los Estados nucleares, independientemente de que sean o no parte del Tratado de No Proliferación Nuclear, deberían comprometerse a limitar y reducir sus arsenales cuando las condiciones lo permitan. La eliminación de las armas nucleares sigue siendo uno de los objetivos fundamentales de la humanidad.

Paradójicamente, el entorno actual podría favorecer este proceso, ya que las guerras en curso están sembrando dudas sobre la utilidad real de las armas nucleares para preservar la paz. Irán, Ucrania, los hutíes en Yemen y otros actores parecen actuar como si el riesgo de una represalia nuclear fuera prácticamente insignificante.

Después de todo, el tabú nuclear ha demostrado ser extremadamente sólido: hasta ahora ningún líder ha estado dispuesto a romperlo.

A medida que más Estados y actores no estatales adquieren sistemas avanzados de misiles y drones, serán capaces de lanzar ataques cada vez más audaces incluso contra las potencias mejor armadas del mundo.

La aparente ineficacia de las armas nucleares debería servir también de lección para los aliados de Estados Unidos en Europa y Asia, muchos de los cuales empiezan a cuestionar la credibilidad de las garantías de disuasión extendida proporcionadas por Washington y debaten abiertamente la posibilidad de desarrollar sus propios arsenales nucleares.

El presidente de Polonia ha sugerido que su país debería poseer armas nucleares, mientras que algunos políticos alemanes han planteado la misma posibilidad para Alemania. En Asia Oriental, las encuestas muestran un creciente apoyo en Corea del Sur al desarrollo de un arsenal nuclear propio. Incluso en Japón el único país que ha sufrido ataques nucleares la opinión pública parece hoy más abierta que en el pasado a debatir esta cuestión.

En Oriente Medio, diversos países temen posibles agresiones procedentes de Israel, Estados Unidos o de sus vecinos regionales. Arabia Saudí podría avanzar hacia la obtención de capacidades nucleares, presionando para obtener el derecho a enriquecer material nuclear e incluso reforzando sus acuerdos de seguridad con Pakistán, que podrían incluir el acceso a material fisible o tecnologías relacionadas con ojivas nucleares.

Sin embargo, la proliferación de más armas nucleares en más países no impedirá los conflictos convencionales.

Las armas nucleares no lograron evitar la destrucción de los bombarderos estratégicos rusos. Tampoco protegen a las ciudades israelíes frente a ataques repetidos e intensivos con misiles. Ni han impedido que India y Pakistán inflijan devastación en territorio del otro.

La proliferación nuclear implica riesgos extremadamente graves. Aunque el tabú contra el uso de armas nucleares se ha mantenido firme desde 1945, no constituye una garantía absoluta contra una futura escalada. Esto resulta especialmente preocupante en un contexto en el que tecnologías como la inteligencia artificial están transformando los procesos de toma de decisiones militares y podrían aumentar el riesgo de escaladas accidentales.

Además, cuanto mayor sea el número de actores nucleares, mayores serán las posibilidades de uso accidental o no autorizado de estas armas. Los nuevos Estados nucleares carecerán de la experiencia acumulada por las potencias nucleares tradicionales en materia de seguridad y control de arsenales.

La expansión del número de armas nucleares también incrementará las oportunidades para que actores no estatales intenten obtener acceso a ellas, reavivando el temor al terrorismo nuclear que preocupó profundamente a los responsables políticos tras el colapso de la Unión Soviética a comienzos de la década de 1990.

Menos es Más

Las armas nucleares también son extraordinariamente costosas. Los Estados que ya poseen grandes arsenales nucleares destinan enormes recursos al desarrollo y modernización de sus fuerzas estratégicas. Las tres mayores potencias nucleares Estados Unidos, Rusia y China están modernizando sus misiles balísticos intercontinentales, sus submarinos nucleares y sus bombarderos estratégicos a un coste gigantesco.

Sin embargo, el valor de estas inversiones es cada vez más discutible. Invertir en resiliencia, en la capacidad de supervivencia de los sistemas existentes mediante el fortalecimiento de las instalaciones de despliegue y el desarrollo de sistemas nucleares más móviles y en defensa puede resultar mucho más útil. En particular, son fundamentales las inversiones en sistemas integrados de defensa aérea y antimisiles capaces de impedir ataques contra infraestructuras nucleares críticas.

A medida que la disuasión nuclear se vuelve más incierta y los ataques convencionales adquieren una precisión y una capacidad destructiva cada vez mayores, estas inversiones podrían ofrecer beneficios más duraderos que seguir destinando recursos crecientes a la modernización nuclear.

Como ha comprobado Rusia durante la guerra en Ucrania, el territorio nacional ya no constituye un refugio seguro. Las bases donde se despliegan sistemas nucleares estratégicos pueden ser atacadas. Tanto actores estatales como no estatales son capaces de amenazar estas instalaciones mediante drones de precisión o misiles de corto alcance.

Esta realidad demuestra que las bases nucleares necesitan defensas aéreas y antimisiles capaces de operar con tiempos de alerta mínimos y frente a amenazas de corto alcance. Idealmente, estos sistemas deberían parecerse a las soluciones de defensa contra drones desarrolladas y desplegadas por Ucrania, algunas de las cuales incluso han sido suministradas a países del Golfo en Oriente Medio debido a su elevada relación coste-eficacia.

Los sistemas defensivos del futuro deberán ser suficientemente baratos y ampliamente desplegables para hacer frente a salvas masivas de misiles modernos y enjambres de drones.

Los Estados que despliegan armas nucleares deben estar preparados para protegerlas frente a ataques convencionales. Las medidas de resiliencia sólidas y multicapa parecen una opción mucho más fiable que una teoría de la disuasión basada únicamente en amenazas de represalia nuclear que podrían carecer de credibilidad.

Por ello, las potencias nucleares deberían revisar sus políticas públicas sobre cómo y cuándo utilizarían armas nucleares. Rusia ha comprobado que Ucrania ignoró por completo la doctrina nuclear rusa respecto a ataques convencionales contra objetivos relacionados con capacidades nucleares. A pesar de amenazar con represalias nucleares y sufrir graves daños en su flota de bombarderos estratégicos, Moscú no cumplió sus advertencias.

Mensajes de este tipo terminan debilitando la credibilidad de las fuerzas nucleares o generan una presión insoportable para escalar hacia el uso efectivo de armas atómicas.

En lugar de ello, los Estados nucleares y el resto de la comunidad internacional deberían promover nuevos principios normativos destinados a crear barreras frente a la escalada nuclear.

Tanto en la guerra de Ucrania como en los conflictos de Oriente Medio, las centrales nucleares han pasado a convertirse en objetivos potenciales. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha instado a los Estados a comprometerse a no atacar instalaciones nucleares durante tiempos de guerra.

India y Pakistán ya mantienen un acuerdo mediante el cual se comprometen a no atacar mutuamente sus instalaciones nucleares. Cada año, el primer día de enero, intercambian listas de los emplazamientos nucleares que aceptan excluir de cualquier ataque convencional.

Como han sugerido algunos analistas, los países deberían comprometerse de manera más amplia a no atacar zonas cercanas a instalaciones que alberguen ojivas nucleares. Estos compromisos podrían ampliarse para abarcar todas las instalaciones nucleares militares y ser adoptados por los Estados poseedores de armas nucleares. Con el tiempo, este principio podría transformarse en una norma global aceptada por toda la comunidad internacional.

El objetivo sería ampliar el tabú nuclear para que incluya también los ataques convencionales contra objetivos nucleares, ya sean civiles como centrales nucleares o militares como instalaciones relacionadas con armas nucleares.

Tanto los Estados con armas nucleares como aquellos que carecen de ellas deberían considerar que estos compromisos responden a sus propios intereses. Incluso para los países no nucleares, estas medidas reforzarían la norma contra el uso de armas nucleares al reducir el riesgo de una escalada accidental. Al mismo tiempo, ayudarían a prevenir catástrofes radiológicas derivadas de ataques convencionales contra instalaciones nucleares.

Los Estados no nucleares que actualmente contemplan adquirir armas nucleares deberían reflexionar cuidadosamente antes de hacerlo. La ambigua disuasión nuclear de Israel no ha impedido ataques convencionales contra su territorio. La explícita y gigantesca disuasión nuclear de Rusia tampoco ha logrado hacerlo.

En lugar de buscar armas nucleares, estos países podrían invertir en mejorar sus capacidades defensivas y su resiliencia frente a amenazas convencionales e híbridas.

Los aliados de Estados Unidos deberían concentrarse en garantizar que las capacidades de disuasión extendida desplegadas en sus territorios estén adecuadamente protegidas, mantenidas y sometidas a ejercicios regulares de preparación operativa. Ningún aliado puede prever cómo actuará un futuro presidente estadounidense, pero sí puede asegurarse de que los sistemas de disuasión desplegados en su territorio estén preparados para cumplir su misión.

En este período de profunda incertidumbre nuclear, existe el riesgo de que los Estados extraigan conclusiones equivocadas. El peor escenario sería que las potencias nucleares ignoraran las lecciones de las guerras actuales y continuaran ampliando ciegamente sus fuerzas nucleares sin reconocer que las nuevas amenazas convencionales ya no provienen únicamente de rivales nucleares tradicionales, sino de múltiples direcciones.

Muy pronto, incluso actores no estatales podrían disponer de grandes cantidades de drones y misiles baratos, precisos y rápidos. El próximo gran ataque terrorista podría no dirigirse contra rascacielos en una ciudad costera, sino contra instalaciones de despliegue nuclear. A medida que los grupos terroristas adquieran misiles de mayor alcance, ataques de este tipo podrían incluso alcanzar regiones interiores de Estados Unidos.

La respuesta a estas amenazas no consiste en acumular más armas nucleares, especialmente cuando su capacidad disuasoria resulta cada vez más cuestionable.

Por el contrario, los Estados deben reconocer que la naturaleza de la guerra convencional está cambiando y que los drones y los misiles balísticos están desafiando el papel estratégico central que las armas nucleares han desempeñado durante décadas.

Los gobiernos deben desarrollar sistemas defensivos más eficaces y construir una protección resiliente frente a ataques convencionales contra sus fuerzas nucleares. Al mismo tiempo, deben promover normas internacionales destinadas a disuadir el uso de armas nucleares y prevenir catástrofes radiológicas.

Solo así las armas nucleares podrán seguir desempeñando su función original: disuadir a otras potencias nucleares de iniciar agresiones y evitar escaladas capaces de desembocar en una catástrofe global.

Rose Gottemoeller es profesora William J. Perry en el Centro para la Seguridad y la Cooperación Internacional de la Universidad de Stanford e investigadora en la Institución Hoover. Se desempeñó como Vicesecretaria General de la OTAN entre 2016 y 2019. Es autora del libro Security Through Cooperation: Space, Nuclear Weapons, and U.S.-Russia Relations After the Cold War (Seguridad mediante la cooperación: el espacio, las armas nucleares y las relaciones entre Estados Unidos y Rusia después de la Guerra Fría).

Fuente:https://www.foreignaffairs.com/ukraine/strange-defeat-nuclear-deterrence-rose-gottemoeller

 

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