En las últimas semanas, los medios de comunicación tradicionales han comenzado a destacar que Ucrania está obteniendo resultados mucho mejores en el campo de batalla y que la guerra contra Rusia podría estar empezando a inclinarse finalmente a su favor. Sin embargo, algunas de las afirmaciones relacionadas con la revolución tecnológica que subyace a este proceso están siendo exageradas, y es necesario comprender con precisión de qué manera está cambiando la naturaleza de la guerra.
La guerra en curso con Irán y la Operación Epic Fury han demostrado claramente que el poder aéreo, por sí solo, siempre ha tenido enormes dificultades para alcanzar objetivos políticos. Lo que me interesa analizar aquí es cómo el poder aéreo ha influido históricamente en la guerra terrestre, que sigue siendo el principal medio a través del cual la fuerza aérea afecta los resultados políticos de un conflicto. Tradicionalmente, el poder aéreo se ha empleado en tres ámbitos principales.
El primero es el ámbito estratégico: la destrucción de grandes objetivos situados en la retaguardia enemiga que desempeñan un papel crucial en el esfuerzo bélico, como fábricas, nudos ferroviarios, redes eléctricas e infraestructuras similares.
El segundo uso es el operacional: atacar objetivos militares situados aproximadamente entre diez y cien kilómetros detrás de la línea del frente, como rutas de suministro, sistemas de defensa aérea, tropas concentradas para una ofensiva, instalaciones de comunicaciones, centros de mando, cuarteles o depósitos de combustible necesarios para fuerzas blindadas móviles. Este tipo de ataques resulta fundamental para «modelar» el campo de batalla mediante la interrupción de las comunicaciones y la logística enemigas.
La tercera función es el apoyo aéreo cercano, es decir, el ataque directo contra fuerzas enemigas que están participando activamente en combates en la línea del frente.
De estas tres funciones, la primera y la tercera ya han sido profundamente transformadas por las nuevas tecnologías, mientras que la segunda está a punto de experimentar cambios igualmente significativos. Veamos qué nos han enseñado los conflictos recientes.
Gran parte de la cobertura mediática reciente se ha centrado en los ataques ucranianos con drones de largo alcance contra instalaciones petroleras y gasísticas rusas situadas, en algunos casos, a miles de kilómetros de la frontera ucraniana. Los observadores señalaron también la escasez de equipamiento militar exhibido durante las celebraciones del Día de la Victoria del 9 de mayo en la Plaza Roja y los temores de Vladimir Putin a posibles intentos de asesinato mediante drones.
La tecnología ha marcado una enorme diferencia en este ámbito. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Mando de Bombardeo británico y la Octava Fuerza Aérea estadounidense intentaron destruir objetivos estratégicos como las fábricas alemanas de rodamientos. Sin embargo, las defensas antiaéreas nazis obligaron a los bombarderos británicos y estadounidenses a operar de noche, reduciendo drásticamente su precisión. Como consecuencia, los Aliados recurrieron cada vez más a bombardeos indiscriminados sobre ciudades enteras, como Dresde, Hamburgo y Tokio, provocando cientos de miles de víctimas civiles.
A pesar de las evaluaciones estratégicas de figuras como Lindsey Graham, este tipo de ataques contra civiles no solo son moralmente repugnantes, sino que además han demostrado históricamente una capacidad limitada para alterar los cálculos políticos de los países atacados. Rusia ha golpeado objetivos civiles en Ucrania durante toda la guerra; aunque ha dificultado enormemente la vida de la población, no ha logrado forzar la rendición del país.
El ámbito donde la tecnología de drones ha producido los efectos más revolucionarios es el apoyo aéreo cercano. Históricamente, esta misión fue extremadamente difícil de ejecutar. Hasta la aparición de municiones guiadas de precisión como los misiles Maverick o las bombas guiadas GBU-10 y GBU-12 a finales del siglo XX, atacar objetivos puntuales desde el aire resultaba complicado. Además, aeronaves de vuelo lento y baja altitud como el AC-130 o el popular A-10 Warthog eran vulnerables a las defensas antiaéreas y presentaban elevados riesgos de fuego amigo.
Hoy, los drones FPV (First-Person View) de bajo coste, producidos por millones cada año en Ucrania, han alterado completamente esta ecuación. La guerra clásica de maniobra con armas combinadas —en la que vehículos blindados penetraban profundamente detrás de las líneas enemigas para cortar suministros y conquistar territorio— se ha vuelto extremadamente difícil. Los drones FPV han hecho que el campo de batalla sea prácticamente transparente: pueden observar todo y atacar cualquier objetivo que detecten, desde tanques y sistemas antiaéreos hasta soldados individuales. Además, al menos por ahora, son mucho menos vulnerables a las defensas aéreas modernas y mucho más precisos que las municiones tradicionales.
La única misión en la que el poder aéreo convencional conserva una ventaja clara es la operacional, que comienza con el establecimiento de la superioridad aérea en las primeras fases de una campaña. Los aviones siguen siendo extremadamente útiles para neutralizar baterías de misiles tierra-aire y destruir aeronaves enemigas tanto en tierra como en vuelo. También son indispensables para determinadas misiones estratégicas, como el empleo de bombas antibúnker de gran tamaño, utilizadas por Estados Unidos contra la instalación nuclear iraní de Fordow el verano pasado.
Sin embargo, incluso las misiones operacionales están experimentando una profunda transformación. En los primeros años de la guerra, Ucrania utilizó con gran eficacia los sistemas HIMARS suministrados por Estados Unidos, capaces de atacar objetivos situados entre decenas y cientos de kilómetros de distancia. Aunque las contramedidas rusas han reducido considerablemente su eficacia, los ucranianos están desarrollando una nueva generación de drones y misiles capaces de operar a distancias operacionales similares.
Podemos observar este fenómeno actualmente en Crimea, ocupada por Rusia. Ucrania está destruyendo sistemáticamente los sistemas rusos de defensa aérea mediante drones y misiles de alcance medio. La península dispone de líneas de suministro limitadas: una estrecha franja terrestre al norte y el puente del estrecho de Kerch que la conecta con Rusia continental. Según diversas informaciones, Ucrania ya controla desde el aire las rutas que atraviesan el istmo y ha atacado repetidamente el puente durante los últimos tres años.
En estas circunstancias, no sería sorprendente que en algún momento del próximo año el mando ruso concluyera que su posición en Crimea se ha vuelto insostenible y comenzara a retirar sus fuerzas, tal como previamente hizo con gran parte de su flota naval. Una retirada de este tipo supondría, sin duda, una enorme derrota política para Vladimir Putin.
El poder aéreo no ha quedado obsoleto. El éxito militar sigue dependiendo de defensas escalonadas y de sistemas capaces de operar dentro de cada una de esas capas. Sin embargo, al comparar el futuro de los drones con el de la aviación tradicional, la cuestión no es únicamente una cuestión de capacidades. La aviación seguirá siendo superior en determinadas misiones operacionales y estratégicas. El verdadero problema es el coste relativo.
Un misil Patriot puede derribar un dron Shahed, pero mientras un Patriot cuesta más de cuatro millones de dólares, un Shahed puede fabricarse por menos de cuarenta mil dólares y producirse en cantidades mucho mayores. En el futuro, países como Ucrania podrán desplegar enjambres de drones baratos controlados de forma autónoma por sistemas de inteligencia artificial.
Mientras tanto, la Operación Epic Fury en Oriente Medio ha demostrado que incluso los sofisticados sistemas de defensa aérea suministrados por Estados Unidos a sus aliados del Golfo son incapaces de impedir completamente que los drones y misiles iraníes inflijan daños significativos a infraestructuras críticas.
Este equilibrio de capacidades persistirá hasta que alguien logre desarrollar un sistema antidrones barato y eficaz. Actualmente numerosos países y empresas trabajan en ello, pero todavía no hemos llegado a ese punto.
