En el Pacífico Occidental se está desarrollando una situación preocupante, y Estados Unidos no está suficientemente preparado para afrontarla.
A principios de este mes, la Guardia Costera de China se puso en contacto con tres buques que navegaban en aguas internacionales al este de Taiwán para exigirles que informaran de sus puertos de origen y destino. China no detuvo las embarcaciones. Sin embargo, al actuar de ese modo, afirmó implícitamente su supuesto derecho a supervisar el tráfico marítimo en las proximidades de Taiwán, una señal que podría anticipar una crisis de mayor envergadura dentro de uno o dos años.
Muchos analistas especializados en China consideran posible que el próximo gran episodio de tensión en torno a Taiwán se produzca el año que viene. Según las agencias de inteligencia estadounidenses, el secretario general Xi Jinping ordenó al Ejército Popular de Liberación estar preparado para una operación contra Taiwán en 2027. No obstante, el momento verdaderamente crítico podría llegar en enero de 2028, cuando Taiwán celebrará sus próximas elecciones presidenciales. Xi podría decidir entonces aumentar la presión para influir en el resultado.
Es cierto que, por ahora, la situación parece relativamente tranquila. La última gran crisis en el estrecho de Taiwán ocurrió hace aproximadamente cuatro años, tras la visita a la isla de la entonces presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi. Desde entonces, las relaciones entre Washington y Pekín parecen atravesar una tregua temporal. Durante su encuentro celebrado en Pekín el pasado mes de mayo, Xi y el presidente Donald Trump manifestaron su compromiso con una «estabilidad estratégica constructiva».
Pero esa aparente calma puede resultar engañosa.
Mientras Xi continúa reforzando las capacidades militares destinadas a doblegar a Taiwán y forzar la reunificación con el continente, también incrementa de forma constante la presión cotidiana mediante acciones que permanecen por debajo del umbral de una guerra abierta. Taiwán se encuentra rodeado casi de forma permanente por buques de la armada china. Las fuerzas chinas desafían regularmente el espacio aéreo y las aguas territoriales taiwanesas y realizan maniobras militares con escaso preaviso que simulan escenarios de invasión o bloqueo. Paralelamente, Pekín mantiene una presión constante mediante ciberataques, campañas de desinformación y actividades de espionaje. La situación parece estable únicamente porque Xi ha conseguido normalizar esta estrategia multidimensional de desgaste y coerción.
El objetivo de China consiste en imponerse sin recurrir a la guerra, aunque manteniendo la disposición de emplear la fuerza militar si llegara a considerarlo necesario. Xi pretende debilitar la moral de la sociedad taiwanesa y sembrar dudas sobre el compromiso de Estados Unidos con la defensa de la isla. Confía en que una sociedad aislada y vulnerable termine aceptando una reunificación impuesta. Y no desea esperar indefinidamente: con 73 años, Xi es consciente de que su margen temporal no es ilimitado.
Por ello, su estrategia pasa por favorecer la llegada al poder de un gobierno taiwanés más receptivo a Pekín, lo que convierte las elecciones de 2028 en un momento decisivo.
Los órganos de propaganda chinos presentan al presidente taiwanés Lai Ching-te como un radical partidario de la independencia. Si Lai moviliza a la base del Partido Democrático Progresista (PDP) mediante declaraciones firmes en defensa de la soberanía de Taiwán, es poco probable que Xi permanezca pasivo. Podría intentar influir en el proceso electoral recurriendo a formas más agresivas de coerción, como pruebas de misiles o maniobras militares de gran escala destinadas a incrementar la presión psicológica sobre la población y transmitir el mensaje de que una nueva victoria de Lai significaría otros cuatro años de tensión permanente.
Sin embargo, desde 2016 este tipo de presiones ha producido el efecto contrario, alejando a muchos votantes taiwaneses de los candidatos preferidos por Pekín. Por ello, existe un segundo escenario posible: que Xi reaccione de forma especialmente dura si el resultado electoral vuelve a ser contrario a sus intereses.
El candidato preferido por Xi sería Cheng Li-wun, actual líder del opositor Kuomintang (KMT). Cheng viajó a Pekín durante la pasada primavera con el objetivo de estrechar las relaciones con China continental. No obstante, fue elegido mediante una votación interna restringida exclusivamente a los miembros del KMT. Además, ha politizado cuestiones relacionadas con la seguridad nacional al bloquear partes fundamentales del presupuesto extraordinario destinado a reforzar la capacidad defensiva de Taiwán frente a la amenaza china.
Estas posiciones podrían alejar a los votantes moderados, que ya muestran una considerable desconfianza hacia el KMT en asuntos de seguridad nacional. Mientras tanto, Lai podría lograr la reelección por un margen estrecho, pese a unos niveles de aprobación todavía modestos, aunque en ascenso. Alternativamente, el propio KMT podría sustituir a Cheng por un candidato considerado más pragmático desde el punto de vista estratégico y mejorar así sus opciones electorales.
En cualquiera de estos escenarios, Taiwán seguiría estando gobernado por un ejecutivo que no avanzaría hacia la reunificación con China al ritmo ni en los términos que Xi desea.
La frustración derivada de ese resultado podría llevar al dirigente chino a incrementar aún más la presión sobre la isla.
Para ello no sería necesario recurrir a una invasión militar. Xi podría dar un paso más respecto a las recientes actuaciones de la Guardia Costera china e imponer una «cuarentena aduanera». Pekín podría interrumpir selectivamente el tráfico marítimo y aéreo con destino a Taiwán, exigiendo, por ejemplo, que los buques que se dirijan a la isla completen previamente los trámites aduaneros en puertos del continente. El objetivo consistiría en demostrar hasta qué punto China es capaz de estrangular económicamente a Taiwán y, al mismo tiempo, poner de manifiesto las enormes dificultades que tendría Estados Unidos para impedirlo.
Romper una cuarentena sería una tarea extremadamente difícil en cualquier circunstancia, ya que obligaría a Estados Unidos a ejercer una presión de respuesta sobre Pekín sin provocar una escalada indeseada. Dicha presión podría combinar sanciones comerciales, financieras y tecnológicas con una condena diplomática internacional y, si fuera necesario, con preparativos militares destinados a romper la cuarentena. Sin embargo, el repliegue de Donald Trump durante la guerra comercial iniciada el año pasado ha podido reforzar en Pekín la percepción de que Washington no está dispuesto a sostener un pulso de coerción prolongado.
De hecho, Trump ya ha dado señales de que no desea verse envuelto en una crisis relacionada con Taiwán. Con el propósito de no poner en riesgo la próxima reunión prevista con Xi Jinping en septiembre, ha ralentizado la aprobación de las ventas de armas a Taipéi. Mientras tanto, el Pentágono continúa concentrando su atención principalmente en la amenaza de una invasión convencional, más que en escenarios de «zona gris», como una cuarentena marítima. Además, a comienzos de 2028 Estados Unidos estará inmerso en su propio ciclo electoral. Xi podría interpretar esa distracción como una oportunidad para intensificar la presión sobre Taiwán y poner a prueba su capacidad de resistencia.
Estados Unidos dispone todavía de varias medidas preventivas. Trump debería concluir la venta de armamento por un valor aproximado de 14.000 millones de dólares prevista para Taipéi y dejar claro que no intentará apaciguar a Xi a costa de la seguridad de Taiwán. Washington también debería ampliar sus herramientas para ejercer presión sobre los puntos vulnerables de la economía china, restringiendo aún más el acceso de China a componentes para motores de reacción y a semiconductores avanzados. Del mismo modo, debería intensificar los preparativos conjuntos con Japón y otros aliados para garantizar que, en caso de una crisis, puedan prestar apoyo efectivo a Taiwán.
Debe reconocerse que la administración Trump ya ha comenzado a ampliar este tipo de cooperación militar mediante ejercicios multinacionales más ambiciosos, el despliegue de misiles y otras capacidades avanzadas, así como a través de diversas iniciativas de coordinación estratégica. No obstante, mientras mantiene un firme respaldo al gobierno de Lai Ching-te, Washington también debería desalentar cualquier retórica electoral que pudiera resultar innecesariamente provocadora.
Si la llamada «Estabilidad Estratégica Constructiva» termina transformándose en la próxima gran crisis en torno a Taiwán en 2028, será indispensable combinar una disuasión firme con una diplomacia prudente.
Fuente:https://www.aei.org/op-eds/a-taiwan-crisis-is-coming-and-xi-may-not-wait/
