Juliano, el último emperador pagano de la Roma cristiana

La historia de Flavio Claudio Juliano, el último emperador pagano de Roma, no es únicamente el relato de una contienda religiosa perdida, sino también la crónica de una civilización enfrentada a su propio pasado. En el siglo IV, cuando el cristianismo se hallaba en plena expansión y los dioses tradicionales comenzaban a perder el amparo del poder político, Juliano intentó alterar el curso de la historia. Sin embargo, su empeño planteaba una cuestión mucho más profunda que la mera restauración de los antiguos dioses en el lugar que antaño habían ocupado: ¿podía una civilización seguir siendo esencialmente la misma después de haber abandonado las creencias que habían sustentado su existencia y configurado su identidad?
octubre 27, 2026
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Mientras morían los dioses de una civilización

La historia, en ocasiones, no cambia de rumbo en los campos de batalla, sino en aquellos momentos en que se transforma aquello que los seres humanos consideran sagrado. Los imperios pueden redibujar sus fronteras cuando pierden territorios, reclutar nuevas legiones cuando sus ejércitos son derrotados y entronizar a otro emperador cuando fallece su soberano. Sin embargo, cuando los dioses de una civilización comienzan a cambiar, no es únicamente la vida religiosa lo que se transforma. También se reconfiguran la percepción humana del tiempo, la relación con el pasado, las concepciones de la legitimidad política y los presupuestos fundamentales sobre el sentido del mundo.

El Imperio romano del siglo IV se encontraba precisamente inmerso en una transformación de semejante magnitud.

Roma, que durante siglos había prosperado bajo la protección de Júpiter, Marte, Apolo y un sinnúmero de divinidades locales, avanzaba ahora hacia un mundo nuevo en el que el cristianismo adquiría una influencia cada vez mayor. El proceso iniciado con el patrocinio imperial del cristianismo por parte de Constantino no solo había supuesto una ampliación de la tolerancia religiosa, sino también una profunda redefinición de las relaciones entre el poder imperial y lo sagrado.

Los antiguos dioses todavía no habían caído en el olvido. Los templos permanecían en pie, los rituales tradicionales seguían practicándose y la autoridad intelectual de la filosofía helénica conservaba su vigencia. Sin embargo, el centro de gravedad del poder político estaba desplazándose.

Fue precisamente en medio de esta fractura histórica cuando ascendió al trono romano un soberano dispuesto a desafiar el rumbo de su propia época: Flavio Claudio Juliano.

La historia lo ha recordado principalmente como Julianus Apostata, es decir, Juliano el Apóstata. No obstante, esta denominación constituye por sí misma una reveladora muestra de cómo se construye la memoria histórica. El calificativo atribuido a Juliano refleja menos la percepción que el emperador tenía de sí mismo que la interpretación que de su figura elaboraron los autores cristianos.

A los ojos de una época, era un soberano que había renegado de la verdad; desde la perspectiva de otra tradición intelectual, era un filósofo que regresaba a una verdad ancestral.

El emperador pagano de una dinastía cristiana

La paradoja histórica de Juliano radica en que surgió precisamente del seno de la dinastía que había hecho posible el ascenso del cristianismo.

Perteneciente a la dinastía constantiniana, Juliano pasó su infancia bajo la sombra de las intrigas palaciegas, la violencia dinástica y la inseguridad política. El asesinato de una parte considerable de su familia marcó profundamente sus primeros años de vida. Sin embargo, explicar su alejamiento del cristianismo exclusivamente a partir de aquellas experiencias traumáticas supondría ignorar la complejidad de su trayectoria intelectual.

Juliano orientó sus inquietudes hacia la literatura helénica, la filosofía clásica y, de manera particular, el pensamiento neoplatónico. Para él, los dioses del mundo antiguo no eran simples figuras mitológicas veneradas por el pueblo. Constituían elementos integrantes de un sistema metafísico mucho más amplio, destinado a explicar el orden del universo, la jerarquía del ser y el lugar que ocupaba el ser humano dentro de la totalidad cósmica.

Por esta razón, el paganismo de Juliano no puede interpretarse como una mera expresión de nostalgia por el pasado.

Su propósito consistía en reinterpretar las prácticas religiosas tradicionales a la luz de un marco filosófico renovado. La posición central que atribuía a Helios, en particular, revela que su pensamiento religioso poseía una complejidad considerablemente mayor que la de un politeísmo convencional.

Desde la perspectiva de Juliano, la cuestión no consistía simplemente en sustituir el cristianismo por los antiguos dioses. Lo que pretendía era revitalizar el orden cosmológico, moral y cultural encarnado por la tradición intelectual helénica.

Aquí emerge una distinción fundamental: Juliano no era un tradicionalista empeñado en conservar intacto el pasado. Era, más bien, un reformador que aspiraba a reorganizar aquella herencia histórica para convertirla en el fundamento del porvenir.

Quizá en ello residiera la contradicción más profunda de su proyecto. El paganismo que Juliano deseaba revitalizar ya no era el universo religioso de la antigua Roma, cuyas prácticas y creencias habían funcionado durante siglos como parte orgánica de la vida colectiva. Se había convertido en un sistema de creencias que necesitaba reorganizarse institucionalmente para poder responder al ascenso del cristianismo.

Dicho de otro modo, Juliano se veía obligado a transformar el mundo antiguo precisamente para intentar preservarlo.

La religión del poder y el poder de la religión

Tras acceder al trono imperial en el año 361, Juliano emprendió, durante su breve reinado, diversas iniciativas encaminadas a revitalizar la vida religiosa tradicional.

Favoreció la actividad de los templos, concedió especial importancia a las ceremonias sacrificiales y procuró dotar al sacerdocio pagano de una estructura institucional más rigurosa y disciplinada. Paralelamente, intentó limitar los privilegios que el cristianismo había adquirido dentro de la administración imperial.

Sin embargo, reducir sus políticas a una simple contraofensiva religiosa supondría ofrecer una interpretación incompleta de su proyecto.

En Roma, la religión no constituía una esfera autónoma circunscrita a la vida privada del individuo, como suele concebirse en determinados contextos de la modernidad. Los rituales religiosos, la autoridad política, el orden público y los sentimientos de pertenencia colectiva se encontraban estrechamente entrelazados. Por consiguiente, transformar el orden religioso implicaba inevitablemente redefinir las fuentes de legitimidad sobre las que descansaba el propio sistema político.

Las críticas de Juliano al cristianismo deben comprenderse también desde esta perspectiva.

En su concepción intelectual, la cultura helénica, la filosofía y el culto a los dioses tradicionales constituían una unidad indisociable. Que el cristianismo pretendiera apropiarse del legado educativo clásico mientras rechazaba a las divinidades tradicionales representaba, a juicio de Juliano, una contradicción fundamental.

La disposición promulgada en el año 362 relativa al ejercicio de la enseñanza constituye uno de los ejemplos más elocuentes de esta concepción. La idea de que quienes enseñaban los textos clásicos debían mantener una coherencia doctrinal con el universo de creencias que aquellos representaban restringió considerablemente las posibilidades de participación de los maestros cristianos en la vida educativa.

Es precisamente aquí donde se manifiesta una de las tensiones internas más significativas del pensamiento político de Juliano.

Por una parte, defendía la revitalización de la pluralidad religiosa tradicional; por otra, limitaba el margen de actuación de los cristianos en determinados ámbitos culturales.

Esta contradicción, sin embargo, no era exclusiva de Juliano. Constituía uno de los grandes dilemas de la Antigüedad tardía: en un orden político donde la verdad religiosa se encontraba bajo la protección del poder imperial, ¿hasta qué punto podían coexistir en condiciones de igualdad distintas creencias?

Por ello, la confrontación de Juliano con el cristianismo no puede interpretarse como un conflicto entre el laicismo y el poder religioso en el sentido moderno de ambos conceptos. Se trataba, por el contrario, de una pugna entre dos concepciones diferentes de lo sagrado por definir los fundamentos del orden público del Imperio.

¿Había lugar para los antiguos dioses en un mundo nuevo?

La principal dificultad a la que se enfrentaba Juliano radicaba en que el cristianismo había dejado de ser únicamente un sistema de creencias para convertirse en una poderosa red social e institucional.

Las iglesias, las estructuras episcopales, las obras de caridad y los debates teológicos adquirían una presencia cada vez más significativa en el entramado social del Imperio.

Juliano no ignoró esta transformación.

Por el contrario, concedió especial importancia a la conducta moral de los sacerdotes paganos, a su compromiso con la asistencia a los pobres y a la necesidad de que asumieran responsabilidades sociales. Esta orientación revela hasta qué punto el emperador había comprendido la fortaleza institucional alcanzada por el cristianismo.

Sin embargo, en este punto emergía una profunda ironía histórica.

Mientras combatía la expansión del cristianismo, Juliano procuraba fortalecer las instituciones religiosas tradicionales mediante procedimientos que, en cierta medida, reproducían los modelos organizativos de las propias instituciones cristianas.

Esta circunstancia constituye un ejemplo particularmente revelador de cómo las civilizaciones, incluso cuando se enfrentan entre sí, son incapaces de sustraerse a los procesos de influencia recíproca.

La competencia histórica, en efecto, no avanza exclusivamente mediante la eliminación de un adversario por otro. Las corrientes intelectuales rivales también se transforman mutuamente al incorporar, adaptar y reformular sus respectivos métodos, conceptos e instrumentos institucionales.

En este sentido, el empeño de Juliano por reconstruir el paganismo suponía un reconocimiento implícito de que la tradición que defendía estaba obligada a encontrar su lugar en un mundo que ya había cambiado profundamente.

Los antiguos dioses podían regresar; pero la Roma a la que habrían de regresar ya no era la Roma de antaño.

La tragedia de Juliano: la política contra el curso de la historia

Interpretar la trayectoria de Juliano únicamente como un intento fallido de restauración religiosa no permite comprender plenamente la tensión intelectual que encarnaba su figura.

Su verdadera tragedia residía en la aspiración de convertir el legado intelectual y religioso del pasado en el fundamento del orden político del futuro.

Juliano creía en la capacidad moral de la filosofía helénica para conducir al ser humano hacia la virtud. Consideraba que el gobierno imperial no debía sustentarse exclusivamente en los éxitos militares y la autoridad burocrática, sino que también debía estar orientado por una concepción filosófica del mundo.

En este sentido, se situaba conscientemente dentro de la tradición del filósofo gobernante.

Sin embargo, la verdad filosófica y la realidad política no siempre avanzan en una misma dirección.

La coherencia intelectual de un sistema de pensamiento no garantiza por sí misma su arraigo social. Del mismo modo, el hecho de que una tradición posea profundas raíces históricas no significa necesariamente que pueda conservar su supremacía política en el porvenir.

Este era, precisamente, el dilema al que se enfrentaba Juliano.

Durante siglos, el universo religioso tradicional de Roma había configurado la vida cultural del Imperio. No obstante, llegado el siglo IV, el cristianismo ya no constituía un elemento extraño procedente del exterior de la sociedad romana. Había echado raíces en las propias instituciones imperiales, en sus ciudades y en sus controversias intelectuales.

Por consiguiente, aquello contra lo que luchaba Juliano no era solamente el cristianismo. Era la propia transformación histórica de Roma.

Con todo, sería un error interpretar esta transformación como el resultado inevitable de una supuesta ley de la historia. Explicar el fracaso de Juliano únicamente por su oposición al rumbo de los acontecimientos equivaldría a subestimar el papel de las decisiones políticas, las circunstancias sociales y las contingencias históricas.

La historia no es un guion escrito de antemano.

Sin embargo, todo proyecto político se desarrolla sobre un terreno histórico que delimita sus posibilidades de acción. El proyecto de Juliano terminó enfrentándose precisamente a los límites de ese horizonte.

Un sueño que terminó en tierras persas

En el año 363, Juliano emprendió una gran campaña militar contra el Imperio sasánida.

La confrontación entre Roma y el mundo persa formaba parte de una rivalidad geopolítica que se había prolongado durante siglos. Mesopotamia constituía uno de los principales escenarios de las disputas militares y políticas entre ambos imperios.

Aunque la expedición de Juliano obtuvo inicialmente determinados éxitos militares, su desarrollo posterior estuvo marcado por graves dificultades logísticas y estratégicas.

El 26 de junio del año 363, el emperador murió como consecuencia de una herida sufrida durante un enfrentamiento en el transcurso de la retirada.

Apenas había superado los treinta años.

Su muerte no significó únicamente el final de la vida de un soberano. Representó también el ocaso del proyecto destinado a restituir el orden religioso tradicional al centro mismo del poder imperial.

Su sucesor, Joviano, era cristiano. Buena parte de las políticas religiosas impulsadas por Juliano fueron abandonadas en un breve espacio de tiempo.

Sin embargo, la muerte de Juliano no provocó la desaparición inmediata del paganismo. Las creencias y los rituales tradicionales continuaron existiendo durante las épocas posteriores. La cristianización no fue una ruptura repentina consumada por la voluntad de un solo emperador, sino un proceso prolongado y complejo que avanzó a ritmos diferentes según las regiones y las circunstancias históricas.

Por otra parte, el célebre relato según el cual Juliano habría reconocido, en sus últimas palabras, la victoria del Galileo —en alusión a Cristo y al cristianismo— no puede considerarse históricamente fiable como testimonio auténtico de su lecho de muerte. Pertenece, más bien, a la memoria simbólica construida por las narraciones cristianas posteriores.

No obstante, la propia existencia de este relato resulta significativa.

Porque pone de manifiesto que los vencedores pueden llegar a convertir incluso las últimas palabras de los soberanos derrotados en símbolos de su propio triunfo histórico.

¿Quién escribe la historia: los vencedores o quienes la recuerdan?

Tras la muerte de Juliano, la evolución de la Roma cristiana siguió su curso. Especialmente hacia finales del siglo IV, las restricciones impuestas a las prácticas sacrificiales tradicionales y el progresivo fortalecimiento del cristianismo dentro de las instituciones imperiales hicieron cada vez más visible la profundidad de aquella transformación religiosa.

Sin embargo, el legado histórico de Juliano no quedó circunscrito al fracaso de sus reformas religiosas.

Mientras que los autores cristianos tendieron a representarlo como un soberano que se había apartado de la verdad, algunos pensadores de distintas épocas lo reivindicaron como uno de los últimos grandes defensores de la filosofía antigua.

Estas interpretaciones divergentes ponen de manifiesto que las figuras históricas no pertenecen exclusivamente al tiempo que les tocó vivir, sino que también se convierten en objeto de las controversias intelectuales de los siglos posteriores.

La vida de Juliano plantea, en este sentido, una cuestión de alcance mucho más amplio: ¿qué determina verdaderamente la continuidad de una civilización?

¿Sus instituciones políticas? ¿Sus territorios? ¿Su lengua? ¿Su ordenamiento jurídico? ¿O acaso los valores que considera sagrados?

Roma continuó existiendo como Roma incluso después de su cristianización. El derecho imperial, las tradiciones administrativas, la educación clásica y las concepciones de la legitimidad política siguieron perdurando, aunque bajo formas históricas diferentes.

Además, los pensadores cristianos tampoco rompieron por completo con la filosofía helénica. Las tradiciones intelectuales platónica y aristotélica desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo de la teología cristiana.

Por consiguiente, el universo intelectual que Juliano había intentado defender no desapareció en su totalidad. Una parte considerable de aquel legado continuó existiendo, revestida de nuevos significados, en el seno de la civilización religiosa contra la que él mismo había combatido.

Quizá sea precisamente aquí donde resida una de las grandes ironías de la historia.

La herencia helénica que Juliano no consiguió preservar mediante el poder político siguió ejerciendo una profunda influencia en la evolución intelectual del mundo cristiano.

¿Mueren los dioses o simplemente cambian de forma?

El breve reinado de Juliano demuestra que las grandes transformaciones históricas difícilmente pueden revertirse mediante la voluntad de un solo individuo. Sin embargo, su trayectoria también nos recuerda que los procesos de cambio histórico nunca se desarrollan completamente al margen del conflicto.

Todo orden emergente rechaza determinados elementos del mundo que lo precedió, al tiempo que transforma otros y los incorpora a su propia estructura.

La cristianización de Roma constituyó precisamente un proceso de esta naturaleza.

Los templos de los antiguos dioses fueron perdiendo gradualmente su centralidad política; sin embargo, la filosofía, el arte, la literatura y el pensamiento jurídico del mundo clásico continuaron desempeñando un papel esencial en la configuración de la nueva civilización.

Juliano, por su parte, pasó a la historia como un soberano que encarnó, en su propia existencia, las tensiones entre el pasado y el porvenir en medio de aquella profunda metamorfosis histórica.

Su derrota no significó la derrota absoluta del pensamiento helénico. Del mismo modo, el ascenso del cristianismo tampoco supuso una ruptura radical e irreversible con la totalidad del pasado romano.

Quizá la enseñanza más importante que pueda extraerse de la historia de Juliano sea precisamente esta: las civilizaciones no perpetúan su existencia únicamente mediante las tradiciones que conservan, sino también a través de los legados que transforman y reinterpretan.

Juliano había imaginado una Roma en la que los antiguos dioses recuperaran su autoridad y volvieran a regir los destinos del Imperio. Sin embargo, la historia dio origen a una Roma profundamente distinta de aquella que él había concebido.

Y quizá la pregunta más trascendental que permanece abierta no sea por qué fracasó Juliano, sino por qué, a pesar de su fracaso, seguimos recordándolo.

Porque algunos soberanos perduran en la memoria por los órdenes políticos que edificaron; otros, por las batallas que conquistaron; y otros, en cambio, por el desafío que se atrevieron a plantear al propio curso de la historia.

Juliano no consiguió cambiar el rumbo de la historia. Pero dejó tras de sí una pregunta que todavía resuena a través de los siglos: ¿habría podido la historia seguir un camino diferente?

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