Cómo Una Entidad Subsidiaria Perdió La Corona Británica Frente A Estados Unidos

Inglaterra fue el principal centro de poder del siglo XIX. Estados Unidos se convirtió en el epicentro del siglo XX y de las primeras décadas del XXI. Quienes crean y administran el capital ya están sentando las bases del próximo gran centro de poder, y todo parece indicar que este nuevo núcleo está tomando forma en Oriente Medio. ¿O debería decir Asia Occidental? Este patrón ya lo hemos visto antes. Los arquitectos de las finanzas globales no se preocupan demasiado por las banderas ni por las fronteras. Lo que les importa es la estabilidad, la seguridad y la rentabilidad. Cuando el orden existente comienza a resultar excesivamente costoso, el capital busca nuevas coordenadas y se desplaza hacia un nuevo centro. Y si la historia puede servirnos de guía, el próximo gran centro no está por llegar: probablemente ya se está construyendo.
agosto 21, 2026
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«Dadme el control sobre la moneda de una nación y no me importará quién haga sus leyes». Atribuido a Mayer Amschel Rothschild

Existe hoy un relato muy extendido llamémoslo, para nuestros propósitos, el relato prometeico que ofrece una explicación seductora del caos global. A sus seguidores les dice que el mundo está gobernado por una misteriosa camarilla financiera cuyo centro se encuentra en la City de Londres. El relato presenta una serie de hechos verificables: golpes de Estado históricos, documentos reales, nombres reales y redes clandestinas que se extienden a lo largo de varios siglos. Quienes lo siguen creen haber identificado al verdadero enemigo.

¿Por qué no habrían de creerlo? El relato les ofrece un rompecabezas ordenado y satisfactorio que resolver. Convierte la geopolítica en un thriller detectivesco en el que el villano es una antigua élite bancaria y el héroe, un líder populista dispuesto a desafiar al sistema para «acabar con el juego». No está tan alejado de la verdad como podría parecer, pero sí está profundamente distorsionado. Al señalar con vehemencia a Inglaterra, este relato termina cegando a sus seguidores ante la verdadera arquitectura del poder. Les hace sentirse buscadores de la verdad mientras, paradójicamente, los aleja de ella. En última instancia, constituye una hábil maniobra de distracción respecto de la estructura de poder estadounidense.

Para comprender el verdadero orden global, debemos dejar de lado el relato y observar la estructura. Cuando lo hacemos, emerge un panorama mucho más nítido: Estados Unidos no es una víctima de la City de Londres; es el centro neurálgico de todo el entramado global. El Reino Unido, pese a todo su prestigio histórico y su poder financiero, ocupa una posición subsidiaria.

Este artículo examinará por qué es así. Exploraremos las razones psicológicas que explican por qué tantas personas se sienten atraídas por este relato; reconstruiremos paso a paso la transferencia histórica del poder financiero global desde Londres hacia Washington; analizaremos las realidades estructurales del actual sistema centrado en el dólar; y mostraremos que el Reino Unido no actúa como un titiritero oculto, sino como un actor secundario, aunque competente, dentro de una estructura de poder más amplia.

La psicología del poder

Para comprender la relación estructural entre Inglaterra y Estados Unidos, primero debemos entender por qué tantas personas creen exactamente lo contrario. ¿Por qué el relato prometeico ejerce una influencia tan poderosa sobre la mentalidad contemporánea?

Estamos predispuestos al tribalismo y al pensamiento binario. Nuestros cerebros evolucionaron para formular juicios rápidos acerca de quién es amigo y quién enemigo, quién es víctima y quién perpetrador. El relato prometeico se alimenta de tres impulsos psicológicos específicos:

Proyección

La proyección es el proceso mediante el cual atribuimos a otros nuestras propias realidades incómodas. Para los estadounidenses, creer que los británicos controlan secretamente el sistema financiero mundial les permite verse a sí mismos como víctimas, en lugar de reconocerse como ciudadanos de un imperio.

Si el villano es la City de Londres, el estadounidense común no tiene que mirar el balance de la Reserva Federal, que desde 2008 ha crecido hasta alcanzar varios billones de dólares. Tampoco necesita examinar la transferencia de riqueza desde los salarios hacia los activos, un proceso que ha favorecido a los sectores más ricos a expensas de las clases trabajadoras. Ni tiene que enfrentarse a las intervenciones militares o a las políticas comerciales de su propio país.

En lugar de ello, puede señalar hacia el otro lado del Atlántico y decir: «Ellos mueven los hilos. Nosotros solo somos víctimas». De este modo, el ciudadano estadounidense pasa de ser partícipe de un imperio a convertirse en un espectador pasivo dentro de un thriller conspirativo. Esto puede hacerle sentir que está adoptando una postura crítica, cuando en realidad le permite eludir la verdadera cuestión de la responsabilidad.

Culto al héroe

El segundo impulso es el culto al héroe. Los seres humanos se sienten atraídos por los relatos morales, por las historias en las que el bien combate contra el mal. En este relato, el «Estado profundo» o la «élite global» representan la oscuridad. Un líder populista que promete «drenar el pantano», alguien presentado como un outsider del sistema, representa la luz.

El culto al héroe termina erosionando el pensamiento crítico. En lugar de comprender los mecanismos del poder, escogemos bandos en función de líderes carismáticos. Nuestra identidad se fusiona con el éxito de nuestro héroe. Si fracasa, concluimos que el establishment es demasiado poderoso. Si triunfa, lo celebramos sin detenernos a examinar si realmente se ha producido un cambio estructural. En ambos casos, dejamos de preguntarnos quién posee realmente el poder, dónde reside y de qué manera se ejerce.

Distracción

El tercer impulso es la distracción. El relato prometeico es extraordinariamente minucioso: nombres, fechas, documentos y conexiones. Sus seguidores dedican horas a descifrar la «mano oculta» de la City de Londres, rastrear dinastías bancarias y sacar a la luz reuniones secretas.

Estos detalles minuciosos nos mantienen ocupados. Concentramos nuestra atención en el nivel microscópico y dejamos de percibir el nivel macroscópico. Mientras diseccionamos Londres hasta el último detalle, ignoramos los datos domésticos que tenemos delante de nuestros propios ojos: el estancamiento salarial, la inflación de los precios de los activos, la desigualdad de ingresos y la creciente concentración de la riqueza en manos estadounidenses.

El relato se convierte así en un rompecabezas infinito compuesto por innumerables piezas. Mientras sigamos intentando ensamblarlas, no levantaremos la mirada para contemplar el panorama completo.

Estos tres impulsos proyección, culto al héroe y distracción nos hacen vulnerables a lo que el pionero de las relaciones públicas Edward Bernays denominó «ingeniería del consentimiento», concepto utilizado para describir la manipulación deliberada de la opinión pública al servicio del poder.

Cuando las personas creen que Inglaterra es el villano, canalizan su indignación hacia un actor situado en una posición subsidiaria, mientras dejan intacto al verdadero centro de poder. Para escapar de esta trampa, debemos trascender estos impulsos y observar el funcionamiento concreto del dinero.

Y cuando lo hacemos, emerge una realidad extraordinariamente reveladora.

Interdependencia asimétrica

Aunque la City de Londres es un gigante financiero sede del mayor mercado de divisas del mundo, centro neurálgico del sector asegurador global y uno de los principales núcleos de la banca internacional, opera dentro de un sistema cuyo marco fundamental está controlado por Estados Unidos. Esto es lo que podemos denominar «interdependencia asimétrica».

El Reino Unido y Estados Unidos están estrechamente entrelazados a través de las finanzas, el comercio y la alianza militar. Sin embargo, la palanca estructural última permanece en manos de Estados Unidos. El Reino Unido es una entidad subsidiaria, no porque carezca de poder, sino porque su poder se ejerce dentro de unos parámetros definidos, en última instancia, por Estados Unidos.

Esta dependencia resulta innegable en tres ámbitos fundamentales.

Hegemonía monetaria: el interruptor maestro

La palanca más fundamental del poder financiero global es la política monetaria: la capacidad de controlar la oferta de dinero y determinar los tipos de interés. Estados Unidos, a través de la Reserva Federal (Fed), controla el «interruptor maestro» del sistema financiero mundial.

El dólar estadounidense es la principal moneda de reserva del mundo. Los países realizan una parte sustancial de su comercio en dólares. Los bancos centrales mantienen reservas denominadas en dólares. Las empresas emiten deuda en dólares.

Precisamente porque el dólar desempeña el papel de moneda de reserva, las decisiones de la Fed tienen repercusiones en todo el planeta. Cuando la Reserva Federal eleva los tipos de interés, el capital tiende a fluir hacia Estados Unidos, fortaleciendo el dólar y dificultando el servicio de la deuda denominada en dólares para otros países. Cuando la Fed reduce los tipos, el capital puede desplazarse hacia el exterior y elevar los precios de los activos en otras economías.

La política de la Fed determina las condiciones atmosféricas; los demás actores operan sobre el terreno.

El Banco de Inglaterra (BoE) sigue, en gran medida, la trayectoria marcada por la Reserva Federal. Establece sus propios tipos de interés dentro de un margen relativamente estrecho condicionado por las decisiones de la Fed. Si la Fed reduce los tipos mientras el BoE los eleva, la libra se fortalece y las exportaciones británicas se ven perjudicadas. Si la Fed aumenta los tipos mientras el BoE los reduce, la libra se debilita y el Reino Unido importa inflación.

Recientemente, un responsable del Banco de Inglaterra reconoció que una política agresiva de recortes de tipos por parte de la Fed podría provocar la importación de inflación hacia el Reino Unido. La Fed actúa; el BoE responde.

Dependencia de la deuda

Este constituye quizá el ejemplo más revelador de la posición subsidiaria del Reino Unido. El Reino Unido acumula una deuda pública de aproximadamente 3 billones de libras, una magnitud que supera su producción económica anual. El Estado británico necesita refinanciar continuamente esta deuda.

Para hacerlo, depende de los inversores internacionales, entre los cuales destacan las grandes instituciones financieras estadounidenses: fondos de pensiones, gestores de activos y fondos soberanos. En busca de rentabilidad y diversificación, estos actores adquieren instrumentos de deuda británicos, aun cuando estén denominados en libras.

Pero lo hacen por decisión propia. También podrían decidir no hacerlo. Y esa posibilidad es precisamente la que limita la soberanía financiera efectiva del Reino Unido. Cada primer ministro británico camina, en cierto modo, sobre una cuerda floja. Si los inversores estadounidenses pierden la confianza, pueden dejar de comprar deuda británica, exigir tipos de interés más elevados o desprenderse de los activos que ya poseen.

En septiembre de 2022, el Reino Unido sufrió una crisis en el mercado de bonos después de que el Gobierno anunciara recortes fiscales sin especificar claramente cómo serían financiados. Los inversores internacionales, entre ellos destacados gestores de activos estadounidenses, vendieron masivamente bonos británicos. Los rendimientos se dispararon, los fondos de pensiones se enfrentaron a exigencias de aportaciones adicionales de garantías y el Banco de Inglaterra se vio obligado a intervenir.

En cuestión de semanas, el Gobierno dio marcha atrás en buena parte de su política. Este viraje de la política fiscal constituye un ejemplo revelador de la posición del Reino Unido: no la de una potencia que controla el sistema, sino la de un actor cuya autonomía está condicionada por las exigencias de los mercados financieros.

Vínculos institucionales

Entre la City de Londres y la Reserva Federal existen profundos vínculos históricos. Algunos historiadores sostienen que banqueros privados con sede en Londres ejercieron influencia en la creación de la Fed en 1913. Sin embargo, la genealogía histórica no equivale al poder contemporáneo.

La Reserva Federal fue establecida mediante una ley aprobada por el Congreso de Estados Unidos y opera en función de los objetivos institucionales estadounidenses. Está sujeta al marco jurídico de Estados Unidos y mantiene mecanismos de rendición de cuentas ante las instituciones políticas estadounidenses.

En la actualidad, Washington y la Reserva Federal emiten la principal moneda de reserva internacional. Establecen las reglas fundamentales de los mecanismos de intercambio de dólares, imponen sanciones y ejercen una influencia decisiva sobre los mecanismos del comercio internacional.

Londres alberga mesas de negociación, bancos, cámaras de compensación y algunos de los principales centros financieros del planeta. Pero albergar una parte esencial de la infraestructura financiera no equivale a poseer la autoridad última sobre el sistema.

Londres es un centro; Washington es el centro de gravedad.

Cómo Inglaterra construyó la maquinaria y cómo Estados Unidos la heredó

Para comprender la relación existente en la actualidad, debemos entender primero cómo Inglaterra llegó a convertirse en el banquero del mundo y, posteriormente, cómo perdió esa corona. El relato prometeico se apoya en un fragmento de verdad: las élites financieras británicas se integraron progresivamente con las instituciones estadounidenses a comienzos del siglo XX. Sin embargo, cuando dicha integración llegó a consolidarse, Estados Unidos ya se había convertido en el socio principal: en lugar de quedar bajo la tutela de Inglaterra, había incorporado dentro de su propia estructura el papel que esta había desempeñado.

El nacimiento del poder financiero británico

Todo imperio financiero tiene una historia de origen. En el caso de Inglaterra, esta comienza en 1694, con una idea verdaderamente revolucionaria.

Ese año, el Banco de Inglaterra recibió su carta constitutiva como una empresa privada que mantenía una relación privilegiada con la Corona británica. Sus fundadores un consorcio formado por comerciantes acaudalados y financieros descubrieron algo extraordinario: podían emitir billetes respaldados por oro manteniendo en reserva únicamente una fracción de ese metal. Más aún, podían prestar esos billetes al Gobierno a cambio de intereses.

El Gobierno obtenía así el dinero que necesitaba para financiar sus guerras. Los banqueros, por su parte, obtenían intereses sobre dinero que habían creado prácticamente de la nada.

Aquella era la «fórmula mágica». El Parlamento se convirtió en un deudor permanente. El banco transformaba sus pasivos en activos. Puesto que el coste material de producir dinero era prácticamente inexistente, sus propietarios podían obtener rendimientos extraordinarios sobre el dinero que emitían.

Las consecuencias fueron de enorme alcance. Inglaterra podía financiar sus guerras sin llevar los impuestos hasta niveles insoportables. Podía construir una poderosa armada, combatir contra Napoleón y expandir su imperio; y podía hacerlo, en buena medida, mediante el endeudamiento.

El Estado había dejado de ser plenamente soberano de sus propias finanzas: dependía de los banqueros que proporcionaban el dinero. Este fue el comienzo de un patrón que definiría el poder británico durante tres siglos y que, finalmente, sería heredado por el poder estadounidense.

La edad de oro de Inglaterra y el ascenso de los Rothschild

Cuando alcanzó su apogeo a mediados del siglo XIX, Inglaterra era, sin discusión, la gran superpotencia financiera e industrial del mundo. La Marina Real controlaba las rutas marítimas globales, mientras que la Revolución Industrial había convertido a Inglaterra en el «taller del mundo».

La libra esterlina era la principal moneda de reserva internacional y Londres constituía el gran centro de compensación del capital mundial. Si un país necesitaba crédito, acudía a Londres. Si un armador necesitaba un seguro, acudía a Lloyd’s. Si un Gobierno necesitaba equilibrar su balanza comercial, recurría al sistema financiero denominado en libras.

El poder financiero británico descansaba en su capacidad para proyectar fuerza prácticamente en cualquier lugar del mundo. La Marina Real surcaba el Caribe y se apoderaba de colonias francesas, neerlandesas y danesas. En tierra, las tropas británicas bajo el mando de Wellington combatieron durante seis años para expulsar a los franceses de España.

La Guerra de la Península fue desgastando a los ejércitos napoleónicos hasta llevarlos al punto en que el emperador ya no pudo sostener su dominio imperial.

La supremacía naval británica también frustró las ambiciones coloniales de Napoleón. La fiebre amarilla diezmó a sus tropas en Haití, mientras que la Marina Real impidió que pudiera enviar refuerzos a las colonias que aún conservaba. En 1803, Napoleón renunció a su imperio americano y vendió el territorio de Luisiana a Estados Unidos.

El alcance global de Inglaterra constituía, por tanto, uno de los pilares fundamentales de su poder financiero. La nación capaz de financiar a sus aliados y, al mismo tiempo, combatir contra Napoleón en dos continentes era la dueña indiscutible del orden mundial: la Pax Britannica.

Pero aquí se encontraba la gran ironía. La nación que en otro tiempo había dominado los mares terminaría convirtiéndose, en el plazo de un siglo, en dependiente financieramente de su antigua colonia. Mantener su alcance global exigía endeudarse; endeudarse exigía acreedores. Y esos acreedores no tardarían en ser estadounidenses.

Los Rothschild adquirieron especial protagonismo durante este periodo. La leyenda más célebre se remonta a la batalla de Waterloo de 1815 y sostiene que Nathan Rothschild obtuvo enormes beneficios gracias a una red privada de mensajeros que le permitió conocer antes que otros la derrota de Napoleón.

Fuera literalmente cierta o no, la historia refleja una realidad más amplia: los Rothschild habían acumulado una riqueza extraordinaria y adquirido una influencia política de considerable magnitud.

El destacado periódico estadounidense Niles Weekly Register recogía en 1835 la admiración y también la inquietud que suscitaban los Rothschild:

«Los Rothschild son las maravillas de la banca moderna… Vemos a los descendientes de Judá elevarse por encima de los reyes y situarse incluso por encima de los emperadores… Los Rothschild gobiernan el mundo cristiano. Ningún gabinete actúa sin su consejo… Tienen en sus manos las llaves de la paz y de la guerra, de la bendición y de la maldición… Son los intermediarios y consejeros de los reyes de Europa y de los líderes republicanos de América.»

A mediados del siglo XIX, los bancos británicos, encabezados por los Rothschild y otras grandes casas financieras, proporcionaban capital a Gobiernos y empresas de todo el mundo. Londres era, sin discusión, la capital financiera del planeta. Inglaterra era el mayor país acreedor del mundo y la libra esterlina mantenía una supremacía prácticamente absoluta.

Sin embargo, la influencia de los Rothschild se extendía mucho más allá de la banca. Eran constructores, artífices de proyectos e instituciones; y en ningún lugar resultó esto tan evidente como en Palestina. Después del asesinato del zar Alejandro II en 1881, que desencadenó una oleada de pogromos y violencia que obligó a miles de judíos a huir de Rusia, los refugiados comenzaron a llegar a Palestina. Fue entonces cuando intervino Edmond James de Rothschild (1845-1934), el hijo menor de la dinastía bancaria.

A diferencia de sus hermanos, Edmond no fue banquero, sino filántropo. Se calcula que destinó alrededor de 50 millones de dólares a la adquisición de tierras, la construcción de infraestructuras y la introducción de métodos agrícolas modernos entre los colonos que afrontaban graves dificultades económicas. Para 1900, había adquirido aproximadamente 31.000 acres de tierra en Palestina y había duplicado la superficie de tierras bajo control judío. Financió escuelas, viñedos y fábricas, y exigió que los colonos aprendieran a hablar hebreo y mantuvieran las tradiciones judías.

También procuró evitar el desplazamiento injustificado de agricultores árabes y, posteriormente, escribió que poner fin al problema del «judío errante» no debía significar crear un «árabe errante».

El hijo de Edmond, James Armand «Jimmy» de Rothschild (1878-1957), creció dentro de esta visión. En 1913 contrajo matrimonio con Dorothy Pinto, una acaudalada judía británica residente en Londres.

La Primera Guerra Mundial y la Declaración Balfour

La Primera Guerra Mundial lo cambió todo. Cuando estalló el conflicto en 1914, Jimmy se incorporó al ejército francés, mientras Dorothy permaneció en Londres. Allí conoció a Chaim Weizmann, dirigente del movimiento sionista, y contribuyó a impulsar su causa: financió sus esfuerzos y facilitó sus contactos con miembros de la élite británica.

La guerra resultó inconcebiblemente costosa y Gran Bretaña se vio obligada a endeudarse masivamente, tanto con sus propios ciudadanos como con Estados Unidos.

Para 1918, Inglaterra había pasado de ser la mayor nación acreedora del mundo a convertirse en uno de sus mayores deudores. Había contraído enormes obligaciones financieras con los bancos estadounidenses y con el Tesoro de Estados Unidos. Londres conservaba todavía su prestigio, pero su poder financiero se había debilitado considerablemente. Wall Street comenzaba a rivalizar con la City de Londres y el dólar estadounidense empezaba a desafiar la supremacía de la libra esterlina.

Fue en este contexto en el que surgió la Declaración Balfour. En 1917, las autoridades británicas, ya sometidas a una pesada carga de deuda, buscaban desesperadamente cualquier ventaja que pudieran obtener. Dirigentes sionistas, entre ellos Chaim Weizmann y Dorothy de Rothschild, se aproximaron al Gobierno británico con una propuesta: confiaban en que sus contactos e influencia en Estados Unidos pudieran contribuir a facilitar la entrada de Estados Unidos en la guerra del lado británico. A cambio, Gran Bretaña se comprometía a apoyar el establecimiento de un hogar nacional judío en Palestina.

La declaración, dirigida a Lionel Walter Rothschild, primo de Jimmy, prometía un «hogar nacional para el pueblo judío».

Sin embargo, Gran Bretaña estaba prometiendo a terceros una tierra en la que los Rothschild llevaban décadas desarrollando asentamientos y construyendo infraestructuras. Las colonias agrícolas, los viñedos, las escuelas y las 31.000 acres de tierra adquiridas por Edmond habían contribuido, mucho antes de aquella promesa británica, a transformar Palestina en un espacio habitable para la comunidad judía.

Esto constituye una expresión del corporativismo, entendido como la cooperación formal entre el poder económico privado y la autoridad estatal. La disposición de Gran Bretaña a negociar era también un signo de su creciente vulnerabilidad: un imperio en declive que trataba de aferrarse a cualquier ventaja que pudiera obtener.

El Gobierno británico estaba legitimando aquello que los Rothschild ya habían contribuido a crear e integrando la iniciativa privada en la política de Estado.

Estados Unidos entró finalmente en la guerra y proporcionó a Gran Bretaña la ventaja que necesitaba. Pero el precio fue extraordinariamente elevado. La dependencia financiera británica respecto de Estados Unidos se profundizaría aún más.

El patrón estaba establecido: Gran Bretaña realizaría sus grandes negociaciones geopolíticas no desde una posición de fuerza incontestable, sino cada vez más condicionada por la necesidad.

Después de la guerra, Jimmy y Dorothy viajaron a Palestina. En 1924, Jimmy asumió el control de la Palestine Jewish Colonization Association (PICA), la organización de asentamientos fundada por su padre, y junto con Dorothy administró decenas de colonias agrícolas.

Transformaron la fortuna familiar en infraestructuras que, con el tiempo, contribuirían a hacer realidad la creación del Estado de Israel.

La Segunda Guerra Mundial y Bretton Woods

Si la Primera Guerra Mundial había resquebrajado el sistema británico, la Segunda Guerra Mundial lo hizo añicos. Gran Bretaña entró en guerra en 1939 y, durante casi dos años, combatió prácticamente sola contra la Alemania nazi antes de que Estados Unidos entrara en el conflicto. Para sobrevivir, Gran Bretaña liquidó buena parte de sus activos en el extranjero: vendió inversiones internacionales, reservas de oro e incluso participaciones en empresas estadounidenses. Para 1945, el Reino Unido estaba financieramente exhausto.

Sin embargo, el problema no era que Gran Bretaña careciera de libras, sino de dólares. El Banco de Inglaterra podía emitir tantas libras como considerara necesario, pero sus obligaciones con Estados Unidos estaban denominadas en una moneda que Gran Bretaña no podía crear.

Estados Unidos proporcionó material bélico a través del programa de Préstamo y Arriendo (Lend-Lease), pero lo hizo bajo unas condiciones que redujeron aún más la autonomía económica británica. Cuando terminó la guerra, la deuda británica con Estados Unidos equivalía a cientos de miles de millones de dólares en términos actuales. El proceso de devolución de aquellos préstamos se prolongó durante décadas, obligando a los responsables británicos a subordinar, en buena medida, su política exterior y su estrategia económica a las realidades de la relación con Estados Unidos.

Este fue el punto de inflexión definitivo. El dominio del Imperio británico no se derrumbó de la noche a la mañana, pero la Segunda Guerra Mundial aceleró el proceso de manera irreversible. Estados Unidos salió de la guerra con fábricas, oro y la bomba atómica. Gran Bretaña salió de ella con deuda.

El momento en que la sucesión quedó formalmente consolidada tuvo lugar en Bretton Woods, New Hampshire, en 1944. Representantes de 44 países aliados se reunieron para diseñar el sistema financiero de la posguerra.

La conferencia estuvo marcada por el enfrentamiento intelectual entre el economista estadounidense Harry Dexter White y el economista británico John Maynard Keynes. Keynes propuso la creación de una nueva moneda internacional, el «Bancor», con el objetivo de impedir que la moneda de un solo país adquiriera una posición hegemónica en el sistema mundial. White y los estadounidenses rechazaron categóricamente la propuesta. Estados Unidos poseía el oro, la capacidad industrial y el poder de negociación necesarios para imponer una arquitectura diferente.

El resultado fue un sistema diseñado esencialmente bajo liderazgo estadounidense: el dólar quedaría vinculado al oro, mientras que las demás monedas incluida la libra esterlina quedarían vinculadas al dólar. Una Gran Bretaña exhausta y financieramente debilitada no tenía prácticamente alternativa a aceptar aquel acuerdo.

La libra fue, en términos funcionales, destronada. El dólar fue elevado a la posición de principal moneda de reserva del mundo.

Suez, 1956

Si Bretton Woods constituyó la transferencia jurídica e institucional del poder financiero, Suez representó su aplicación de una manera brutalmente inequívoca.

Gran Bretaña, Francia e Israel conspiraron secretamente para apoderarse del canal de Suez, entonces nacionalizado por Egipto. Se trataba de una clásica operación de carácter imperial.

Pero el presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower estaba furioso. No se limitó a pedir a Gran Bretaña que detuviera la operación: le exigió que lo hiciera.

Cuando el primer ministro británico Anthony Eden se negó, Eisenhower recurrió a la palanca financiera. Estados Unidos rechazó proporcionar apoyo adicional para sostener la libra, obstaculizó el acceso británico a préstamos de emergencia del Fondo Monetario Internacional y amenazó con vender los bonos del Gobierno británico que estaban en manos del Tesoro estadounidense.

Sin el respaldo estadounidense, la libra quedó sometida a una presión extraordinaria y Gran Bretaña fue incapaz de defender eficazmente su moneda. En cuestión de 48 horas, el Gobierno británico se vio obligado a retirar sus fuerzas.

Fue el vuelco definitivo del equilibrio de poder. Al antiguo dueño del mundo se le había mostrado su lugar por obra de su antigua colonia.

Ya no era Inglaterra quien establecía las reglas.

Era Estados Unidos.

¿Se trasladó el imperio?

En términos funcionales, sí.

Las principales funciones que habían sustentado el poder imperial —dominar la moneda de reserva internacional, influir decisivamente sobre los tipos de interés globales, mantener la armada más poderosa del mundo y establecer las reglas fundamentales del comercio internacional— se desplazaron de Londres a Washington.

No se trató de una fusión institucional. Las élites británicas no se apoderaron del Pentágono ni de la Reserva Federal. Las élites estadounidenses adquirieron una posición preeminente durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial y asumieron el liderazgo porque disponían de las fábricas, el oro y la bomba atómica.

Lo que sí continuó fue la integración financiera.

Wall Street y la City de Londres permanecieron estrechamente entrelazadas. Banqueros, abogados y aseguradores británicos encontraron un papel lucrativo como socios de la nueva superpotencia estadounidense.

Pero ya no eran los arquitectos.

Eran los contratistas.

Inglaterra había contribuido a construir la arquitectura de las finanzas globales modernas; para 1956, sin embargo, la escritura de propiedad estaba en manos de Estados Unidos.

¿Quién asegura el imperio?

Lloyd’s of London, el histórico mercado británico de seguros, ofrece un ejemplo concreto de lo que significa, en la práctica, ocupar una posición subsidiaria.

Lloyd’s creció junto al Imperio británico y asumió los riesgos asociados al comercio mundial. A mediados del siglo XIX, Londres se había convertido en la indiscutible capital financiera del planeta.

En la actualidad, Lloyd’s asegura riesgos que pocos otros están dispuestos a asumir: plataformas petrolíferas, satélites y grandes flotas marítimas, entre otros. Más de la mitad de su actividad procede de América del Norte. Las empresas estadounidenses recurren a Lloyd’s para obtener coberturas que, en determinados ámbitos especializados, pueden resultar difíciles de encontrar en otros mercados.

Este es el patrón que caracteriza la relación financiera angloestadounidense.

Estados Unidos construye y se expande; Londres asegura.

Lloyd’s no decide qué debe construir Estados Unidos ni dónde debe operar. Proporciona un servicio: evalúa, fija el precio y asume determinados riesgos. Estados Unidos determina el alcance y la dirección de su proyección global; Londres contribuye a proteger y sostener esa proyección.

Lloyd’s es, en pequeña escala, un reflejo del propio Reino Unido: históricamente indispensable, profundamente integrado y, en última instancia, reactivo.

Si Lloyd’s perdiera a sus clientes estadounidenses, sufriría un golpe devastador. Si Estados Unidos perdiera a Lloyd’s, encontraría otro mercado.

O, si fuera necesario, crearía uno nuevo.

Por qué el relato no funciona

Algunos analistas sostienen que la verdadera guerra soterrada en las finanzas globales se libra entre la City de Londres y la estructura tecnocrática que ha ido consolidándose en Estados Unidos. Señalan el Brexit, la cooperación en materia de inteligencia y los vínculos históricos como pruebas del supuesto control secreto ejercido por Londres.

Aunque la City alberga redes financieras y de inteligencia profundamente arraigadas, este argumento confunde influencia con control. Confunde al intermediario con el propietario.

Basta con observar la cadena estructural del poder:

  • La Reserva Federal controla una parte fundamental de la oferta monetaria mundial. Determina los tipos de interés que influyen en el coste del endeudamiento a escala internacional. Emite una moneda que ningún otro país puede crear de la misma manera.
  • El Reino Unido depende de los inversores estadounidenses como compradores de sus instrumentos de deuda pública. Si estos inversores pierden la confianza, el Reino Unido puede enfrentarse a una grave crisis financiera.
  • Estados Unidos utiliza Londres como centro para las operaciones de divisas y determinados segmentos especializados del sector asegurador, pero el poder adquisitivo último y el respaldo militar se encuentran en Washington. Londres es el mercado; Washington es la sede del poder.

Si Estados Unidos emite la principal moneda de reserva del mundo, ¿quién tiene las llaves? No el intermediario, sino el emisor. No el comerciante, sino quien crea el dinero.

Sostener que Londres controla a Washington equivale a afirmar que un conductor está controlado por los pasajeros que le indican el camino, o que el propietario de una vivienda está sometido al inquilino que paga el alquiler. Es invertir la relación entre poder y prestación de servicios.

Conclusión: la superpotencia subsidiaria

El Reino Unido constituye una poderosa infraestructura financiera: un canal para el capital global, un centro de innovación financiera y un núcleo de especialización jurídica. Alberga algunos de los mercados financieros más desarrollados fuera de Estados Unidos y posee una profunda experiencia en ámbitos como los derivados, los seguros y la gestión de activos.

Es, además, el histórico núcleo de un imperio que en otro tiempo llegó a dominar aproximadamente una cuarta parte del planeta.

Pero no es el titiritero.

La Gran Distracción Financiera dirige nuestra atención hacia un poder histórico mientras nos vuelve ciegos ante el poder contemporáneo. Convierte a la entidad subsidiaria en soberano y al proveedor de servicios en amo. El relato prometeico pretende que creamos que Londres mueve secretamente los hilos de Washington; que antiguas dinastías bancarias controlan la Casa Blanca y el Departamento del Tesoro.

La realidad es más sencilla:

Washington mueve los hilos; Londres los teje.

Consideremos las evidencias. Lloyd’s asegura activos estadounidenses. El Banco de Inglaterra sigue, en buena medida, la trayectoria marcada por la Reserva Federal. El Tesoro británico depende de los compradores estadounidenses de sus bonos. En cada uno de estos casos, la dependencia presenta una dirección predominante.

Inglaterra no dicta las reglas.

Presta servicios dentro de ellas.

Esto no convierte al Reino Unido en un país débil. Gran Bretaña sigue siendo indispensable para el orden liderado por Estados Unidos. Pero ser indispensable no equivale a ser soberano. Un contratista principal puede resultar esencial para un proyecto de construcción; sin embargo, el contratista no es el arquitecto.

El dominio del Imperio británico se erosionó a lo largo del siglo XX: quedó debilitado por dos guerras mundiales, fue destronado en Bretton Woods y esa nueva realidad se impuso de manera inequívoca durante la crisis de Suez.

Inglaterra construyó buena parte de la arquitectura de las finanzas globales modernas; la escritura de propiedad, sin embargo, está en manos de Estados Unidos.

Inglaterra combatió en otro tiempo contra Napoleón, conquistó colonias y aseguró su propio imperio. Hoy asegura el imperio estadounidense.

El proveedor de servicios no ha cambiado.

Solo ha cambiado el poder al que sirve.

Esta es la realidad estructural.

Estados Unidos ocupa el centro principal.

El Reino Unido es la entidad subsidiaria, y todo indica que seguirá siéndolo.

El relato prometeico resulta seductor, pero en última instancia constituye una distracción. Te dice que mires hacia el pasado cuando deberías mirar hacia el presente. Te dice que mires hacia Londres cuando deberías mirar hacia Washington. Te invita a buscar villanos cuando deberías analizar las estructuras.

La próxima vez que escuches a alguien afirmar que Inglaterra es el gobernante secreto del mundo, hazte algunas preguntas sencillas:

¿Quién controla el dólar?
¿Quién determina las condiciones fundamentales de los tipos de interés mundiales?
¿Quién tiene en sus manos el interruptor maestro?

Las respuestas no te conducirán a la City de Londres, sino a la Reserva Federal y, desde allí, hacia la verdadera arquitectura del poder global.

Epílogo: ¿El próximo gran centro?

Todo orden global termina, tarde o temprano, sucumbiendo bajo el peso de su propio endeudamiento y de una expansión que acaba superando su capacidad de sostenerla. El imperio británico colapsó cuando dejó de ser capaz de asumir el coste de su alcance global. Estados Unidos se encuentra ahora ante una situación que presenta ciertas similitudes: una deuda cercana a los 40 billones de dólares, compromisos militares prácticamente interminables y un sistema financiero cuya dinámica depende, en buena medida, de la expansión continua.

Cuando una potencia hegemónica comienza a debilitarse, el capital transnacional empieza a buscar su próxima ubicación. No siente lealtad hacia ninguna nación; sigue al capital, los recursos y el poder. En la actualidad, los fondos soberanos de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Catar están acumulando cantidades de capital sin precedentes. Dubái y Abu Dabi se están posicionando como potenciales nuevos centros financieros globales.

Mientras tanto, el bloque de los BRICS que actualmente incluye también a Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Irán, Egipto y Etiopía está tratando de cuestionar el predominio del dólar.

El patrón parece inequívoco.

Inglaterra fue el gran centro del siglo XIX. Estados Unidos se convirtió en el gran centro del siglo XX y de las primeras décadas del XXI. Quienes controlan y generan el capital ya están sentando las bases del próximo gran centro, y todo parece indicar que este nuevo núcleo está tomando forma en Oriente Medio.

¿O debería decir Asia Occidental?

Este patrón ya lo hemos visto antes. Los arquitectos de las finanzas globales no sienten una especial consideración por las banderas ni por las fronteras. Les importan la estabilidad, la seguridad y la rentabilidad. Cuando el orden existente se vuelve demasiado costoso, el capital comienza a desplazarse hacia un nuevo marco.

Y si la historia puede servirnos de guía, el próximo gran centro no está por construirse: ya se está construyendo.

Referencias

Balfour, A. J. (1917, 2 de noviembre). Declaración Balfour [Carta dirigida a Lord Rothschild]. Foreign Office, Reino Unido.

Federal Reserve History. (s. f.). The Fed’s formative years (1913–1929). Federal Reserve History

Ferguson, N. (1998). The House of Rothschild: Money’s Prophets, 1798–1848. Viking.

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Stein, L. (1961). The Balfour Declaration. Valentine, Mitchell.

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Fuente:https://wendywilliamson.substack.com/p/the-subsidiary-superpower