Primeras Reflexiones Sobre Un Ataque Contra Irán

En caso de que se produzca una transformación en Irán, es probable que este ejército que posee un carácter más secular que el propio Estado asuma un papel importante en la gestión del poder. Esta estructura ha mantenido su existencia como una fuerza secular no porque el régimen la haya apreciado especialmente, sino porque la ha considerado necesaria. Esta situación podría reducir la probabilidad de que una fuerza religiosa tome el control en ausencia de una presencia militar extranjera prolongada.
marzo 6, 2026
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El sábado, alrededor de las 9:30 de la mañana hora local, Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque sorpresa contra Irán. Sin embargo, dado que Irán ha sido capaz de llevar a cabo ataques con drones y misiles contra bases estadounidenses ubicadas en ocho países de Oriente Medio (Israel, Jordania, Irak, Arabia Saudí, Kuwait, Baréin, Emiratos Árabes Unidos y Catar), la situación no parecía una sorpresa para Teherán. En realidad, no debería haber sorprendido a nadie. Tanto Estados Unidos como Israel insistían en que Irán debía abandonar su programa de desarrollo nuclear. Israel no puede aceptar la amenaza existencial que supondría un Irán con capacidad nuclear. Como ya he escrito anteriormente, Estados Unidos tampoco podía aceptarlo. Tras largas negociaciones, quedó claro para ambas partes que Irán no abandonaría este programa. No está claro si Teherán realmente cree que necesita armas nucleares o si simplemente no puede permitirse retroceder ante Washington; y, en última instancia, esto resulta irrelevante. Teherán ha afirmado que su programa es únicamente de carácter civil; sin embargo, teniendo en cuenta la ideología del gobierno iraní, la mera capacidad nuclear resultaba inaceptable en cualquier caso. Es razonable afirmar que Estados Unidos e Israel no creyeron al gobierno iraní.

Esto es lo que sabemos hasta ahora. Estados Unidos ya ha atacado anteriormente la infraestructura nuclear de Irán. Esos ataques ganaron tiempo, pero no eliminaron claramente el programa nuclear iraní. Lo crucial es que el ataque de ayer no se centró en las instalaciones nucleares. Parece haber sido diseñado principalmente como una operación de decapitación del liderazgo, destinada a destruir la cúpula dirigente y la infraestructura de gobierno, abriendo así el camino para un nuevo gobierno. En particular, parece que la misión de Israel consistía en eliminar al liderazgo, mientras que Washington se centró más en destruir misiles ofensivos y drones. Algunos objetivos incluían bases pertenecientes a Hezbolá y a otros actores no estatales (lo cual representaba una obligación adicional para Israel y tenía una importancia más limitada para Estados Unidos). Otros objetivos pertenecían al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), una fuerza militar basada en la ideología islamista que constituye uno de los pilares del poder del gobierno iraní. Además, se llevaron a cabo operaciones sobre el terreno dirigidas por la inteligencia israelí, aparentemente destinadas a destruir parte de la capacidad iraní de misiles y drones, así como a localizar a funcionarios clave del gobierno. Algunos informes, incluidos los de medios estatales iraníes, han señalado que el Líder Supremo, el ayatolá Alí Jameneí, habría muerto.

Con el tiempo, naturalmente, surgirá más información; sin embargo, en mi opinión, está claro que el objetivo del ataque era el cambio de régimen. El cambio de régimen no es algo sencillo. Derrocar un gobierno requiere más que asesinatos aleatorios; implica destruir la infraestructura física mediante la cual funciona un gobierno: edificios administrativos, sistemas de comunicación, ordenadores que contienen información sobre los ciudadanos y otros elementos similares. La decapitación del liderazgo y el cambio de régimen requieren inutilizar el funcionamiento del gobierno y, en ocasiones, permitir un cierto grado de caos (lo cual resulta peligroso si la población apoya la ideología y las políticas del gobierno). Podría surgir una nueva versión del antiguo régimen, o incluso un régimen más hostil hacia Estados Unidos e Israel. No me queda claro qué sienten los iraníes respecto a su gobierno; pero si la población iraní es hostil hacia Israel y Estados Unidos, la lógica del cambio de régimen requeriría la imposición de un nuevo gobierno. En términos simples, sin una presencia permanente, la decapitación del liderazgo podría no eliminar la amenaza.

Durante la presidencia de Trump, Washington ha sido cuidadoso en evitar guerras prolongadas que requieran la presencia de tropas estadounidenses sobre el terreno. Este ataque, al menos hasta ahora, parece coherente con esa estrategia. Dicha estrategia busca evitar un compromiso a largo plazo en la administración y defensa de un país derrotado. A la luz de estos principios, una implicación prolongada de Estados Unidos en Irán sería inaceptable; un gobierno respaldado por Israel sería impensable; y tampoco debería existir una presencia militar extranjera.

A partir de los acontecimientos de ayer pueden extraerse varias conclusiones importantes. El contraataque iraní, llevado a cabo sin recibir apoyo alguno y dirigido contra socios de Estados Unidos, sugiere que Teherán se encuentra aislado incluso dentro de su propia región. Junto con los ataques contra Arabia Saudí, existe la posibilidad de que Teherán recurra a una guerra económica basada en sus políticas, lo que podría alterar la oferta, la demanda y los precios del petróleo.

La cuestión más importante es cómo intentarán Estados Unidos e Israel evitar que un régimen similar al anterior surja en lugar del viejo régimen. Un punto clave es que Irán posee dos ejércitos. Uno de ellos es el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC); el otro son las fuerzas armadas convencionales que existían durante el período en que los sahs respaldados por Estados Unidos gobernaban Irán (y que permanecieron hasta ser derrocados durante la Revolución iraní). Estas fuerzas armadas nunca fueron disueltas porque eran indispensables para la defensa nacional. Este ejército está menos definido por la ideología islámica que el IRGC y, en ocasiones, incluso ha mostrado hostilidad hacia él. En caso de producirse una transformación en Irán, es probable que este ejército que posee un carácter más secular que el propio Estado asuma un papel importante en la gestión del poder. Esta estructura ha mantenido su existencia como una fuerza secular no porque el régimen la haya apreciado especialmente, sino porque la ha considerado necesaria. Esta situación podría reducir la probabilidad de que una fuerza religiosa tome el control en ausencia de una presencia militar extranjera prolongada.

En los próximos días analizaremos con mayor detalle la respuesta militar y los posibles desarrollos en Irán y en el resto de Oriente Medio.