OTAN 3.0: ¿Una Alianza o Un Fondo De Inversión Militar-Industrial?

La OTAN nunca ha sido únicamente una alianza militar dentro del orden internacional basado en las Naciones Unidas (ONU). Siempre ha representado una expresión de la visión estratégica del mundo occidental. Hoy, sin embargo, está evolucionando hacia algo aún más complejo: un sistema en el que la política de seguridad, la política industrial, el poder tecnológico y la acumulación de capital se entrelazan cada vez más. La Cumbre de Ankara no se limitará a debatir la defensa y la disuasión; también pondrá de manifiesto hasta qué punto el capitalismo, la tecnología y la violencia organizada se encuentran profundamente interconectados. Será un nuevo capítulo en la economía política de la movilización permanente para la guerra.
julio 6, 2026
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Durante muchos años, quienes han criticado de manera constante a la OTAN atraviesan hoy tiempos particularmente complejos. Desde la época de la «defensa del Mundo Libre» frente al comunismo, pasando por la era de la «intervención humanitaria» y la «Guerra Global contra el Terrorismo», hasta llegar a la actual narrativa de una supuesta lucha existencial contra casi todo el mundo no occidental, la Alianza ha reconstruido una y otra vez los relatos que legitiman su propia existencia. El lenguaje cambia, pero la lógica subyacente permanece intacta. La OTAN sigue presentándose como indispensable y cada nuevo enemigo ya sea descubierto, exagerado o deliberadamente construido se convierte en una nueva prueba de su supuesta necesidad.

Durante décadas, los críticos que abordaban la cuestión desde perspectivas antimilitaristas, antihegemónicas o de izquierda tuvieron que dedicar enormes esfuerzos a desmontar esta mitología frente a la acción coordinada de las élites políticas, los grandes medios de comunicación, las instituciones académicas y los expertos en seguridad. La tarea intelectual nunca fue especialmente difícil. Las contradicciones, las hipocresías y las consecuencias devastadoras de las intervenciones de la OTAN continuaban siendo visibles mucho después de que cesaran los bombardeos. Lo que verdaderamente requería valentía era alzar la voz contra el consenso dominante.

La ironía es que hoy son los propios dirigentes de la Alianza quienes expresan con mayor claridad esa realidad. Donald Trump ha despojado en repetidas ocasiones a la OTAN del discurso moral que tradicionalmente la rodeaba. El secretario general de la Alianza, Mark Rutte, también adopta un tono cada vez más directo, mientras que el canciller alemán y el presidente francés hablan con una franqueza creciente sobre el futuro militar de Europa. Sin embargo, el privilegio de decir la verdad sobre aquello en lo que se ha convertido la OTAN parece reservado únicamente a quienes detentan el poder. Como también ponen de manifiesto las restricciones impuestas a los movimientos de protesta antes de la Cumbre de Ankara, los ciudadanos pueden conocer la verdadera naturaleza de este gigantesco aparato militar, pero no se espera que se organicen para cuestionarlo.

Aunque la Cumbre de Ankara aún no haya comenzado, sus resultados parecen conocerse de antemano. La expresión «cumbre histórica» se ha repetido tantas veces que prácticamente ha perdido su significado. Algunos observadores esperan una «europeización» de la OTAN, en la que los aliados europeos asuman una mayor responsabilidad tanto en la financiación como en el liderazgo de la Alianza. Sin embargo, esta expectativa permanece, en gran medida, en el terreno de la retórica. Europa no puede sustituir a Estados Unidos como columna vertebral militar de la OTAN. Lo que sí puede hacer es estrechar voluntariamente el lazo que rodea su propio cuello y quizá también el del resto del mundo. Mientras los atlantistas continúan concentrando su atención en la relación entre Washington y Bruselas y en si Donald Trump pretende realmente reducir el compromiso estadounidense con la Alianza, dentro de Europa está teniendo lugar una transformación mucho más profunda.

En el seno de la OTAN están surgiendo nuevas coaliciones militares. Los Estados bálticos y Polonia, impulsados por agravios históricos y un profundo sentimiento antirruso, desarrollan cada vez más sus propias agendas de seguridad. Suecia y Finlandia, durante mucho tiempo símbolos de la neutralidad, han abrazado rápidamente la militarización; Helsinki incluso permite ya el despliegue de armas nucleares en su territorio naturalmente, armamento estadounidense, integrándose así más profundamente que nunca en la arquitectura estratégica de Washington. Al mismo tiempo, estructuras regionales de cooperación militar comienzan a configurarse discretamente en los Balcanes, donde Croacia, Albania, Bulgaria y Kosovo expresan cada vez con mayor frecuencia su voluntad de reforzar su propia cooperación en materia de defensa: una OTAN dentro de la OTAN.

Sin embargo, lo que realmente distingue a la OTAN 3.0 no es únicamente su disposición a definir abiertamente a Rusia y China como rivales estratégicos ni su ambición de proyectar una agenda global. Como ha explicado el propio Mark Rutte, la OTAN resulta indispensable porque permite a Estados Unidos proyectar su poder a escala mundial desde Europa. Dicho de otro modo, Europa funciona, para la estrategia global estadounidense, tanto como una plataforma como un multiplicador de poder, tal y como también puso de manifiesto la operación Epic Fury.

Aún más revelador es el lenguaje con el que la propia OTAN comienza a definirse. Mark Rutte habla con orgullo de una «Revolución de la Industria de la Defensa». La expresión resulta profundamente significativa. Del mismo modo que la Primera Revolución Industrial transformó la producción mediante las fábricas y la mecanización, la OTAN 3.0 pretende reorganizar la producción militar a una escala completamente nueva, no principalmente con fines defensivos, sino para garantizar una rentabilidad permanente. Detrás de conceptos como «seguridad colectiva», «autonomía estratégica» y «disuasión» se oculta una realidad mucho más sencilla: la OTAN funciona cada vez más como un mecanismo destinado a transferir cantidades sin precedentes de recursos públicos hacia empresas privadas.

En este sentido, la OTAN 3.0 representa una nueva mutación: una alianza cuya misión histórica parece orientarse cada vez más hacia la militarización permanente de las economías occidentales y, muy probablemente, hacia la preparación de un nuevo conflicto con Rusia.

El momento en que esto ocurre resulta especialmente llamativo. Durante décadas, los gobiernos insistieron en que las finanzas públicas exigían políticas de austeridad. Se sostuvo que hospitales, universidades, pensiones y sistemas de bienestar debían aceptar una dolorosa disciplina presupuestaria. De repente, ninguna de esas restricciones fiscales parece aplicarse al gasto militar. Los déficits presupuestarios considerados políticamente inaceptables para la sanidad o la educación pasan a ser plenamente aceptables cuando se trata de adquirir armamento. El gasto en defensa deja de presentarse como una carga para convertirse en una estrategia de inversión y en una supuesta oportunidad para generar empleo, mientras que, por lo general, se evita cualquier referencia a los cementerios cada vez más extensos que acompañan inevitablemente a las guerras.

Esta transformación plantea interrogantes aún más profundos. Si la computación en la nube, la inteligencia artificial, las comunicaciones por satélite y los sistemas de armas autónomas son desarrollados cada vez más por empresas tecnológicas privadas, ¿quién controla, en última instancia, la seguridad nacional? Si los gobiernos pasan a depender estructuralmente de proveedores comerciales, ¿qué será de la rendición de cuentas democrática? Cuando la adquisición de armamento comienza a asemejarse a una inversión de capital de riesgo, ¿quién obtiene realmente beneficios de una situación de inseguridad permanente? Lo verdaderamente sorprendente es que estas preguntas apenas reciben atención.

En su lugar, solo escuchamos el discurso de la urgencia. Europa debe rearmarse de inmediato. La producción industrial debe acelerarse. Las normas de contratación deben simplificarse. Las inversiones militares no pueden esperar. Sin embargo, la historia nos enseña que las situaciones de emergencia rara vez son temporales. Las medidas excepcionales terminan convirtiéndose en formas permanentes de gobierno. Bajo la percepción constante de una amenaza, el gasto militar extraordinario acaba pareciendo normal, mientras que las demandas de inversión en educación, salud o justicia social pasan a considerarse, de repente, fiscalmente irresponsables.

La seguridad está desplazando a la política. Lo que se perfila ante nuestros ojos es un modelo en el que la propia guerra se privatiza cada vez más. Los grandes contratistas de defensa, las empresas tecnológicas, las compañías logísticas y los desarrolladores de inteligencia artificial se están convirtiendo en actores indispensables del ecosistema militar. Incluso la guerra comienza a librarse cada vez más a distancia. La inteligencia artificial, los sistemas autónomos y las infraestructuras digitales permiten externalizar, automatizar y comercializar las operaciones militares de formas hasta ahora inimaginables. La guerra ya no requiere necesariamente una movilización masiva; requiere carteras de inversión.

Las consecuencias de este proceso resultan especialmente preocupantes para los pequeños Estados miembros que esperaban prosperidad y no una lógica de guerra permanente. El aumento de los presupuestos de defensa se presenta como una muestra de solidaridad con la Alianza, pero, en la práctica, se asemeja cada vez más a una participación obligatoria en un gigantesco complejo de inversión militar-industrial. Los ciudadanos financian armas que no producen ni controlan, mientras pagan por una protección frente a amenazas que, con frecuencia, son amplificadas por la propia lógica geopolítica que mantiene en funcionamiento ese sistema.

La OTAN nunca ha sido únicamente una alianza militar dentro del orden internacional basado en las Naciones Unidas (ONU). Siempre ha representado una expresión de la visión estratégica del mundo occidental. Hoy, sin embargo, está evolucionando hacia una estructura mucho más compleja: un sistema en el que la política de seguridad, la política industrial, el poder tecnológico y la acumulación de capital se entrelazan cada vez más.

La Cumbre de Ankara no se limitará a debatir la defensa y la disuasión. También pondrá de manifiesto hasta qué punto el capitalismo, la tecnología y la violencia organizada han llegado a integrarse profundamente. Será un nuevo capítulo en la economía política de la movilización permanente para la guerra.

Biljana Vankovska es profesora de Estudios para la Paz y directora del Centro para el Cambio Global en Skopie, Macedonia.

Fuente:https://www.counterpunch.org/2026/07/03/nato-3-0-alliance-or-military-industrial-investment-fund/