“Mientras La Guerra Hunde La Economía Global, Enriquece A Las Empresas Armamentísticas”

En una entrevista exclusiva concedida a Truthout, el reconocido académico indio C. P. Chandrasekhar, especialista en finanzas y desarrollo, analiza los efectos de la guerra sobre la economía mundial: «Esta cadena de desastres puede ser interminable. Por lo tanto, la crisis que probablemente desencadene un acto de guerra imprudente llevado a cabo por Estados canallas será verdaderamente internacional. Sin embargo, los Estados del Norte Global intervendrán, como lo hicieron en 2008, para rescatar al capital».
marzo 22, 2026
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Según el economista C. P. Chandrasekhar, el complejo militar-industrial acapara las ganancias mientras el resto del planeta padece las consecuencias.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, casi todos los presidentes de Estados Unidos han iniciado conflictos bélicos de gran envergadura sin la autorización del Congreso. Donald Trump intentó presentarse como un «presidente de la paz», prometiendo poner fin a las guerras interminables de EE. UU. y repatriar a las tropas de Oriente Medio y otras latitudes. Sin embargo, ha demostrado estar mucho más inclinado al uso de las armas que la mayoría de sus predecesores. Durante el primer año de su regreso al poder, atacó a varios países. El 28 de febrero, uniéndose a Israel, lanzó una ofensiva contra Irán que segó la vida del máximo líder del país y tuvo como objetivo tanto instalaciones militares como proyectos civiles. Esto incluyó el bombardeo de una escuela primaria femenina en Minab, en la provincia iraní de Hormozgan, un ataque que cobró la vida de más de 170 personas, en su mayoría niños.

La guerra en Irán es ilegal. Más allá de asesinar y mutilar a civiles, y de propagar el terror y el dolor, causa un perjuicio indirecto a la economía mundial y acarrea la posibilidad de desencadenar una crisis económica global si se prolonga. En una entrevista exclusiva para Truthout, C. P. Chandrasekhar, académico de renombre mundial en los campos de las finanzas y el desarrollo, explica las repercusiones de la guerra sobre la economía global. Tras dictar cátedra durante más de 30 años en el Centro de Estudios Económicos y Planificación de la Universidad Jawaharlal Nehru en Nueva Delhi, hoy es profesor emérito e investigador sénior en el Instituto de Investigación de Economía Política de la Universidad de Massachusetts Amherst.

J. Polychroniou: Durante las últimas décadas, la economía global ha sufrido diversas sacudidas y parece hallarse sumida en una incertidumbre perenne. A fin de cuentas, el capitalismo es intrínsecamente inestable y está sujeto a crisis periódicas. Hoy, por obra de Estados Unidos e Israel, la guerra iniciada por Donald Trump y Benjamín Netanyahu contra Irán ha provocado temblores en la economía mundial. Existe la preocupación de que la guerra impulse los precios del petróleo hasta los 150 dólares por barril y de que la estanflación esté a las puertas. ¿Cuál es su valoración sobre cómo afectará la guerra entre EE. UU. e Israel contra Irán a la economía mundial?

P. Chandrasekhar: No calificaría de «sacudida» o shock las consecuencias del ataque conjunto, unilateral e injustificado de Estados Unidos e Israel contra Irán. Esta agresión emana del núcleo más rapaz del capitalismo contemporáneo, y sus efectos debieron haber sido previstos por quienes la perpetraron, en particular Donald Trump y Benjamín Netanyahu. Si su apreciación era que las consecuencias serían efímeras y limitadas, erraron palmariamente. Dado el papel crítico que desempeña la región como fuente de suministro global, el encarecimiento del petróleo y sus derivados es solo la consecuencia más inmediata y conspicua. Con todo, este incremento no obedece únicamente a las alteraciones en la oferta de crudo provocadas por la guerra. El papel de las grandes corporaciones multinacionales de comercio especulativo, dirigidas por las finanzas globales —las cuales, si bien no controlan la producción, sí tienen la facultad de influir en los precios de oferta—, agrava este aumento y lo torna volátil en extremo.

Hoy en día, los Estados capitalistas e imperialistas se hallan a merced de estos actores, quienes aprovechan cada coyuntura para extraer superbeneficios. La resolución de estos Estados (especialmente de los gobiernos de EE. UU., Alemania y Japón), en su calidad de miembros de la Agencia Internacional de la Energía, de liberar 400 millones de barriles de sus reservas estratégicas al mercado representa, a lo sumo, una respuesta lánguida. Esta medida, aun si fuera secundada por otras naciones, agotará las reservas y enviará una señal a los especuladores quienes asumen la prolongación de la guerra de que los precios treparán aún más. Esto exacerbará la inflación petrolera. Cifras como la de 150 dólares por barril no pasan de ser estimaciones someras que lindan con la conjetura.

Por consiguiente, la verdadera incertidumbre radica en la duración de la guerra. Irán, acorralado y confrontado con el asesinato del líder supremo que rigió el país por décadas, no muestra indicios de capitulación, seguro de que esta agresión (pese a las discrepancias internas) no culminará en un cambio de régimen ni en la entronización de un títere político de Washington. Los objetivos personales y políticos de Netanyahu son de tal índole que la escalada de los precios del crudo y sus secuelas sobre la economía mundial o los ciudadanos del resto del planeta no figuran entre sus tribulaciones. La ocupación, el genocidio y la guerra son los instrumentos para consumar estos execrables fines, y todo se inmola en ese altar. No obstante, Netanyahu no puede ejecutar esto en solitario. Precisa de Trump para financiar, apuntalar y legitimar sus acciones. En consecuencia, la longevidad de la guerra pende de la resistencia política de Trump.

El presidente estadounidense ha caído en su propia celada. Si claudica, se verá compelido a admitir que erró al arrastrar a Estados Unidos a la guerra, contraviniendo la promesa solemne hecha a sus electores de no replicar los fiascos de sus antecesores en Vietnam, Afganistán, Irak y Siria. Si persiste, se arriesga a ser sindicado como el principal artífice de una crisis de proporciones insondables que engullirá al mundo. Esto dilucida sus esfuerzos desesperados por restablecer el tránsito de buques cisterna por el vital Estrecho de Ormuz (clausurado por Irán), ofreciendo seguros para persuadir a las navieras de transportar crudo por este cuello de botella arriesgando activos y tripulaciones, y presionando a una renuente Armada estadounidense para escoltar a los navíos. Semejantes empeños, condenados al fracaso, no hacen sino dilatar la guerra.

La fisonomía de esta crisis inminente se trasluce, en parte, en el pánico generalizado a la inflación que ha desatado. Nos hallamos en una fase del capitalismo donde la poderosa comunidad epistémica de las finanzas dictamina que las naciones deben priorizar las herramientas de política monetaria sobre las de política fiscal; que el fin primordial de la política monetaria debe ser el control de la inflación para mantenerla en un rango bajo según los estándares históricos; y que los bancos centrales «independientes» detentan el derecho de imponer esta agenda. En este marco, una inflación que rebase el objetivo fijado acarrea un alza en las tasas de interés. Así, la inflación azuzada por el aumento de los precios del petróleo traerá consigo incrementos en las tasas de interés. Esto nos retrotrae a la década de 1970, donde la inflación y las tasas de interés elevadas devinieron en un crecimiento lánguido, interrumpido por recesiones de diversa intensidad.

La vía por la cual se espera que las altas tasas de interés embridaran la inflación, si acaso se concreta, es la contracción de la demanda mediante la restricción de las inversiones, la adquisición de viviendas y el consumo financiado por deuda. La recesión es un corolario ineludible. La estanflación la nefasta conjunción de inflación y estancamiento asesta un golpe directo sobre el empleo y el ingreso real. No obstante, los damnificados por la inflación no se reducen a la clase trabajadora y la clase media que conforman la «economía real».

El capital financiero, piedra angular del imperialismo contemporáneo, también se ve afectado por la inflación en, al menos, dos vertientes:

En primer lugar, un rasgo distintivo de la Era de las Finanzas, espoleada por la desregulación financiera, es que los beneficios financieros se amasan a través de la inflación del precio de los activos inducida por la especulación, viabilizada gracias a las políticas monetarias laxas de los bancos centrales. Esto no solo lo ejecutan las bancas tradicionales, sino también los nuevos innovadores financieros, como las firmas de capital privado. Tales burbujas traen aparejados repuntes en el consumo y la inversión financiados con deuda. Las alzas de tasas encaminadas a domeñar la inflación frenan también esta espiral autorregenerativa que yace en los cimientos del ascenso del capital financiero. En consecuencia, al capital financiero le resulta arduo acumular ganancias valiéndose de la licencia que le confirió la desregulación.

Asimismo, el capital financiero se benefició sobremanera de las bajas tasas de interés durante el periodo en que el capitalismo experimentó una dilatada fase de baja inflación a partir de mediados de los años ochenta, conocida como la «Gran Moderación». El acceso al crédito barato y las pretendidas «innovaciones» engendran plusvalías en el valor de los activos financieros, lo que se transmuta en «beneficios» huérfanos de sustento en los «fundamentos económicos». En la Era de las Finanzas, cobró boga la premisa de que los fundamentos eran irrelevantes. Sin embargo, si los tipos de interés bajos que vertebran este auge se desvanecen, el edificio financiero erigido sobre ellos se desmoronará. El capital financiero sufrirá pérdidas ingentes; empero, la economía real padecerá de igual modo, tal como aconteció durante y después de la Gran Recesión de 2008. Por ende, esta guerra supone un cataclismo también para el capital.

Este es el escenario que encara el mundo hoy.

Dejando a un lado el costo en vidas humanas, las guerras son una actividad lucrativa para ciertos sectores, pero dañan las actividades económicas en general; lo que induce a cuestionar por qué los Estados capitalistas se embarcan en ellas. ¿Cómo se entrelazan el capitalismo y la guerra? ¿Se ha convertido la acumulación militarizada en un componente indisociable de la praxis del capitalismo global?

P. Chandrasekhar: En el siglo XX, los capitalistas pertenecientes y vinculados al complejo militar-industrial que hegemonizaba el capitalismo siempre profesaron afecto por una «buena» guerra, por cuanto esta acrecienta el gasto militar, propulsa la demanda de sus manufacturas e infla los márgenes de beneficio. Sin embargo, el complejo militar-industrial como motor de las guerras bajo el capitalismo, si bien permanece activo, ha perdido peso relativo. Se estima que, frente al 8-10 % del PIB asignado al Pentágono en EE. UU. antes y durante la guerra de Vietnam, el presupuesto de la institución para 2025 ronda los 850 000 millones de dólares, lo que representa apenas un 3 % del PIB aproximado.

Con todo, las guerras residen en el corazón del capitalismo en una acepción más vasta. Desde su génesis, el capitalismo ha apelado a las guerras y las conquistas para allanar el saqueo y la invasión de mercados que viabilizan la acumulación a escala planetaria. Este despiadado proceso de «acumulación originaria» no se circunscribió a los estadios tempranos del capitalismo ni a los años de expansión colonial; ha perdurado a lo largo de la historia, pues la expansión y la estabilidad del sistema están supeditadas a la plusvalía y los mercados conquistados mediante la intervención militar.

Al correr del tiempo, los objetivos de este militarismo se han ensanchado para abarcar: la derrota de potencias imperialistas rivales en un mundo de Estados-nación capitalistas en pugna; el esfuerzo por contener el socialismo; el socavamiento de los movimientos de autodeterminación nacional y de emancipación del imperialismo; y el derrocamiento de gobiernos del Sur Global que fueren catalogados como anticapitalistas, ultranacionalistas o meramente «insubordinados». En épocas recientes, se ha recrudecido el empeño de Estados Unidos, en su papel de hegemón erosionado, por restaurar su supremacía pretérita. Como corolario, han cobrado renovado brío las tentativas agresivas por señorear los recursos del orbe particularmente los minerales críticos y la energía, resucitando viejas formas de agresión imperialista. Esto se colige en los intentos recientes por derrocar gobiernos en Venezuela e Irán, donde se recurre al cambio de régimen para garantizar el dominio de los recursos sin necesidad de una ocupación territorial clásica.

Es en este sentido más amplio donde la acumulación militarizada ha sido, y continúa siendo, una pieza consustancial al funcionamiento del capitalismo.

EE. UU. no se abastece de petróleo a través del Estrecho de Ormuz y el encarecimiento del crudo podría fortalecer al dólar frente a las principales divisas. ¿Significa esto que la guerra de Irán no tendrá repercusiones adversas sobre la economía estadounidense?

P. Chandrasekhar: Aunque Estados Unidos ya no sea un país predominantemente importador de petróleo como en los años setenta, sino un exportador, en una economía doméstica privatizada e integrada globalmente, los precios internos del crudo no pueden quedar blindados frente a las cotizaciones internacionales, máxime cuando estas son fijadas por corporaciones y especuladores movidos por el afán de lucro. Asimismo, aunque el acceso al petróleo y el papel del dólar como activo de refugio en tiempos de incertidumbre fortalezcan la posición de Washington, como señalé anteriormente, el desmoronamiento de la burbuja financiera que define la Era de las Finanzas infligirá daños severos a la economía estadounidense (y muy especialmente a la clase trabajadora), la cual aún no se repone cabalmente de la crisis financiera de 2008 y la subsiguiente Gran Recesión.

Es probable que la guerra de Irán acarree secuelas considerables sobre las economías vulnerables a los altos precios de la energía. Mas los efectos no se circunscribirán a la energía. Al igual que en la guerra de Ucrania, la guerra de Irán podría generar disrupciones globales en los alimentos básicos y los fertilizantes. Es más, las consecuencias económicas de la guerra afectarán de manera desproporcionada a las naciones del Sur Global asfixiadas por el fardo de la deuda. ¿Podría esta guerra gatillar una nueva crisis económica internacional?

P. Chandrasekhar: En un orden económico internacional intrínsecamente desigual, donde las asimetrías globales no han hecho sino agudizarse en la Era de las Finanzas, los países subdesarrollados y empobrecidos blancos de las agresiones imperialistas y condenados a la indigencia por ellas resultan invariablemente los principales damnificados. Aconteció así cuando las crisis petroleras de los años setenta desestabilizaron la economía mundial. Esta vez el guion se repetirá.

La escalada de los precios del petróleo ensanchará los déficits comerciales y por cuenta corriente de las naciones subdesarrolladas importadoras de crudo. El incremento de las tasas de interés acelerará la fuga de divisas para sufragar los compromisos de deuda vigentes. Una recesión planetaria golpeará a los trabajadores migrantes y, por ende, a las remesas que remiten a sus patrias, las cuales constituyen un torrente vital de divisas. Los cuellos de botella logísticos y el encarecimiento de los fletes asestarán un golpe a los ingresos por exportación. El perjuicio derivado del déficit por cuenta corriente se verá agravado por la fuga de capitales, a medida que los inversores foráneos se retiren de las plazas de mayor riesgo y los poseedores de fortunas nativas huyan hacia los refugios seguros de Occidente. El desenlace inexorable serán crisis en la balanza de pagos. Consecuentemente, las monedas nacionales sufrirán depreciaciones abruptas, encareciendo en términos de moneda local el cumplimiento de las obligaciones externas mediante pagos en divisas. A esto le sucederán bancarrotas y recesiones en la economía real.

Esta concatenación de desastres puede ser infinita. Por tanto, la crisis susceptible de ser provocada por un acto bélico temerario, perpetrado por Estados forajidos, revestirá un carácter genuinamente internacional. No obstante, los Estados del Norte Global intervendrán para rescatar al capital, emulando su proceder de 2008. La crisis será geográficamente planetaria, mas sus efectos se distribuirán de forma asimétrica entre los pueblos; no solo en términos de las vidas segadas por la devastación militar, sino también de los medios de subsistencia aniquilados por la inestabilidad económica.

Fuente:https://truthout.org/articles/war-on-iran-is-enriching-weapons-firms-as-it-tanks-the-global-economy/