O el ritmo brasileño o nada. Nunca había estado tanto en juego: era una cuestión de vida o muerte. Por eso los brasileños acudieron en masa a las calles y a las urnas, y consiguieron estar a la altura del desafío.
No hicieron menos que contener a la madre de todas las guerras híbridas y derrotar, aunque solo fuera temporalmente, a una coalición poderosa y venenosa. En ella convergían todo el poder de la administración de la «Doctrina Donroe»; el tecnofeudalismo de Silicon Valley, desplegado especialmente por Meta; Wall Street y la Diosa del Mercado; los numerosos tentáculos de Sionismo S. A.; las antiguas élites reaccionarias y sus medios de comunicación; las nuevas élites ostentosas; la demencia evangélica y, por último, una mediocre dinastía neofascista decidida a convertir Brasil en una neocolonia extractiva al servicio de los intereses de la Voz de su Amo.
El efecto balsámico de todo esto recuerda a aquel himno de la bossa nova de Antônio Carlos Jobim interpretado por Frank Sinatra. Sí, Brasil es demasiado grande y demasiado indómito para convertirse en el patio trasero de nadie. Y qué extraordinario regreso también para el propio Lula: la geopolítica no había presenciado una remontada semejante desde la batalla de Stalingrado.
«Hemos perdido; por tanto, las elecciones han sido amañadas»
La jornada electoral amaneció envuelta en una incertidumbre angustiosa, hasta el punto de que Polymarket, la plataforma favorita de DARPA, seguía atribuyendo a Flávio Bolsonaro un 82 % de probabilidades de victoria. Era como si el Estado profundo conociera de antemano el resultado, tal como había sucedido en la primera vuelta.
Sin embargo, al final Lula se impuso por una diferencia de 4,4 millones de votos. Tampoco faltó el dramatismo. Justo antes del cierre de las urnas, un juez del Tribunal Supremo que había sido abogado personal de Lula durante el proceso de corrupción Lava Jato amplió en dos horas el horario de votación en todo el país. La decisión debería haber correspondido a la autoridad electoral. No fue así, porque otro magistrado del Tribunal Supremo, nombrado por Bolsonaro, estaba demorando deliberadamente el asunto.
La prórroga resultó decisiva, pues para entonces ya se había demostrado que alcaldes bolsonaristas habían obstaculizado deliberadamente el transporte público, especialmente los autobuses, en bastiones electorales de Lula, como Salvador, en el estado de Bahía. Se trataba de una táctica destinada a suprimir el voto popular, extraída directamente del manual de sabotaje oligárquico.
El dato fundamental es el siguiente: ambas campañas habían solicitado la ampliación del horario de votación. Esto deja completamente sin fundamento las acusaciones de fraude electoral formuladas por los imbéciles vinculados al bolsonarismo y al movimiento MAGA.
Como era de esperar, Flávio Bolsonaro se niega a aceptar la derrota y exige la anulación de las elecciones. No sucederá. Y quien lo afirma es precisamente el mismo juez nombrado por Bolsonaro que había estado demorando la resolución del asunto.
En la segunda vuelta, Lula aumentó su caudal electoral en más de 10,1 millones de votos, mientras que Bolsonaro apenas sumó otros 3,6 millones. A esto hay que añadir un hecho casi inverosímil: en comparación con la primera vuelta, hubo más de 1,8 millones menos de votos nulos y en blanco —insisto: menos—, y la inmensa mayoría de esos votos terminó beneficiando a Lula.
La actuación del Hijo Pródigo, o quizá del Abuelo Pródigo, puede explicarse por varios factores. Empecemos por la movilización popular masiva: la abstención descendió del 21,08 % al 19,21 %. Cerca de tres millones de personas más acudieron a las urnas.
Lula amplió su ventaja en sus bastiones tradicionales, especialmente en el Nordeste, y redujo sus pérdidas en el acomodado Sudeste.
La campaña de Lula llevó a cabo un importante ejercicio de autocrítica y rectificación. En lugar de concentrarse en el pasado, es decir, en los resultados concretos de sus anteriores gobiernos, comenzó a abordar la dramática realidad del presente: la economía de los hogares, los elevados niveles de endeudamiento, el coste de la vida y los salarios. Incluso presentó propuestas concretas para los próximos cuatro años.
La campaña de movilización digital fue digna de admiración y contó con un arma particularmente eficaz desplegada a través de WhatsApp: el canal «El Ejército de Lula», que pasó de aproximadamente 50.000 seguidores a nada menos que diez millones en menos de tres semanas. En la práctica, se trataba de una auténtica infantería digital. Brasil es uno de los países más conectados del planeta.
La campaña, encabezada por el recién elegido diputado André Janones, demostró cómo Lula logró derrotar a Meta, el hegemón tecnofeudalista, en su propio terreno. Esta estrategia será estudiada durante generaciones en los anales de la ciencia política.
También hay que mencionar la asombrosa ineptitud de Flávio Bolsonaro: una combinación letal de arrogancia e ignorancia que difícilmente podía presentarse como una alternativa moderada.
Tan solo dos días antes de la segunda vuelta, durante el último y decisivo debate televisado, Bolsonaro se burló en directo de la discapacidad física de Lula llamándolo «nueve dedos», ante todo el país y millones de votantes indecisos.
Lula respondió al instante, con la precisión de una cobra. Recordó cómo había perdido el meñique a los diecinueve años en una prensa industrial para trabajar metales y cómo aquella mutilación lo convertía en una víctima de la precariedad y de la falta de seguridad laboral que padecen millones de trabajadores brasileños. «Tú eres muy diferente de mí, Bolsonaro: tú nunca has trabajado».
Aquello fue definitivo. El meñique perdido se convirtió en el símbolo último de la dignidad frente al privilegio.
Esto se va a poner muy feo
Gobernar Brasil durante el cuarto mandato de Lula será una tarea comparable al castigo de Sísifo. El Senado, integrado por 81 escaños, está bajo el control de la extrema derecha, que dispone de 48, es decir, de una mayoría absoluta. En la Cámara de Diputados, la extrema derecha cuenta con 303 escaños —muy por encima de los 257 necesarios para alcanzar la mayoría—, mientras que el centro dispone de 86 y la izquierda apenas de 124. Toda reforma, presupuesto o iniciativa legislativa se topará con un auténtico muro de hierro.
Quizá la mejor definición de Lula la ofreció en su día el inolvidable comandante Fidel Castro:
«Nunca fue un hombre de extrema izquierda ni llegó a alcanzar la condición de revolucionario a partir de posiciones filosóficas, sino desde la perspectiva de un trabajador de origen muy humilde, de fe cristiana, que había trabajado duramente y generado plusvalía para otros».
Lula, que ya ha entrado en la octava década de su vida, parece haber reencontrado aquella chispa. Sin duda, sabe perfectamente que esta gran derrota para Trump, MAGA y la Doctrina Donroe lo obligará a movilizar todas sus fuerzas, tanto para poner orden en Brasil como para contener la furia desatada del Imperio.
Sea cual sea el resultado de las elecciones de mitad de mandato de la próxima semana en Estados Unidos, Trump inevitablemente intensificará las sanciones y/o los aranceles contra Brasil, y seguirá explorando todas las vías posibles para desestabilizar el país y poner en marcha operaciones encubiertas. La CIA y el Estado profundo están profundamente infiltrados en la realidad brasileña y cuentan con la capacidad de desplegar un repertorio prácticamente ilimitado de operaciones sucias.
Lula lo sabe: esto se va a poner muy feo.
En síntesis, Lula puede definirse como la encarnación de un Brasil católico, tradicional, mestizo, lusófono y progresista.
Este Brasil se encuentra en confrontación frontal con el eje reaccionario, evangélico neopentecostal y sionista angloamericano. Al fin y al cabo, los neopentecostales profesan esa delirante teología del fin de los tiempos que ha dado forma al sionismo cristiano angloamericano.
Flávio Bolsonaro, al igual que todos los miembros de su clan, prometió trasladar la embajada de Brasil a Jerusalén, despreció a los BRICS por considerarlos «demasiado ideológicos» y arremetió contra las relaciones de Lula con Irán, que también forma parte del bloque. Flávio, una cáscara vacía, puede haber perdido unas elecciones. Pero la maquinaria diabólica que se encuentra detrás de él jamás se dará por vencida.
Fuente:https://geopoliticsprime.substack.com/p/brazilians-defeat-the-mother-of-all
