Todo gran avance tecnológico abre el camino hacia una nueva barbarie.
En su breve intervención titulada «Para 2030, el mundo será irreconocible»¹, Yuval Noah Harari expone con tal claridad y concisión su visión sobre el modo en que el desarrollo explosivo de la inteligencia artificial transformará nuestras vidas que su propio discurso se ofrece como objeto privilegiado para un análisis crítico. Harari presenta una visión bastante detallada del mundo que nos espera en 2030 y lo describe como «irreconocible» para quienes todavía permanecemos arraigados en las concepciones tradicionales de la humanidad. Sin embargo, para expresar lo que quiero decir con una claridad deliberadamente brutal, sospecho que la realidad de 2030 resultará igualmente irreconocible para quienes hoy hacen suya la visión que Harari proyecta sobre ese futuro.
La premisa de Harari que yo también comparto es que lo que está ocurriendo ante nuestros ojos constituye algo cuya verdadera magnitud la mayoría de nosotros todavía no alcanza a comprender plenamente: el final de la humanidad tal como la conocemos, aquella que comenzó a configurarse hace aproximadamente diez mil años, cuando las tribus de la Edad de Piedra empezaron a utilizar el lenguaje. Con el vertiginoso ascenso de la inteligencia artificial, el lenguaje deja de ser un mero instrumento empleado por los seres humanos para comunicarse e interactuar; adquiere una independencia plena y comienza a operar como un agente por derecho propio, cortando el cordón umbilical que hasta ahora lo mantenía unido a esos vulnerables simios llamados seres humanos.
Aquí aparece el primer problema: ¿puede un lenguaje desprovisto de sujeto o de sujetos, un lenguaje que actúa por sí mismo como agente autónomo, seguir funcionando verdaderamente como lenguaje? Más aún: ¿puede reducirse realmente el lenguaje a dos funciones el cálculo intelectual y la expresión de las emociones? He abordado esta cuestión en otro lugar.
Harari identifica tres grandes rupturas que anuncian el final de la humanidad tal como la conocemos:
La primera es la aparición de un inmenso aparato de inteligencia artificial que contiene un volumen de información que supera ampliamente la capacidad de la memoria humana y que, además, se encuentra disponible de manera prácticamente instantánea. Ese conocimiento incluye también información sobre los individuos cuyos datos habitan, por así decirlo, en el interior de la inteligencia artificial. En este sentido, como suele afirmarse, la IA nos conoce mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos.
Pero la inteligencia artificial no se limita a recopilar información y a efectuar sobre ella operaciones cognitivas, esto es, a razonar. Ya no constituye simplemente una herramienta o una máquina que obedece órdenes y ejecuta aquello que se le indica: se encuentra ya en condiciones de llevar a cabo decisiones autónomas, decisiones para las que no fue programada explícitamente. Para cumplir las tareas que se le asignan, no solo aprende y se transforma a sí misma; es ya capaz de redefinir esas mismas tareas.
Mi reacción ante esta cuestión es doble. En primer lugar, por supuesto que no nos conocemos verdaderamente a nosotros mismos, porque poseemos un Inconsciente; es decir, nuestra propia subjetividad implica que somos, en cierto sentido, irreconocibles para nosotros mismos. En cuanto a las decisiones, la capacidad humana de decidir es libre en un sentido muy preciso: su dimensión más fundamental reside en aquello que Freud denominó la pulsión de muerte, esto es, la elección de la Nada.
En ambos casos, sin embargo, la cuestión permanece abierta: ¿hasta qué punto manifiesta la inteligencia artificial estas dimensiones —la subjetividad, la pulsión de muerte y el Inconsciente?
Fuente:https://slavoj.substack.com/p/hararis-2030s-a-new-age-of-repressive?
