Desde el 7 de octubre de 2023, la Franja de Gaza se encuentra sometida a una ofensiva israelí que numerosos círculos de derecho internacional han calificado como genocidio. Mientras una gran parte de la comunidad internacional ha reaccionado con condenas frente a esta agresión, Serbia ha adoptado una postura diametralmente opuesta. El gobierno de Belgrado no solo ha ofrecido respaldo político a Israel, sino que además ha contribuido de manera efectiva mediante el suministro de municiones. El presidente Aleksandar Vučić incluso llegó a jactarse de ser el único mandatario europeo que provee armas a Israel.
Esta actitud constituye un reflejo de los vínculos históricos y estratégicos que unen a ambos países. En los últimos años, dicha cercanía se ha profundizado a través de la cooperación en la industria de defensa, la transferencia tecnológica y el apoyo mutuo en la arena política internacional. Sin embargo, esta alianza se asienta sobre un terreno polémico en torno a los relatos nacionalistas y las memorias de genocidio.
Tanto el pueblo serbio como el judío han sufrido en el pasado masacres que con frecuencia son evocadas como fundamento de una solidaridad compartida. No obstante, las actuales políticas de Belgrado y Tel Aviv exponen a ambos Estados a la acusación de ser partícipes de las tragedias de otros pueblos, proyectando una sombra ética sobre la legitimidad de su alianza.
Contexto Histórico y Paralelismos Ideológicos
Los orígenes de las relaciones entre Serbia e Israel se remontan al cruce, a inicios del siglo XX, entre el sionismo y el nacionalismo serbio. El rabino Yehuda Alkalay, originario de Sarajevo y uno de los precursores del sionismo, residió durante un tiempo en Belgrado, donde difundió sus ideas; sus enseñanzas influyeron también en la familia de Theodor Herzl, nacido en Serbia. No resulta casual, por tanto, que Serbia fuera el primer Estado en respaldar la Declaración Balfour de 1917, y que sus representantes propusieran oficialmente que el futuro Estado judío llevara el nombre de “Israel”.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de la población judía en Yugoslavia fue aniquilada por la Alemania nazi y sus colaboradores locales; en 1942, Serbia fue declarada por los nazis como la primera región de Europa “libre de judíos”. Esta tragedia compartida constituye aún hoy un elemento de memoria al que los dirigentes de ambos países recurren con frecuencia. Tras la guerra, Yugoslavia se situó entre los primeros Estados en reconocer a Israel en 1948; sin embargo, después de la Guerra de los Seis Días en 1967, el régimen de Tito rompió relaciones diplomáticas con Tel Aviv y pasó a respaldar activamente la causa palestina. Con la desintegración de Yugoslavia en 1992, las relaciones diplomáticas se restablecieron y el comercio de armas se convirtió rápidamente en el eje de la cooperación bilateral.
Durante las guerras internas yugoslavas de los años noventa, Israel adoptó una posición oficialmente neutral, aunque en la práctica proporcionó armas y entrenamiento a las fuerzas serbias. De ahí que surgieran denuncias de que armamento de origen israelí fue utilizado en la masacre de Srebrenica en julio de 1995. De hecho, en 2016 el Tribunal Supremo de Israel rechazó una solicitud alegando que revelar información sobre la posible implicación de Israel en el genocidio dañaría sus relaciones exteriores. Asimismo, el gobierno de Tel Aviv ha evitado reconocer internacionalmente a Srebrenica como genocidio. Este trasfondo histórico influye en las actuales posturas de Serbia e Israel respecto a la percepción del genocidio.
Por otra parte, se advierten claras analogías entre las ideologías nacionalistas de ambos Estados. Tanto Serbia como Israel se conciben a sí mismos como pueblos con derechos absolutos sobre unas supuestas “tierras ancestrales” y tienden a calificar de “terroristas” a aquellos pueblos que reclaman su pertenencia a esos territorios. Así, en los años noventa, la propaganda de Belgrado presentaba a los musulmanes bosnios y kosovares como “terroristas islámicos”, del mismo modo que Israel equipara en la actualidad todas las formas de resistencia palestina con el terrorismo. De manera semejante, el ultranacionalismo serbio idealiza a los serbios como un “pueblo sagrado”, mientras que ciertos discursos sionistas describen a los israelíes como un “pueblo elegido” y recurren a expresiones que llegan a deshumanizar a los palestinos. Estos paralelismos ideológicos constituyen, en última instancia, el sustrato mental que sostiene la cercanía entre Serbia e Israel.
Cooperación en la Industria de Defensa y Comercio de Armas
El aspecto más tangible de la cooperación entre Belgrado y Tel Aviv se ha desarrollado en el ámbito de la industria de defensa y del comercio armamentístico. Serbia ha convertido en los últimos años la capacidad de producción de armas heredada de la antigua Yugoslavia en una asociación estratégica con Israel. Durante la guerra de Gaza iniciada en 2023, el flujo de municiones serbias hacia Israel aumentó de manera significativa. Investigaciones recientes muestran que a lo largo de 2024 Serbia exportó a Israel armamento y municiones por un valor total de 23 millones de euros, cifra que en los primeros seis meses de 2025 superó ya los 55 millones de euros. Dichos envíos fueron realizados, en su mayoría, de manera encubierta mediante aviones de carga que partían desde Belgrado y aterrizaban directamente en la base militar de Nevatim en Israel. Además de la empresa estatal Yugoimport-SDPR, varios consorcios privados participaron en estas operaciones, suministrando a las fuerzas armadas israelíes munición de diverso calibre.
La comunidad internacional ha expresado su profunda preocupación por la contribución de este armamento a la masacre de civiles en Gaza. La Relatora Especial de la ONU, Francesca Albanese, en su informe de junio de 2025, señaló que para la industria militar israelí “el genocidio en curso se ha transformado en un negocio rentable”, subrayando cómo los ataques contra Gaza se han convertido en una oportunidad comercial. Esta afirmación revela que la munición proporcionada por Serbia forma parte integral de la devastación que azota al enclave palestino. No obstante, Belgrado ha continuado con las exportaciones de armas pese a los llamados internacionales, asumiendo así el riesgo de complicidad en crímenes de guerra. Las autoridades serbias, por su parte, mantienen esta actividad en secreto ante la opinión pública, rechazando solicitudes de información bajo el pretexto de que constituyen “secretos de Estado”.
El suministro de armamento por parte de Serbia a Israel en el marco del genocidio de Gaza demuestra que Belgrado otorga prioridad al beneficio económico por encima de cualquier consideración de carácter ético o jurídico. En consecuencia, puede afirmarse que la motivación serbia en la guerra de Gaza obedece, en gran medida, a intereses de lucro económico y a la búsqueda de réditos políticos.
Cálculos Diplomáticos y la Dimensión Estadounidense
Otro aspecto del estrecho pacto que Serbia ha tejido con Israel reside en las ventajas diplomáticas que Belgrado espera obtener en la arena internacional. El gobierno de Vučić calcula que unas relaciones sólidas con Israel podrían abrirle espacio, en particular, ante Washington. Un ejemplo ilustrativo fue el denominado Acuerdo de Washington de 2020, firmado bajo la mediación del entonces presidente estadounidense Donald Trump. En dicho marco, Serbia se comprometió a abrir una embajada en Jerusalén, mientras que Israel reconoció a Kosovo. Aunque este movimiento generó un breve enfriamiento entre Belgrado y Tel Aviv, para 2023 las relaciones ya habían vuelto a encarrilarse.
Tras la operación Diluvio de Al-Aqsa, Serbia elevó de manera notable su solidaridad con Israel. Belgrado nombró nuevamente a un embajador en Tel Aviv, después de años de mantener vacante dicho puesto; acogió en su territorio a equipos deportivos israelíes en un momento en que muchos países lo evitaban; y escenificó la cercanía política mediante visitas de alto nivel. Así, en 2025, la presidenta del Parlamento serbio, Ana Brnabić, visitó Tel Aviv y subrayó que el apoyo de su país a Israel era “inquebrantable”. Los dirigentes israelíes, por su parte, agradecieron reiteradamente que Serbia no los hubiera dejado solos en tiempos de guerra. Estos contactos confirman que Belgrado percibe a Israel como una puerta de acceso privilegiada hacia Occidente. No en vano, en 2020, durante la conferencia de AIPAC en Washington, Vučić afirmó que el amor de Serbia por Israel “se remonta a 1917”, enviando un claro mensaje a los sectores proisraelíes en Estados Unidos. Hoy en día, Belgrado busca ganarse la simpatía de los actores pro-israelíes de la derecha estadounidense ofreciendo un apoyo estratégico a Tel Aviv.
Washington, por su parte, no ha reaccionado de manera explícita frente a esta postura serbia. Mientras numerosos países europeos critican abiertamente las políticas israelíes en Gaza, la administración estadounidense parece haber hecho la vista gorda respecto a los envíos de armas serbias. El respaldo incondicional de Estados Unidos a Tel Aviv y su relación pragmática con Belgrado constituyen factores que contribuyen a la prolongación de la crisis humanitaria en Gaza. En otras palabras, Washington se convierte también, de forma indirecta, en partícipe de las acciones de Israel y Serbia en el enclave palestino.
Acusaciones de Genocidio y el Silencio Mutuo
La dimensión más controvertida de las relaciones entre Israel y Serbia se encuentra en su actitud frente a las acusaciones de genocidio y en el apoyo tácito que se dispensan mutuamente. La masacre de Srebrenica, perpetrada en julio de 1995 durante la guerra de Bosnia, ha sido reconocida como genocidio por los tribunales internacionales; sin embargo, Israel se cuenta entre los escasos Estados que se han negado a aceptarlo formalmente. Incluso el embajador israelí en Belgrado, Yahel Vilan, llegó a declarar en una entrevista de 2023 que “llamar genocidio a Srebrenica sería devaluar el concepto de genocidio”, lo que constituye una forma velada de negacionismo histórico. En Israel, algunos académicos y políticos han emitido afirmaciones similares, minimizando los crímenes de guerra serbios. Tal postura obedece, por un lado, al deseo de preservar la singularidad del Holocausto como genocidio “único” y, por otro, a la preocupación estratégica por mantener la solidaridad con Serbia. En consecuencia, resulta improbable que Israel condene con firmeza un episodio como Srebrenica, en el cual además estuvo indirectamente implicado.
Por su parte, Serbia adopta una política análoga de silencio y desinterés respecto a la violencia masiva que sufre el pueblo palestino. Aunque oficialmente Belgrado reconoce al Estado de Palestina y aparenta respaldar la solución de dos Estados, en la práctica evita criticar la ocupación y las agresiones israelíes. Particularmente durante las operaciones contra Gaza, el gobierno de Vučić ha repetido la retórica israelí del “derecho a la autodefensa”, mientras ignoraba la desproporcionada violencia que ha costado la vida a decenas de miles de civiles. Como se señaló anteriormente, Serbia ha suministrado armas a Israel, convirtiéndose así en parte integrante de la devastación y desoyendo los llamamientos internacionales a un alto el fuego.
Este paralelismo ha llevado a calificar la relación bilateral como una “asociación en el genocidio”. Ayer, Israel protegía a Serbia de la presión global en torno a Srebrenica; hoy, Serbia procura blindar a Israel frente a su aislamiento internacional por Gaza. Ambos Estados, que reclaman sensibilidad hacia sus propios sufrimientos históricos, muestran una indiferencia marcada y una doble vara de medir ante tragedias semejantes que padecen otros pueblos. La negación o el encubrimiento de crímenes de lesa humanidad, en aras de intereses nacionales, se ha convertido en un rasgo compartido de los gobiernos de Belgrado y Tel Aviv.
Conclusión
El respaldo de Serbia al genocidio perpetrado por Israel en Gaza constituye un ejemplo contundente de cómo el pragmatismo puede imponerse sobre los valores morales en el ámbito de las relaciones internacionales. El gobierno de Belgrado, mientras proclama su aspiración a ingresar en la Unión Europea, considera conveniente alinearse con un Estado en guerra como Israel, guiado por el cálculo de sus propios intereses. La alianza entre ambos países, aunque adornada con referencias históricas e ideológicas, se revela en esencia como una cooperación centrada en beneficios materiales y estratégicos.
Lo más perturbador de esta colaboración es la indiferencia mostrada ante cuestiones de la mayor gravedad humanitaria, como el genocidio y los crímenes de guerra. A corto plazo, el gobierno de Vučić puede esperar obtener ganancias económicas y respaldo político en Washington gracias a esta cercanía con Tel Aviv. Sin embargo, a largo plazo, esta estrategia encierra el riesgo de infligir un daño profundo a la reputación internacional de Serbia, proyectándola como un actor dispuesto a sacrificar la ética en aras de intereses inmediatos.