Cuando las revoluciones árabes se extendieron a Libia, después de Túnez, Egipto y Siria, la población vio una oportunidad para derrocar al régimen de Gadafi. En 2011, la insurrección respaldada por la OTAN puso fin al régimen, pero no dejó tras de sí un Estado sólido; lo que dejó fue un vacío de poder. Desde hace quince años, Libia permanece dividida entre el Gobierno de Unidad Nacional, con sede en Trípoli y reconocido por las Naciones Unidas (encabezado por Abdul Hamid Dbeibeh), y el Ejército Nacional Libio, controlado en el este por la familia Haftar.
La intervención militar de Türkiye en 2020 detuvo el intento de Haftar de tomar Trípoli, y desde entonces se ha mantenido un frágil equilibrio militar. Sin embargo, para 2026, el panorama ha cambiado de manera interesante: en abril, por decisión conjunta de las partes enfrentadas, se aprobó por primera vez en trece años un presupuesto unificado; y el 18 de junio, un acuerdo tripartito de reparto del poder surgió al margen del proceso de la ONU, bajo la mediación directa de Estados Unidos. Este desarrollo abre el debate sobre la transformación de la política estadounidense hacia Libia, el impacto de la guerra con Irán en este proceso y el lugar que ocupa Turquía dentro de esta nueva configuración.
Estados Unidos y el petróleo
En el centro de la política estadounidense hacia Libia se encuentra el petróleo, aunque esta explicación por sí sola resulta insuficiente. El plan impulsado por Washington busca reunir a las partes enfrentadas bajo un mismo marco. Esto se debe a que el gobierno reconocido por la ONU se encuentra en Trípoli, mientras que los principales yacimientos petrolíferos están, de facto, bajo el control de Haftar. Sin un acuerdo entre ambas partes, resulta difícil imaginar grandes inversiones o estabilidad.
Por ello, el proyecto estadounidense pretende construir menos una narrativa clásica de «democratización» que una fórmula de reparto del poder entre dos familias rivales. Aunque se presenta públicamente como un gobierno inclusivo, el verdadero esfuerzo de Washington consiste en alcanzar un acuerdo formal entre ambas familias. Esto explica por qué, mientras se anuncia un calendario electoral, el énfasis principal recae en la reconciliación entre los actores dominantes: el nuevo orden se basa en la distribución del mando y del control entre las fuerzas que continúan dominando el este y el oeste del país; es decir, una arquitectura más personal que institucional.
Estados Unidos avanza hacia este objetivo a través de tres vías. En el plano diplomático, se ha desarrollado un proceso que comenzó con conversaciones discretas el año pasado y culminó en el acuerdo alcanzado en junio. En el ámbito económico, se han firmado contratos multimillonarios de exploración y producción con importantes empresas energéticas estadounidenses y europeas. En el terreno militar, aunque de forma simbólica, fuerzas del este y del oeste participaron juntas por primera vez en ejercicios conjuntos.
No obstante, el respaldo político por sí solo no convierte a Libia en un destino seguro para la inversión: el presupuesto continúa enfrentando obstáculos para su aprobación, la moneda nacional pierde valor de manera constante, el contrabando de combustible provoca pérdidas de miles de millones de dólares y la infraestructura sigue deteriorándose. La intención de Estados Unidos es clara, pero el terreno sigue siendo frágil, lo que entraña el riesgo de que el acuerdo permanezca estancado como una mera negociación entre familias, sin transformarse en una verdadera reforma institucional.
De hecho, muchos libios critican esta iniciativa por estar diseñada en torno a individuos más que a instituciones, mientras que organizaciones de mujeres y grupos de la sociedad civil subrayan que han sido excluidos del proceso.
La guerra con Irán y la inestabilidad del petróleo
Puede afirmarse que la guerra con Irán desempeñó un papel importante en el renovado interés de Estados Unidos por Libia durante este período. El conflicto iniciado contra Irán en el marco de la asociación entre Estados Unidos e Israel provocó una grave crisis en el estrecho de Ormuz. Dado que una parte significativa del suministro mundial de petróleo transita por este paso marítimo, los precios aumentaron rápidamente y Washington se vio obligado a recurrir masivamente a sus reservas estratégicas de petróleo. Como consecuencia, dichas reservas descendieron a sus niveles más bajos en décadas.
En este contexto, Libia emerge como una fuente alternativa atractiva: no depende del estrecho de Ormuz, está geográficamente próxima a Europa y posee petróleo de alta calidad. El problema de Libia no es geológico, sino de gobernanza. Si se logra una estabilidad política duradera, la producción podría aumentar considerablemente y servir como un amortiguador frente a posibles interrupciones en el Golfo. Por ello, la guerra con Irán puede interpretarse como un factor que ha acelerado y legitimado el interés estadounidense por Libia.
Sin embargo, este argumento tiene sus límites. La producción libia, por sí sola, no puede modificar significativamente la oferta mundial en el corto plazo; su principal impacto se manifiesta de manera indirecta, a través de las expectativas de los mercados y de la confianza de los inversores.
La visión de Türkiye para Libia y el reposicionamiento de Estados Unidos
La motivación de Türkiye en Libia es fundamentalmente distinta de la de Estados Unidos. Para Ankara, la prioridad no es el petróleo, sino la estabilidad del país, la preservación de su integridad territorial y la satisfacción de las demandas de la población en particular, las expectativas relacionadas con las elecciones y con una representación política legítima. Esta diferencia se comprende mejor al analizar la evolución del expediente libio durante la última década.
Ante el asedio de Trípoli por parte de Jalifa Haftar en 2019 y la posibilidad de que derrocara al gobierno legítimo, Türkiye firmó acuerdos de cooperación militar y de delimitación de zonas marítimas con el Gobierno de Unidad Nacional de Libia. En 2020, el apoyo militar turco detuvo el avance de Haftar. Esta intervención no solo salvó a Trípoli, sino que también alteró el orden basado en el proyecto EastMed, impulsado hasta entonces por actores como Grecia y Francia en el Mediterráneo Oriental. Gracias al acuerdo marítimo firmado con Libia, Türkiye logró neutralizar ese proyecto tanto de facto como desde el punto de vista jurídico.
Paralelamente, en Siria, Türkiye respaldó las demandas revolucionarias de la población y, mediante operaciones militares transfronterizas, impidió que el PKK estableciera una entidad en el norte del país. Con la caída definitiva del régimen de Asad, este expediente también evolucionó en la dirección prevista por Ankara. En el Cáucaso, el apoyo brindado a Azerbaiyán modificó el equilibrio regional, mientras que en el Golfo desempeñó un papel activo en el levantamiento del bloqueo impuesto a Qatar.
El conjunto de estos pasos transformó el expediente libio, inicialmente poco favorable para Ankara, en un escenario en el que Türkiye se ha convertido en el actor determinante sobre el terreno. Para Estados Unidos, estos logros políticos de Ankara tuvieron una consecuencia evidente: una solución duradera para Libia no es posible sin tener en cuenta el equilibrio militar y político establecido de facto por Türkiye.
El reconocimiento de esta realidad por parte de Washington dio lugar a un cambio de enfoque, materializado en el denominado «proceso Boulos»: una estrategia que ya no busca excluir a Ankara, sino trabajar con ella. Hoy, la reunión del director de la Organización Nacional de Inteligencia de Türkiye (MİT), İbrahim Kalın, con Haftar en Bengasi; la participación de Hakan Fidan en una reunión celebrada en El Cairo junto al representante estadounidense Boulos; la visita de la Marina turca a Bengasi; y los ejercicios conjuntos entre fuerzas del este y del oeste de Libia constituyen manifestaciones concretas de esta nueva línea de cooperación. La imagen que proyectan ya no es la de actores enfrentados, sino la de socios sentados a la misma mesa.
Lo que debe subrayarse es que Estados Unidos y Türkiye no están desarrollando proyectos rivales en Libia. Más bien, Washington ha comprendido que la estrategia seguida durante una década para contener a Türkiye no produjo los resultados esperados y que el expediente libio ya no puede gestionarse sin Ankara. Esto demuestra que el acercamiento iniciado entre ambos países en Siria tiene ahora también un reflejo en Libia.
La prioridad de Türkiye sigue siendo la integridad territorial y la estabilidad de Libia, mientras que la de Estados Unidos continúa siendo la seguridad energética y un entorno favorable para la inversión. Sin embargo, estas prioridades distintas ya no generan una relación de confrontación, sino de complementariedad: una Libia estable beneficia tanto a Ankara como a Washington, y Estados Unidos parece haber aceptado que Türkiye es la principal fuerza capaz de garantizar esa estabilidad sobre el terreno.
En conclusión, existe una similitud estructural entre los cambios observados en Siria y los acontecimientos en Libia: Estados Unidos busca cada vez más fórmulas para colaborar con Türkiye, un actor capaz de actuar de manera autónoma y de transformar los acontecimientos regionales. La medida en que esta dinámica se convierta en una asociación concreta en Libia dependerá de la evolución de las negociaciones entre Haftar y Dbeibeh, así como del papel que Türkiye decida desempeñar sin renunciar a sus prioridades fundamentales la estabilidad, la integridad territorial y la legítima representación del pueblo libio.
Por ahora, el panorama muestra a dos actores que han comprendido que continuar enfrentándose carece de sentido y que, aunque motivados por prioridades distintas, avanzan hacia un mismo objetivo: una Libia estable. Y Libia continúa siendo el escenario más visible para poner a prueba este nuevo modelo de cooperación.
