La cumbre de la OTAN celebrada en Ankara fue presentada como un momento de unidad. Sin embargo, terminó exponiendo las grietas de la Alianza y el carácter cada vez más vacío de sus rituales: un presidente estadounidense abiertamente hostil hacia Europa, una enorme brecha en la defensa antimisiles y una Türkiye que se ha convertido en un actor indispensable.
Hace ya mucho tiempo, en 1966, el general francés Charles de Gaulle sostuvo que la OTAN no era, ante todo, un mecanismo de defensa mutua, sino un instrumento concebido para que Estados Unidos organizara y controlara Europa. Esa fue la razón por la que retiró a Francia de la estructura militar integrada de la Alianza y expulsó del territorio francés tanto al personal militar estadounidense como al cuartel general de la OTAN. Hoy, en Ankara, la capital de Türkiye, la Alianza Atlántica, bajo el liderazgo de Estados Unidos, ha puesto de manifiesto los límites de su propio modelo.
Una cumbre que dejó al descubierto las fracturas de la Alianza
Ankara se preparaba para representar el ya conocido ritual de la OTAN: fotografías oficiales cuidadosamente preparadas, comunicados cargados de fórmulas diplomáticas y una narrativa de unidad cada vez más desgastada. Sin embargo, pese a la afirmación jocosa de Donald Trump de que en la sala reinaba una «enorme unidad», la reunión transmitió la sensación de una prueba de estrés para la que la Alianza no estaba preparada.
Trump ni siquiera intentó desempeñar el papel de garante del orden transatlántico. Por el contrario, asumió el papel de principal saboteador: lanzó amenazas, menospreció a sus aliados y convirtió la defensa colectiva en un instrumento de negociación política. España fue objeto de duras críticas por parte del presidente estadounidense tras rechazar el compromiso de elevar el gasto en defensa hasta el 5 % del PIB.
La OTAN no se ha derrumbado. Pero hoy se sostiene sobre un terreno lleno de grietas. La persistente irritación de Trump por la negativa de varios aliados europeos a participar en la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán considerada por numerosos observadores contraria al derecho internacional sobrevoló toda la cumbre. Incluso su insistente obsesión con Groenlandia dejó de parecer una excentricidad para convertirse en una ventana hacia su concepción del mundo: los aliados no son socios estratégicos, sino activos susceptibles de ser presionados para obtener mejores acuerdos. Incluso el comunicado final, redactado con un tono deliberadamente neutro, reflejó más una estrategia de contención de daños que una verdadera convicción política.
Sin embargo, Trump representa únicamente un síntoma. La verdadera enfermedad de la OTAN es la profunda inseguridad que intenta ocultar desesperadamente. La Alianza parece haberse transformado en un club que dedica más tiempo a convencerse de su propia relevancia que a defender objetivos estratégicos concretos. Mientras reprendía a sus aliados por no respaldar la campaña militar contra Irán, Trump formuló vagas promesas sobre el suministro de sistemas Patriot a Ucrania y, acto seguido, volvió una vez más a su recurrente fijación por Groenlandia, como si la OTAN formara parte de su patrimonio inmobiliario personal.
La pesadilla europea: la defensa antimisiles y la ilusión de protección
Si la cumbre dejó una conclusión estratégica incuestionable, fue esta: Europa se encuentra peligrosamente despreparada frente al tipo de conflicto que más teme. La defensa aérea y antimisiles ha dejado de ser una cuestión puramente técnica para convertirse en una auténtica pesadilla geopolítica. La guerra en Ucrania, la disminución del compromiso estadounidense y el agotamiento de las reservas occidentales han situado este problema en el primer lugar de la agenda estratégica europea.
La realidad resulta incómoda: Europa continúa dependiendo de manera abrumadora de los sistemas estadounidenses, de las líneas de producción estadounidenses y, sobre todo, de la voluntad política de Washington. Las baterías Patriot, los interceptores THAAD y las capacidades de defensa de largo alcance ya no representan un lujo tecnológico, sino el escudo imprescindible para la seguridad del continente. Y Europa dispone de muy pocos de ellos.
Algunos Estados europeos han intentado reducir esta vulnerabilidad, aunque en la mayoría de los casos lo han hecho adquiriendo más equipamiento extranjero en lugar de construir una verdadera autonomía estratégica. El sistema Arrow 3 adquirido por Alemania constituye una capacidad notable, pero insuficiente en términos de escala. Los sistemas NASAMS e IRIS-T cubren determinadas necesidades, aunque no bastan frente a amenazas balísticas de alta intensidad. El sistema franco-italiano SAMP/T ofrece una alternativa europea, pero su infraestructura industrial aún está lejos de competir con la capacidad de producción y despliegue de Estados Unidos.
La pesadilla europea puede resumirse en una sola frase: el continente ha comprendido que necesita una defensa antimisiles robusta, pero todavía es incapaz de responder con certeza quién la proporcionará, en qué cantidad y en qué plazo. Peor aún, Washington podría dejar de estar en condiciones de abastecer simultáneamente a todos sus aliados. En una futura crisis, Europa podría descubrir que no ocupa el primer lugar en la lista de prioridades estadounidenses. Incluso podría encontrarse al final de ella.
Trump solo salió satisfecho con Erdoğan; al resto les dirigió sus críticas
Si hubo un dirigente que abandonó la cumbre satisfecho, ese fue Recep Tayyip Erdoğan. La visita de Trump le proporcionó exactamente lo que buscaba: reconocimiento político, mayor capacidad de negociación y la percepción de haber recuperado parte de su prestigio internacional. Washington dejó entrever la posibilidad de levantar las sanciones impuestas en virtud de la ley CAATSA tras la compra por parte de Türkiye de los sistemas rusos S-400 e incluso de reconsiderar la reincorporación del país al programa de cazas F-35. Para Erdoğan, esta cuestión trasciende el ámbito militar: constituye, sobre todo, una reivindicación política.
Todos los demás tenían motivos para mostrarse inquietos.
El mensaje de Trump a los aliados mantuvo el tono habitual de su diplomacia: paguen más, manténganse alineados y alimenten su ego político. Europa y Canadá volvieron a soportar ese ya repetido ritual de reprimendas. Bajo la dirección del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, la cumbre terminó convirtiéndose en una escenificación cuidadosamente adaptada al estilo transaccional de Trump, un estilo que confunde la intimidación con la diplomacia y la lealtad con la obediencia. En la práctica, Türkiye fue el único país que obtuvo beneficios políticos tangibles, poniendo así de manifiesto hasta qué punto la supuesta unidad de la Alianza carece hoy de contenido real.
Precisamente ahí reside aquello que convierte a Erdoğan en un interlocutor tan útil para Trump y, al mismo tiempo, tan controvertido para sus críticos. Desde la perspectiva del presidente estadounidense, representa a un dirigente fuerte que cumple sus compromisos y con el que resulta posible alcanzar acuerdos. Sin embargo, detrás de las sonrisas exhibidas durante la cumbre se esconde una realidad más compleja: el creciente valor estratégico de Türkiye en el escenario internacional parece utilizarse también para amortiguar las críticas sobre la situación interna del país. La presión sobre la oposición continúa, y los procesos judiciales de carácter político siguen formando parte del panorama nacional.
Cómo Türkiye se convirtió en un actor vital para la OTAN
Hubo un tiempo en que Türkiye era considerada el miembro problemático de la OTAN: demasiado independiente, excesivamente orientada por sus propios intereses y demasiado dispuesta a incomodar a sus aliados. Esa imagen ha quedado atrás. Hoy, Turquía ocupa una posición central en los cálculos estratégicos de seguridad de la Alianza.
Una de las razones es la geografía. Türkiye controla el acceso al mar Negro y constituye el pilar del flanco sur de la OTAN. Otra responde a su peso militar: posee el segundo ejército más grande de la Alianza, una fuerza cuyo valor no es únicamente cuantitativo, sino también cualitativo en una región donde la capacidad humana sigue siendo un factor decisivo. A ello se suma su capacidad industrial. La industria de defensa turca ha alcanzado niveles de producción más rápidos, costes más competitivos y una mayor preparación para la exportación que muchos de sus competidores occidentales.
Sin embargo, la razón más profunda es de naturaleza política. La guerra en Ucrania, los conflictos en Oriente Medio y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca han obligado a la OTAN a reconsiderar el valor estratégico de Türkiye. Ankara puede mediar, bloquear iniciativas, abrir puertas, volver a cerrarlas y mantener canales de comunicación con prácticamente todos los actores regionales e internacionales, una capacidad de la que Europa carece. En un entorno de seguridad cada vez más fragmentado, esa flexibilidad estratégica adquiere un valor extraordinario.
No obstante, esa misma posición también convierte a Türkiye en un actor difícil de gestionar. Su capacidad de negociación proviene precisamente de la incertidumbre que genera. Puede apoyar a Ucrania mientras mantiene abiertos sus canales de comunicación con Moscú. Puede albergar infraestructuras esenciales de la OTAN y, al mismo tiempo, resistirse a una mayor expansión de la Alianza en el mar Negro. Mientras varios gobiernos europeos defienden una estrategia de contención frente a Rusia, Türkiye propone la creación de una franja desmilitarizada. Puede presentarse como un socio indispensable y, al mismo tiempo, rechazar comportarse como un aliado plenamente previsible en el sentido liberal del término.
Bruselas no puede ignorar a Türkiye, pero tampoco puede abrazarla plenamente
La Unión Europea se encuentra atrapada en una contradicción que ella misma ha contribuido a crear. Sin Türkiye resulta extremadamente difícil construir una arquitectura de seguridad verdaderamente creíble; sin embargo, Bruselas tampoco puede sostener con convicción que Ankara comparte plenamente los valores que la propia Unión proclama defender. Pocas contradicciones ilustran mejor la distancia existente entre los principios que Europa afirma representar y las realidades que está dispuesta a aceptar.
Oficialmente, Bruselas mantiene a Türkiye a cierta distancia. El proceso de adhesión a la Unión Europea permanece prácticamente congelado. La cuestión de Chipre continúa siendo una herida abierta, mientras que las preocupaciones relacionadas con el Estado de derecho han dejado de percibirse como episodios aislados para convertirse, a ojos de muchos observadores europeos, en una característica estructural de la relación. Sin embargo, pese a todo el discurso normativo, la cooperación continúa en ámbitos como la migración, la energía, el comercio y la seguridad del mar Negro. La realidad es evidente: Europa necesita demasiado a Türkiye como para permitirse un verdadero distanciamiento.
Conviene añadir una reflexión sobre los valores y la autoridad moral de Europa. Tras la guerra en Gaza y el respaldo europeo a Israel, una parte significativa del denominado Sur Global incluida Türkiye percibe la autoridad moral europea como un discurso vacío y profundamente selectivo.
El resultado es una clara contradicción estratégica. Mientras algunos dirigentes europeos siguen insistiendo en el lenguaje de los valores, otros apelan abiertamente al pragmatismo. Bruselas, como en tantas otras ocasiones, intenta refugiarse en la ambigüedad y en la indecisión. Sin embargo, esta posición resulta cada vez más difícil de sostener. Türkiye controla el acceso al mar Negro, influye sobre corredores energéticos fundamentales y posee una industria de defensa en constante expansión. Europa no puede ignorar estas realidades. En consecuencia, el discurso europeo sobre los valores ha terminado condicionado por su propia dependencia estratégica de Ankara.
El verdadero dilema europeo no consiste en determinar si Türkiye es importante; esa cuestión ya no admite discusión. La pregunta central es cómo gestionar la relación con un país que, simultáneamente, es un socio indispensable, una fuente permanente de desafíos y un importante instrumento de presión geopolítica. Desde la perspectiva de Bruselas, se trata de una partida estratégica para la que existen muy pocas jugadas satisfactorias. La progresiva pérdida de capacidad diplomática de alto nivel por parte de Europa no hace sino agravar esta situación.
En síntesis, la conclusión que deja Ankara resulta difícil de ignorar: la OTAN atraviesa un profundo proceso de fragmentación; Europa se encuentra en una posición de vulnerabilidad estratégica; Donald Trump continúa privilegiando una política exterior marcadamente transaccional, llevada en ocasiones hasta el límite de la temeridad; y Türkiye, pese a las persistentes dudas que suscita en materia de confianza política, ha logrado consolidar deliberadamente su condición de actor indispensable dentro de la arquitectura de seguridad euroatlántica.
Ricardo Martins – Doctor en Sociología, especialista en política europea, relaciones internacionales y geopolítica.
Fuente:https://journal-neo.su/2026/07/09/ankaras-summit-of-fractures/
