¿Puede Europa garantizar su propia seguridad?
Esa es la única pregunta a la que deberán enfrentarse los líderes de la OTAN, que se reunirán en Ankara, la capital de Turquía, los días 7 y 8 de julio para una cumbre decisiva. El presidente Donald Trump y los dirigentes de la Alianza se encontrarán en un momento marcado por profundas tensiones en las relaciones transatlánticas, crecientes divisiones dentro de Europa sobre cómo relacionarse con el presidente Trump y la persistencia de conflictos activos tanto en el continente europeo como en su entorno estratégico, desde Ucrania, en el este, hasta Gaza, el Líbano y el conjunto de Oriente Medio, en el sur.
La actitud europea de duda sobre sí misma y de infravaloración de sus propias capacidades, que condiciona tanto su enfoque hacia Trump como su visión de la seguridad europea, no puede sustituir a una estrategia. Ankara debe marcar el momento en que Europa deje de lamentar la desaparición de la alianza que una vez conoció y comience a construir la alianza que realmente necesita.
A corto plazo, Europa debe reforzar el peso colectivo de los miembros europeos de la OTAN dentro de la Alianza, y no únicamente el de los Estados miembros de la Unión Europea o el de la propia Unión Europea como actor institucional. A medio y largo plazo, por más indeseable que pueda parecer esa posibilidad, Europa debe prepararse para un sistema de seguridad que no dependa del poder estadounidense ni de las condiciones que definieron la antigua Alianza.
Europa necesita una arquitectura de seguridad verdaderamente continental que incluya a todos los miembros europeos de la OTAN, tanto los pertenecientes a la Unión Europea como los que permanecen fuera de ella. Asimismo, debe desarrollar un compromiso renovado y ampliado con su vecindad oriental Ucrania, Moldavia, Georgia y los Balcanes Occidentales, al tiempo que redefine sus relaciones con su vecindad meridional, que se extiende desde el norte de África y el Sahel, pasando por el Levante, hasta el Golfo Pérsico.
Además, Europa debe afrontar con honestidad una realidad incómoda: cualquier marco de seguridad posterior a la era de predominio estadounidense no podrá limitarse a reproducir el actual orden centrado en la OTAN, construido sobre la claridad estratégica, la continuidad institucional y una percepción compartida de las amenazas.
Construir una nueva OTAN
Una nueva arquitectura de seguridad, en la que el papel de Estados Unidos sea reducido o redefinido, debe impulsar a Europa a adaptarse al presente y prepararse para el futuro. Europa mira al futuro con incertidumbre y muestra una resistencia relativa frente a la reconfiguración del orden mundial que ya está en marcha. En cambio, el Sur Global contempla el futuro con mayor optimismo y se muestra más receptivo a la transformación estructural del sistema internacional. Europa desea que su futuro se parezca a su pasado de la posguerra. Estados Unidos, así como las grandes potencias de Asia, Oriente Medio y África, ya han dejado atrás esa visión.
El ministro de Asuntos Exteriores de Türkiye, Hakan Fidan, destacó recientemente la importancia del lema oficial de la OTAN para esta cumbre, sentando las bases de lo que definió como la OTAN 3.0, un punto de inflexión en la historia de la Alianza. Este marco resulta esclarecedor. La OTAN 1.0 representa la lógica de la Guerra Fría: una alianza concebida para hacer frente a la amenaza convencional y estatal encarnada por la Unión Soviética.
La OTAN 2.0 corresponde al período posterior a la Guerra Fría, cuando la Alianza tuvo que adaptarse a amenazas procedentes de actores no estatales. El ejemplo más significativo fue la decisión de invocar por primera vez el Artículo 5 la cláusula de defensa colectiva tras los atentados de Al Qaeda del 11 de septiembre de 2001, con el fin de defender a Estados Unidos frente a un actor no estatal.
La OTAN 3.0 refleja la adaptación de la Alianza al cambiante orden internacional del siglo XXI. Se trata de un llamamiento tanto a una adaptación cognitiva como geopolítica, cuya mayor responsabilidad recae sobre los miembros europeos de la OTAN. Cualquier marco verdaderamente continental para la seguridad europea debe comenzar con una cooperación más estrecha y estructurada, no solo entre los principales Estados miembros de la Unión Europea integrados en la OTAN, sino también con aliados europeos que no pertenecen a la UE, como el Reino Unido, Türkiye y Noruega.
Un enfoque centrado exclusivamente en la Unión Europea no permitirá construir un nuevo orden de seguridad para todo el continente. Excluir a países europeos no miembros de la UE como el Reino Unido, Türkiye, Noruega y varios Estados de los Balcanes Occidentales solo fomentará una mayor competencia y fragmentación. La decisión de Francia de dejar fuera al Reino Unido del programa de defensa Security Action for Europe ya ha demostrado ser contraproducente.
Este enfoque integral debe ir más allá de las cuestiones estrictamente geopolíticas e incluir nuevas iniciativas en materia de industria de defensa, seguridad energética y reconfiguración de las cadenas de suministro. Se han producido avances alentadores: prácticamente todos los miembros europeos de la OTAN han incrementado sus presupuestos de defensa. Sin embargo, la nueva era exige comprender de forma integral tanto el concepto de seguridad como el de Europa.
Las nuevas fronteras de la seguridad europea
Europa debe replantearse de manera fundamental su compromiso con su entorno inmediato de seguridad. El futuro de la seguridad europea estará determinado no solo por los acontecimientos que se produzcan en el corazón del continente, sino también por la evolución de su entorno estratégico más amplio. Ambas dimensiones están estrechamente interrelacionadas. Para responder eficazmente a este desafío, Europa deberá demostrar la voluntad política necesaria para superar la resistencia que previsiblemente opondrán los partidos de extrema derecha y los movimientos populistas a esta agenda estratégica.
Ambas dimensiones del entorno inmediato de seguridad de Europa incluida la renovación de los compromisos con Ucrania ocuparán un lugar central en la agenda de la cumbre de Ankara. El presidente Donald Trump ha expresado su frustración por considerar que Europa no brindó un apoyo suficiente durante la guerra con Irán. Desde la perspectiva europea, en cambio, existe una creciente preocupación por la posibilidad de que Estados Unidos abandone a Ucrania. El entorno estratégico europeo no solo constituye una parte inseparable de la seguridad del continente, sino que también profundiza las tensiones transatlánticas y acentúa las divisiones dentro de Europa.
Sin embargo, el pensamiento estratégico europeo sigue concentrado de manera peligrosamente desproporcionada en la vecindad oriental y, sobre todo, en Ucrania. El apoyo a Kiev es indispensable, tanto para la defensa del país como para la seguridad del continente. No obstante, Europa debe adoptar una concepción mucho más amplia de su política de vecindad. En el imaginario estratégico europeo contemporáneo, la geopolítica comienza en Rusia y termina en Ucrania. El continente corre el riesgo de convertirse en un actor obsesionado con un único problema. La prueba más evidente de ello es la casi total ausencia de Europa en su entorno meridional, que se extiende desde el norte de África, pasando por el Levante, hasta el Golfo Pérsico. Las guerras de Irán y Gaza han puesto de manifiesto, con toda claridad, esa ausencia y la creciente debilidad estratégica europea.
Aun así, el compromiso con el entorno meridional sigue siendo inseparable tanto de la seguridad de Europa como de la estabilidad de su orden político interno. Basta observar las consecuencias de la guerra civil siria: la crisis de refugiados y la expansión del radicalismo yihadista a través del Mediterráneo impulsaron el ascenso de los partidos de extrema derecha en todo el continente. Lo que sucede en el entorno estratégico meridional de Europa no permanece allí. Personas, ideologías y crisis políticas terminan trasladándose directamente al centro de la política europea. Europa puede decidir implicarse o no en su vecindad meridional, pero esa vecindad seguirá teniendo la capacidad de redefinir la política del continente.
Hace tiempo que Europa debería haber desarrollado nuevas estrategias para su entorno inmediato de seguridad, especialmente respecto a su dimensión meridional. La ausencia de una estrategia común de compromiso no solo revela el vacío estratégico europeo frente a las rápidas transformaciones tanto en la vecindad oriental como en el entorno estratégico del sur.
También alimenta las rivalidades dentro de la propia Unión Europea y de la OTAN. Ello ha quedado claramente reflejado en las agendas enfrentadas de Francia e Italia en Libia, así como en las posiciones divergentes de Turquía y Francia respecto a Libia y el Sahel. Estas rivalidades amplían el margen de maniobra de Rusia y China en todo el entorno meridional.
Durante muchos años predominó la expectativa de que Europa transformaría su vecindad y la remodelaría a su propia imagen. Sin embargo, ha ocurrido precisamente lo contrario. Tanto la vecindad oriental como el entorno meridional están redefiniendo a Europa, aunque no de la manera que los europeos habían previsto o deseado. En adelante, la relación entre Europa y su entorno inmediato de seguridad será una historia de transformación mutua.
La vecindad oriental no solo será estabilizada e integrada progresivamente en las estructuras europeas, ni el entorno meridional será simplemente remodelado a imagen de Europa. En la misma medida en que Europa intente dar forma a ambos espacios, estos continuarán moldeando el futuro político y estratégico del propio continente.
El auge de la diplomacia minilateral
La cuestión de cómo Europa puede proyectar de la manera más eficaz su presencia e influencia en este doble entorno inmediato de seguridad plantea un interrogante aún más profundo: ¿cómo puede defender con mayor eficacia sus intereses de seguridad? Las respuestas tradicionales apuntan a los marcos colectivos e institucionales como la solución. Sin embargo, es posible que dichos marcos resulten cada vez más difíciles de alcanzar e, incluso, menos adecuados para los desafíos del nuevo contexto estratégico.
Una arquitectura de seguridad en la que el papel de Estados Unidos sea redefinido o reducido tendrá que ser necesariamente más diversa, flexible, ad hoc y orientada a problemas concretos. Su fundamento estará constituido por diferentes modelos de minilateralismo: pequeñas coaliciones de Estados directamente implicados, organizadas en torno a crisis específicas en la vecindad oriental, el entorno estratégico meridional o cualquier otro escenario de interés.
En otras palabras, el futuro de la seguridad europea descansará cada vez más en coaliciones reducidas de Estados que cooperen para afrontar crisis concretas, ya sea en la vecindad oriental, a lo largo del entorno estratégico del sur o en otras regiones de importancia estratégica.
Un ejemplo ilustrativo es el formato E3 Francia, Alemania y el Reino Unido, creado en 2003 para negociar el programa nuclear iraní. Este mecanismo minilateral, centrado en un objetivo específico, abrió el camino al acuerdo nuclear con Irán de 2015 y se convirtió en uno de los mayores éxitos de la diplomacia europea.
En contraste, resulta llamativa la casi total ausencia de Europa en los actuales esfuerzos diplomáticos destinados a contener la nueva escalada de la crisis iraní, precisamente en un país situado en la intersección entre el entorno estratégico meridional y los corredores energéticos y migratorios más sensibles para Europa. Del mismo modo, la Coalición de los Voluntarios (Coalition of the Willing) para Ucrania constituye otra plataforma que opera al margen de los marcos institucionales tanto de la OTAN como de la Unión Europea con el objetivo de coordinar la respuesta europea a la guerra en la vecindad oriental.
Estos modelos minilaterales anticipan la arquitectura de un futuro orden de seguridad europeo posterior a la primacía estadounidense: un sistema flexible, basado en coaliciones, diseñado para responder a desafíos específicos y aplicable tanto a la vecindad oriental como al entorno estratégico meridional.
En Ankara y en los años posteriores, los miembros europeos de la OTAN deberán hacer dos cosas simultáneamente: reforzar el pilar europeo de la estructura actual de la Alianza y, al mismo tiempo, comenzar a preparar una nueva arquitectura de seguridad europea en la que el papel de Estados Unidos sea más limitado y redefinido.
La Cumbre de Ankara debe convertirse en la ceremonia de graduación de Europa: el momento en que el continente asuma plenamente la responsabilidad de su propia seguridad y se consolide como el centro de gravedad, no solo para su vecindad oriental que abarca desde Ucrania y Moldavia hasta los Balcanes Occidentales y el Cáucaso Sur, sino también para su entorno estratégico meridional, que se extiende desde el Magreb y el Sahel, pasando por el Levante, hasta el Golfo Pérsico. Europa no puede permitirse ser una potencia de un solo frente en un mundo caracterizado por múltiples frentes.
Galip Dalay es investigador principal (Senior Consulting Fellow) en Chatham House*.*
Fuente:https://time.com/article/2026/07/07/europe-nato-trump-ankara-summit-/
