En la Antigüedad, los juegos que supuestamente se celebraban en Olimpia por los griegos dieron lugar a las leyendas sobre las que se fundamentan los Juegos Olímpicos modernos. Una de las normas relativas a la ceremonia de apertura fue establecida en 1921 por el Comité Olímpico Internacional, encargado de organizar los juegos a escala internacional. Según el reglamento publicado por el Comité, cada país participante desfilaría en la ceremonia de apertura portando un cartel con el nombre del país y una bandera que lo acompañara, avanzando en orden por el recinto donde se celebrarían los juegos. En una nota entre paréntesis del reglamento se especificaba cómo se determinaría ese orden: “Los países avanzan en orden alfabético”.
En 1949 se introdujo una ligera modificación. Probablemente para evitar confusiones derivadas de que un mismo país pueda denominarse de manera distinta en diferentes lenguas por ejemplo, lo que nosotros llamamos “Almanya”, en inglés es “Germany” y en alemán “Deutschland” se decidió que el orden del desfile se establecería según el orden alfabético en la lengua del país anfitrión. Así, Alemania ocuparía su lugar según la letra G en unos juegos celebrados en Londres, mientras que en unos hipotéticos juegos en Estambul lo haría bajo la letra A. Detrás de esta práctica subyacía la idea de permitir el uso del alfabeto del país anfitrión y eliminar así los privilegios derivados de un orden previamente fijado. De este modo, se sostenía que el reglamento adquiría un carácter más “universal”, al no basarse en el alfabeto de una sola nación, sino en una lógica relativa.
Sin embargo, la primera “fricción” de esta norma no apareció en países que emplean alfabetos como el griego, el árabe o el cirílico, sino, curiosamente, en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. Antes de Tokio, ciudades como Múnich o Moscú ya habían sido anfitrionas. En los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, tras Grecia que tradicionalmente encabeza el desfile como cuna de los juegos, desfilaron Egipto y luego Etiopía. Para quienes están familiarizados con la versión latina del alemán, esto resulta comprensible: Egipto se dice “Ägypten” y Etiopía “Äthiopien”, lo que invisibiliza cualquier aparente “fricción”. Del mismo modo, en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980, tras Grecia aparecieron Austria y Afganistán. Esto también resulta lógico para quienes conocen que en el alfabeto cirílico la letra “в” (equivalente al sonido “v”) precede a la “ф” (equivalente a “f”), haciendo que el orden sea perfectamente inteligible para quien domina ese sistema.
Sin embargo, la cuestión se vuelve menos evidente cuando se trata del sistema de escritura japonés. Para quienes están acostumbrados a la idea de alfabeto, no resulta fácil comprender cómo se establecería el orden según la escritura japonesa. Esto se debe a que el japonés, como sistema derivado en parte del chino, se basa en caracteres y no en un alfabeto en sentido estricto. Así, por primera vez, surgía la posibilidad de organizar el desfile según una forma de escritura “no occidental” e incluso considerada “sin alfabeto”. Los japoneses resolvieron esta “fricción” determinando el orden no según el japonés, sino según el inglés. Es decir, el desfile se organizó conforme a los nombres de los países en inglés.
Sin embargo, aquí es donde las expresiones “no occidental” y “sin alfabeto” adquieren relevancia, ya que revelan que la cuestión no es meramente técnica, sino que pone en el centro un problema más profundo: el modo en que se concibe el alfabeto mismo.
Por supuesto, en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 ya se observa una cierta anomalía: tras Grecia desfilan Ghana y Gabón. Sin embargo, probablemente debido a la magnitud de la inversión de China en los juegos, la llamada “cuestión del alfabeto” entra por primera vez en la agenda pública durante los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Es decir, especialmente los medios de comunicación y en particular las cadenas que transmitían la ceremonia comenzaron por primera vez a reflexionar sobre qué significan realmente las expresiones “no occidental” y “sin alfabeto”. De este modo, los Juegos de Pekín pasaron a ser recordados como los primeros en la historia olímpica celebrados en un país cuya escritura es considerada “sin alfabeto”, es decir, los primeros en los que el desfile no seguía un orden alfabético convencional.
En esta percepción influyó también el hecho de que, aunque en los juegos anteriores el orden podía parecer comprensible al menos para una mirada occidental, el sistema aplicado en Pekín resultaba completamente singular. Si tomamos el caso de Turquía como ejemplo, el país desfiló en cuarto lugar, después de Grecia (que entra tradicionalmente en primer lugar como supuesto organizador originario), Guinea en segundo y Guinea-Bisáu en tercero. A Turquía le siguieron Turkmenistán y Yemen, y luego continuó la secuencia con Maldivas, Malta, Madagascar, entre otros. Para hacerlo aún más evidente: por ejemplo, el país en el puesto 19, Jamaica, es seguido por Bélgica en el puesto 20; y Andorra en el puesto 90 es seguida por Tonga en el 91. Es decir, si observamos los primeros lugares, el orden parecería avanzar como G, T, Y, M, lo que rompe completamente con la lógica alfabética convencional. Entonces, ¿por qué se estableció este tipo de orden?
El comité organizador chino, con la aprobación del Comité Olímpico Internacional, decidió aplicar un principio tradicionalmente conocido en China para la escritura de caracteres. Según este criterio, los países se ordenan en función del número de trazos necesarios para escribir sus nombres en caracteres chinos. Por ejemplo, el nombre de Turquía en chino se escribe 土耳其 (Tu’erqi). El primer carácter, 土 (“tu”), requiere tres trazos. En cambio, Guinea, que en chino se escribe 几内亚 (Jineiya), comienza con el carácter 几 (“ji”), que requiere solo dos trazos. Por ello, Turquía aparece después de Guinea en el orden.
No obstante, este criterio por sí solo no es suficiente. El caso de Yemen lo ilustra: su nombre en chino, 也门 (Yemen), también comienza con un carácter que requiere tres trazos. Entonces, ¿cómo se determina el orden en estos casos?
Aquí entra en juego un segundo principio, también de uso tradicional en China. Se consideran ocho tipos fundamentales de trazos en la escritura: punto, horizontal, vertical, diagonal descendente hacia la izquierda, diagonal descendente hacia la derecha, ascendente, curvado hacia abajo o hacia la derecha, y con gancho. En consecuencia, los nombres de los países se ordenan también según la secuencia y jerarquía de estos trazos.
Así, el carácter 土 (“tu”) de Türkiye está compuesto por trazos horizontal, vertical y horizontal, lo que se traduce en una jerarquía del tipo 2-3-2 según ese sistema. En cambio, el carácter 也 (“ye”) de Yemen se compone de trazos curvado hacia abajo, vertical y nuevamente curvado, correspondiendo a una jerarquía 7-3-7. De acuerdo con este principio, el nombre de Turquía precede al de Yemen, razón por la cual Türkiye desfila antes que Yemen en la ceremonia.
Cabe señalar que, en lugar de recurrir a un sistema considerado tradicional para establecer este orden, el comité olímpico chino podría haber adoptado, por ejemplo, el sistema pinyin, que organiza los ideogramas o caracteres chinos según el alfabeto latino. En ese caso, la secuencia habría sido completamente distinta. Conviene recordar, además, que existen otras alternativas aparte del pinyin; sin embargo, en una ordenación basada en este sistema, Irlanda escrita como Ài’ěrlán habría ocupado el segundo lugar tras Grecia, en lugar del puesto 159. A Irlanda le habrían seguido Egipto (Āijí), en el puesto 146, y Etiopía (Āisāiébǐyà), en el 147.
No obstante, el sistema pinyin desarrollado por lingüistas chinos casi una década después de la revolución comunista no constituye un “alfabeto chino”, sino una forma de adaptar el chino al alfabeto latino. Su surgimiento está vinculado a los procesos de modernización y a los intentos de desarrollar una escritura fonética. Precisamente por ello, una ordenación basada en pinyin habría devuelto la lógica al orden alfabético, diluyendo la percepción de China como un sistema “no occidental” y “sin alfabeto”.
Desde esta perspectiva, la decisión de los organizadores chinos de ordenar los caracteres según el número y tipo de trazos —que ellos presentan como un principio tradicional debe entenderse como un gesto sutil y estratégico en una ceremonia de apertura observada por millones de personas en todo el mundo. Algunos podrían interpretarlo como una forma de distanciamiento respecto al público global; sin embargo, también puede verse como una puesta en escena deliberada de una diferencia cultural.
En este sentido, más allá de la pregunta ya de por sí difícil de imaginar sobre cómo sería una “máquina de escribir china” para quienes utilizan alfabetos como el latino, el árabe o el cirílico (aunque no para quienes, como en el caso de los jeroglíficos, empleaban sistemas hoy en desuso), emerge una cuestión más profunda. En un campo tecnológico configurado en gran medida según el alfabeto latino desde el código Morse hasta las máquinas de Turing, pasando por los lenguajes de programación y los sistemas de reconocimiento óptico, la elección de China de presentarse en los Juegos Olímpicos como un país “sin alfabeto” suscita una curiosidad fundamental: ¿cómo adaptan los chinos y, en general, los coreanos, japoneses o hablantes de lenguas con sistemas gráficos distintos, como el tagalo sus sistemas de escritura a tecnologías basadas en software?
Esto no es simplemente comparable a preguntarse cómo envían mensajes en sus lenguas. La cuestión es más profunda:
¿cómo logran las sociedades consideradas “sin alfabeto” integrar sus sistemas de escritura en tecnologías diseñadas bajo una lógica alfabética?
Ser “no occidental” puede ser comprensible. Pero, en realidad, ¿qué significa “no tener alfabeto”?
Responder a esta cuestión, como suele hacerse, apelando al concepto de globalización, sería una simplificación, incluso si los softwares tecnológicos tienen un origen latino. Una breve investigación muestra que, pese a la enorme diversidad de caracteres, la máquina de escribir china existió realmente. Sin embargo, ese no es el verdadero problema. La cuestión central es cómo quienes poseen un alfabeto imaginan a quienes “no lo tienen” y qué significa realmente esa imaginación.
En este sentido, afirmar que China se ha adaptado a los desarrollos informáticos dejando atrás sus caracteres constituye otra simplificación. Es evidente que los chinos han sabido adaptarse a estas tecnologías con notable facilidad. Además, este tipo de simplificación no es nueva: puede rastrearse, por ejemplo, hasta las reflexiones de Gottfried Wilhelm Leibniz sobre China.
Por tanto, interpretar las capacidades tecnolingüísticas de los chinos o de otros pueblos considerados “sin alfabeto” como el resultado de un sistema “universal” emergente, independiente de toda lengua e impulsado por la globalización, equivale, en cierto modo, a los intentos de Martin Heidegger de escribir el Ser bajo tachadura para señalarlo más allá de la mera presencia, o a los esfuerzos de Jacques Derrida por incorporar los intervalos y vacíos de la escritura en la gramatología. Es decir, supone, en última instancia, borrar junto con los caracteres chinos todos los sistemas de escritura, sean alfabéticos o no.
Los estudios sobre la historia de la máquina de escribir china muestran, por ejemplo, que marcas como Remington y Olivetti no lograron penetrar el mercado chino precisamente por la dificultad de imaginar una máquina de escribir adaptada al chino. Esta dificultad, lejos de ser técnica en sentido estricto, ocultaba las competencias tecnolingüísticas de los propios chinos.
Nunca ha existido un verdadero “universalismo del alfabeto”; actuar como si lo hubiera equivale a asumir erróneamente que el alfabeto es universalizable. En particular, en el ámbito de las tecnologías de la información —hoy denominadas “comunicación”—, el hecho de que imaginar e incluso implementar una máquina de escribir china parezca imposible, y que los intentos de grandes fabricantes no hayan sido considerados útiles por los propios chinos, no puede explicarse simplemente afirmando que “los chinos no tienen alfabeto”.
De hecho, sostener algo así sería tan absurdo como afirmar que en China no puede haber “virus” informáticos porque los lenguajes de programación se basan en alfabetos, o extrapolar esa lógica para justificar denominaciones simplistas como cuando Donald Trump calificó al coronavirus como “virus chino”. Si en China no hubiera “alfabeto” y si los lenguajes tecnológicos fueran puramente alfabéticos, entonces ni siquiera podría existir un “virus chino”. Pero sabemos que eso es falso. Incluso la clasificación habitual de los sistemas de escritura en alfabéticos, ideográficos y pictográficos responde, en sí misma, a una lógica alfabética.
Para cerrar esta reflexión, puede resultar ilustrativo comparar la decisión de China de ordenar el desfile de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín según un principio supuestamente tradicional basado en los trazos de sus caracteres, con la mirada del canciller alemán Friedrich Merz durante su visita a China en febrero de 2026, cuando presenció un espectáculo preparado en su honor. En los Juegos Olímpicos, China transmitió un mensaje claro al mundo: “No tenemos alfabeto; escribimos mediante caracteres formados por trazos de pincel o de pluma”.
Para quienes utilizan alfabetos, esto puede generar asombro e incluso reactivar una forma de exotización ya presente en los relatos de misioneros y viajeros de la Ilustración. Sin embargo, más que una anomalía, esta diferencia revela los límites de una mirada que, al intentar universalizar el alfabeto, termina por no comprender verdaderamente aquello que considera “sin alfabeto”.
Sin embargo, durante su visita a China, en el espectáculo que le fue presentado en el que “robots” de apariencia humanoide realizaban una coreografía, en el rostro de Friedrich Merz podía leerse algo más que la expresión típica de un turista occidental recorriendo la Gran Muralla o la Ciudad Prohibida. Pensándolo con serenidad, aquel espectáculo de “robots” que podría compararse con la demostración de un estudiante de secundaria capaz de dibujar con drones la bandera turca en el cielo si se le brindaran los medios provocó en su rostro no solo una sonrisa, curiosidad e interés, sino también signos claros de asombro y perplejidad.
En este sentido, es posible reconocer motivos similares detrás de la supuesta dificultad de imaginar una máquina de escribir china o de aceptar que el desfile de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín haya sido organizado por quienes son percibidos como “sin alfabeto”.
En términos más generales, esto puede interpretarse como la dificultad de imaginar a China dentro de los marcos de pensamiento propios de quienes utilizan alfabetos; o incluso como la persistencia de intentar comprender a China a través de categorías como los derechos humanos, la democracia o las normas de un orden internacional, como si estas fueran universales e inmediatamente aplicables.
Foto: Caricatura de una “máquina de escribir china” publicada en la revista Life en 1927.
