¿Emiratos Árabes Unidos: Otro Israel En Asia Occidental?

Desde una perspectiva antiimperialista, la importancia de los Emiratos Árabes Unidos no radica únicamente en sus éxitos económicos o en su activismo diplomático, sino también en el papel cada vez más relevante que desempeñan como instrumento regional en la reproducción de un orden global desigual. Al igual que Israel, aunque mediante mecanismos históricos y políticos diferentes, los EAU funcionan cada vez más como un nodo donde se coordinan el poder militar, el capital financiero, las tecnologías de vigilancia y la influencia geopolítica con el fin de sostener un sistema imperial más amplio.
junio 5, 2026
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En el discurso político contemporáneo, Israel no es simplemente un Estado ni un aliado estratégico de Estados Unidos. Representa una relación específica entre una potencia imperial y un actor regional: un Estado cuya importancia trasciende su tamaño demográfico y geográfico porque funciona como un componente clave en el mantenimiento de un orden hegemónico más amplio. Desde esta perspectiva, la pregunta fundamental hoy no es si los Emiratos Árabes Unidos se parecen históricamente a Israel, sino si desempeñan un papel estructural similar dentro de la economía política contemporánea de Asia Occidental.

Esta cuestión adquiere especial relevancia a la luz de las transformaciones ocurridas durante las últimas dos décadas. Los Emiratos Árabes Unidos han pasado de ser un pequeño emirato productor de petróleo a convertirse en un importante centro mundial de finanzas, logística, tecnología e influencia regional. A pesar de su limitada población, actualmente desempeñan un papel cada vez más significativo en espacios estratégicos que se extienden desde el mar Rojo y el Cuerno de África hasta el golfo Pérsico y el Mediterráneo oriental. Su influencia suele ser mucho mayor de lo que predecirían las métricas tradicionales del poder estatal.

Esta transformación no es casual. En el período posterior a la Guerra Fría, Estados Unidos ha transitado gradualmente de un modelo basado en la ocupación militar directa hacia una forma más indirecta de gestión imperial. Las experiencias de Irak y Afganistán pusieron de manifiesto los elevados costes políticos y económicos de las intervenciones militares a gran escala. Como resultado, Washington ha dependido cada vez más de aliados regionales capaces de mantener un orden político y de seguridad favorable a la acumulación global de capital y a los intereses estratégicos occidentales.

Durante décadas, Israel desempeñó esta función. No solo como aliado militar, sino también como centro de inteligencia, innovación tecnológica, vigilancia regional e influencia política. Hoy, los Emiratos Árabes Unidos emergen como otro pilar de esta arquitectura. Aunque carecen de los orígenes históricos y de las bases ideológicas de Israel, están asumiendo progresivamente funciones sistémicas similares mediante instrumentos más adaptados a las condiciones del capitalismo del siglo XXI.

Si el papel regional de Israel se ha construido históricamente sobre la superioridad militar, la influencia de los Emiratos Árabes Unidos descansa sobre tres pilares interrelacionados: el capital financiero, la tecnología y la seguridad.

Dubái y Abu Dabi se han convertido en nodos fundamentales para la circulación del capital global. Empresas multinacionales, instituciones financieras y fondos de inversión utilizan los Emiratos como plataforma regional para sus operaciones en Asia Occidental, África y Asia Meridional. En una época en la que los flujos financieros moldean cada vez más el poder político, esta posición otorga a los Emiratos una importancia estratégica muy superior a la que sugeriría su tamaño territorial.

Sin embargo, el poder financiero es solo una parte de la historia. Los Emiratos también se han consolidado como un centro tecnológico del mundo árabe. Las enormes inversiones en inteligencia artificial, infraestructura digital, sistemas de vigilancia e industrias avanzadas han convertido al país en un actor relevante dentro de la emergente economía política del control tecnológico. En este contexto, la cooperación entre los Emiratos e Israel tras los Acuerdos de Abraham adquiere una importancia particular. Lo que parece una normalización diplomática representa, en realidad, una convergencia cada vez más profunda de intereses en ámbitos como la ciberseguridad, las operaciones de inteligencia, las tecnologías de vigilancia y la gestión de la seguridad regional.

Por ello, los Acuerdos de Abraham deben entenderse como algo más que un acuerdo diplomático. Representan la consolidación institucional de un bloque regional alineado con la hegemonía estadounidense, la superioridad militar israelí y el capital transnacional. Su importancia no radica tanto en el discurso de la paz como en la creación de un entorno político y de seguridad estable, favorable a la acumulación neoliberal y al control geopolítico.

Junto con las finanzas y la tecnología, la dimensión de la seguridad sigue siendo central. La participación de los Emiratos en Yemen, sus intervenciones en Libia, su creciente presencia en el Cuerno de África y el desarrollo de instalaciones militares y logísticas en puntos estratégicos demuestran que ya no son únicamente un actor económico. Por el contrario, se han convertido en un Estado cada vez más dispuesto y capaz de proyectar poder militar, de inteligencia y de seguridad más allá de sus fronteras.

Estas intervenciones no constituyen decisiones aisladas de política exterior. Forman parte de una estrategia regional más amplia en la que aliados locales asumen responsabilidades que anteriormente correspondían directamente a las potencias imperiales. En este sentido, los Emiratos funcionan no solo como un actor regional independiente, sino también como participantes de una arquitectura más amplia diseñada para regular las rutas comerciales, garantizar los flujos energéticos, contener desafíos políticos y preservar condiciones favorables para el capital global.

Es precisamente aquí donde las similitudes estructurales con Israel se vuelven más visibles. Ambos Estados poseen poblaciones relativamente reducidas, pero ejercen una influencia que supera ampliamente su peso demográfico. Ambos mantienen profundas relaciones estratégicas con Washington. Ambos funcionan como nodos críticos de un orden regional basado en la cooperación en materia de seguridad, la integración tecnológica y la preservación de configuraciones geopolíticas favorables al poder occidental.

Por supuesto, también existen diferencias importantes. Israel surgió a través de un proyecto colonial de asentamiento cuya historia se remonta a más de un siglo. Los Emiratos no poseen un fundamento histórico equivalente. Mientras Israel continúa dependiendo en gran medida de la disuasión militar y de la capacidad de coerción directa, los Emiratos expanden su influencia principalmente mediante las finanzas, el comercio, la tecnología, la diplomacia y una proyección selectiva de fuerza militar.

Sin embargo, pese a estas diferencias, los resultados prácticos suelen converger. Ambos Estados contribuyen a la reproducción de un orden regional en el que la circulación ininterrumpida de capital, energía y recursos estratégicos continúa siendo la prioridad fundamental. Ambos se posicionan frente a fuerzas políticas que desafían dicho orden. Y ambos reciben un amplio respaldo político, militar y económico de las potencias occidentales.

La imagen dominante de los Emiratos Árabes Unidos enfatiza la modernización, la eficiencia, la innovación y el éxito económico. No obstante, esta narrativa oculta realidades significativas. Gran parte de la prosperidad del país descansa sobre el trabajo de millones de trabajadores migrantes que poseen derechos políticos limitados y reciben solo una pequeña fracción de la riqueza que generan. La extrema concentración de la riqueza, la dependencia de la mano de obra migrante y las restricciones a la participación política revelan otra dimensión del modelo de desarrollo emiratí, una dimensión que rara vez ocupa un lugar destacado en los relatos oficiales.

Por ello, los Emiratos Árabes Unidos no deben entenderse únicamente como un ejemplo exitoso de desarrollo económico. Más bien representan un nuevo tipo de Estado dentro de la globalización contemporánea: un Estado cuya legitimidad deriva menos de la participación democrática que de su capacidad para atraer capital, garantizar la seguridad, gestionar la fuerza laboral y facilitar la acumulación de capital.

Desde una perspectiva antiimperialista, la importancia de los Emiratos Árabes Unidos no reside únicamente en sus éxitos económicos o en su activismo diplomático, sino también en el papel cada vez más relevante que desempeñan como instrumento regional en la reproducción de un orden global desigual. Al igual que Israel aunque a través de mecanismos históricos y políticos diferentes, los EAU funcionan cada vez más como un nodo donde se coordinan el poder militar, el capital financiero, las tecnologías de vigilancia y la influencia geopolítica con el objetivo de sostener un sistema imperial más amplio.

Por lo tanto, la cuestión fundamental no es si los Emiratos Árabes Unidos se han convertido o no en una réplica de Israel. La verdadera pregunta es si está emergiendo un nuevo modelo de poder regional: un modelo en el que los Estados locales asumen la responsabilidad de gestionar la inestabilidad, disciplinar la oposición y preservar las condiciones necesarias para la acumulación global de capital. En este sentido, la comparación con Israel es ante todo estructural, más que histórica.

Que este modelo sea sostenible o no sigue siendo una cuestión abierta. Sin embargo, lo que ya resulta evidente es la aparición de una nueva generación de Estados regionales cuyo papel va más allá de la simple administración de sus propios territorios. La función de estos Estados está cada vez más vinculada a la gestión y reproducción de un orden imperial más amplio. Los Emiratos Árabes Unidos se han convertido en uno de los ejemplos más significativos de esta transformación en la Asia Occidental contemporánea.

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Fuente:https://znetwork.org/znetarticle/the-united-arab-emirates-another-israel-in-west-asia/