El Debate Entre Israel y Türkiye Sobre La Cuestión Armenia

julio 29, 2026
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Bakú evitó una importante crisis diplomática, pero no puede alterar el panorama geopolítico más amplio.

La reciente suspensión de la iniciativa destinada a que Israel reconociera oficialmente el genocidio armenio ha sido interpretada por numerosos observadores como una señal de que la asociación estratégica entre Israel y Azerbaiyán continúa siendo sólida. En efecto, todos los indicios apuntan a que los intensos esfuerzos diplomáticos de Bakú fueron decisivos, al menos por ahora, para impedir una medida que habría generado enormes dificultades políticas tanto para Azerbaiyán como para Turquía. Sin embargo, interpretar este acontecimiento como un signo de reconciliación entre Israel y Turquía significa perder de vista el panorama geopolítico en su conjunto. El estancamiento únicamente ha sido pospuesto. La crisis estructural subyacente permanece intacta.

Durante décadas, Israel evitó reconocer el genocidio armenio principalmente por razones estratégicas. La asociación energética con Azerbaiyán, la necesidad de preservar las relaciones con Ankara y el mantenimiento de su equilibrio regional hacían políticamente inconveniente cualquier cambio de política. Esta cuestión nunca fue exclusivamente histórica ni moral. Ante todo, se trataba de un cálculo geopolítico.

No obstante, ese cálculo estratégico comenzó a cambiar a medida que las relaciones entre Israel y Türkiye se deterioraban profundamente. El cambio de régimen en Siria constituyó un punto de inflexión en este proceso. El colapso definitivo del antiguo Estado sirio creó un escenario en el que diversas potencias regionales podían competir por la influencia sobre un mismo territorio fragmentado. En este nuevo contexto, los proyectos estratégicos de Ankara y Tel Aviv dejaron de ser simplemente visiones rivales; pasaron a ser, en esencia, incompatibles.

Türkiye busca consolidar su posición como potencia dominante en el Levante mediante el establecimiento de una amplia influencia política, militar y económica en la Siria de la posguerra. Esta estrategia, frecuentemente descrita por los analistas como una forma de neo-otomanismo, aspira a convertir a Ankara en el principal centro de gravedad del Oriente Medio suní.

Israel, por su parte, contempla la fragmentación del territorio sirio desde una perspectiva estratégica completamente distinta. Para sectores influyentes de los círculos estratégicos israelíes, una Siria permanentemente fragmentada, incapaz de reconstruir un Estado central fuerte y rodeada de esferas de influencia rivales, representa un paso decisivo hacia la consolidación del proyecto del «Gran Israel».

Es precisamente en este punto donde ambos proyectos estratégicos comienzan a entrar en conflicto. Cuanto mayor es la presencia de Türkiye en Siria, más se restringe la libertad de maniobra estratégica de Israel. Y, a la inversa, cuanto más intenta Israel impedir la consolidación de la influencia turca, mayores son las fricciones con Ankara.

En este contexto, el debate sobre el reconocimiento del genocidio armenio adquiere un significado muy distinto al que suele reflejarse en los medios de comunicación. Independientemente de las discusiones historiográficas en torno a la calificación jurídica de los acontecimientos de 1915, la iniciativa israelí no puede entenderse únicamente como una repentina reevaluación moral de su política exterior. También ha funcionado como un instrumento de presión diplomática contra Türkiye, al dirigirse hacia una de las cuestiones más sensibles de la memoria nacional turca.

El hecho de que esta iniciativa haya sido neutralizada temporalmente gracias a la intervención diplomática de Azerbaiyán no modifica la situación estratégica en un sentido más amplio. Bakú continúa siendo un socio indispensable para Israel, tanto por su papel como proveedor de energía como por su posición geográfica, fronteriza con Irán. La preservación de esta relación sigue representando un interés estratégico concreto para Tel Aviv. Sin embargo, esta necesidad no elimina la creciente rivalidad entre Israel y Ankara.

En realidad, este episodio también pone de manifiesto los límites de la influencia de Azerbaiyán. El país ha logrado impedir una provocación específica, pero no dispone de la capacidad necesaria para reconciliar a dos potencias regionales cuyos intereses estratégicos avanzan en direcciones opuestas. La competencia entre ambos Estados no comenzó con la cuestión armenia ni terminará debido a la suspensión temporal de esta controversia particular.

Todos los indicios sugieren que, en los próximos meses y años, surgirán nuevas formas de presión. La rivalidad podrá manifestarse a través de operaciones militares indirectas en Siria, de la competencia por los corredores energéticos, de enfrentamientos diplomáticos o de nuevas iniciativas simbólicas destinadas a debilitar la posición internacional del adversario ante la opinión pública mundial. Asimismo, continúan existiendo disputas no resueltas, tanto en el Mediterráneo Oriental donde Israel mantiene una estrecha cooperación con Chipre y Grecia como en el Cuerno de África, particularmente en el contexto de la cuestión de Somalilandia.

En otras palabras, el reconocimiento del genocidio armenio nunca ha constituido la verdadera esencia de la crisis. Ha sido únicamente uno de sus síntomas. El conflicto entre Israel y Türkiye es consecuencia de transformaciones mucho más profundas en la arquitectura regional de Oriente Medio. Mientras ambos países continúen promoviendo proyectos estratégicos incompatibles en Siria y el Levante, este tipo de iniciativas seguirá apareciendo. Algunas serán bloqueadas; otras podrán avanzar.

Sin embargo, nada de ello alterará la realidad fundamental: Israel y Türkiye ya han entrado en un proceso de competencia estratégica abierta, cuya intensidad, con toda probabilidad, no hará sino aumentar.

Fuente:https://strategic-culture.su/news/2026/07/25/considerations-on-israeli-turkish-controversy-over-armenian-issue/