De Las Guerras Por Poderes Al Pacto De La Meca: La Crisis De Yemen

La capacidad de los Emiratos Árabes Unidos (EAU) para generar escenarios de inestabilidad a partir de intereses que, en el plano táctico, convergen con los de Irán podría propiciar la aparición de dinámicas similares en Sudán, Libia, Eritrea y otros puntos estratégicos del litoral africano del mar Rojo.Desde la perspectiva de Ankara, este segundo escenario no supondría únicamente el debilitamiento del Gobierno legítimo de Yemen. Implicaría, al mismo tiempo, el riesgo de desestabilizar uno de los pilares sobre los que Türkiye articula su concepción de la estabilidad regional, estructurada en torno a cuatro grandes expedientes estratégicos.Asimismo, entrañaría el peligro de que el Pacto de La Meca terminara siendo percibido como un documento meramente simbólico, precisamente en los términos que, según este análisis, favorecerían los objetivos estratégicos de Teherán.
septiembre 17, 2026
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Durante la primera semana de septiembre, la guerra de Yemen entró, con una rapidez sin precedentes en sus más de doce años de historia, en una nueva fase, después de que los hutíes, respaldados por Irán, desarticularan los frentes situados al oeste de Taiz y se hicieran sucesivamente con el control de Mocha, las islas Hanish y la isla de Perim, que divide el estrecho de Bab el-Mandeb. El hecho de que toda la franja costera yemení del mar Rojo haya cambiado de manos en un periodo tan breve exige una interpretación que vaya mucho más allá de una simple alteración de las líneas del frente.

En efecto, el momento en que se ha producido este colapso coincide con cuatro factores fundamentales: la fragilidad estructural del Consejo de Liderazgo Presidencial, que desde su creación en 2022 apenas ha logrado mantenerse cohesionado; las tensiones entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos que estallaron en diciembre de 2025; las decisiones de Irán respecto al momento oportuno para actuar en el contexto de su propia guerra; y el Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca, firmado en agosto de 2026. La convergencia de estos cuatro elementos en una misma coyuntura demuestra que lo que está en juego no es simplemente la pérdida de un frente, sino un proceso de reconfiguración de los equilibrios regionales. De ahí que resulte plenamente pertinente preguntarse hacia dónde puede evolucionar este nuevo patrón estratégico.

Las múltiples capas de la guerra por poderes

Reducir el conflicto de Yemen a una lectura unidimensional los hutíes e Irán de un lado, y el Gobierno legítimo y Arabia Saudí del otro— supone simplificar en exceso la verdadera configuración del terreno. El Consejo de Liderazgo Presidencial, constituido en 2022, pretendía generar estabilidad mediante un sistema de reparto de poder que reuniera bajo una misma estructura a distintos grupos respaldados por Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, incluido el Consejo de Transición del Sur (CTS). Sin embargo, el único elemento capaz de mantener cohesionada aquella alianza fue la oposición común a los hutíes, mientras que las disputas fundamentales entre sus integrantes nunca llegaron a encontrar una solución institucional.

En diciembre de 2025, el avance del CTS hacia las provincias de Hadramaut y Al Mahra, próximas a la frontera saudí, transformó aquella fractura latente en un enfrentamiento abierto. Arabia Saudí calificó el movimiento como una línea roja para su propia seguridad y respondió mediante operaciones aéreas, tras las cuales el CTS se desintegró rápidamente. No obstante, podría resultar engañoso suponer que los Emiratos Árabes Unidos aceptaron este desenlace como una pérdida definitiva. De hecho, la reaparición del CTS en septiembre bajo una nueva imagen y con una renovada capacidad de movilización sugiere que la rivalidad entre Abu Dabi y Riad dista de haber concluido.

La relativa contención mostrada por los hutíes durante la guerra entre Israel/Estados Unidos e Irán, iniciada el 28 de febrero, también parece respaldar esta interpretación. El hecho de que durante meses la organización se limitara esencialmente a manifestaciones verbales de apoyo podría no haber obedecido a una falta de voluntad o de capacidad, sino a la espera del momento que Teherán considerara más adecuado para desplegar de la manera más eficaz su red regional de fuerzas aliadas y actores interpuestos.

La rápida caída de Mocha y Zubab, seguida de la toma de Perim, podría indicar que finalmente se tomó esa decisión. El hecho de que los ataques, durante largo tiempo dirigidos contra Israel, hayan desplazado ahora su objetivo hacia las infraestructuras, las instalaciones energéticas y las rutas de exportación de Arabia Saudí refuerza asimismo esta interpretación.

Explicar este cambio de orientación únicamente a partir de las dinámicas internas de Yemen resulta insuficiente. El panorama adquiere mayor coherencia cuando se analiza como una extensión de la red regional de fuerzas aliadas de Irán. Desde esta perspectiva destacan tres elementos fundamentales.

En primer lugar, esta maniobra proporciona a Teherán una segunda palanca sobre los flujos energéticos sin necesidad de desplegar directamente a sus propias fuerzas armadas en un nuevo frente. Mientras los avances hutíes restringen las alternativas de exportación de Arabia Saudí, también aumentan el coste político de las operaciones estadounidenses contra Irán.

En segundo lugar, la situación erosiona el peso regional de Arabia Saudí y profundiza las fracturas existentes en el seno del Consejo de Cooperación del Golfo. A lo largo de la guerra, la carga del conflicto ha ido desplazándose entre los distintos Estados del Golfo: primero fueron los Emiratos Árabes Unidos y posteriormente Kuwait quienes asumieron los mayores costes; ahora, esa carga parece recaer sobre los hombros de Arabia Saudí. El hecho de que desde el ámbito emiratí hayan comenzado a formularse reproches implícitos contra Riad por los avances hutíes en territorios anteriormente controlados por fuerzas respaldadas por Abu Dabi constituye una manifestación concreta de esta fractura.

El tercer elemento —y es aquí donde entra en escena Türkiye es que esta maniobra pone directamente a prueba la resistencia de la Alianza de Defensa de La Meca. Resulta particularmente significativo que el primer desafío de envergadura al que se enfrenta la alianza no haya surgido del frente israelí, sino del iraní.

La situación sobre el terreno adquiere también una dimensión tangible a través de los mercados energéticos. Si se considera que por Bab el-Mandeb transita aproximadamente entre el 10 % y el 12 % del comercio mundial, alrededor del 11 % del petróleo transportado por vía marítima y cerca del 8 % del gas natural licuado (GNL), podría sostenerse que, considerados aisladamente, estos porcentajes permanecerían dentro de unos márgenes relativamente manejables gracias al desvío de los buques por el cabo de Buena Esperanza.

Sin embargo, el cierre de facto del estrecho de Ormuz a causa de la guerra elimina también una de las principales alternativas de salida de las que dispone Arabia Saudí. El cierre forzoso del oleoducto Este-Oeste utilizado por Riad para eludir Ormuz como consecuencia de ataques con vehículos aéreos no tripulados, sumado al anuncio de los hutíes de que no permitirían ningún envío saudí a través del mar Rojo, genera una presión capaz de impulsar los precios del petróleo por encima de los 100 dólares y, en escenarios de prolongación del conflicto, hasta los 120 dólares según algunos analistas del mercado.

Un detalle particularmente significativo es que Arabia Saudí no atribuyó directamente a los hutíes el ataque contra el oleoducto, sino a grupos proiraníes con base en Irak. Esta elección discursiva podría interpretarse como un intento deliberado de mantener abierta una vía diplomática y presenta ciertas similitudes con el prudente marco retórico observado en el discurso de Ankara.

Paralelamente, la situación humanitaria continúa deteriorándose. Según los datos difundidos por organizaciones internacionales de derechos humanos, más de 80.000 personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares; al menos 2.000 de ellas han cruzado el mar Rojo para buscar refugio en Yibuti. A ello se suman graves dificultades para acceder a alimentos, medicamentos y servicios de comunicación, configurando una crisis humanitaria que se agrava al mismo tiempo que aumenta la presión militar, económica y geopolítica sobre la región.

Yemen desde la perspectiva de Ankara

Desde la perspectiva de Türkiye, estos acontecimientos constituyen, en realidad, la continuación de una línea política mantenida desde 2015. Desde hace más de una década, Ankara brinda apoyo político al Gobierno legítimo de Yemen, procura hacer llegar ayuda humanitaria a todas las regiones del país y concede especial importancia a evitar una implicación militar directa. En consonancia con esta política, Türkiye proporcionó apoyo logístico a la Operación Tormenta Decisiva y, durante la década siguiente, concentró su atención en escenarios más próximos a su propio entorno estratégico, como Siria, Libia y Azerbaiyán.

Aunque el Acuerdo de La Meca, firmado en agosto de 2026, añadió una nueva dimensión institucional a esta orientación, el acuerdo en sí mismo funciona más como un mecanismo destinado a institucionalizar el acercamiento previamente existente entre Ankara y Riad que como un dispositivo de activación automática. La reacción de Türkiye ante la prueba planteada en septiembre parece confirmar esta interpretación. El comunicado n.º 173 del Ministerio de Asuntos Exteriores condena los ataques hutíes y expresa su respaldo a la soberanía saudí, pero no contiene referencia alguna al pacto, a la defensa colectiva ni a una eventual respuesta militar. Asimismo, la formulación del ministro de Asuntos Exteriores, Hakan Fidan, que condiciona cualquier asistencia a «la naturaleza concreta de la crisis y a una solicitud explícita», indica que el umbral de decisión no depende de un mecanismo automático, sino que permanece sujeto a la propia valoración de Ankara.

Sin embargo, explicar esta actitud prudente únicamente a partir de los cálculos estratégicos de Türkiye podría conducir a una interpretación incompleta. Conviene considerar también la posibilidad de que esta cautela constituya, al menos en cierta medida, uno de los efectos que Teherán pretende provocar. Entre los resultados que Irán podría esperar de esta maniobra se encontrarían consolidar entre los Estados de menor tamaño la percepción de que el pacto carece de una capacidad efectiva sobre el terreno y reforzar la impresión de que apaciguar a Irán constituye una alternativa mucho más segura.

Aunque puede sostenerse que Türkiye procura actuar con cautela para no caer en esta dinámica, Ankara se enfrenta también a una limitación específica. El hecho de que, pese a haber sido Israel quien inició la guerra, el único país al que Teherán haya evitado cuidadosamente atacar sea precisamente Israel constituye un elemento que Ankara difícilmente puede pasar por alto. Cabe considerar que una guerra de semejante magnitud acompañada además por el aumento de los precios del petróleo podría desviar la atención de Türkiye y Pakistán hacia otros frentes, mientras que Netanyahu podría tratar de aprovechar la crisis como una oportunidad para atraer a Arabia Saudí a los Acuerdos de Abraham.

Para Türkiye, la cuestión israelí ya constituye por sí misma un asunto que difícilmente puede relegarse a un segundo plano. En consecuencia, una profundización de la crisis regional en estos términos podría dificultar aún más la capacidad de Ankara para distribuir simultáneamente su atención entre Yemen y los escenarios de su entorno estratégico inmediato.

En el trasfondo de este panorama también se encuentra el hecho de que Türkiye no contempla Yemen como un expediente aislado, sino como parte de un marco regional más amplio, articulado en torno a cuatro grandes escenarios. El expediente del PKK/YPG parece haberse resuelto en gran medida; en Libia cobra fuerza la posibilidad de alcanzar un acuerdo hacia finales de año; en Sudán continúa desarrollándose una línea de apoyo similar a través de las fuerzas armadas del país; y Yemen emerge como el cuarto componente de este esquema.

Los dos umbrales que Ankara ha definido para una eventual implicación militar directa, la existencia de una amenaza directa contra la seguridad nacional o una invitación oficial del Gobierno legítimo, todavía no se han alcanzado. En lugar de una intervención directa, adquieren mayor relevancia modalidades de contribución graduales y reversibles, como las iniciativas encaminadas al establecimiento de bases, el apoyo al fortalecimiento de las fuerzas armadas, el suministro o empleo de drones y el intercambio de inteligencia.

Este enfoque permite a Ankara preservar un margen de maniobra considerable: incrementar su contribución cuando las circunstancias lo requieran, sin asumir de manera inmediata los costes políticos y militares derivados de una implicación directa en el conflicto.

Escenarios de la crisis

La situación militar sobre el terreno aún dista de estar definitivamente configurada. Mientras los hutíes mantienen el control de Mocha y de las islas próximas a Bab el-Mandeb, continúan los enfrentamientos con las fuerzas gubernamentales en torno a un enclave situado en el interior del país y de importancia crítica para las rutas de tránsito de petróleo y gas. Aunque los ataques aéreos respaldados por Arabia Saudí parecen haber ralentizado el avance hutí, resulta difícil afirmar que hayan logrado detenerlo por completo. Cabe considerar que el objetivo inmediato de Arabia Saudí y sus aliados consiste, en primer lugar, en contener dicho avance y, posteriormente, si las condiciones lo permiten, recuperar posiciones perdidas de especial relevancia, como Mocha.

En este punto surge inevitablemente una cuestión: ¿hasta qué punto se implicará Estados Unidos en este proceso? Según se ha informado, Trump habría rechazado una petición de intervención directa formulada por el príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman. Sin embargo, si se tiene en cuenta que la posibilidad de que Bab el-Mandeb quede completamente bajo control hutí no afecta únicamente a Arabia Saudí, sino también a los mercados energéticos mundiales, no parece descartable que, en una fase posterior, el poder aéreo estadounidense participe en operaciones conjuntas con Arabia Saudí.

Aun así, cabe prever que una operación aérea de estas características podría obligar a los hutíes a replegarse de determinadas posiciones, pero difícilmente lograría neutralizar por completo a la organización sin una operación terrestre de gran envergadura. El terreno en el que se encuentran desplegadas las fuerzas hutíes comienza a altitudes cercanas a los dos mil metros y, además, se trata de una organización disciplinada, dotada de la capacidad de producir y emplear misiles balísticos.

Esta realidad podría llevar a Arabia Saudí a explorar dos alternativas. La primera consistiría en obtener, a cambio de determinadas concesiones o contrapartidas, garantías de tránsito a través de las rutas controladas por Irán. La segunda pasaría por intentar alcanzar algún tipo de entendimiento directo con los hutíes y, por extensión, con Irán. El hecho de que Arabia Saudí haya atribuido el ataque contra su oleoducto no a los hutíes, sino a grupos iraquíes, también podría interpretarse como un intento de mantener entreabierta la puerta a esta segunda posibilidad.

Entretanto, el aplazamiento de la reunión entre Irán y los Estados del Golfo prevista para abordar las condiciones de navegación a través del estrecho de Ormuz —según se ha indicado, «a petición de algunos países de la región» sugiere que las partes aún no están preparadas para alcanzar una base común de entendimiento. A ello se suma la conocida oposición de Estados Unidos a cualquier fórmula que conceda a Irán capacidad de decisión sobre la configuración de las rutas de tránsito a través de Ormuz.

Considerados en su conjunto, todos estos elementos permiten plantear que la crisis podría terminar consolidándose en torno a dos grandes escenarios.

En el primero, Arabia Saudí podría recuperar el litoral mediante una operación combinada aérea y terrestre eventualmente respaldada por la contribución de Türkiye y Pakistán en el marco del Pacto de La Meca y desvincular la estructura de mando de las redes de actores interpuestos vinculadas a los Emiratos Árabes Unidos. En tal caso, podría emerger una estructura más sólida en favor del Gobierno legítimo y el mecanismo de La Meca habría superado su primera gran prueba, transformándose de un compromiso plasmado sobre el papel en un instrumento de disuasión efectiva.

En cambio, si los Emiratos Árabes Unidos continúan utilizando la inestabilidad como instrumento de influencia, si no se resuelve la disfuncionalidad estructural del Consejo de Liderazgo Presidencial y si Irán conserva en sus manos la capacidad de ejercer presión a través del factor energético, cabría considerar que la crisis corre el riesgo de adquirir un carácter crónico.

Además, es previsible que el coste de este segundo escenario no se limite exclusivamente a Yemen. La capacidad de los Emiratos Árabes Unidos para generar escenarios de inestabilidad a partir de intereses que, en el plano táctico, convergen con los de Irán podría crear las condiciones para que dinámicas similares se intensifiquen en Sudán, Libia, Eritrea y otros puntos estratégicos del litoral africano del mar Rojo.

Desde la perspectiva de Ankara, este segundo escenario no supondría únicamente el debilitamiento del Gobierno legítimo de Yemen. Implicaría también el riesgo de que se tambalee uno de los pilares sobre los que Türkiye articula su concepción de la estabilidad regional en torno a cuatro grandes expedientes y, al mismo tiempo, de que el Pacto de La Meca termine siendo percibido como un documento meramente simbólico, precisamente en los términos que, según este análisis, Teherán trataría de propiciar.

 

Doç. Dr. Mehmet Rakipoğlu

Dr. Mehmet Rakipoglu se graduó en 2016 del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad de Sakarya. Su doctorado, titulado Estrategia de Protección en la Política Exterior: Relaciones de Arabia Saudita con Estados Unidos, China y Rusia después de la Guerra Fría, fue completado con éxito. Rakipoglu, que trabajó como Director de Estudios sobre Türkiye en el Mokha Center for Strategic Studies, es actualmente profesor en el Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Artuklu de Mardin.

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