Primera publicación: www.haber10.com – 2012
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En el año 31 a. C., Octavio, futuro emperador de Roma, derrotó en las costas occidentales de Grecia al ejército de Marco Antonio y Cleopatra, quienes intentaban fundar un imperio oriental con centro en Egipto. Posteriormente, se convirtió en la única autoridad de Roma y recibió el título de Augusto («el venerable»). A continuación, reorganizó la República romana mediante profundas reformas militares, fiscales, políticas y sociales, transformándola en un gran imperio.
El escritor germano-estadounidense Herfried Münkler, en su obra Imperios. La lógica de la dominación mundial desde la Antigua Roma hasta Estados Unidos (Imperien. Die Logik der Weltherrschaft – Vom Alten Rom bis zu den Vereinigten Staaten), publicada en turco por İletişim en 2008, analiza este proceso de transformación en torno al concepto del «Umbral de Augusto» (Augustus eşiği). Este representa el momento crítico en el que una república, tras derrotar a sus enemigos, dirige toda su energía hacia las reformas internas, consolida sus estructuras y culmina su transición hacia un imperio.
Según Münkler, numerosas potencias imperiales a lo largo de la historia quedaron atrapadas en este punto de inflexión y, al no conseguir atravesarlo, desaparecieron tras un breve período de esplendor.
Tomando como referencia la política emprendida por Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre, el autor examina conceptos como poder imperial, imperialismo, imperio, hegemonía y liderazgo a través de ejemplos históricos y contemporáneos. De manera implícita sostiene que Estados Unidos se encuentra precisamente en ese «Umbral de Augusto» y que todavía no está claro si alcanzará una longevidad comparable a la del Imperio romano como potencia hegemónica imperial.
Otro concepto central del libro es el de «ciclo imperial». Con esta noción, Münkler describe la capacidad de los imperios de larga duración para renovarse y recuperar su condición imperial incluso después de períodos de declive, adaptándose a nuevas circunstancias históricas. A partir de este marco analítico examina diferentes etapas de los imperios español, otomano, ruso y británico.
El Umbral de Augusto simboliza la transformación del poder estatal en una autoridad de alcance global. El ciclo imperial, por su parte, alude a la capacidad de un gran Estado para renacer de sus propias cenizas, apoyándose en las dinámicas que garantizan su continuidad incluso en sus momentos de mayor debilidad.
La batalla de Accio (Actium) constituye uno de los grandes puntos de inflexión de la Antigüedad. Del mismo modo que el Imperio romano de Oriente transfirió su legado imperial al Imperio otomano tras la conquista de Constantinopla, el antiguo Imperio egipcio legó su herencia a la nueva Roma a través de esta batalla. A lo largo de la historia, las grandes potencias imperiales han transmitido su legado mediante guerras decisivas de esta naturaleza.
Las ciudades-estado griegas de origen jónico que el autor considera colonias del Antiguo Egipto y sostiene que este era, a su vez, continuación de Asiria, junto con Creta, la provincia romana y las riberas del Danubio, fueron, según esta interpretación, los lugares donde se reorganizaron las élites que huyeron de Egipto tras la invasión persa del siglo VI a. C. De este modo, surgieron en la escena histórica ciudades-estado presentadas como centros de civilización originales, aunque en realidad constituían nuevas manifestaciones del legado del Antiguo Egipto.
En consecuencia, el autor sostiene que Alejandro Magno, quien emprendió la expedición oriental en el siglo IV a. C., comandaba en realidad un ejército heredero de la tradición militar egipcia organizado para poner fin a la dominación persa. Afirma asimismo que Alejandro era originario de Megido, en Jerusalén; que reunió sus tropas en Egipto y que, tras cruzar por vía marítima hacia Anatolia occidental y los Balcanes, avanzó expulsando los últimos restos del poder persa hasta alcanzar Siria, Irak y la India. Desde esta perspectiva, la historia de Oriente Medio puede entenderse como la sucesión de conflictos entre las potencias de India/Irán (Persia-Sasánidas) y las de Asiria/Egipto, posteriormente representadas por Jonia/Roma.
Tras Alejandro, Egipto emergió de este proceso profundamente debilitado y perdió definitivamente su condición de centro imperial. En este contexto, la batalla de Accio del año 31 a. C. simbolizó el fracaso definitivo del último intento de restaurar un imperio con Egipto como núcleo político, representado en la alianza entre el comandante romano Marco Antonio y la reina Cleopatra.
Con ello quedó consumada la transferencia del centro imperial. El nuevo eje del poder regional pasó a ser la ciudad de Roma, situada fuera del alcance directo de las potencias persas. En este sentido, el autor interpreta al Imperio romano como la continuación histórica de Egipto. La batalla de Accio sería, por tanto, una guerra destinada a trasladar el centro de un mismo imperium o a obligar a un poderoso competidor a reconocer la autoridad del nuevo centro.
Desde esta misma perspectiva interpretativa, la derrota del Egipto de Mehmed Alí Pachá de Kavala frente al Imperio otomano constituye el «Actium» del propio Imperio otomano.
Este desarrollo histórico no solo ofrece conclusiones fundamentales sobre el ascenso y la caída de las grandes potencias, sino que también constituye un importante indicador de cómo emergen nuevos poderes. Toda nueva potencia puede surgir únicamente tras desplazar o eliminar a otra potencia hegemónica dentro de su propia región. No pueden coexistir simultáneamente dos o más hegemonías equivalentes en un mismo espacio geopolítico. En consecuencia, la lógica tanto de la hegemonía regional como de la mundial opera, en última instancia, mediante la competencia por el poder y una confrontación multidimensional.
Si trasladamos este marco al presente, resulta indispensable analizar la hegemonía de Estados Unidos a la luz de estas experiencias históricas. La Guerra de Independencia de los Estados Unidos frente al Imperio británico puede interpretarse, desde esta perspectiva, como una «batalla de Accio». La hegemonía estadounidense oscila actualmente entre la renovación y el declive. En particular, la experiencia de Roma ofrece importantes claves para comprender el posible destino de esta inmensa potencia. No es casual que los analistas estadounidenses recurran con mucha más frecuencia que sus homólogos de otras potencias occidentales a comparaciones históricas, políticas y militares entre Estados Unidos y Roma.
Sin embargo, dejando de momento al margen la cuestión de la hegemonía global y el caso estadounidense, conviene examinar nuestra propia región a la luz de esta acumulación histórica. Sin comprender la historia política de la cuenca mesopotámica y mediterránea, cuna de los estados, las religiones y los imperios, resulta imposible elaborar un análisis riguroso del presente y del futuro. Toda interpretación que ignore el ritmo cíclico de la historia y los condicionamientos impuestos por la geografía será necesariamente incompleta.
Naturalmente, la historia se reescribe cada día y cada nuevo acontecimiento constituye una realidad inédita con sus propias circunstancias y contenidos. Sin embargo, la historia y la geografía nos permiten comprender las posibilidades y los límites de esas nuevas situaciones. Además, como un inmenso laboratorio de experiencias, iluminan el camino para interpretar los desafíos del presente.
Como heredera de una tradición imperial, Türkiye volverá a expandirse tarde o temprano. Su actual posición política y geográfica es el resultado de un proceso de «ciclo imperial». El período de interregno iniciado tras la disolución del Imperio otomano terminará inevitablemente y dará paso a una nueva etapa imperial. Esta previsión se fundamenta en las potencialidades del ritmo histórico y geográfico. No obstante, la forma concreta que adopte ese nuevo ciclo imperial, el momento en que comience, el centro desde el cual se articule y las características que adquiera dependerán de las voluntades y de las acciones que se manifiesten en el presente.
La República de Türkiye constituye uno de los principales candidatos a ejercer una hegemonía regional. Sus dinámicas geopolíticas y geoculturales representan, por ahora, un potencial aún no plenamente desarrollado. Por ello, todos los acontecimientos regionales presentes y futuros deben interpretarse, ante todo, a partir del movimiento de esa realidad objetiva. Desde esta perspectiva, la identidad histórica y geográfica de Türkiye como potencia hegemónica no constituye una elección, sino una necesidad.
En consecuencia, las misiones asociadas al denominado «neo-otomanismo», que supuestamente se ofrecen o se imponen a Türkiye, no serían una invención exclusiva de quienes las promueven, sino intentos de instrumentalizar un potencial que perciben como existente. Sin embargo, el autor sostiene que, hasta el momento, no existe una determinación ni una orientación claramente definidas por parte de Türkiye en esa dirección.
En este contexto, las objeciones formuladas por los representantes del antiguo orden internacional presentes en Türkiye, ya sean nacionalistas, Ergenekon o cualquier otra etiqueta, parecen responder, en última instancia, a la preservación de sus propios privilegios. No obstante, independientemente de dichos actores, tales posiciones constituyen para Türkiye un elemento de negociación, mientras que para las grandes potencias representan un factor de restricción.
La misma lógica se aplica, según el autor, a Israel, considerado como la plataforma regional y el centro de articulación de los intereses de las grandes potencias en la región. Las fuerzas que actualmente detentan el poder en Israel se resisten también, en un nuevo escenario cuyo contorno aún permanece difuso, por temor a perder frente a Türkiye el papel regional que consideran propio. Esa resistencia constituye igualmente un instrumento de negociación. En este contexto, tanto dentro de las grandes potencias que el autor identifica con la coalición formada por Estados Unidos y el Reino Unido como en el interior de los propios Estados de Turquía e Israel, se desarrolla una intensa dinámica de confrontación, competencia y rivalidad. Desde esta perspectiva, la nueva «batalla de Accio» representa el posicionamiento de Israel, concebido como el principal representante de la hegemonía occidental, frente a Türkiye.
El proceso de revitalización iniciado por Türkiye después de 2002 constituye, según esta interpretación, una señal de que la presencia de élites políticas más reconciliadas con las dinámicas históricas y geográficas ha comenzado a activar el potencial de un nuevo «ciclo imperial». Por el contrario, las fuerzas partidarias del antiguo orden en Israel habrían reaccionado frente a esta evolución y, al no haber logrado mantener su hegemonía en Türkiye, habrían procurado preservarla reforzándola tanto dentro de Israel como en el conjunto del ámbito regional.
En este marco, el autor sostiene que existe una posición convergente entre quienes denomina el personal del antiguo orden en Türkiye identificado, a efectos de comprensión, bajo el nombre en clave de «Ergenekon», dejando al margen las anomalías jurídicas y los excesos retóricos que, según él, caracterizaron dicho proceso y las fuerzas gobernantes en Israel, así como los sectores habitualmente definidos como neoconservadores (Neo-Con) dentro de Estados Unidos y el Reino Unido, aunque considera que el alcance de estas redes de poder es mucho más amplio y profundo que esa denominación.
Desde esta óptica, en Türkiye cada intento de innovación impulsado por el Gobierno sería objeto de sabotaje, mientras que en Israel se brindaría apoyo a esas acciones, configurando así un mismo entramado de confrontación dentro del proceso de transformación regional.
El proceso iniciado con la Primavera Árabe abrió, según el autor, una nueva oportunidad para revertir las consecuencias de la desaparición del Imperio otomano y para que los pueblos turcos, kurdos y árabes construyan conjuntamente un nuevo Oriente Medio. En particular, la revolución siria simbolizaría el fin del nacionalismo árabe y la posibilidad de reconstruir la unidad de estos pueblos, incluidos Irak, Palestina y Arabia Saudí, sobre una nueva base política junto con Turquía.
En este contexto, una Türkiye que lograra imponerse en las nuevas «batallas de Accio» y atravesar el «Umbral de Augusto» estaría anunciando el retorno, con dignidad y renovado prestigio, a su hábitat histórico y geopolítico natural durante el siglo XXI.
En el siglo XX, los occidentales volvieron a utilizar a esta comunidad, que el autor califica de «funcional», sometiéndola y disciplinándola por la fuerza para reintroducirla en Oriente Medio. Según esta interpretación, establecieron en la región una plataforma al servicio de sus propios intereses, alentándola mediante una teología apocalíptica evangélica que el autor considera ficticia, e intentaron, al igual que en el pasado, legitimar su presencia y sus ocupaciones mediante una construcción teológica igualmente falsa.
El autor sostiene asimismo que numerosos eruditos y teólogos musulmanes, a quienes acusa de ignorancia, habrían aceptado como verdaderas estas narrativas sobre el judaísmo y continuarían utilizando términos como Banu Israel, judaísmo e Israel conforme a esa interpretación, aplicándolos también a las expresiones coránicas sin someterlas a un examen crítico. Desde esta perspectiva, afirma que el islam seguiría siendo interpretado como si se tratara de una rama o una variante del judaísmo.
El autor añade que, del mismo modo que en el orden internacional contemporáneo el protagonismo del Reino Unido quedaría oculto tras el escaparate formado por Estados Unidos e Israel, en la Antigüedad habría predominado igualmente un relato histórico que invisibilizaría a las potencias indoarias y presentaría una historia centrada en Egipto, Grecia y Roma. Según esta interpretación, la tradición religiosa asociada por el autor a los magos, mullahs, cohanim y rabinos iraníes seguiría condicionando la forma en que se narra tanto la historia cotidiana como la historia política.
En opinión del autor, la hegemonía no consiste únicamente en la supremacía política y económica, sino también en la capacidad de determinar el relato histórico y religioso. En consecuencia, sostiene que Türkiye no solo debería imponerse en la nueva «batalla de Accio» y superar el «Umbral de Augusto», sino también aspirar a convertirse en el centro desde el cual se reescriban tanto la historia como los relatos religiosos, con el objetivo de ofrecer lo que considera una alternativa a las narrativas históricas y teológicas dominantes.
Para quienes deseen profundizar en esta perspectiva, el autor remite al siguiente artículo: https://kritikbakis.com/es/que-es-el-judaismo-que-no-es/
Nota: Este artículo fue publicado en 2012 en el sitio web Haber10.com y posteriormente fue incluido como apéndice en el libro La geopolítica de la teología (La geopolítica de la teología).
