La riqueza global de los multimillonarios alcanzó en 2025 un máximo sin precedentes. Oxfam describió este momento como uno que “debilita la libertad política” y profundiza la desigualdad. El informe anual sobre desigualdad de la organización presentó cifras impactantes y formuló el diagnóstico de una patología global. En un punto en el que doce multimillonarios poseen tanta riqueza o más como la mitad más pobre de la humanidad, cuatro mil millones de personas, el lenguaje de la democracia deja de reflejar fielmente la realidad política y se convierte en una ficción cortés. Y, sin embargo, esos mismos individuos y los círculos bajo su influencia se reúnen cada invierno en Davos, bajo una pancarta que proclama: “Estamos comprometidos a mejorar el estado del mundo”. Tan pulida como vacía.
Esta contradicción convierte a Davos en el escenario perfecto de la hipocresía global. El foro que afirma debatir soluciones es, en sí mismo, un símbolo del problema: élites que hablan de justicia mientras se benefician de un poder sin rendición de cuentas, de una riqueza sin fronteras y de la ausencia de justicia. No sorprende, por ello, que Foreign Policy haya publicado textos sobre la hipocresía del foro firmados por Chloe Hadavas, ni que su colega Michael Hirsh haya definido Davos como “un grupo de multimillonarios y élites que fingen resolver los problemas del mundo, cuando en realidad suelen ser los principales responsables de mantenerlos”. No es una exageración, sino un resumen conciso de un sistema que oculta intereses bajo el lenguaje de la salvación.
Hirsh plantea una pregunta certera: ¿por qué el mundo debería necesitar a los “hombres de Davos”?
La pregunta revela un paradoja fundamental. Mientras el planeta enfrenta crisis reales del colapso climático a la fragmentación económica, quienes dominan el escenario de la “solución” global son los mismos que se benefician de las políticas que generaron esas crisis. Criticar Davos no es un lujo moral, sino una necesidad analítica. Los responsables no pueden ser los arquitectos de la reparación.
Cada año, la retórica que llena los pasillos de Davos puede sonar solemne; pero se evapora al confrontarse con la realidad de un mundo donde la injusticia se profundiza y la arrogancia crece. Mientras los ricos se aíslan cada vez más, los pobres son obligados a ajustarse a políticas diseñadas por Occidente a puerta cerrada. Piénsese en el exministro de Finanzas alemán Christian Lindner, quien intentó minimizar el estancamiento económico del país insistiendo en que Alemania no es “el hombre enfermo”, sino simplemente “un hombre cansado que necesita café”. Es el lenguaje de unas élites que tratan las crisis estructurales como un cansancio pasajero: un lenguaje concebido no para esclarecer, sino para tranquilizar.
Entretanto, el presidente argentino Javier Milei declaró al socialismo una amenaza para Occidente y condenó la “justicia social” y el “feminismo radical”, al tiempo que exaltó a los emprendedores como “héroes”. Su discurso no fue una contribución a la solución de problemas globales, sino una performance ideológica. Cuando los emprendedores se presentan como salvadores y la desigualdad estructural se reencuadra como una falla moral de los pobres, Davos deja de ser un foro de soluciones para convertirse en un teatro de dogmas.
Esto conduce a una pregunta inevitable: ¿cómo pueden los ricos y poderosos arreglar un mundo cuya destrucción ayudaron a provocar?
La respuesta llegó desde dentro del propio foro. El primer ministro griego Kyriakos Mitsotakis llamó a oponerse a “la arrogancia de Davos”. No fue una simple pulla retórica, sino el reconocimiento de cuán lejos se ha alejado el foro de los problemas que dice abordar. El orden liberal que las élites occidentales evocan con nostalgia no se construyó sobre consignas, sino sobre una comprensión sobria del poder, la responsabilidad y los límites. Si las élites actuales lo entendieran de verdad, dudarían antes de defender la renovación de un sistema que ya ha perdido su función.
África ofrece la prueba más clara del vacío de Davos. Pese a la retórica anual sobre el alivio de la deuda y el apoyo a las democracias en desarrollo, no emergen soluciones significativas. El economista ghanés Charles Abugre lo describe con claridad: el aumento de las tasas de interés está asfixiando a las economías africanas; las monedas son volátiles, la inflación no cede; los pobres cargan con el peso cotidiano del transporte, los alimentos y la vivienda, mientras los salarios reales permanecen estancados. Desde la Agencia de Desarrollo de la Unión Africana, Amine Idriss Adoum añade que la cuestión central no es solo cómo salir de la deuda, sino cómo endeudarse de manera inteligente y reestructurarla sin sacrificar infraestructura, salud o energía.
Estas afirmaciones no son notas al pie: son acusaciones contundentes. Revelan que Davos no resuelve los problemas; los administra para preservar el statu quo. Y cuando las salas de conferencias se vacían y los jets privados despegan de los Alpes, se vuelve imposible ignorar una verdad esencial:
Los culpables no pueden arreglar el mundo. Solo pueden garantizar que los problemas continúen.
Fuente:https://www.middleeastmonitor.com/20260119-the-guilty-cannot-fix-the-world/
