Mladić Murió Como Un Hombre Feliz. Ganó.

La negación abierta del genocidio contra los palestinos; la indiferencia ante los crímenes perpetrados en Sudán o en la República Democrática del Congo; la insensibilidad frente a los migrantes y refugiados abandonados a su suerte, condenados a morir en el mar o en peligrosas rutas terrestres; el sufrimiento de quienes, a causa de las sanciones, se ven privados del acceso a bienes esenciales, incluidos los medicamentos; el incremento del gasto militar; la inflación; las letales prácticas de control fronterizo; la vigilancia masiva; y los políticos de extrema derecha que ocupan escaños en los parlamentos y forman parte de los gobiernos.Este es el mundo con el que Mladić soñaba. Y vivió lo suficiente para verlo.
septiembre 1, 2026
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Luchó para que el fascismo triunfara. Y triunfó.

La muerte del criminal de guerra Ratko Mladić ocupó los titulares de los medios de comunicación de todo el mundo. «El carnicero de Bosnia ha muerto en La Haya», anunciaron los medios internacionales, sugiriendo, al parecer, que al menos en su caso la justicia había prevalecido.

Nada cambió el 22 de noviembre de 2017, cuando el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY) lo condenó a cadena perpetua por el genocidio, los crímenes de lesa humanidad y los crímenes de guerra cometidos en Bosnia más de una década antes. Y nada cambiará ahora, después de su muerte.

Contrariamente a lo que algunos puedan pensar, el mundo no se convertirá ahora en un lugar mejor.

Odio tener que escribir esta frase, pero ahí está: Mladić ganó. Él y sus ideas ganaron. Debió de morir feliz mientras contemplaba cómo el fascismo se apoderaba del mundo; un mundo en el que el genocidio se ha normalizado. Después de todo, eso era aquello por lo que había luchado.

En 2017, después de que se anunciara la sentencia contra Mladić, expresé en un artículo de opinión publicado por Al Jazeera mi temor de que sus ideas no hubieran sido derrotadas, sino que, como un microorganismo resistente a los medicamentos, se adaptarían a diferentes circunstancias y épocas para continuar propagándose.

Hoy resulta doloroso comprobar que aquella predicción se ha hecho realidad. Y ello resulta especialmente evidente en los Balcanes.

En Serbia —un país cuya adhesión como miembro está siendo contemplada por la Unión Europea, la supervivencia del régimen en el poder depende de la continuidad de una ideología basada en la muerte y la negación.

Décadas después del final de la guerra, no se ha producido ningún cambio real. El poder del presidente Aleksandar Vučić un político al que muchos dirigentes de la UE consideran un interlocutor de igual a igual se consolida mediante la negación de la responsabilidad por los crímenes cometidos en Croacia, Bosnia y Kosovo durante la década de 1990.

Y luego está Bosnia: un país dividido por los Acuerdos de Dayton, que pusieron fin a la guerra pero dieron lugar a un Estado fragmentado que ha tenido dificultades para construir no ya su futuro, sino incluso su presente. Un país donde murieron más de 100.000 personas y, después, prácticamente nada cambió; donde, en una de sus partes, la Republika Srpska, la negación del genocidio constituye una política oficial; y donde muchos de quienes participaron en la comisión de crímenes de guerra siguen viviendo en libertad.

Sin embargo, por mucho tiempo que el fascismo prolongue su dominio sobre nuestra región, también ha existido resistencia frente a él.

«Ratko Mladić, antiguo comandante del Ejército de la Republika Srpska y criminal de guerra condenado a cadena perpetua por el genocidio de Srebrenica, los crímenes de lesa humanidad y los crímenes de guerra, ha muerto. No lloraremos por él. No lo glorificaremos […] La muerte no borra las sentencias. No borra los hechos establecidos. Y tampoco borra la responsabilidad».

Estas son algunas de las palabras del mensaje público difundido por Ostra Nula, una pequeña organización de la sociedad civil fundada por jóvenes serbios en Banja Luka, capital de la entidad de mayoría serbia de Bosnia y Herzegovina, la Republika Srpska.

Publicaron este mensaje en las redes sociales apenas unas horas antes de que políticos y antiguos soldados que habían combatido bajo el mando de Mladić salieran a las calles de toda la Republika Srpska para rendir homenaje a un asesino que había ordenado el asesinato masivo, la tortura y la violación de personas en Bosnia y que, durante tres décadas, negó sus crímenes.

Ostra Nula no fue la única voz entre los serbobosnios que se negó a guardar luto por Mladić. La revista Buka, el colectivo juvenil Kvart y otros también hicieron pública su condena a la política oficial de negación del genocidio y de glorificación del genocida que impera en la Republika Srpska.

La represión y las amenazas no han impedido que las personas de conciencia continúen luchando contra la negación de los crímenes cometidos durante la guerra y en favor de la justicia y del reconocimiento de la responsabilidad moral. Alzan la voz porque saben en qué puede convertirse el fascismo cuando se le permite actuar con impunidad.

En Bosnia nos enfrentamos a numerosos problemas heredados de la guerra, pero al menos existe una conciencia de ellos. No puedo decir lo mismo de buena parte del resto del mundo, que todavía parece creer que el fascismo fue derrotado hace ochenta años.

Muchos no lo reconocen cuando lo tienen delante, pero las evidencias están ahí: la negación abierta del genocidio contra los palestinos; la indiferencia ante los crímenes cometidos en Sudán o en la República Democrática del Congo; la insensibilidad frente a los migrantes y refugiados abandonados a su suerte, condenados a morir en el mar o en peligrosas rutas terrestres; el sufrimiento de quienes, debido a las sanciones, se ven privados del acceso a bienes esenciales, incluidos los medicamentos; el aumento del gasto militar; la inflación; las letales prácticas de control fronterizo; la vigilancia masiva; y los políticos de extrema derecha que ocupan escaños en los parlamentos y forman parte de los gobiernos.

Este es el mundo con el que Mladić soñaba. Y vivió lo suficiente para verlo.

Ahora la pregunta que el mundo debe responder es esta: ¿De verdad quieren vivir en el sueño de Mladić?

Hace más de treinta y cinco años, cuando Bosnia se enfrentaba al genocidio, me vi obligada a vivir en ese mundo. Y fue una pesadilla, un horror indescriptible.

Nosotros, los supervivientes del genocidio, llevamos mucho tiempo llamando al mundo a despertar.

¿Escuchará finalmente nuestra voz?

Nidžara Ahmetašević es periodista, académica y activista. Es autora del libro The Media as a Tool of International Intervention: House of Cards (Routledge) y coautora del estudio Repackaging Imperialism: The EU-IOM Border Regime in the Balkans. Vive y trabaja en Sarajevo.

Fuente: https://www.aljazeera.com/opinions/2026/8/29/mladic-died-a-happy-man-he-won