La Paradoja Escandinava: El Fracaso En La Reducción De La Violencia Contra Las Mujeres

Lo que demuestra la paradoja escandinava es que la violencia contra las mujeres no desaparecerá por sí sola a medida que las sociedades se vuelvan más prósperas o más igualitarias. Para erradicarla se requieren acciones deliberadas, sostenibles y medibles, respaldadas por una voluntad política y mecanismos de rendición de cuentas acordes con la magnitud de la crisis. La promesa de poner fin a la violencia contra las mujeres debe dejar de ser una aspiración para convertirse en una realidad.
julio 6, 2026
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Ni siquiera los países más igualitarios del mundo logran reducir la violencia contra las mujeres

En la Unión Europea, aproximadamente una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física, amenazas o violencia sexual desde los 15 años. Esto equivale a cerca de 50 millones de mujeres. Estos datos proceden de la encuesta más reciente de la Unión Europea sobre violencia de género, basada en entrevistas realizadas a más de 114.000 mujeres.

Lo que hace especialmente alarmante esta cifra no es solo su magnitud, sino también su persistencia. La primera encuesta realizada a escala de la Unión Europea, hace una década, ya mostraba un panorama prácticamente idéntico. Como señaló el director de la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea: «Diez años después, seguimos siendo testigos de niveles de violencia igualmente estremecedores».

En un artículo publicado recientemente en Nature Communications, analicé si el Objetivo de Desarrollo Sostenible 5.2 de las Naciones Unidas que pretende eliminar todas las formas de violencia contra las mujeres y las niñas antes de 2030 es realmente alcanzable.

La respuesta, aunque incómoda, es clara: no es un objetivo realista. Ni para 2030 ni, al ritmo actual de los avances, en un futuro previsible.

Un problema que sigue agravándose

Las estadísticas de la Unión Europea coinciden de manera notable con lo que se observa a escala mundial. La Organización Mundial de la Salud (OMS) califica la violencia contra las mujeres como un problema de salud pública de proporciones pandémicas. Según sus estimaciones más recientes, publicadas en 2025, el 30,4 % de las mujeres en todo el mundo, es decir, alrededor de 840 millones de mujeres, ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida.

Estas cifras han permanecido prácticamente inalteradas durante más de dos décadas. La OMS considera que las reducciones observadas en los últimos años han sido mínimas, demasiado lentas y claramente insuficientes. Además, es posible que incluso estos datos subestimen la verdadera dimensión del problema, ya que muchas mujeres no revelan las agresiones sufridas en las encuestas y diversas formas de violencia como la violencia psicológica, el control coercitivo, el abuso económico o el acoso en línea no quedan plenamente reflejadas en las estadísticas generales.

La paradoja escandinava

Quizá el hallazgo más sorprendente sea el lugar donde se registran las tasas más elevadas de violencia. Según la encuesta de la Unión Europea de 2024, la prevalencia alcanza el 57 % en Finlandia, el 52 % en Suecia y el 47 % en Dinamarca, cifras todas ellas muy superiores al promedio de la Unión Europea, situado en el 30,7 %.

Estos países figuran entre los más desarrollados del mundo y ocupan de forma constante los primeros puestos en los índices internacionales de igualdad de género.

Este fenómeno, conocido con frecuencia como la paradoja escandinava, cuestiona una idea ampliamente aceptada: que el desarrollo económico y la igualdad de género, por sí solos, bastan para reducir la violencia. Sin duda, ambos factores son indispensables, pero la evidencia demuestra que, por sí solos, no son suficientes para prevenirla.

Si incluso las sociedades más desarrolladas e igualitarias del mundo no consiguen reducir la violencia contra las mujeres, resulta inevitable preguntarse cuál es la situación en el resto del mundo.

Las mujeres jóvenes son más vulnerables

En la Unión Europea, las mujeres de entre 18 y 29 años declaran estar expuestas a niveles de violencia superiores a la media general. Esta tendencia ya se observaba hace una década y, desde entonces, no se ha registrado ninguna mejora significativa.

Las generaciones más jóvenes han crecido en un contexto marcado por un mayor debate público sobre la igualdad de género y por un número sin precedentes de campañas de sensibilización en comparación con todas las generaciones anteriores.

Si las medidas actuales de prevención de la violencia fueran realmente eficaces, cabría esperar una disminución evidente de estos indicadores. Sin embargo, los datos no muestran tal evolución.

Al mismo tiempo, la propia naturaleza de la violencia está cambiando. Las tecnologías digitales han abierto nuevas formas de acoso, control y humillación: el acecho en línea, las amenazas a través de las redes sociales, la sextorsión, la difusión no consentida de imágenes íntimas y los contenidos sexuales falsificados mediante inteligencia artificial (deepfakes). Aunque estas herramientas no provocan directamente violencia física, sí facilitan su ejercicio, dificultan que las víctimas puedan escapar de ella y favorecen una propagación mucho más rápida del abuso.

Existe conocimiento, pero las medidas siguen siendo insuficientes

La realidad de la violencia contra las mujeres resulta profundamente alarmante. Sin embargo, asumir esa realidad no significa resignarse. Al contrario, la persistencia y la magnitud del problema exigen una respuesta mucho más ambiciosa.

Los datos no demuestran que el Objetivo de Desarrollo Sostenible 5.2 de las Naciones Unidas que aspira a eliminar todas las formas de violencia contra las mujeres y las niñas antes de 203 haya fracasado ni que sea imposible de alcanzar. Lo que realmente ponen de manifiesto es la enorme distancia existente entre la ambición de ese objetivo y la escala, la intensidad y la coherencia de los esfuerzos desplegados para hacerlo realidad.

Además, las herramientas necesarias para combatir esta violencia ya existen. Las investigaciones desarrolladas durante la última década han identificado estrategias preventivas cuya eficacia ha sido demostrada científicamente. El marco RESPECT Women, actualizado recientemente por la Organización Mundial de la Salud a partir de revisiones sistemáticas de alcance mundial, reúne estas intervenciones probadas en torno a siete estrategias interrelacionadas. Estas abarcan desde el empoderamiento de las mujeres y la transformación de las normas sociales nocivas de género hasta el fortalecimiento de los servicios de atención a las víctimas y la reducción de la pobreza.

Este marco evalúa por separado las estrategias dirigidas a los países de ingresos altos y aquellas destinadas a los países de ingresos bajos y medios. Esta característica estructural resulta significativa por sí misma, ya que evidencia hasta qué punto la investigación sobre prevención ha evolucionado de manera desigual según los distintos contextos sociales y económicos.

No obstante, ninguna estrategia aislada es suficiente. Una prevención verdaderamente eficaz requiere combinar intervenciones en los niveles individual, comunitario y estructural de la sociedad. Y, tal como subraya el propio marco RESPECT, el criterio definitivo para evaluar su éxito consiste en comprobar si estos esfuerzos logran reducir de forma medible la prevalencia de la violencia en el conjunto de la sociedad. Conforme a este criterio, los esfuerzos actuales son claramente insuficientes.

El problema no radica en la ausencia de herramientas eficaces, sino en que estas no se aplican con la escala ni la continuidad necesarias. Se ponen en marcha campañas, pero rara vez se mantienen en el tiempo. Se aprueban leyes, pero con frecuencia carecen de financiación suficiente o de una aplicación efectiva. El principal obstáculo no es la falta de conocimiento. La verdadera barrera sigue siendo la persistente brecha entre los compromisos asumidos y las acciones emprendidas, entre los recursos disponibles, la voluntad política y los mecanismos de rendición de cuentas necesarios para convertir esas promesas en resultados tangibles.

Una crisis de proporciones pandémicas

El hecho de que el objetivo fijado para 2030 sea hoy prácticamente inalcanzable no significa que deba abandonarse. Un problema que afecta a cientos de millones de mujeres no puede seguir tratándose como una cuestión secundaria de política pública.

Cuando el mundo se enfrenta a grandes emergencias sanitarias, moviliza la ciencia, los recursos financieros y la cooperación internacional. La violencia contra las mujeres exige una respuesta de la misma magnitud: inversión sostenida a largo plazo, estrategias más sólidas y mecanismos efectivos de rendición de cuentas.

Lo que demuestra la paradoja escandinava es que la violencia contra las mujeres no desaparecerá automáticamente a medida que las sociedades se vuelvan más prósperas o más igualitarias. Erradicarla requiere acciones deliberadas, sostenibles y medibles, respaldadas por una voluntad política y mecanismos de rendición de cuentas acordes con la magnitud de esta crisis. La promesa de poner fin a la violencia contra las mujeres debe dejar de ser una aspiración para convertirse en una realidad.

Laura Hood es editora de temas políticos en The Conversation UK.

Fuente: https://theconversation.com/the-nordic-paradox-even-the-worlds-most-equal-countries-are-failing-to-reduce-violence-against-women-286173

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