Desde una perspectiva geográfica, Israel se encuentra en una posición estratégica extremadamente frágil. En su punto más ancho tiene apenas 71 millas (114 kilómetros) de ancho, mientras que en su punto más estrecho mide solo nueve millas. Israel carece de profundidad defensiva. Su capacidad para retirarse, reorganizarse y lanzar contraataques es limitada. La profundidad estratégica es vital para la seguridad nacional porque determina cuánto tiempo existe para recuperarse después de un ataque inicial. El espacio y el tiempo son elementos fundamentales de la guerra.
Incluso dejando de lado la aparición de los drones, Israel no puede tolerar una derrota en sus fronteras, ya que ello le dejaría un espacio máximo de apenas 71 millas para replegarse. De esta realidad surge una lógica militar específica. Israel debe prevenir los ataques tomando la iniciativa y debe ser capaz de derrotar a sus adversarios en las primeras fases de un conflicto. Desde la perspectiva de los dirigentes israelíes, esto significa que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) deben ser siempre significativamente más fuertes que cualquier enemigo potencial.
La idea de que Israel nunca se enfrentaría a una fuerza superior siempre fue poco probable. Durante el ataque egipcio-sirio de 1973, coordinado y armado por la Unión Soviética, Israel estuvo cerca de una catástrofe estratégica. Lo que lo salvó fue que los planificadores egipcios, sirios y soviéticos no anticiparon plenamente sus éxitos iniciales y no contaban con un plan para ocupar completamente el territorio israelí tras una victoria militar.
La realidad de Oriente Medio en aquella época era que la alianza de la Unión Soviética con Egipto y Siria representaba una amenaza no solo para Israel, sino también para los países alineados con Occidente. En 1956, Egipto tomó el control del Canal de Suez con el respaldo de Moscú, generando una crisis fundamental para Estados Unidos, que temía que una ofensiva anglo-israelí contra Egipto y Siria terminara consolidando permanentemente la presencia soviética en la región.
Esta situación limitó parcialmente el poder soviético —Moscú habría preferido una ofensiva más amplia contra los Estados árabes—, pero también dio lugar a un escenario duradero en el que la Unión Soviética mantuvo una influencia considerable en Oriente Medio. Ese contexto constituyó la base de las relaciones de Estados Unidos tanto con Israel como con otros países de la región. Hasta el colapso de la Unión Soviética y el debilitamiento del poder ruso, Israel fue un instrumento utilizado por Washington para contener a Egipto y Siria.
Israel ganó la guerra de 1973 en parte gracias al apoyo estadounidense, apoyo que también respondía a la lógica estratégica de la Guerra Fría. Sin embargo, ello no resolvió el dilema estratégico fundamental de Israel. Su profundidad estratégica y su capacidad de maniobra siguieron siendo limitadas. La alianza entre Estados Unidos e Israel permaneció sólida y el país continuó siendo una potencia regional y un aliado clave de Washington.
El tratado de paz firmado con Egipto en 1978 puso fin a tres décadas de conflicto entre Israel y los Estados árabes. A partir de entonces, las principales amenazas para Israel provinieron de actores no estatales, muchos de ellos respaldados por Irán. Esta situación cambió en 2023, cuando la respuesta israelí al ataque de Hamás del 7 de octubre debilitó significativamente las capacidades iraníes y las de sus fuerzas aliadas, como Hezbolá. Esa respuesta también contribuyó al colapso del régimen de Bashar al-Asad en Siria, devolviendo a Israel a un escenario de confrontación directa con Estados.
Israel llegó a la conclusión de que necesitaba una mayor profundidad estratégica no solo para sobrevivir a una guerra convencional, sino también para limitar el acceso de actores no estatales a su territorio. La ofensiva sobre Gaza y el trato dispensado a la población gazatí surgieron, en parte, de ese temor. Del mismo modo, la ocupación de Cisjordania y la ampliación de facto de la frontera israelí en el Líbano hasta el río Litani responden a esa misma lógica.
Sin embargo, las acciones de Israel presentan dos problemas fundamentales.
En primer lugar, la cantidad de territorio capturado como zona de amortiguamiento sigue siendo insuficiente para eliminar por completo las amenazas planteadas por actores no estatales como Hezbolá o por ejércitos convencionales. Esto resulta especialmente cierto en una época en la que las nuevas tecnologías militares —e incluso armas aún no desarrolladas— generan dudas sobre la capacidad de las Fuerzas de Defensa de Israel para mantener indefinidamente su superioridad militar.
En segundo lugar, la expansión territorial tampoco garantiza que Estados Unidos mantenga un compromiso permanente con Israel, del mismo modo que Israel sobreestimó en ocasiones las capacidades de sus servicios de inteligencia.
Lo que sucederá a partir de ahora, en mi opinión, es previsible. Los líderes políticos creen que un incremento relativamente modesto de territorio y poder reducirá las vulnerabilidades israelíes. Sin embargo, no existe garantía alguna de que las FDI mantengan siempre su superioridad militar ni de que Estados Unidos continúe siendo un aliado permanente.
Israel, al igual que muchos países europeos, puede encontrar tranquilidad en la idea de que Estados Unidos tiene una obligación geopolítica y moral de garantizar su seguridad, permitiéndole actuar según sus propios intereses. Pero esta cuestión no depende de quién ocupe la Casa Blanca, sino de los intereses nacionales fundamentales. La relación entre Estados Unidos e Israel se construyó sobre las realidades de la Guerra Fría. Sin embargo, la Guerra Fría terminó, y los intereses nacionales cambian.
Por ello, lo más conveniente para Israel sería alcanzar algún tipo de entendimiento con las potencias regionales que temen a Hezbolá y a organizaciones similares tanto como Israel. La propuesta del presidente Donald Trump de utilizar los Acuerdos de Abraham como marco para ello parece poco probable. Sin embargo, tampoco parece probable que una estrategia basada exclusivamente en el uso permanente de la fuerza garantice la seguridad israelí a largo plazo.
Israel es un país pequeño con un ejército más poderoso que el de cualquiera de sus vecinos. Pero los equilibrios militares cambian. Lo que no cambiará es su vulnerabilidad geográfica.
Teniendo en cuenta que los Estados suelen terminar haciendo aquello que las circunstancias les obligan a hacer, el sistema político israelí debería evolucionar para contemplar una realidad que considero improbable pero posible: una redistribución gradual del poder entre los países de la región.
La búsqueda de compromisos implica riesgos. Sin embargo, evitarla a largo plazo significa apostar por una división permanente y por la continuidad indefinida de la debilidad militar de los demás. Personalmente, considero que esta segunda opción es mucho más peligrosa.
Fuente:https://geopoliticalfutures.com/israels-strategic-problem/
