El segundo mandato del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no es simplemente una nueva exhibición de aranceles; constituye la jugada inicial de un nuevo gran juego articulado en torno a la energía, la inteligencia artificial (IA) y el dinero.
Washington busca reconfigurar el eje del poder económico global: pretende neutralizar a Irán y Venezuela, presionar a Cuba, integrar estructuralmente a Canadá y atraer estratégicamente a Rusia, con el objetivo de reanclar el petróleo en la órbita del dólar estadounidense y marginar las aspiraciones de hegemonía monetaria de los BRICS. Esta lógica se alinea con el uso de los aranceles como herramienta geopolítica para presionar a bloques emergentes y preservar la primacía del dólar .
Sobre esta base se construye una segunda capa más sofisticada: una arquitectura financiera compuesta por stablecoins respaldadas por el dólar, bonos del Tesoro estadounidense tokenizados, oro e incluso una posible reserva estratégica de bitcoin. Lejos de sustituir al dólar, este entramado busca reforzar su centralidad en el sistema financiero global, incluso en un contexto de tensiones y volatilidad crecientes .
Si esta estrategia tiene éxito, Bretton Woods 2.0 no emergerá como una conferencia formal, sino como la consecuencia acumulativa de una década marcada por crisis, sanciones y reajustes estructurales. Solo a posteriori será reconocido como la continuación no declarada del orden anterior, con reglas que, una vez más, habrán sido escritas por Estados Unidos.
El Gran Juego Comienza
“El Gran Juego comienza aquí.” En la novela Kim, Rudyard Kipling introduce con esta frase a un niño en un mundo de mapas secretos, lealtades cambiantes y luchas que superan con creces su propio horizonte. En 2026, esta expresión describe con igual precisión el papel que Estados Unidos intenta atribuirse bajo la administración Trump: arquitecto de un nuevo orden monetario, árbitro de los flujos energéticos y guardián de la infraestructura financiera que transportará el valor a escala global.
El acuerdo original de Bretton Woods era, en su simplicidad, extraordinariamente claro: Estados Unidos controlaba el oro, la producción industrial y el petróleo; por ello, otros países aceptaron vincular sus monedas al dólar estadounidense, que a su vez estaba anclado al oro. Cuando en 1971 el presidente estadounidense Richard Nixon rompió ese vínculo, el marco jurídico desapareció, pero la jerarquía persistió. El petróleo siguió cotizándose en dólares, los ahorros globales continuaron fluyendo hacia los bonos del Tesoro estadounidense y lo que los críticos denominaron un “privilegio exorbitante” se convirtió en el sistema operativo de la globalización.
El segundo acto de Trump sugiere una lógica de continuación. Podemos denominarlo Bretton Woods 2.0: neutralizar a los BRICS como proyecto monetario, reanclar el petróleo en la órbita del dólar y consolidar de forma permanente una nueva infraestructura financiera centrada en el dólar estadounidense incorporando el oro y el bitcoin no como señales del declive estadounidense, sino como pilares de este orden. Lo que a nivel de redes sociales puede parecer caótico se revela, al observar la energía, la geografía y los balances, como parte de una secuencia estratégica más amplia. En este sentido, la frase de Mahbub Ali, “el Gran Juego comienza aquí”, deja de ser una metáfora literaria para convertirse en una auténtica declaración de misión de una Casa Blanca que concibe las finanzas, el petróleo y el código como un único campo de batalla integrado.
El inicio de esta secuencia estratégica aparece, de forma inesperada, en Caracas. Durante años, Venezuela ha funcionado como una especie de “válvula en la sombra” para Pekín: petróleo crudo suministrado con importantes descuentos, alineamiento político y suficiente distancia respecto a los principales proveedores del Golfo como para actuar como mecanismo de equilibrio. El enfoque actual de Washington combinando sanciones con flexibilización condicionada, permitiendo el regreso cauteloso de grandes compañías petroleras occidentales mientras mantiene la amenaza constante de mayor presión apunta menos a una confrontación ideológica que a la restauración del control.
El objetivo es reincorporar el petróleo venezolano y, con el tiempo, su litio, oro y tierras raras a una estructura alineada con Estados Unidos. Si esto se concreta, China no solo perdería barriles de petróleo, sino también una línea de suministro útil, parcialmente opaca y fuera del control directo de Washington. Dado que Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, su control tiene implicaciones estructurales tanto para los mercados energéticos como para el sistema financiero internacional.
El siguiente movimiento es más silencioso, pero potencialmente más profundo, y se despliega a lo largo de la frontera más extensa del mundo. Durante décadas, Canadá ha logrado beneficiarse de su proximidad al poder estadounidense sin quedar completamente subordinada a él. Bajo el marco original del NAFTA, una cláusula poco conocida de “proporcionalidad” garantizaba de facto a Estados Unidos una cuota fija del petróleo y gas canadiense, limitando la capacidad de Ottawa para redirigir su suministro en momentos de crisis.
Aunque esta cláusula ha desaparecido formalmente y fue presentada como una victoria política en Canadá, en la práctica un arreglo funcionalmente similar está siendo reconstruido a través de nuevos instrumentos.
América del Norte, al integrar la infraestructura ártica, armonizar las políticas sobre minerales críticos y profundizar la planificación conjunta de seguridad energética, está empujando de facto a Canadá hacia un régimen de “derecho de tanteo” sobre sus propios recursos. Las terminales de gas natural licuado (GNL), los oleoductos, las redes de transmisión y los proyectos de tierras raras se financian y aprueban cada vez más bajo el criterio de la “seguridad continental”.
Ottawa sigue enarbolando su propia bandera; sin embargo, en caso de una contracción de la oferta, cuestiones como a quién se asignará el petróleo canadiense, quién tendrá el derecho de primera demanda sobre su gas, uranio, potasa y minerales críticos, o en qué moneda se redactarán los contratos a largo plazo, se determinan de facto en Washington antes de ser debatidas en el Parlamento. La famosa cláusula de proporcionalidad puede haber sido abolida jurídicamente, pero su lógica persiste con fuerza en el nuevo orden continental. Cabe recordar que dicha cláusula obligaba a Canadá a mantener una proporción constante de exportaciones energéticas hacia Estados Unidos basada en niveles previos, limitando su capacidad de redirigir recursos incluso en situaciones de escasez .
Si Venezuela es reorientada hacia Occidente y Canadá queda firmemente integrado en esta arquitectura, el plan alternativo de China entra en juego en las costas más orientales del Golfo. En la última década, Pekín ha transformado a Irán en un nodo operativo avanzado sin desplegar abiertamente la bandera del Ejército Popular de Liberación (EPL). Ha integrado a Teherán en la Iniciativa de la Franja y la Ruta, lo ha insertado en redes energéticas estratégicas y ha transferido discretamente insumos críticos para misiles y componentes de guiado, además de contribuir a la construcción de la infraestructura de vigilancia y telecomunicaciones de la República Islámica.
China proporciona los “ojos” y la columna vertebral digital; Irán, en cambio, representa el “puño” a lo largo del eje que se extiende desde el estrecho de Ormuz hasta el mar Arábigo frente a las fuerzas estadounidenses y el tráfico marítimo. En este contexto, los ataques contra centros de mando, depósitos de misiles o centros de datos en Irán no son meramente acciones punitivas contra Teherán, sino también una forma de confrontación indirecta con el modelo tecnológico y exportador de Pekín. La huella china se extiende a lo largo de toda la infraestructura militar y de seguridad interna iraní.
Los misiles constituyen solo la dimensión más visible de esta arquitectura. Irán carece de plena capacidad doméstica para producir muchos de los componentes químicos especializados necesarios para su flota moderna de cohetes y drones; por ello, empresas chinas han cubierto esta brecha proporcionando precursores de combustible y sistemas electrónicos de doble uso que mantienen operativa su capacidad militar.
El mismo patrón se reproduce en el ámbito cibernético. Empresas chinas han contribuido a rediseñar la arquitectura de telecomunicaciones iraní, trasladando a ciudades como Teherán y Mashhad modelos de vigilancia desarrollados previamente en Xinjiang.
Sistemas de reconocimiento facial y herramientas de red, inicialmente utilizados para monitorear a los uigures, permiten ahora a las autoridades iraníes controlar el cumplimiento de las normas sobre el velo, identificar quién participa en manifestaciones y rastrear la actividad en línea. Así, el orden social se transforma en un problema de datos, optimizado para ser gestionado mediante hardware y software diseñados en China.
El Nuevo Gran Juego: Energía, Inteligencia Artificial e Infraestructura Financiera
En este punto, la antigua terminología imperial adquiere de pronto una cualidad plenamente contemporánea. El “Gran Juego” que Rudyard Kipling grabó en el imaginario del siglo XIX era una rivalidad entre Gran Bretaña y Rusia por el control de las zonas tampón de Eurasia, una contienda librada a través de espías, mapas y pasos montañosos. El Imperio británico y la City de Londres que lo financiaba siguen teniendo relevancia pero esta disminuye gradualmente con cada año que pasa. Rusia, por su parte, también se ve cada vez más relegada: expuesta en el campo de batalla, cercada por sanciones y obligada a intercambiar su influencia restante a cambio de acuerdos limitados.
El centro del juego ha cambiado de lugar. El nuevo Gran Juego se desarrolla entre Estados Unidos y China, y ya no se disputa sobre kanatos ni rutas caravaneras, sino a través de rutas marítimas, centros de datos y sistemas de pago.
La máxima también ha evolucionado con la geografía. La lógica clásica sostenía que quien controlara Eurasia controlaría el mundo; su versión del siglo XXI es más dura y precisa: quien controle las arterias energéticas de Eurasia, la capacidad de centros de datos que alimenta la inteligencia artificial y la infraestructura financiera basada en el dólar donde se procesan estas transacciones, controlará también el ritmo y las condiciones de la globalización.
Despojar a Irán de su condición de nodo fiable ya sea mediante ataques militares, fracturas internas posteriores o diplomacia coercitiva busca desmantelar la posición avanzada de China en el Golfo y reorientar el Gran Juego a favor de Washington. No se trata únicamente de neutralizar a un actor desestabilizador regional; implica también someter a una prueba de estrés los sistemas chinos de misiles, satélites y vigilancia actualmente desplegados en territorio iraní.
Para los estrategas en torno a Trump, esta es la fase intermedia del juego; el susurro de “el Gran Juego comienza aquí” ha sido sustituido por una convicción más segura aunque no declarada: “y nuestro objetivo es terminarlo”.
El elemento más disruptivo de esta estrategia proyectada se sitúa más al norte. Rusia, por ahora, sigue siendo un socio central en la narrativa de los BRICS y un proveedor relevante tanto para Europa como para Asia. Sin embargo, también es una estructura desgastada por la guerra, rodeada de sanciones y dependiente de un conjunto limitado de exportaciones de materias primas.
En algún momento, Moscú buscará una vía de salida que le permita preservar el régimen y, al mismo tiempo, restablecer el acceso al capital y a la tecnología. Según la teoría que se plantea en este marco, Washington ofrecería un puente limitado y transaccional: a cambio de redirigir gradualmente las exportaciones rusas hacia mercados alineados con Occidente, bajo condiciones definidas por este, se proporcionarían alivios progresivos de sanciones y garantías de ingresos. Gracias a su geografía ártica y a sus vínculos energéticos, Canadá se convierte en el nodo clave de esta arquitectura. Una Rusia que se reaproxima al sistema comercial occidental se transforma, por definición, en un socio menos fiable para Pekín y deja de ser un aliado estratégico sólido para convertirse en un mero elemento de equilibrio.
Toda esta reconfiguración energética no está orientada a los mapas, sino al dinero. BRICS nunca ha tenido un potencial real como alianza militar; su fuerza radica en la coordinación monetaria. Una unidad de cuenta común, reservas compartidas o incluso una desvinculación sistemática del dólar en el comercio energético habrían podido constituir un desafío real a la hegemonía del dólar.
Sin embargo, el bloque se debilita bajo el peso de sus propias contradicciones internas: la rivalidad estratégica entre India y China, las monarquías del Golfo, la presencia incómoda de Irán en la misma mesa, y las fragilidades internas de Brasil y Sudáfrica. El resultado se asemeja más a una marca que a un sistema coherente.
La afirmación de Trump de que “los BRICS están muertos” no es simplemente retórica. El objetivo es impedir que este bloque evolucione de un eslogan a una estructura institucional efectiva. Operaciones puntuales en yuanes o acuerdos en rupias pueden tolerarse; pero una unidad de cuenta BRICS seria para el petróleo resulta inaceptable.
Este enfoque constituye el subtexto de una estrategia más amplia de Washington. Al reducir el número de proveedores fiables de China, intentar atraer estratégicamente a Rusia y consolidar América del Norte como un bloque integrado, Estados Unidos envía un mensaje claro tanto a los mercados como a los Estados: la primacía del dólar es estructural y persistente. De hecho, la centralidad del dólar en el sistema internacional sigue apoyándose en dinámicas históricas de demanda global, profundidad de los mercados financieros estadounidenses y su papel como activo refugio .
Al igual que en la década de 1970, el pilar del sistema sigue siendo el petróleo. Tras el colapso del sistema de Bretton Woods en 1971 cuando Estados Unidos abandonó la convertibilidad del dólar en oro, emergió un sistema de facto basado en el petrodólar: el crudo se cotiza en dólares y los excedentes se reciclan hacia activos financieros estadounidenses .
El Bretton Woods 2.0 concebido por Trump no requiere una reconstrucción formal del sistema. Basta con que, en la práctica, el dólar siga siendo el canal más profundo, líquido y seguro para fijar precios y cubrir riesgos en el mercado energético.
Si el petróleo venezolano queda bajo influencia occidental, el iraní se vuelve poco fiable y el ruso se normaliza хотя sea parcialmente, los productores del Golfo tenderán nuevamente hacia el sistema monetario que respalda su seguridad y sus fondos soberanos. Los contratos a largo plazo, los derivados, el transporte y los seguros volverán de forma natural a denominarse en dólares.
Así, la arquitectura del dólar no se reconstruye mediante un acuerdo explícito, sino a través de una necesidad estructural.
El punto en el que este orden previsto realmente se aparta de su precursor de mediados del siglo XX reside en su infraestructura. El antiguo sistema funcionaba a través de redes bancarias internacionales, libros contables en papel y máquinas de télex. El nuevo, en cambio, se construye sobre APIs, blockchains y mercados permanentemente abiertos.
Los emisores regulados producen ahora stablecoins denominadas en dólares, respaldadas uno a uno por efectivo y bonos del Tesoro estadounidense a corto plazo; además, existe una tendencia creciente a incorporar oro tokenizado a esta composición de reservas. No se trata de un retorno nostálgico a un estándar fallido, sino de un elemento de equilibrio silencioso que hace que los dólares digitales se perciban menos como código y más como derechos sobre garantías reales.
Empresas, bancos y entidades fintech han comenzado a utilizar estos tokens para ejecutar operaciones comerciales, pagar salarios y gestionar transferencias transfronterizas. Desde la perspectiva del usuario, esto equivale a un “mejor dólar”: instantáneo, programable y disponible las 24 horas del día. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos, sin embargo, percibe otra realidad: cada token representa una micro-reclamación sobre activos estadounidenses; cada nuevo caso de uso crea un nuevo vínculo que ancla la liquidez global al balance soberano de Estados Unidos.
El papel del oro en esta arquitectura no consiste en declarar el fracaso de las políticas de la era Trump; por el contrario, actúa como un mecanismo de estabilización marginal del nuevo régimen de stablecoins—del mismo modo que los sistemas de equilibrio estabilizan una embarcación gobernada por motores, sensores y software.
Respaldada por el dólar estadounidense, los bonos del Tesoro y, cada vez más, por oro almacenado en bóvedas, esta infraestructura financiera no es una simple nota técnica. Es una herramienta geopolítica. El dólar deja de ser únicamente una unidad de cuenta para convertirse progresivamente en la propia infraestructura: los canales, las claves y las capas de cumplimiento por donde circula el valor.
Cada cartera digital que se integra en este sistema amplía el alcance del derecho estadounidense y de sus mecanismos de sanciones. Y cada institución extranjera que participa en él vota de facto por la continuidad de su dependencia del papel estadounidense respaldado por el metal del viejo mundo.
Y está, además, el bitcoin, un antiguo “activo de protesta” que el sistema ya no puede ignorar. Durante una década funcionó como una apuesta contra los bancos centrales una forma de oro digital para quienes desconfiaban del dinero fiduciario. En un mundo definido por shocks energéticos, expansión fiscal y riesgos políticos, el bitcoin adquiere el potencial de transformarse de herramienta contracultural en una garantía significativa para el propio sistema. El escenario de Bretton Woods 2.0 asume que Washington, en lugar de resistirse a esta realidad, optará por incorporarla.
Tras un repunte de precios provocado por una crisis, una administración estadounidense anuncia la creación de una Reserva Estratégica de Bitcoin, financiada no por los contribuyentes, sino mediante activos incautados, impuestos sobre ganancias extraordinarias y acuerdos estructurados con mineros y entidades de custodia.
También aquí, el papel del oro no es acusatorio, sino interpretativo. El oro conserva su lugar como ancla histórica dentro del sistema; el bitcoin se convierte en una señal prospectiva de que Estados Unidos ha asimilado las lecciones de “dinero duro” surgidas de las críticas; y las stablecoins denominadas en dólares, respaldadas por bonos del Tesoro y reforzadas de manera limitada con oro, constituyen la infraestructura financiera del uso cotidiano.
En conjunto, estos elementos configuran una arquitectura de confianza por capas: metal en las bóvedas, código en las blockchains y papel en el centro.
III. La Primacía Del Dólar En El Centro Del Nuevo Gran Juego
Es en este punto donde los equipos adquieren un carácter decisivo. Con la influencia en el proceso de formulación de políticas de un operador de mercado experimentado como el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, la arquitectura del nuevo sistema comienza a parecerse menos a un borrador político y más a la hoja de términos de un macroinversor: flujos, incentivos y balances diseñados deliberadamente para mantener el ahorro global en activos estadounidenses; una estructura respaldada por garantías más sólidas y una infraestructura financiera superior.
Dejando de lado los elementos personales, el patrón que emerge es sumamente claro. El Imperio británico y la City de Londres, que en otro tiempo ocuparon el centro del universo financiero, continúan su largo y gradual declive. Rusia, por su parte, a pesar de su capacidad nuclear y su aparato propagandístico, es empujada hacia los márgenes. El nuevo Gran Juego adopta una estructura de dos actores: Estados Unidos y China maniobran para obtener ventaja sobre regiones, tecnologías y arquitecturas financieras.
Los acontecimientos de este año desde la reconfiguración de los equilibrios energéticos hasta la regulación de las stablecoins y las tensiones abiertas en Irán vinculadas a la tecnología china ponen de manifiesto que, en el centro de esta contienda, se encuentra el mismo elemento que sustentó el primer orden de Bretton Woods: el dólar.
Si este proyecto logra siquiera un éxito parcial, la transformación resultante no será únicamente institucional o geopolítica; será también profundamente psicológica. El crecimiento acelerado de la economía estadounidense, la superación del temor a la deuda mediante la expansión, la reconfiguración de la base industrial con capital productivo, el liderazgo en activos digitales e inteligencia artificial, y la restauración del control efectivo sobre los mercados energéticos globales comenzarán a percibirse no como una coincidencia, sino como una doctrina.
El enfoque de Trump de “paz a través de la fuerza” basado en una capacidad energética abrumadora, una superioridad militar visible y una infraestructura financiera sin equivalente será presentado, en este contexto, como una estrategia generadora de estabilidad: menos conflictos activos, mayor capacidad de disuasión y una inversión en la geopolítica del petróleo, donde la seguridad de productores y consumidores se articula a través de contratos en dólares, en lugar de mecanismos de cobertura frente a una retirada estadounidense.
Trump y su equipo dejarán de ser vistos como los destructores del viejo orden para ser reinterpretados como los arquitectos del nuevo. La narrativa se configura casi por sí sola: rechazamos la austeridad; no aceptamos un declive gestionado; reactivamos el crecimiento mediante aranceles, desregulación, producción energética e innovación digital, y restablecimos el poder estadounidense. Si el dólar emerge de este proceso más fuerte, más digital y más central, la conclusión a la que llegarán muchos inversores y votantes será sencilla: el modelo de Trump ha funcionado.
La fuerza de esta narrativa es fundamental. Permite presentar la estrategia de “hacer crecer la economía rápidamente” no como un error de política, sino como una elección deliberada; enmarcar el elevado crecimiento nominal como una vía de salida de la crisis de deuda y legitimar nuevas olas de políticas orientadas a fomentar el crecimiento y la formación de capital.
Un Estados Unidos que lidera de forma clara la infraestructura de inteligencia artificial, que define las reglas del orden global de los activos digitales y que moldea los flujos energéticos desde el Ártico hasta el Golfo, puede sostener que todo este proceso responde a un único objetivo: restablecer la primacía del dólar en el centro del sistema.
¿Qué Deberían Hacer Los Inversores?
Desde la perspectiva de los inversores, es fundamental mirar más allá de las fluctuaciones temporales vinculadas a Irán en los mercados. La cuestión central es cómo posicionarse si esta secuencia de acontecimientos se convierte en la narrativa dominante que moldee el final de la década de 2020. La primera conclusión es tomar en serio la resiliencia del dólar. Si el escenario Trump–Bretton Woods 2.0 tiene éxito, no debilita sino que refuerza el argumento de mantener activos estadounidenses como núcleo de las carteras globales. Esto implica preservar una ponderación estructural en acciones estadounidenses de alta calidad y en instrumentos de crédito, y considerar los bonos del Tesoro a corto plazo y los fondos T-bill no como un elemento táctico opcional, sino como garantía fundamental.
La segunda conclusión es orientarse hacia los ganadores de la economía real dentro de la estrategia de “crecer rápido y reestructurar”. Si Washington está decidido a superar el problema de la deuda mediante el crecimiento y reconstruir la capacidad productiva, entonces los sectores upstream y midstream de la energía, las redes eléctricas y la infraestructura de centros de datos, la manufactura avanzada, las cadenas de suministro de minerales críticos y el hardware que habilita la inteligencia artificial estarán en una posición ventajosa desde el punto de vista político. Si el enfoque de “paz a través de la fuerza” genera realmente un dividendo de estabilidad—menos interrupciones prolongadas en las rutas marítimas, una oferta más predecible de productores clave y un paraguas de seguridad estadounidense fiable en el Golfo el resultado será una inversión en la geopolítica del petróleo: menor prima de riesgo en los barriles y mayor creación de valor en la infraestructura que los transporta y cubre.
La tercera conclusión es pensar el dinero en capas. En un sistema cuyo núcleo son los bonos del Tesoro estadounidense, el oro y el bitcoin cumplen funciones de señal y seguro, mientras que las stablecoins respaldadas por el dólar constituyen la infraestructura financiera del uso cotidiano. Las carteras deben reflejar esta arquitectura: posiciones centrales en efectivo en dólares y deuda soberana estadounidense; asignaciones moderadas al oro como ancla y al bitcoin como una opción de alta beta en un escenario de “dólar más fuerte”; y una exposición selectiva a las empresas que operarán y asegurarán la nueva infraestructura financiera emisores regulados de stablecoins, plataformas conformes, custodios y proveedores de infraestructura.
Por último, los inversores deben recordar que incluso las grandes estrategias exitosas generan perdedores y consecuencias no previstas: conflictos por delegación más abiertos con tecnología china en regiones como Irán, mayor volatilidad regional y una aceleración de la carrera armamentística tanto en hardware como en algoritmos. Estos riesgos pueden equilibrarse mediante asignaciones limitadas a activos reales fuera de Estados Unidos, exposición a actores regionales que puedan beneficiarse de una fragmentación parcial y el uso de instrumentos que capitalicen el aumento de la volatilidad.
La frase de Rudyard Kipling, “el Gran Juego comienza aquí”, simbolizaba en su momento la entrada de un solo niño en una rivalidad imperial secreta. Hoy puede leerse como el título de todo un sistema: el juego no termina, solo cambia el terreno en el que se juega. Bretton Woods 2.0 no será proclamado en un resort de New Hampshire. Surgirá bajo la apariencia de una serie de crisis, paquetes de sanciones y actualizaciones de software, y solo posteriormente será reconocido como una nueva versión del antiguo orden.
Y cuando el polvo se asiente, los titulares no anunciarán el nacimiento de una nueva moneda de reserva, sino la transformación de la existente: un dólar sacudido, rediseñado y que sigue manteniendo el control en el centro del Nuevo Gran Juego.
[1] Estructura compuesta por diez países: Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Egipto, Etiopía, Indonesia, Irán y los Emiratos Árabes Unidos.
[2] Conferencia celebrada en 1944 con el objetivo de establecer un nuevo orden económico internacional tras la Segunda Guerra Mundial.
