La guerra a la que hoy se enfrenta Irán no puede explicarse únicamente mediante equilibrios militares, imperialismo, la historia de un país atrapado en un ciclo estéril o enfrentamientos diplomáticos. Esta tensión se configura en la intersección simultánea de las tensiones de la modernización de un Estado, los sedimentos de una revolución, la memoria de un imperio, el imaginario social y el persistente temor a la injerencia externa. Cuando se trata de Irán, la guerra se convierte en un umbral donde no solo se ponen a prueba las fronteras o el Estado, sino también la narrativa histórica, la construcción de la identidad y la racionalidad política.
Por ello, cada ataque dirigido contra Irán puede ser interpretado en Teherán no solo como una amenaza estratégica, sino como una repetición histórica o un ciclo vicioso. Toda intervención externa es percibida como la continuación de antiguos planes de fragmentación, golpes de Estado y ocupaciones. Cada crisis interna, por su parte, se transforma en un nuevo acto de la historia inconclusa de la modernización. Para comprender a Irán, no basta con observar el clima de guerra actual, sino que es necesario reconocer el marco mental e histórico que reproduce constantemente dicho clima. En este punto, la cuestión no es únicamente qué hace o hará Irán, sino cómo se percibe a sí mismo y cómo interpreta el mundo. Pues Irán lucha contra sus crisis en una suerte de patinaje existencial: mentalmente anclado en el pasado, mientras intenta existir físicamente en el presente.
Sea lo que sea que se diga sobre Irán, es imposible no quedar atrapado en el laberinto de su historia. Esa misma historia es, por un lado, el origen de su círculo vicioso y, por otro, la fuente de los “dones” que lo constituyen como tal. Por un lado, una civilización antigua y una tradición profunda; por otro, un Estado moderno que no ha logrado consolidarse plenamente en el último siglo. Por un lado, una seguridad natural derivada de su geografía privilegiada; por otro, la maldición de los recursos naturales en la era contemporánea. Un pragmatismo singular que extrae elementos de la religión, la geopolítica, la secta y el conflicto político; pero también un dogmatismo que, una y otra vez, construye su propia prisión.
Un imaginario social que oscila a lo largo de 2500 años, incapaz de sincronizarse históricamente con el presente. Intentos recurrentes de enfocarse en el futuro o en el presente que se disuelven en una sensación de derrota ante el tiempo. Una existencia que transforma el dolor en conciencia y el duelo en vida. Una teología política inventada a partir de un ciclo donde la historia no muere, los muertos no pueden ser enterrados y lo enterrado no logra convertirse en historia, condenando así a la razón a su propio cautiverio.
Un estado anímico político que, al convertir la historia en una nostalgia de un pasado sin culpa, intenta protegerse de los problemas del presente y de las amenazas del futuro, refugiándose en una suerte de posición fetal de la que no logra salir. Un imaginario atrapado en una tensión temporal: enfrentando sus cuentas pendientes en el pasado mientras intenta conquistar sus victorias en el presente.

Izamiento de la bandera iraní en la sede central de la AIOC (Anglo-Iranian Oil Company). Nacionalización del petróleo iraní. 20 de junio de 1951.
En términos generales, todos estos elementos independientemente de los actores han configurado casi la totalidad de las crisis políticas y sociales que Irán ha experimentado, al menos, desde comienzos del siglo XX. Dicho de otro modo, la modernización de Irán ha permanecido atrapada en un ciclo vicioso interrumpido de manera recurrente, incapaz de superar un umbral crítico. Incluso si nos limitamos al siglo XX, sin perdernos en los siglos de historia política y social iraní, esta constatación resulta ineludible. No obstante, es necesario ser justos: en ese mismo siglo, el círculo vicioso iraní no solo tuvo causas internas, sino que también estuvo marcado por el elevado coste de las agresiones imperialistas. Hoy, Irán se enfrenta a un nuevo “momento imperial” que recuerda a los vividos en el siglo pasado: un país agotado incluso exhausto tras dos siglos de crisis de poder que oscilan entre Moscú y las capitales occidentales.
Patinaje En El Laberinto De La Historia
La ironía de la historia es que Estados Unidos, que en 1946 defendió la integridad territorial de Irán frente a la presión soviética e incluso activó a la ONU con ese fin, hoy encabeza un intento de invasión sangrienta destinado a desestabilizar al país. Desde luego, no se trata de la primera intervención de Washington en Irán. Desde el derrocamiento del primer ministro Mohammad Mosaddegh en 1953 mediante un golpe de Estado organizado por la CIA, hemos sido testigos de cómo las intervenciones estadounidenses se han acumulado a lo largo de las décadas hasta cristalizar en proyectos de ocupación.
A comienzos del siglo XX, Irán fue objeto de un intento de partición por parte de Rusia y Gran Bretaña, mediante un acuerdo similar a Sykes-Picot que pretendía dividir el país desde el norte y el sureste. Desde 1907, Irán ha estado expuesto a intervenciones externas. Sin embargo, en un contexto en el que Rusia estaba absorbida por la guerra ruso-japonesa y Europa asistía al ascenso de Alemania, la respuesta interna iraní la Revolución Constitucional logró neutralizar el plan anglo-ruso. Durante el periodo constitucional (1905-1911), el parlamento iraní fue bombardeado por las fuerzas rusas. Aunque la partición no se materializó, Irán pasó las décadas siguientes oscilando entre la injerencia externa y crisis de consolidación interna. En el breve periodo conocido como el “Pequeño Despotismo” (Istibdad-ı Sağir), el parlamento constitucionalista fue atacado y numerosos líderes fueron ejecutados. Lo más significativo es que Irán solo ha logrado repeler las intervenciones externas cuando ha contado con una legitimidad interna sólida.
De manera similar, en 1951, la decisión del primer ministro Mohammad Mosaddegh de nacionalizar los recursos energéticos controlados por la Anglo-Iranian Oil Company provocó una nueva ruptura: en 1953 fue derrocado mediante un golpe conjunto de la CIA y el MI6. Con la pérdida de liderazgo a través de una intervención externa, se inauguró un periodo en el que el poder absolutista de la dinastía Pahlavi fue consolidado con el apoyo de Occidente. Este golpe preparó, a su vez, el terreno para la revolución posterior. La nueva dirección surgida de la Revolución Islámica también fue objeto de intervención externa: apenas un año y medio después, Irak lanzó una guerra contra Irán que se convertiría en uno de los conflictos más largos y sangrientos del siglo XX. En 1981, en plena guerra, un atentado contra la sede del Partido de la República Islámica causó la muerte de 74 personas, entre ellas el ayatolá Beheshti, ministros y diputados. Un mes después, otro atentado en la sede del gobierno provocó la muerte del presidente, del primer ministro y de otras figuras clave. Desde entonces, más allá de la guerra abierta, Irán ha sido sometido durante medio siglo a un severo régimen de sanciones que ha obstaculizado tanto su normalización interna como su estabilidad externa.
La más reciente de las intervenciones que han marcado el siglo XX iraní y que con frecuencia han desembocado en la pérdida de liderazgo se ha producido con los ataques de Estados Unidos e Israel. Desde la perspectiva iraní, estos acontecimientos no son nuevos, pero presentan dinámicas distintas debido a los cambios ocurridos desde 1979, especialmente tras la era de Jomeini. La ola de ataques, iniciada con el objetivo imposible de un “cambio de régimen”, derivó en cuestión de días hacia la fantasía de una “reconfiguración del mapa”. Sea cual sea su evolución, resulta evidente que el objetivo principal de la agresión estadounidense e israelí es infligir a Irán un golpe devastador y transformarlo en un “Estado colapsado”, similar al Irak posterior a la Guerra del Golfo. A diferencia de Irak, sin embargo, también se busca integrar plenamente el petróleo iraní como antes de 1951 en un mecanismo de explotación al servicio de un “imperio energético” en construcción.
En muchos sentidos, el siglo XX iraní comenzó con medio siglo de retraso, el 20 de junio de 1951, cuando la bandera iraní fue izada en la sede de la Anglo-Iranian Oil Company en Jorramshahr, poniendo fin al dominio británico. Ni la Revolución Constitucional y la caída de la dinastía Qajar, ni el régimen Pahlavi y sus intentos de modernización secular radical, ni la ocupación ruso-británica constituyeron crisis de continuidad para Irán; cada uno de estos procesos tuvo su propio contexto y causas específicas. Con la nacionalización de los recursos energéticos, Irán entró en una nueva fase en la que sus tensiones políticas quedarían articuladas en torno a una única línea estructural: la energía.
En el centro de estas tensiones se encontraban los recursos energéticos. Situado en una región que alberga cerca de la mitad de las reservas mundiales de petróleo y gas natural, Irán ha sido condenado a la inestabilidad cada vez que ha intentado sustraerse al orden de relaciones establecido entre Occidente y los petroestados. Tras 1979, la respuesta iraní a este orden articulada en un eje ideológico que supera el nacionalismo ha producido, en muchos casos, respuestas erróneas derivadas de sus propias contradicciones ideológicas, sumiéndolo en nuevas crisis. Sin embargo, esto no debe inducir a error: debido a su historia y a su escala, Irán no puede aunque quisiera integrarse de manera permanente en una relación de subordinación colonial semejante a la de los petroestados vecinos.
Incluso hoy, aun en el hipotético caso de que Irán experimentara un cambio de régimen radical conforme a los deseos de Estados Unidos e Israel, es inevitable que, tras cierto tiempo, vuelva a buscar la independencia a través de sus propias dinámicas internas.
Del Eje De La Resistencia Al Paraestado
Dos rupturas fundamentales desempeñaron un papel decisivo en la incapacidad de Irán para normalizarse tras la revolución. La primera fue la invasión iraquí, que, al iniciar una guerra respaldada por Occidente, buscó sofocar la revolución. Especialmente en el periodo posterior a Ruhollah Jomeini, es decir, tras la guerra Irán-Irak, los efectos permanentes y estructurales de ese conflicto obstaculizaron la racionalización y la normalización de la política iraní. La cuestión de la supervivencia dejó de ser un estado excepcional para convertirse en una función política que moldea continuamente la normalidad. No sería exagerado afirmar que la identidad y la racionalidad de gran parte de la actual dirigencia iraní han sido forjadas por la guerra de Irak.
En otras palabras, el Estado iraní que desde la dinastía Qajar venía experimentando una crisis de estatalidad y que durante el periodo Pahlavi apenas había comenzado a alcanzar un nivel mínimo de centralización e institucionalización adquirió una nueva naturaleza con la guerra. Encerrado en un “mundo de resistencia”, Irán se alejó de la lógica de un Estado racional para transformarse en la mayor “organización de resistencia” del mundo. Aunque esto puede resultar parcialmente comprensible, tras la Guerra de Irak y el fin de la Guerra Fría, en lugar de racionalizarse, Irán cayó en una deriva aún mayor. Particularmente, al reactivar su programa nuclear iniciado en tiempos del Sha, cerró también las puertas a su propia racionalización. Con ello, el país entró en un periodo de “aislamiento perfecto”.
No obstante, conviene subrayar que dicho aislamiento no fue únicamente impuesto por Occidente o Israel. Teherán vivió simultáneamente tres formas de aislamiento, dos de ellas de producción propia: internacional, regional y nacional. La convergencia de estas tres dimensiones encerró a Irán en un ciclo del que le resultaba casi imposible salir.
El segundo pilar de este círculo vicioso vuelve a situarse en Irak. En lugar de percibir la invasión estadounidense de 2003 como una amenaza tanto nacional como regional, Irán la interpretó como una oportunidad para ampliar el margen de maniobra de su sistema bloqueado. Bajo una lógica sectaria, codificó su pulsión geopolítica como estrategia e intervino en Irak con el ímpetu acumulado de décadas. Al trasladar al nivel estatal el uso de fuerzas proxy una práctica surgida en condiciones muy específicas durante la invasión israelí del Líbano en los años ochenta, abrió un nuevo capítulo profundamente problemático. Este proceso marcó el inicio de un aislamiento regional cada vez más sólido.
Era inevitable que el intento de acceder al poder en un país árabe mediante dinámicas sectarias activara reflejos sectarios y étnicos en toda la región. A medida que estos reflejos se intensificaban, el aislamiento de Irán también aumentaba. Mientras se destinaban recursos a financiar el llamado “creciente chií”, el sustento de millones de iraníes se reducía, el país se alienaba regionalmente y, lo más importante, se debilitaban profundamente los vínculos emocionales e intelectuales que había construido con otros movimientos islámicos tras la revolución.
Al mismo tiempo, como uno de los Estados más sancionados del mundo, Irán experimentó un aumento de las demandas sociales. A medida que estas crecían, también lo hacía la lógica organizacional de seguridad, dando lugar a una transformación hacia un Estado plenamente securitizado y consolidando así el “aislamiento perfecto”. Paralelamente, la expansión regional (Irak, Líbano, Siria, Yemen) permitió proyectar una imagen de fuerza externa que ocultaba, como en el caso de un cuerpo que recurre a una hipertrofia artificial para disimular su colapso interno, las patologías estructurales del sistema.
Intentando extraer una oportunidad también de la Segunda Guerra de Irak, Irán obtuvo en realidad una victoria vacía, nuevamente atravesada por el sectarismo. Pese a estos errores inevitables en gran medida debido a una lógica organizacional cerrada, surgió una nueva oportunidad: las revueltas árabes. Sin embargo, ante el cambio regional, Irán reaccionó con pánico y, cometiendo otro error estratégico, adoptó una posición contraria a las demandas que impulsaban la Primavera Árabe, bajo el argumento de defender el “eje de la resistencia”. De este modo, reprodujo reflejos similares a los del eje Israel-Golfo.
Si Irán hubiese adoptado una posición diferente, especialmente en Siria convertida en el último clavo en el ataúd de la Primavera Árabe, hoy tanto el país como la región serían radicalmente distintos. En lugar de sostener la dictadura baasista, podría haber apoyado un proceso de cambio. Ello habría alterado profundamente la situación de Palestina, Líbano e incluso del propio Irán. En cambio, la política iraní contribuyó indirectamente a un escenario que favorecía la imposibilidad de consolidar Estados con legitimidad democrática en torno a Israel y desembocó en la muerte de cerca de un millón de personas en Siria.
En Irak, podría haberse promovido una normalización basada en la ciudadanía constitucional, en lugar de un reparto sectario y étnico primitivo. En Líbano, en lugar de consolidar un bloqueo político mediante una fuerza armada incapaz de enfrentarse militarmente a Israel, se podría haber facilitado un proceso de normalización. Sin embargo, al apostar por la utopía del “eje de la resistencia” y al invertir crecientemente en organizaciones proxy y grupos paramilitares, Irán terminó por someterse a una lógica organizacional. Como resultado, el país se transformó en un “parestado”: múltiples ejércitos y fuerzas de seguridad coexistiendo, instituciones políticas atravesadas por conflictos de autoridad, una economía con múltiples tipos de cambio y una estructura que recuerda, en ciertos aspectos, a la fragmentación de la era Qajar. Así, se consolidó un sistema complejo de tutela, basado en la desconfianza entre centros paralelos de poder, que dio forma al “aislamiento perfecto”.
Aislamiento Perfecto: Anatomía De Un Triple Cerco
Otro aspecto crucial es que la participación continua en guerras por delegación permitió una constante renovación de las élites militares iraníes. Este mecanismo, al generar un determinado marco político-económico y trayectorias de carrera, no solo erosionó los procesos institucionales, sino que también incentivó la racionalización de la inversión en fuerzas proxy, dificultando el fin de dichas guerras.
Al mismo tiempo, Irán experimentó un fenómeno común a otros contextos posrevolucionarios: la ausencia de un “partido del poder” claramente definido. Esta situación fragmentó el campo político, generando estructuras de poder dispersas, basadas en coaliciones y equilibrios tutelares, que sobrevivían a través de la faccionalización. Con el tiempo, el presidente y su gabinete comenzaron a ser identificados como “gobierno”, mientras que el conjunto de instituciones paralelas, bajo la autoridad informal del líder, pasó a denominarse “Estado” o “orden”.
Décadas de aislamiento no solo desconectaron a Irán de las dinámicas globales, sino que también lo alejaron de la creencia de que sus propias acciones podían modelar el futuro, empujándolo fuera del curso de la historia. En una sociedad que se percibe fuera de la historia, la política se contrae, la nostalgia se expande y la guerra misma comienza a presentarse como una forma violenta de reingreso en la historia.
En este contexto, Irán atribuyó un significado estratégico desproporcionado a la capacidad de organizaciones no estatales para perturbar Estados, regiones o economías a bajo coste. Al invertir en fuerzas proxy, debilitó su poder estructural; al moldear sus relaciones con actores intermediarios, profundizó la desconfianza con sus interlocutores reales; y al obsesionarse con el mundo de la inteligencia, perdió su capacidad diplomática convencional, sustituyéndola por tácticas de guerrilla.
Cuando intentó revertir esta dinámica y avanzar hacia la normalización, se encontró atrapado en la economía política de un “Estado subterráneo”, enfrentando una crisis de legitimidad interna y una creciente incapacidad para establecer relaciones saludables con sus vecinos y con el mundo, lo que reforzó aún más su deriva organizacional.
Irán pasó la primera década tras la revolución inmerso en la guerra; la segunda, intentando compensar sus costes. Los años noventa representaron, en cierto sentido, una fase de “contrarrevolución”. Con precios del petróleo en mínimos históricos y recursos limitados, el país quedó atrapado entre el liderazgo dual de Ali Jamenei y Ali Akbar Hashemi Rafsanjani. En este contexto, la elección de Mohammad Jatamí percibido como una figura reformista con una participación del 80% y un 70% de los votos abrió una nueva oportunidad para romper el ciclo histórico.
En un momento en que el liberalismo ganaba terreno globalmente, Jatamí intentó reducir el aislamiento internacional y nacional de Irán. Restableció relaciones con el Reino Unido y logró un cierto alivio de las sanciones estadounidenses durante la presidencia de Bill Clinton, quien incluso emitió declaraciones que podían interpretarse como una disculpa por el golpe de 1953. Sin embargo, tras el 11 de septiembre, los tímidos intentos de acercamiento con Estados Unidos se desvanecieron cuando el presidente George W. Bush incluyó a Irán en el “eje del mal”.
A partir de entonces, se repitió un patrón histórico: el ascenso de sectores duros en Estados Unidos se correspondió con el fortalecimiento de los conservadores en Irán. Estos recuperaron el control de los municipios en 2003, del parlamento en 2004 y de la presidencia en 2005.
Aunque el periodo de contrarrevolución concluyó, ni siquiera los conservadores sabían qué rumbo tomar. La caída de los talibanes y de Saddam Hussein, ambos considerados enemigos, dejó a Irán en una posición de expansión geopolítica que no supo gestionar. Al mismo tiempo, el aumento histórico de los precios del petróleo que alcanzaron los 150 dólares proporcionó recursos extraordinarios para financiar tanto a los “nuevos revolucionarios” como las actividades regionales, mientras la economía interna entraba en una dinámica de deterioro estructural irreversible.
En paralelo, se intensificaron las tensiones sociales, con protestas recurrentes que incluso movilizaron a sectores tradicionalmente conservadores como los comerciantes del bazar. La transferencia masiva de capital hacia entidades paraestatales fundaciones revolucionarias, instituciones religiosas, fondos y estructuras militares paralelas durante el periodo de Mahmud Ahmadineyad consolidó un sistema de corrupción estructural y baja eficiencia económica.
El resultado fue una economía prácticamente ingobernable: debilitada por sanciones, dependiente de recursos extractivos y sostenida por actividades económicas grises de alto coste. La austeridad se convirtió en un instrumento permanente de gobierno, generando escasez para la mayoría y beneficios extraordinarios para quienes tenían acceso privilegiado. En un país donde un tercio de los hogares vive por debajo del umbral de pobreza, se instauró lo que el régimen denomina “economía de resistencia”, pero que para la población significa una privación sin horizonte.
En consecuencia, Irán ha quedado condenado a un nivel de renta per cápita inferior incluso al de Irak, un país que ha pasado gran parte del último medio siglo sumido en guerras, ocupaciones, conflictos internos y sanciones severas.
El “Nuevo” Guía, El Mismo Nombre: La Victoria De La Tutela Militar
En estas condiciones, aun con todos sus problemas y su déficit democrático, el sistema iraní no padecía al menos hasta hace relativamente poco una crisis de legitimidad de carácter absoluto, ni siquiera con la elección de Mahmud Ahmadineyad. Sin embargo, Irán desperdició casi por completo unos años en los que tanto las condiciones globales como los precios de la energía y las dinámicas regionales eran, en gran medida, favorables o, al menos, manejables para Teherán. El resultado de ese despilfarro fue una severa crisis de legitimidad, alimentada por los enormes costos sociales y económicos que se fueron acumulando. Desde las elecciones legislativas de 2020 en adelante, la participación electoral descendió por debajo del 50 % en todos los comicios, evidenciando, de hecho, una desconexión creciente entre la población y el sistema político del país. Del mismo modo en que coexistían varios tipos de cambio para la moneda, también fueron emergiendo en el interior de Irán sectores que habitaban mundos paralelos. El Irán vivido por las grandes mayorías se desligó por completo del Irán de quienes, aprovechando los arbitrajes creados por las sanciones y la mala gestión, disfrutaban de privilegios y vivían dentro del universo del llamado “eje de la resistencia”. Los mahrumlar y mustazaflar los desposeídos y oprimidos a quienes la revolución prometía justicia social fueron sustituidos por los conformes beneficiados por el sistema.
Aun así, pese a esta polarización e incluso fragmentación tan profunda, no debe olvidarse que en Irán siguen existiendo, además de los instrumentos de seguridad que sostienen al poder, ciertos niveles de apoyo social suficientes para permitir la continuidad del régimen. Más aún: el hecho de que la agresión estadounidense-israelí haya pasado con rapidez del objetivo declarado de cambiar por la fuerza un gobierno impugnado por buena parte de la población al propósito de alterar las propias fronteras de Irán, ha desplazado el debate interno sobre la legitimidad hacia otro terreno, reactivando el reflejo de preservar la integridad interior frente a una amenaza externa.
Con todo, pese a sus múltiples crisis, no sería realista sostener que el gobierno iraní se encuentra tan aislado como lo estuvo el Sha. Del mismo modo, es evidente que el actual poder iraní no vacilaría en utilizar, si lo considerara necesario, una violencia de una amplitud que el Sha no supo o no pudo ejercer cuando su régimen entró en crisis. Hoy, bajo una agresión imperial y arrogante, Irán se ha convertido en un Estado colapsado cuya silueta permanece en pie; bloqueado, pero aún operativo; desprovisto de legitimidad, pero todavía capaz de mantener su poder; sin amigos verdaderos, pero sostenido por los equilibrios geopolíticos. Por ello, aquello contra lo que Estados Unidos e Israel han declarado la guerra no es sino la silueta de un Irán bloqueado, incluso derrumbado. Y esa silueta no puede transformarse mediante una intervención exterior. Como en otros momentos de su historia, Irán terminará decidiendo su destino por medio de sus propias dinámicas internas.
La guerra que Estados Unidos ha lanzado contra Irán aparece, en todos los sentidos, como un fenómeno nuevo: una práctica que, pese a todos los problemas y violaciones acumulados en el orden internacional durante los últimos ochenta años, pulveriza los usos y convenciones internacionales de una forma sin precedentes. Al menos desde 1945, no existe un ejemplo equivalente. Estamos ante una guerra que, por una parte, invierte la lógica tradicional de la relación entre hegemon y Estado vasallo, y por otra, carece de objetivos políticos discernibles, siendo iniciada, más bien, porque se dispone de una fuerza desbordada y sin freno. Se trata de una guerra llevada a cabo con una despreocupación manifiesta por sus consecuencias geopolíticas y económicas, tanto regionales como globales; una guerra sostenida día tras día con una frivolidad inédita y una inconsistencia sin parangón. El mundo no había visto hasta ahora que una potencia hegemónica abordara la guerra con semejante charlatanería. La dirigencia y las élites estadounidenses parecen haberse transformado, por obra de los parásitos estratégicos que Israel ha incrustado en su mente, en una versión de George Bergeron, el personaje distópico de Kurt Vonnegut. Incluso cuando llegan a vislumbrar la realidad mientras son arrastrados hacia la guerra con Irán, son incapaces de comprenderla, porque cualquier resto de sensatez queda inmediatamente sofocado por un estruendo sionista que, como en el relato de Vonnegut, les estalla en los oídos. Sin embargo, esta imagen no basta para explicar por qué Estados Unidos, atrapado en esa servidumbre sionista, ha abierto una guerra contra Irán. Porque las intervenciones estadounidenses en Irán no son nuevas: forman parte de una continuidad de tres cuartos de siglo. Irán no dejó de ser objeto de injerencias externas ni cuando, a comienzos del siglo pasado, se embarcó en una ingeniería de transformación social secular radical comparable, en algunos aspectos, al periodo kemalista más extremo, ni cuando intentó racionalizar sus relaciones con Occidente.
Si se contempla el conflicto con Irán en su totalidad, la agresividad estadounidense aparece como una estrategia ininterrumpida. Desde 1951 hasta los años posteriores a la revolución, se aplicó una guerra híbrida o asimétrica basada en golpes de Estado, presión económica, uso de actores proxy, instrumentalización de potencias regionales y manipulación política, evitando la confrontación directa. Los ataques abiertos lanzados por Estados Unidos e Israel a partir de junio de 2025 adoptaron, en cambio, la forma clásica de una guerra interestatal; pero no representan una nueva época, sino la continuación visible y directa de la misma agresión estratégica. El elemento que une ambos periodos es el objetivo constante de someter a Irán a control y presión permanentes. Por ello, el ataque estadounidense contra Irán no constituye una novedad, sino la prolongación de una guerra librada durante setenta y cinco años. Y desde la perspectiva iraní, la verdadera crisis no reside tanto en la destrucción inmediata causada por la última ofensiva como en la cuestión de cómo Teherán logrará levantar, después de ella, las ruinas políticas, económicas, sociales y geopolíticas que dejará tras de sí.
Conviene añadir, además, que las estructuras autoritarias surgidas de revoluciones sociales poseen una capacidad de supervivencia mucho mayor que los regímenes sostenidos únicamente por intervenciones externas o golpes militares. Como se ha visto en otros casos, este tipo de regímenes terminan por edificar con el tiempo una élite gobernante monolítica y aparatos de coerción que funcionan sobre la base de una lealtad casi inquebrantable. Irán constituye una de las manifestaciones más características de este patrón histórico. Sin embargo, aunque esta estructura pueda construir un terreno de resistencia, un país del tamaño y la densidad de Irán necesita, tarde o temprano, alcanzar un momento que le permita normalizarse, producir bienestar y ganar amistades. De lo contrario, aun si el cuerpo del país es capaz de resistir a corto plazo la presión externa, su verdadera crisis se desarrollará en el interior, bajo la forma de los dolores de una normalización siempre postergada.
Han transcurrido dos semanas desde la agresión estadounidense-israelí contra Irán. Desde el inicio de la guerra, muchos pronósticos se han revelado erróneos. En cambio, se han visto confirmadas las lecturas de quienes analizaban a Irán con seriedad, situándolo en su contexto histórico, social y geopolítico. Es cierto que, en términos de gobierno, Irán ha llegado hoy a un punto en el que, debido a los gravísimos errores acumulados durante años, se ha vuelto difícilmente defendible. Pero ello no racionaliza en absoluto la brutal agresión lanzada contra el país. No debe olvidarse que el periodo posterior a la Revolución Islámica no constituye, dentro del largo espiral de crisis de casi dos siglos que atraviesa Irán, más que un gran paréntesis. Irán también fue objeto de intervenciones similares cuando se vio sometido a una secularización radical o cuando intentó dar sus primeros pasos hacia la democratización. Ya fuese bajo los planes ruso-británicos de ocupación y construcción colonial en el siglo XX, ya bajo las estrategias de sometimiento aplicadas durante setenta y cinco años con la entrada en escena de Estados Unidos, el factor decisivo no fue tanto la orientación ideológica de Irán como el tipo de relación que Teherán mantenía con la potencia o el eje interventor. Y eso es precisamente lo que hoy expresa la exigencia de “rendición total” que Estados Unidos repite con arrogancia. Ahí reside la verdadera crisis. Por su escala, su historia, su imaginario social y su teología política, Irán no es un país capaz de soportar una “rendición total”, aunque quisiera hacerlo. Irán no puede obtener una victoria militar contra Estados Unidos; pero tampoco Estados Unidos puede convertir a Irán en una monarquía del Golfo, ni en una Alemania o un Japón de la posguerra.
Todo esto hace mucho más difícil leer hacia dónde se dirige el proceso, porque hoy interviene una dinámica nueva que el mundo entero está experimentando: una transformación inédita en la historia de Estados Unidos, originada en la propia administración de Washington. Esta irresponsabilidad, que apenas puede describirse de otro modo que como charlatanería y capricho, no muestra el menor respeto por las convenciones, por el derecho internacional ni siquiera por una legalidad mínima, por las relaciones globales o por los equilibrios geopolíticos, y está desestabilizando tanto el plano global como el regional. Ni Irán ni el resto del mundo tienen capacidad para intervenir en el proceso por el cual Estados Unidos pasa de ser un imperio a convertirse en un Estado-nación tosco, administrado con lógica empresarial. Y, además, el “problema estadounidense”, que hoy encabeza la lista de problemas y amenazas globales, se deja sentir en nuestra región multiplicado por el “problema israelí”. El mundo, al menos, conserva con Washington la posibilidad de tratar el “problema estadounidense” en un plano bilateral y, a veces, encauzarlo. Pero nuestra región se ve obligada a lidiar simultáneamente con el “problema israelí”, que aprovecha la crisis de transformación de Estados Unidos de imperio en Estado-nación y que ha secuestrado literalmente la política estadounidense hacia el Gran Oriente Medio. Incluso si mañana Washington detuviera su guerra, no haría falta ni decir que Israel seguiría usando a Irán como teatro de guerra, del mismo modo en que ha usado Gaza y el Líbano.
El asesinato de Ali Jamenei por medio de la agresión estadounidense-israelí representaría, en esencia, un éxito táctico, no estratégico. Debido tanto a la naturaleza reticular y compleja del liderazgo iraní como a la ausencia de una estrategia estadounidense capaz de integrar un paso semejante, el equilibrio de la guerra no cambiaría de arriba abajo. Es cierto que una guerra sin objetivos claros plantea dilemas para Estados Unidos. Washington se encuentra hoy atrapado en una alternativa de tipo hobbesiano: o reduce la tensión y asume el riesgo de parecer débil, o amplía la guerra sin un objetivo definido y cae en una trampa similar a la que enfrentó Lyndon Johnson en Vietnam. Pero, contra lo que suele pensarse, una guerra sin objetivos puede ser para Irán mucho más devastadora que una guerra con coordenadas estratégicas definidas. Precisamente porque carece de un fin geopolítico nítido, puede orientarse hacia una estrategia de devastación e inutilización total, dejando a Irán sumido durante años en costos económicos y sociales inmensos. En cierto sentido, puede decirse que la hipótesis dominante para Irán es la de convertirse, como Irak tras la Guerra del Golfo, en un Estado plenamente colapsado. Llegados a este punto, no será ni la desesperación iraní ni la indiscutible superioridad militar estadounidense lo que pondrá fin a la guerra caliente. Todo indica que el único factor capaz de detenerla es el mercado global de la energía. Irán, que mediante los hutíes amenaza también el Mar Rojo, ocupa una posición geográfica única que le permite presionar las cadenas globales de suministro desde ambas orillas de la península arábiga. Esta estrategia de guerra asimétrica busca obligar a Washington a negociar no tanto a través de las bombas como mediante la presión que ejerce sobre los precios de la energía.
Exceso De Visión, Déficit De Capacidad: Los Callejones Sin Salida De La Guerra
Irán no dispone de una salida militar. Bajo el “aislamiento perfecto” que arrastra desde hace años, la única salida visible a corto y medio plazo consiste en romper ese cerco. En el plano de su aislamiento internacional, Teherán no puede aspirar, por ahora, a mucho más que a aliviarlo mediante suministros militares limitados de países como China o Rusia. Pero ello no alterará de manera significativa la naturaleza ni los problemas del mundo de sanciones en el que está atrapado. En segundo lugar, Irán necesita romper su aislamiento regional, cuya formación también ha sido, en gran medida, consecuencia de sus propias decisiones. Sin embargo, después de los ataques que ha contribuido inevitablemente a desencadenar contra casi todos sus vecinos, y teniendo en cuenta la memoria aún fresca del periodo posterior a 2003, no será fácil que ese aislamiento regional se relaje. Aun así, Irán dispone aquí de dos posibles espacios de maniobra, si es capaz de utilizarlos. El primero es que, pese a la guerra en curso, casi todos los países de la región salvo Emiratos Árabes Unidos no desean un Irán más debilitado y con mayor potencial de producir crisis. El segundo es que los países regionales con cierta entidad saben perfectamente que, en un escenario de “Irán colapsado”, Israel dejaría rápidamente de ser solo un problema para convertirse en una amenaza abierta. Apoyándose en estas dos dinámicas, Irán podría aliviar parcialmente su aislamiento regional a medio plazo. Pero para ello tendría que relacionarse con los países de la región ya no a través de fuerzas proxy, sino de Estado a Estado. Teherán necesita abandonar su obsesión por señalar su posición y profundidad geopolítica mediante actores intermediarios y subcontratados, precisamente en un momento en que su propio país se encuentra bajo una amenaza existencial. Yemen podría, por su funcionalidad instrumental, quedar para una fase posterior. Pero, de entrada, Irán tendría que abrir la vía a una nueva normalización, ante todo en Irak y también en Líbano.
Por último, Irán necesita romper su aislamiento nacional. En realidad, esta es la única apertura verdaderamente disponible para Teherán, porque se trata de un problema que el propio país ha tejido íntegramente por sí mismo. Desde comienzos del siglo XX, Irán no ha logrado culminar su proceso de normalización. Y esta guerra le ofrece, paradójicamente, una oportunidad en bandeja de plata. A diferencia de los otros dos tipos de aislamiento, su crisis nacional podría, si así lo quisiera, ser calmada a corto plazo y encauzada hacia una normalización a medio plazo. La crisis de gobernabilidad acumulada durante años ha dejado de tener un aspecto gestionable. En realidad, el sistema de velâyet-i faqih había quedado agotado ya con la muerte de Jomeini, y desde entonces se ha mantenido en pie mediante un tiempo y una voluntad prestados. El problema no radica, en esencia, en la existencia del velâyet-i faqih ni en la presencia, en un sistema político, de una figura semejante al Valí-yi Faqih. Que un sistema tenga déficit democrático o no se ajuste a la forma liberal-democrática conocida no significa por sí solo que sea inadmisible. En Irán, la crisis nace del hecho de que el Valí-yi Faqih se sitúa formalmente en la cúspide del sistema, pero su voluntad es utilizada, en la práctica, por decenas de instituciones tutelares, estructuras paralelas y centros de privilegio, generando un caos profundo. En otras palabras, existe una instancia suprema, poderosa e incluso espiritual, que, al modo de un mecanismo deísta, no interviene de manera efectiva en el funcionamiento cotidiano ni en las decisiones vitales, sino que, a través de intermediarios, mantiene en marcha un denso mundo de tutela. Más que de un sistema gobernado plenamente por la voluntad del Valí-yi Faqih, cabe hablar de una jefatura utilizada por un régimen de tutela pesada.
En este punto, no advertir que, tras el final de la guerra con Irak, los combatientes que regresaron del frente dieron lugar a una nueva matriz de poder conduce a malinterpretar la transformación del sistema posterior a 1988. Lo que entonces comenzó fue una mutación profunda del orden del velâyet-i faqih inaugurado por Jomeini. En otras palabras, el sistema se parece menos al “régimen de los mulás” expresión tan manida en Occidente que a un típico campo secular de poder, regido por una intensa concentración de fuerza y por la competencia entre facciones.
Aunque Irán parezca estar gobernado por un Valí-yi Faqih, el poder real se ha desplazado, sobre todo desde 1988, hacia los Guardianes de la Revolución. La decisión de Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, tras la guerra con Irak, de integrar al aparato militar en la reconstrucción del país y transferirle vastos recursos económicos, con el propósito de mantenerlo alejado de la política, fue determinante para producir este resultado. Un mecanismo bien conocido en los regímenes de tutela militar el control económico por parte del ejército se expandió todavía más durante la presidencia de Ahmadineyad, por medio de privatizaciones que en realidad consistieron en transferencias de poder económico a centros semioficiales, así como mediante nombramientos políticos. En consecuencia, aunque el líder espiritual o los clérigos sigan apareciendo en la cúspide, el verdadero centro de poder ha pasado a ser militar. Esta transformación constituye hoy uno de los principales problemas en la gestión de las amenazas a las que se enfrenta Irán. Pero, al mismo tiempo, ese problema es también el cuello de botella que le impide encontrar una salida.
Irán atraviesa ahora, tras la Revolución Islámica, su segundo gran relevo del Valí-yi Faqih. Aunque hoy se recuerde poco, en mayo-junio de 1989, durante el primer cambio de Guía, se vivieron debates incomparablemente más intensos que los que acompañan hoy la transición posterior a Jamenei. Entonces, el marco legal fue prácticamente suspendido y, al no encontrarse en Irán un ayatolá adecuado para ocupar el cargo, los actores en pugna terminaron acordando como “solución provisional” un nombre débil, sin la competencia constitucional necesaria: Jamenei. Lo verdaderamente notable de aquel momento fue el alto grado de pragmatismo político demostrado, tanto en la reforma constitucional como en la reestructuración legal de competencias y en decisiones como la abolición del cargo de primer ministro. Hoy Irán se encuentra, una vez más, ante un punto de inflexión semejante.
La puesta en práctica efectiva de un modelo sucesorio de tipo dinástico algo a lo que Jomeini se había opuesto de manera explícita ha sido, desde el comienzo de la guerra, una de las mayores formas de autodestrucción infligidas por Irán contra sí mismo. No es que la elección de Mojtaba Jamenei fuera del todo inesperada. Sin embargo, hacerlo de este modo habría sido un error grave incluso si Irán no estuviera hoy bajo una agresión tan intensa. Ya hace dos años habíamos escrito en estas mismas páginas que, salvo un salto mental en Irán, Mojtaba sería el elegido. La posibilidad de formular ese pronóstico descansaba en la debilidad de las probabilidades de apertura en un sistema bloqueado. Pero el hecho de que, aun bajo amenaza de ocupación o fragmentación, el desenlace haya vuelto a ser el mismo no se explica únicamente por el atasco estructural, sino por el peso de la tutela militar y por la inutilidad efectiva en que ha caído el sistema del velâyet-i faqih. Por otra parte, del mismo modo que hace treinta y siete años Jamenei fue promovido como una figura supuestamente débil dentro del diseño pragmático de Rafsanyaní, hoy también emerge no tanto por méritos propios como como un producto del equilibrio interno del sistema. Por ello, más que decir que Irán ha escogido a un nuevo Guía, habría que afirmar que la tutela militar, que controla una vasta red de poder económico y castrense, ha elegido para sí el nombre que le resulta adecuado.
Este desarrollo hará aún más difícil que Irán rompa su aislamiento nacional en el periodo venidero. Un Irán incapaz de romper su cerco interno tendrá serias dificultades para producir legitimidad doméstica y consentimiento social incluso en un escenario donde la guerra termine. Tras haber perdido buena parte de sus recursos, carecerá tanto de medios para ofrecer a las grandes mayorías algún alivio, aunque sea limitado, como de flujos económicos suficientes para satisfacer a las élites privilegiadas. Teherán tiene muy escasas opciones ante sí. Mientras no abra el camino a elecciones competitivas y no permita que Irán sea gobernado realmente por los iraníes, no podrá salir de su crisis. Dado que en el pasado el sistema se habituó a convivir con esa crisis, y a veces a cubrirla mediante una violencia estatal severa, la posibilidad de seguir haciéndolo se irá estrechando. Muy probablemente, en un momento de márgenes extremadamente reducidos, una deriva al estilo de Asad con una represión mucho más sangrienta se convertirá en un escenario fuerte.
Como en mayo-junio de 1989, la salida más racional para Irán sería mostrar un nuevo pragmatismo constitucional. Pero hoy no se vislumbra un Rafsanyaní en el horizonte iraní. Tampoco se sabe si Larijani, que desde hace meses dirige de facto el país, sería capaz de encarnar un pragmatismo de esa índole. En realidad, la apertura de unas elecciones competitivas significaría, aunque no el fin total, sí al menos el alivio de la tutela militar. La palidez política de la nueva figura elegida y la imposibilidad del movimiento que derrocó la monarquía del Sha de superar su propia crisis interna al reproducir, en la práctica, un modelo dinástico, hacen que la única vía para Irán sea abrir el camino a unas elecciones competitivas que contribuyan a la consolidación interior. Desde la perspectiva iraní, la forma concreta en que termine la guerra ha perdido, a estas alturas, gran parte de su significado. Frente a sí tiene una fuerza salvaje con la que no puede combatir de manera simétrica ni negociar en términos racionales. Durante años, Irán ha sido un Estado con un fuerte exceso de visión incrustado en su teología política y en sus mitologías históricas, pese a sufrir un grave déficit de capacidad militar y económica. Ese desajuste lo ha empujado una y otra vez hacia aventuras que jamás podría sostener.
Estados Unidos, en cambio, se presenta hoy con una sobrecapacidad abrumadora y una intensa carencia de visión. Esa combinación le impide librar la guerra como continuación de la política. Y cuando la guerra deja de ser un instrumento de la política, se disuelven el objetivo político y la finalidad geopolítica. Porque esa carencia de visión arrastra a Estados Unidos, una y otra vez, hacia guerras en las que su exceso de capacidad no le permite alcanzar ningún fin. No existe razón alguna para que Irán vaya a constituir una excepción. Es impensable que Teherán pueda corregir, en pleno tiempo de guerra, el déficit de capacidad que arrastra desde comienzos del siglo pasado. Pero sí podría racionalizar el exceso de visión que ha cultivado durante casi medio siglo. Y, de hecho, ya hubo un intento semejante en los primeros años posteriores a la revolución, especialmente desde el segundo mandato de Rafsanyaní hasta 2005.
La Única Salida De Irán: Que Irán Sea Gobernado Por Los Iraníes
Desde el siglo pasado, Irán ha sido, de un modo casi sin precedentes, un país al que se ha intentado asfixiar. Y cuando las manos que buscan cortarle la respiración se aflojan aunque sea un poco, el propio país reconstruye un mecanismo que lo introduce en un círculo vicioso que ya no sabe gobernar, de modo que lleva más de un siglo experimentando una y otra vez sus crisis. Comprender a Irán es mucho más difícil que juzgarlo. Este país, atrapado durante más de cien años en el mismo ciclo estéril, no puede definirse ni por la inocencia de una víctima absoluta ni por la plena responsabilidad de un simple verdugo. Irán ha llegado hasta hoy como víctima simultánea tanto de su propia razón convertida en organización como de las intervenciones externas. La guerra a la que hoy se enfrenta es la manifestación más brutal de esa doble condena.
Y, sin embargo, la historia vuelve a entreabrirle una puerta. Esa puerta no conduce a una victoria militar, sino a una racionalización interna. A Irán solo le queda un camino: culminar, por fin, las dos revoluciones que inició y dejó inconclusas en el siglo pasado, dando un paso decidido hacia una normalización democrática. Política competitiva, control civil y reconciliación nacional: estos no son conceptos ajenos a Irán, sino umbrales a los que ha intentado acceder repetidamente y de los que, una y otra vez, ha sido apartado, ya por la intervención extranjera, ya por sus propias dinámicas internas. Esto no expresa ni rendición ni renuncia. Al contrario: es el único terreno legítimo desde el cual Irán puede apropiarse de su propia acumulación histórica y construir su futuro.
Para alguien como Ali Larijani, que ha dedicado años al estudio de Immanuel Kant, las palabras que Kant diría hoy resultan evidentes: Sapere aude ¡atrévete a usar tu propia razón! Y para Larijani, que de hecho dirige el país desde el verano, esto no constituye solo un problema de coherencia personal. Si lo formulamos en términos kantianos, también para Irán la cuestión no consiste en esperar a que lleguen las condiciones adecuadas, sino en hacer hoy lo que es correcto. Irán no posee ya otra fuerza de defensa que la de incorporarse, aunque sea con un siglo de retraso, a una senda de normalización. Ese es el recurso que necesita urgentemente para poder gestionar su crisis actual. Y ese recurso podría consistir en poner fin, al menos en el plano de unas elecciones auténticas, al sistema de tutela, permitiendo que en Irán surja un poder realmente elegido y ejercido por los iraníes, capaz de clausurar la crisis de legitimidad. El pueblo iraní, con la actitud admirable que ha mostrado durante la guerra, no solo ha puesto de manifiesto la urgente necesidad de legitimidad de un poder que lleva años asfixiándolo, sino que la ha impuesto de hecho. Ahora le toca a Larijani saber leer ese cuadro.
