Mientras el genocidio de Israel en Gaza continúa pese al alto el fuego, a comienzos de diciembre se produjo un acontecimiento crítico en Yemen. En un país que ha vuelto al centro de la política mundial principalmente por las actividades de los hutíes en el mar Rojo, la guerra civil yemení está entrando en una nueva fase. En Yemen, considerado el reflejo más claro de la rivalidad entre Irán y Arabia Saudí en la región, el conflicto ya no se limita a un enfrentamiento indirecto entre potencias regionales, sino que profundiza una dinámica de reparto entre actores locales.
En este contexto, el Consejo de Transición del Sur (CTS), apoyado por los Emiratos Árabes Unidos y miembro del Consejo Presidencial creado en 2022, ha logrado avances significativos en Hadramaut y Al-Mahra. Aunque estas provincias aún no han sido completamente tomadas por el CTS y Arabia Saudí ha incrementado su despliegue militar, el proceso apunta a una ruptura cualitativa en la dinámica del conflicto que arrastra el país desde hace más de una década. Por consiguiente, el rápido avance militar del CTS, respaldado por los EAU, hacia Hadramaut y Al-Mahra no constituye únicamente una ganancia territorial táctica, sino un proceso de reestructuración que acelera la evolución de Yemen hacia una configuración de facto fragmentada. Este movimiento ha desplazado el debate de la pregunta “quién controla qué” hacia una cuestión mucho más profunda: quién desea qué tipo de Yemen.
El Nuevo Mapa Sobre El Terreno: ¿Quién Controla Qué?
Hoy, el control de facto en Yemen se articula formalmente en torno a dos, pero en la práctica a tres actores principales.
En primer lugar, los hutíes (Ansarolá) controlan en el norte Saná, la costa del mar Rojo, Saada y las regiones más densamente pobladas del país. Estas zonas constituyen, al mismo tiempo, el centro administrativo, simbólico y demográfico de Yemen. El dominio hutí ha superado con creces el perfil de un movimiento insurgente clásico: mediante su capacidad de recaudación fiscal, administración de justicia, control de la seguridad y movilización ideológica, ha adquirido rasgos de un cuasi-Estado.
En segundo lugar, el Consejo de Transición del Sur ha establecido, a partir de diciembre de 2025, un control militar efectivo sobre las ocho gobernaciones que conformaban el antiguo Yemen del Sur: Adén, Lahij, Abyan, Shabwa, Socotra, Hadramaut y Al-Mahra. La toma de Hadramaut, en particular, ha proporcionado al CTS acceso a la mayor parte de las reservas petroleras del país, a puertos estratégicos y a una profundidad geográfica considerable. Aunque el CTS forma parte del Consejo Presidencial que representa al gobierno yemení establecido en 2022, sus acciones contribuyen claramente a profundizar la fragmentación del país.
En tercer lugar, el gobierno de Yemen, reconocido por la comunidad internacional como el único actor legítimo, mantiene presencia efectiva únicamente en zonas limitadas de Marib y Taiz. Su retirada de Adén, que debería ser el centro político del Estado, ha puesto fin de facto a su legitimidad sobre el terreno. El gobierno yemení se ha transformado más en una etiqueta diplomática que en un aparato de gobierno operativo. Este panorama evidencia una Yemen fragmentada de facto en un norte bajo control hutí, un sur dominado por el CTS y un espacio intermedio caracterizado como una zona sin Estado.
¿Por Qué El Consejo De Transición Del Sur Actúa Ahora?
La ofensiva del CTS en Hadramaut y Al-Mahra no es un movimiento improvisado, sino la culminación de una estrategia largamente preparada, impulsada por tres motivaciones principales.
En primer lugar, destaca la cuestión de la integridad territorial. Desde 2017, el CTS ha venido construyendo un proyecto sureño con centro en Adén. Sin embargo, Hadramaut y Al-Mahra constituían los eslabones faltantes de ese proyecto. Ambas regiones, históricamente parte del Yemen del Sur y estratégicamente relevantes por sus recursos petroleros, sus puertos y su frontera con Omán, eran indispensables para dotar de contenido real al discurso de un “Estado del sur”. Sin su control, la narrativa independentista carecía de sustancia. Al incorporarlas, el CTS busca completar la construcción del sur y consumar de facto la división de Yemen.
En segundo lugar, la tendencia de Arabia Saudí a desvincularse del conflicto yemení ha abierto una ventana de oportunidad para el CTS. En los últimos años, Riad ha optado por una estrategia centrada en la negociación con los hutíes, la seguridad fronteriza y la reducción de costos. Esta orientación ha disminuido la disposición saudí a asumir riesgos militares en el sur, facilitando que el CTS imponga hechos consumados sobre el terreno. No obstante, Arabia Saudí intenta frenar este avance proporcionando apoyo militar adicional a las fuerzas del llamado Escudo de la Patria, lo que indica que el progreso del CTS no resulta aceptable para Riad.
En tercer lugar, influye la estrategia regional de los Emiratos Árabes Unidos. Abu Dabi prioriza el control de puertos, rutas marítimas y corredores energéticos mediante socios locales fiables, en lugar de reconstruir Yemen como un Estado unitario con plena integridad territorial. En este marco, el CTS funciona como un actor delegado eficaz para los intereses emiratíes en el eje Golfo de Adén–Bab el-Mandeb–mar Rojo.
La Perspectiva De Arabia Saudí y De Los Hutíes
El avance del CTS coincide con una fase de repliegue estratégico saudí. El objetivo central de Riad es detener las amenazas de misiles y drones procedentes de Yemen, asegurar su frontera norte y evitar la fragmentación del país. Estos objetivos hacen casi inevitable algún tipo de entendimiento con los hutíes. Sin embargo, el fortalecimiento del CTS en el sur socava de facto la narrativa de un Yemen unificado respaldada por Arabia Saudí. Riad ya no controla el terreno en el sur ni puede construir un Estado a través del Consejo Presidencial o del gobierno yemení. Esta situación empuja a Arabia Saudí, aun contra su voluntad, a aceptar un equilibrio de dos Yemens: uno hutí en el norte y otro dominado por el CTS en el sur. Desde la óptica de la política exterior saudí, esto no representa tanto una derrota como un abandono de objetivos maximalistas.
Desde la perspectiva hutí, el proceso plantea un escenario paradójico. El avance del CTS en el sur beneficia indirectamente a los hutíes, ya que la confrontación entre el CTS y el gobierno yemení elimina la posibilidad de un frente unificado contra ellos. En otras palabras, cada conflicto en Yemen en el que los hutíes no participan debilita a los actores que podrían unirse contra ellos y, al mismo tiempo, refuerza su posición. Además, esta dinámica de enfrentamiento en el sur fortalece la reivindicación hutí de legitimidad, al consolidar la narrativa de que son el único actor capaz de construir un Estado funcional. La inestabilidad sureña refuerza el poder del gobierno hutí de facto en el norte, que ya no debe competir con una autoridad central alternativa. Por ello, los hutíes no se han opuesto abiertamente al avance del CTS y, de forma indirecta, han preferido que este proceso continúe.
Conclusión
Lo que hoy ocurre en Yemen no es una nueva fase de la guerra civil, sino una transformación del significado mismo del Estado. Yemen ha dejado de ser un espacio de soberanía nacional unificada para convertirse en un territorio fragmentado en esferas de influencia de actores regionales. Esto evidencia que la unificación de 1990 ha llegado de facto a su fin, aunque aún no se haya proclamado jurídicamente. La estructura emergente no es una división clásica, sino la de un “Estado suspendido”. En consecuencia, el panorama actual no apunta, en el corto plazo, a una independencia formal del sur. El CTS carece de reconocimiento internacional y su capacidad para gestionar de manera sostenible la región es limitada. Sin embargo, a largo plazo, se refuerza la probabilidad de que Yemen quede dividido de forma permanente en dos, o incluso tres, espacios políticos.
Para el pueblo yemení, la cuestión fundamental ya no es quién gana, sino quién redefine la idea de Estado, cómo y a qué precio. La trayectoria actual sugiere que esta definición se está configurando menos entre los propios yemeníes que entre Riad, Abu Dabi y Teherán. Ello revela que la crisis de Yemen ha dejado de ser una guerra civil para convertirse en un subproducto del orden regional.
