En este periodo, el continente americano denominado entonces el “Nuevo Mundo” se convirtió en un espacio de intensa reconfiguración económica y política, impulsado por los procesos de construcción estatal de las jóvenes repúblicas latinoamericanas. Países como Argentina, Brasil, México y Chile, orientados a modelos de desarrollo basados en la agricultura y el comercio, demandaban mano de obra y población emprendedora. Esta coyuntura convirtió a América Latina en una ruta migratoria atractiva para los súbditos otomanos. La aceptación relativamente sencilla de los pasaportes otomanos, la flexibilidad de los requisitos de visado y residencia, y la ausencia de obstáculos significativos para la naturalización figuraron entre los factores clave que facilitaron estos desplazamientos.
La migración iniciada en el siglo XIX se prolongó durante aproximadamente un siglo, dando lugar a una llegada masiva de poblaciones procedentes de Oriente Medio a América Latina. Según recogen Genç y Bozkurt, a comienzos de 1908 el número de ciudadanos otomanos residentes únicamente en Argentina, Perú, Colombia, Chile y México superaba los 150.000. Aunque la motivación principal de este flujo fue de carácter económico, factores como la inestabilidad social, los problemas de seguridad y las prácticas de reclutamiento militar contribuyeron a acelerar el proceso.
En regiones como el Monte Líbano y determinadas zonas de Siria, los problemas de orden público incluidos los ataques de tribus beduinas contra aldeas, la destrucción de tierras cultivadas y la confiscación de productos empujaron especialmente a la población rural a emigrar. A ello se sumaron las actividades misioneras y los ejemplos económicos generados por armenios y compañías europeas que ya habían emigrado previamente a América Latina, lo que incentivó de manera particular a la población árabe cristiana y a los armenios.
El menor coste y la mayor accesibilidad de América Latina en comparación con América del Norte, la inexistencia de exigencias de visado a la entrada y la concesión incondicional de permisos de residencia y trabajo reforzaron la orientación hacia esta región. El aumento de la demanda de mano de obra derivado de la expansión de las grandes explotaciones agrícolas convirtió la emigración exterior en una opción racional para los súbditos otomanos.
A esta oleada migratoria se sumaron también las comunidades judías sefardíes que habían habitado durante siglos en tierras otomanas. Expulsados de España tras 1492 y asentados en el Imperio otomano, muchos sefardíes emigraron a América Latina a causa de la pobreza y del deterioro económico. El carácter hispanohablante de la región y las oportunidades comerciales hicieron de América Latina un destino particularmente atractivo para este grupo.
En síntesis, el principal factor de empuje que orientó a musulmanes y no musulmanes del Imperio otomano hacia América Latina en el siglo XIX fue la crisis económica. Mientras los Estados latinoamericanos, inmersos en procesos de construcción estatal, abrían sus puertas a los inmigrantes en función de sus objetivos de desarrollo, los súbditos otomanos emprendían el viaje al Nuevo Mundo con la esperanza de construir una vida mejor, enviar remesas a sus familias o trabajar temporalmente antes de regresar.
Del Pasaporte Otomano A La Identidad “Turco”: La Migración Hacia México
Entre los países latinoamericanos, México se convirtió en uno de los principales destinos de asentamiento para los ciudadanos otomanos. Según Saltık, el número de inmigrantes procedentes del Líbano, Siria, Palestina e Irak que llegaron a México con pasaportes otomanos alcanzó los 100.000 a comienzos del siglo XX (2014: 27). En la sociedad mexicana, estos inmigrantes fueron denominados “los Turcos”, una categoría que no remitía a una identidad étnica específica, sino a una adscripción genérica basada en la nacionalidad otomana.
La mayoría de los inmigrantes identificados como Turcos en México estaba compuesta por judíos sefardíes y árabes. Mientras que los sefardíes procedían principalmente de Marruecos, Türkiye y Siria, los inmigrantes árabes eran en su mayoría de origen libanés. Los recién llegados se asentaron fundamentalmente en la Ciudad de México, así como en la península de Yucatán y en regiones como Veracruz y Puebla.
La distribución geográfica de las comunidades árabes dentro de México resulta particularmente reveladora. Los libaneses tendieron a establecerse en los puertos de Veracruz y Tampico y en Yucatán, mientras que los árabes palestinos y sirios se dirigieron preferentemente a los centros industriales del norte del país, como Monterrey, Saltillo y Monclova. A partir de la década de 1950, el creciente atractivo económico de la capital condujo a que los nuevos flujos migratorios se concentraran principalmente en la Ciudad de México.
Desde el punto de vista demográfico, la primera oleada migratoria estuvo compuesta mayoritariamente por hombres casados. El 61 % de los inmigrantes eran varones y el 39 % mujeres; el 54 % estaba casado. Muchos hombres llegaron a México con el objetivo de enviar remesas a sus familias. Por su parte, las personas viudas, al carecer de fuertes vínculos en la tierra de origen, percibieron la migración como una alternativa especialmente atractiva.
Velcamp identifica cuatro fases en la migración de poblaciones procedentes de Oriente Medio hacia México:
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la migración de Turcos otomanos desde finales del siglo XIX hasta 1910;
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la migración de comerciantes durante la Revolución mexicana (1910–1920);
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la reunificación familiar de sirio-libaneses en las décadas de 1920 y 1930;
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la llegada de refugiados durante la Segunda Guerra Mundial en la década de 1940.
La primera fase coincidió con el periodo del Porfiriato (1876–1910). El gobierno de Porfirio Díaz promovió el desarrollo económico mediante la atracción de capital extranjero y mano de obra inmigrante, evitando imponer restricciones severas a la entrada de extranjeros. La Ley de Migración y Naturalización de 1886 otorgó el derecho a la ciudadanía tras dos años de residencia, fomentando activamente la inmigración.
La Revolución mexicana y, posteriormente, la Primera Guerra Mundial hicieron inviable el retorno de muchos inmigrantes otomanos, lo que condujo a su asentamiento permanente y a la reunificación familiar en México.
Durante el periodo revolucionario, los Turcos desempeñaron un papel crucial en la economía mexicana. A través de la venta ambulante, el comercio minorista y el sector textil, llevaron bienes y servicios a las zonas rurales, facilitando el acceso al consumo mediante sistemas de crédito y pagos a plazos. El aprendizaje de lenguas indígenas, como el maya, por parte de algunos inmigrantes fortaleció los vínculos de confianza con la población local.

Fuente:Archivo General de la Nación (AGN), Expediente: 12, Caja:14, 2-360 496 / 1
En la Ciudad de México, una parte significativa de los inmigrantes estaba compuesta por armenios otomanos. Concentrados en el barrio de Suez, iniciaron sus actividades económicas como vendedores ambulantes y posteriormente se especializaron en la zapatería y la producción de calzado. Hacia mediados del siglo XX, aproximadamente el 20 % de las fábricas de calzado de la capital pertenecía a inmigrantes armenios.
En conclusión, la migración desde los territorios otomanos hacia México no constituyó únicamente un movimiento demográfico, sino un proceso dinámico que influyó de manera decisiva en la configuración económica y comercial del país durante su modernización. La identidad Turco emergió como una experiencia diaspórica singular, situada en la intersección entre la herencia otomana y la modernidad latinoamericana.

Fuente: Archivo General de la Nación (AGN), Expediente: 12, Caja:14, 2-360 496 / 1)
1.2. La Identidad Turco y El Problema De La Pertenencia En México
Un documento oficial fechado en 1926 y procedente de la ciudad de San Luis Potosí constituye un testimonio archivístico elocuente de los regímenes de identificación a los que se enfrentaron los inmigrantes posotomanos. En dicho documento se presenta una lista de personas residentes en San Luis Potosí clasificadas como nacionales del antiguo Imperio otomano. Lejos de ser un simple inventario demográfico, este registro revela con claridad los criterios mediante los cuales el aparato estatal mexicano categorizó a los inmigrantes y definió sus identidades, ofreciendo una ventana privilegiada para comprender las tensiones entre ciudadanía, pertenencia y memoria imperial en el México del siglo XX.

Fuente:Archivo General de la Nación (AGN), Expediente: 12, Caja:14, 2-360 496 / 1
En el documento se registran de manera detallada los nombres y apellidos (nombre y apellido) de los inmigrantes de origen mediooriental residentes en la ciudad, así como su sexo (sexo), edad (edad), estado civil (estado civil) y profesión u oficio (profesión u oficio). Asimismo, constan con precisión las fechas de ingreso a México y los puertos o pasos fronterizos por los que realizaron su entrada al país.
Particularmente significativo resulta el contenido del apartado correspondiente a la nacionalidad (nacionalidad). En este campo no se consigna una ciudadanía en sentido estricto, sino el nombre de la región de origen del propio individuo, de sus padres o incluso de sus abuelos. De este modo, el criterio de identificación se apoya en una referencia geográfica e histórica más que en la pertenencia a un Estado-nación moderno. Esta práctica pone de relieve cómo la ambigüedad identitaria surgida tras la disolución del Imperio otomano se reflejó de forma directa en la burocracia mexicana.

Fuente:Archivo General de la Nación (AGN), Expediente: 12, Caja:14, 2-360 496 / 1
