¿Qué ocurre cuando una red proxy pierde a su patrón, pero no pierde sus armas?
Pronto podríamos descubrirlo.
Las negociaciones entre Estados Unidos e Irán continúan; sin embargo, la orden del presidente de enviar un segundo portaaviones al Golfo Pérsico deja claro que el uso de la fuerza no ha sido descartado. Por ello, es crucial evaluar las consecuencias secundarias que cualquier cambio de régimen en Teherán podría generar en Irak.
Dada la profundidad de la influencia iraní sobre las instituciones formales e informales iraquíes, un cambio en Teherán tendría repercusiones inmediatas en Bagdad. No obstante, también podría ofrecer a Irak una oportunidad histórica para resolver un prolongado dilema de seguridad y emerger como un Estado más fuerte y menos dependiente de Irán. El elemento clave en esta ecuación son las Fuerzas de Movilización Popular (Hashd al-Shaabi), una red mayoritariamente compuesta por milicias chiíes movilizadas en 2014 para combatir al Estado Islámico tras el colapso parcial del ejército iraquí. Aunque formalmente integradas en la estructura estatal y financiadas por el presupuesto público, muchas de sus facciones más poderosas mantienen estrechos vínculos con Irán y operan con considerable autonomía respecto de Bagdad.
Con la misión militar estadounidense en Irak acercándose a su fin este año, el desarme de estas milicias y la reducción de la influencia iraní podrían ofrecer a Irak una oportunidad de ejercer una soberanía que no ha tenido desde la caída de Saddam Hussein en 2003.
Un cambio de régimen en Irán podría generar múltiples escenarios para Bagdad, muchos de ellos negativos. Uno sería un colapso repentino del régimen iraní, que provocaría la llegada a Irak de miembros de la Fuerza Quds y líderes del régimen en busca de refugio, superando la capacidad iraquí para gestionar la crisis. Un escenario más probable sería la pasividad del gobierno iraquí, esperando que el efecto dominó sea limitado y evitando decisiones difíciles. La indecisión se ha convertido casi en un arte en Irak: el enfoque dominante es “sujetar el palo por el medio”, es decir, mantenerse en el punto intermedio el mayor tiempo posible.
Sin embargo, existe un escenario menos probable pero más prometedor: que el gobierno y la sociedad iraquí, con apoyo externo limitado pero focalizado, vean en el cambio en Teherán una oportunidad para liberarse finalmente del control de facto iraní. Para ello, deberían afrontar dos desafíos de seguridad: impedir que la inestabilidad iraní cruce la frontera y contener posibles disturbios internos.
Prueba De La Barrera De Seguridad
Si el cambio de régimen en Teherán se produjera en forma de un colapso caótico y rápido, no sería improbable que numerosos funcionarios del régimen iraní incluidos miembros del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica cruzaran la frontera en busca de refugio en Irak. Dada la extensión de la frontera, la abundancia de pasos informales y los estrechos vínculos existentes entre el régimen y ciertos sectores de la sociedad iraquí, asegurar la frontera con Irán no sería una tarea sencilla para las fuerzas iraquíes.
A esta dificultad se sumaría el hecho de que entre quienes huyeran de Irán podrían encontrarse cientos de milicianos chiíes iraquíes que, según informes, cruzaron previamente la frontera sur cerca de Basora para ayudar al régimen a reprimir protestas. Además, el gobierno iraquí tendría que seguir destinando recursos a la frontera occidental con Siria, donde persiste la amenaza resurgente del Estado Islámico una amenaza que en Irak se toma muy en serio, aunque sea en menor medida.
A pesar de todos estos desafíos, las fuerzas fronterizas iraquíes, con el apoyo de la policía y otros componentes de seguridad, cuentan con el personal, la formación y el equipamiento necesarios para asegurar las fronteras del país. Quienes han observado de cerca cómo el aparato de seguridad iraquí persiguió a militantes del Estado Islámico en Anbar y cuánto ha avanzado en operaciones conjuntas y en capacidades de selección de objetivos saben que reforzar la defensa en múltiples frentes fronterizos está dentro de sus capacidades.
Enfriando Las Tensiones Internas…
Las tensiones entre los distintos grupos sectarios y dentro de ellos mismos han penetrado en todas las capas de la sociedad iraquí, y esto resulta aún más evidente cuando se trata de la influencia de Irán en el país. La mayoría de los iraquíes desea recalibrar y normalizar las relaciones con Irán y, en este sentido, con todos sus vecinos. Sin embargo, también hay iraquíes profundamente incómodos con el control iraní sobre el país, aunque carecen de la capacidad de transformar ese malestar en algo más que resentimiento silencioso. Otro sector probablemente minoritario mantiene una fuerte afinidad religiosa, política y económica con el régimen islámico.
Un cambio en Teherán haría visibles estas tensiones y probablemente desencadenaría disturbios sociales, protestas y episodios de violencia en Irak. La magnitud de este estallido dependerá de varios factores. El más determinante será la orientación que el Gran Ayatolá Ali al-Sistani y otros influyentes clérigos chiíes transmitan a sus seguidores. Asimismo, será crucial la rapidez y la forma en que el gobierno iraquí responda.
Las experiencias recientes indican una mayor capacidad para gestionar la violencia sectaria. Por ejemplo, cuando en el verano de 2022 estalló en Bagdad un conflicto político intra-chií vinculado a las elecciones, las fuerzas de seguridad iraquíes lograron contener eficazmente la escalada con los grupos afines a Muqtada al-Sadr. Esto demostró que existen profesionales de seguridad bien entrenados capaces de manejar crisis a gran escala y controlar amenazas internas. Al igual que en la prueba de la seguridad fronteriza, cabe esperar que las instituciones de seguridad iraquíes cuenten con la experiencia necesaria para preservar el orden y evitar una escalada significativa en caso de crisis interna.
En última instancia, la rapidez y eficacia con la que el gobierno iraquí responda a estas dos pruebas de seguridad una externa y otra interna influirá no solo en la estabilidad a corto plazo, sino también en los resultados a largo plazo. Si logra gestionar ambos desafíos de manera que genere confianza y apoyo entre la mayoría de los iraquíes, podría sentar las bases para avanzar en una cuestión más compleja que ha marcado al país durante años: la desmovilización y reintegración de las Fuerzas de Movilización Popular (Hashd al-Shaabi).
…Contribuir a abordar la cuestión de Hashd al-Shaabi
Un análisis exhaustivo de Hashd al-Shaabi excede el alcance de este texto (existe abundante literatura especializada al respecto). En términos generales, Hashd al-Shaabi está compuesto por decenas de grupos —en su mayoría milicias chiíes— que respondieron en 2014 al llamado del gobierno iraquí y de las autoridades religiosas para apoyar al ejército en la lucha contra el Estado Islámico. Financiadas en gran parte por el presupuesto estatal, estas milicias desempeñaron un papel relevante en la lucha contra el EI y fueron ampliamente respetadas por responder al llamado del país en un momento desesperado.
No obstante, dentro de Hashd al-Shaabi existe un subconjunto de milicias con vínculos profundos y directos con Teherán. Estos grupos actúan como fuerzas proxy de Irán en Irak y obstaculizan la consolidación de un Estado verdaderamente independiente y soberano. Seis de estas milicias han sido designadas como Organizaciones Terroristas Extranjeras por el Departamento de Estado de EE. UU. Dos de ellas Kataib Hizbulá y Harakat al-Nujaba no declaran lealtad alguna al Estado iraquí. Adoptan el modelo iraní de Velayat-e Faqih y expresan fidelidad al líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei. Para que Irak alcance una independencia real, estos grupos y su lealtad inquebrantable hacia Irán deben ser desmantelados.
Gobiernos iraquíes anteriores han intentado desmovilizar Hashd al-Shaabi con distintos niveles de seriedad. En los últimos meses se han registrado avances concretos, ya que muchas milicias incluso algunas proiraníes han mostrado disposición a desarmarse. Como era de esperar, los principales obstáculos siguen siendo Kataib Hizbulá y Harakat al-Nujaba, que rechazan categóricamente el desarme. La razón es evidente: no conviene a los intereses iraníes renunciar al control e influencia que estas milicias le proporcionan en Irak. La visita no anunciada del comandante de la Fuerza Quds, Ismail Qaani, a Bagdad el 6 de enero, donde se reunió con líderes de milicias proiraníes, puso de manifiesto la estrechez de esta relación.
El equilibrio de poder que durante mucho tiempo ha favorecido a Irán podría cambiar abruptamente si el régimen en Teherán se debilita o desaparece. En tal caso, las condiciones para el desarme de Hashd al-Shaabi podrían volverse finalmente favorables, y Irak debe estar preparado para aprovechar esa oportunidad. Para lograrlo, el gobierno iraquí deberá negociar con estas milicias y estar dispuesto a ofrecer incentivos, incluida la inmunidad judicial y compensaciones financieras. Afortunadamente, la negociación política es un terreno en el que los iraquíes tienen amplia experiencia.
Como se ha señalado, salvo Kataib Hizbulá y Harakat al-Nujaba, la mayoría de los grupos dentro de Hashd al-Shaabi ha mostrado buena voluntad para desarmarse y someterse plenamente al Estado. Sin embargo, para enfrentar a los elementos más radicales de las milicias proiraníes, probablemente será necesario recurrir a un uso de la fuerza preciso pero contundente. Las fuerzas de seguridad iraquíes deberán estar preparadas para un eventual enfrentamiento y demostrar claramente su disposición a actuar con determinación y lograr una victoria decisiva frente a los sectores más intransigentes.
Elemento Crítico: Liderazgo Político
Para superar con éxito las pruebas descritas anteriormente, es esencial un liderazgo fuerte, libre de sectarismo y centrado en Irak. Esta exigencia se aplica a todas las instituciones iraquíes, pero es especialmente decisiva en el ámbito político. Los líderes suníes, chiíes y kurdos deberán hacer algo que rara vez han hecho en la historia moderna de Irak: anteponer las necesidades e intereses de la nación a los intereses sectarios en competencia y, por supuesto, a las oportunidades de beneficio personal.
En Irak, el cargo político más importante con diferencia es el de primer ministro. Como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, quien ocupa este puesto ejerce autoridad constitucional, dirige el Servicio Nacional de Inteligencia iraquí y nombra a ministros clave, incluido el ministro del Interior. En este contexto, el proceso de formación de gobierno actualmente en curso es de importancia crítica.
Para superar todos los desafíos descritos, Irak necesitará un líder fuerte y decidido: alguien dispuesto a trabajar codo a codo con líderes suníes, kurdos y de otros sectores iraquíes, y capaz de tomar decisiones difíciles —posiblemente impopulares— en nombre de la integridad del país. Reciclar a antiguos primeros ministros con antecedentes de corrupción y probada manipulación del poder en beneficio personal o sectario no es el camino hacia el éxito.
¿Qué Pueden Hacer Los Socios De Irak?
Los actores externos pueden desempeñar un papel importante ayudando a Irak a gestionar cualquier transición en Irán y a mantener el control sobre su propio futuro. Como ya hacen muchos países, debe mantenerse un apoyo público constante y claro a Irak. En última instancia, gestionar esta turbulencia regional de manera responsable es una tarea que corresponde a Irak, y el gobierno iraquí debe entender que la comunidad internacional espera que lo haga. Sin embargo, los países externos especialmente los de la región deben abstenerse de promover unilateralmente lo que consideren sus propios intereses dentro de Irak.
Los países que actualmente proporcionan formación, asesoramiento y apoyo en seguridad deberían continuar haciéndolo. Dada la importancia de la seguridad fronteriza, los socios de Irak deberían considerar orientar su apoyo hacia el fortalecimiento de las fronteras. Es probable que el gobierno y el ejército iraquí soliciten amplias listas de equipamiento y tecnología militar, alegando que de lo contrario no podrán evitar el colapso del país. Los socios no deben caer en esa trampa. Los iraquíes ya cuentan con el material y la formación necesarios para superar los obstáculos que enfrentarán. No obstante, los socios occidentales deben estar preparados para intensificar el apoyo político, económico, humanitario y diplomático durante cualquier período de crisis. En conjunto, estos esfuerzos enviarán un mensaje claro de compromiso internacional con un Irak fuerte y estable, y reforzarán la posición del próximo primer ministro.
Desde la perspectiva de Estados Unidos, la administración debe reconocer que cualquier cambio en Teherán tendrá un impacto inmediato y poderoso en Bagdad. Al planificar opciones defensivas u ofensivas respecto a Irán, debe integrar la dimensión iraquí en su estrategia. De lo contrario, alcanzar sus objetivos en Irán podría resultar más difícil y la inestabilidad regional podría aumentar. Afortunadamente, no será necesario un cambio radical en la política estadounidense hacia Irak. La retirada gradual de las fuerzas estadounidenses puede continuar, al tiempo que se mantiene el llamado a la desmovilización y desarme de Hashd al-Shaabi.
En las primeras 72 horas tras un cambio significativo en Teherán, Washington puede contribuir de manera discreta pero eficaz. En primer lugar, debería aumentar la cantidad y calidad del apoyo de inteligencia y asistencia militar a socios iraquíes de confianza, ayudándoles a comprender los acontecimientos en Irán y a desarrollar estrategias para mitigar el riesgo de contagio hacia Irak. En segundo lugar, dado su presencia en el noreste de Siria y sus relaciones positivas con el gobierno sirio, Estados Unidos debería presionar a los sirios para que aseguren su lado de la frontera y coordinen estrechamente con sus homólogos iraquíes. Por último, Washington debe utilizar su influencia política y diplomática para disuadir a actores regionales y países vecinos de intentar explotar un Irak ocupado y vulnerable. Türkiye, los países del Golfo e Israel pueden desempeñar un papel constructivo o destructivo mientras Irak enfrenta múltiples desafíos. Es del interés de todos que las fuerzas de seguridad iraquíes dispongan del tiempo y el margen de maniobra necesarios para demostrar a su población y a sus socios regionales que pueden garantizar la seguridad del país.
Conclusión
Para finales de este año, la presencia militar de Estados Unidos en Irak habrá terminado de facto y, con ello, desaparecerá una parte significativa de la influencia estadounidense. Si el régimen iraní cae, dos países que durante décadas han ejercido una influencia desproporcionada sobre la vida política, de seguridad y económica de Irak habrán salido de escena. Cuando llegue ese día, Irak tendrá una oportunidad sin precedentes desde la caída de Saddam Hussein para ejercer plenamente su soberanía nacional y determinar su propio destino.
Los desafíos de gestionar un posible colapso en Irán serían extremadamente complejos, y aún no está claro si Irak podrá superarlos con éxito. ¿Podrá el próximo primer ministro ofrecer un liderazgo que una al país en lugar de dividirlo? ¿Serán capaces las fuerzas de seguridad iraquíes de enfrentar simultáneamente múltiples crisis externas e internas? ¿Cómo apoyarán a la nación los líderes sectarios, étnicos y religiosos de Irak? ¿Qué papel desempeñarán los actores externos?
Lo que sí está claro es que cualquier cambio en Teherán tendrá un impacto directo e inmediato sobre Bagdad y la región en general. Dado el alto costo que Estados Unidos ha pagado en Irak durante los últimos 23 años, es fundamental que Washington reconozca esta realidad e incorpore la estabilidad de Irak en la definición de su estrategia hacia Irán.
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El general de división retirado Keith Phillips desempeñó múltiples funciones en Oriente Medio, incluido el cargo de alto funcionario de defensa/agregado de defensa en Irak entre 2021 y 2022. Concluyó su carrera en el Ejército en enero de 2026.
** Stewart Welch es un oficial retirado de la Fuerza Aérea y becario Olmsted. Ha ocupado diversos cargos como especialista en asuntos regionales de Oriente Medio. Entre 2022 y 2023 sirvió en Bagdad junto a Phillips en la Embajada de Estados Unidos como agregado aéreo y jefe de operaciones de agregaduría.
Fuente:https://warontherocks.com/2026/02/breaking-tehrans-grip-on-baghdad/
