¿Quién Le Recordará al Papa a Arrio y a Los Arrianos?

noviembre 29, 2025
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Hoy, mientras el Papa León XIV se inclina sobre las aguas de Nicea para evocar la memoria del concilio, surge la verdadera pregunta: ¿quién le recordará a Arrio y a los arrianos? ¿Quién narrará cómo la voz de la unicidad divina que hace 1700 años se quiso silenciar resonó durante siglos en estas tierras?

El líder espiritual del mundo católico, el Papa León XIV, se encuentra hoy en Türkiye… Durante tres días mantendrá contactos en Ankara, Estambul e Iznik; posteriormente se dirigirá a Beirut. En el centro de la visita hay un único acontecimiento: el 1700.º aniversario del Concilio de Nicea. El viernes descenderá a los restos de la Basílica de San Neófito, que duerme silenciosamente bajo las aguas del lago de Iznik, y celebrará un oficio entre las piedras que se han disuelto en la memoria del agua.

Mientras esta escena se muestra hoy al mundo, hay un nombre que circula entre esas piedras sumergidas y que nadie pronuncia: Arrio… ¿Aparecen en los dosieres que explican Nicea al Papa el nombre de aquel gran sabio libio y de los arrianos que siguieron su senda? ¿Hay quien recuerde que la tempestad que estalló en Nicea hace 1700 años tocó una de las fallas más profundas no solo de la cristiandad, sino también de la historia del islam?

Entre La Unicidad y la Trinidad: Nicea

El Concilio de Nicea suele presentarse en muchos relatos históricos como un árido debate teológico. Sin embargo, no se trataba de una mera “diferencia interpretativa” dentro de la Iglesia, sino del estallido de una crisis situada en el corazón del gran enfrentamiento entre la unicidad divina y la doctrina trinitaria.

De un lado, Arrio, el sabio libio formado en la austeridad y la contemplación; del otro, Atanasio de Alejandría. Arrio afirmaba que Jesús (la paz sea con él) era un siervo creado, la Palabra y el mensajero de Dios. Jesús no era Dios: era una criatura que se postraba ante Él. Atanasio, en cambio, sostenía que Jesús era el Hijo eterno, “de la misma esencia que el Padre”. La cuestión puesta sobre la mesa en Nicea era una lucha a muerte entre estas dos afirmaciones.

El resultado del concilio no lo determinó una revelación divina, sino la política de la época. El emperador Constantino, que aún conservaba en su interior vestigios de tradiciones paganas, se alineó con Atanasio; la doctrina trinitaria fue elevada a enseñanza oficial del Imperio. Pero la historia no es una obra compuesta de una sola escena. Poco después, el mismo Constantino se inclinó hacia la fe de Arrio y concluyó sus últimos años con una comprensión cristiana cercana al monoteísmo. Su hijo, Constancio II, que ascendió al trono después de él, llevaría aún más lejos esta orientación, movilizándose activamente para difundir la doctrina arriana por los territorios imperiales.

Hoy, en algunas iglesias antiguas de Estambul, la ausencia de iconos y figuras no es simplemente una preferencia estética ni una expresión del “gusto bizantino”; constituye un silencioso vestigio pétreo de la herencia arriana. Las escenas en las que los iconos fueron raspados, las caras borradas y las sombras quedaron en los muros son ecos arquitectónicos de la incesante tensión entre la unicidad y la Trinidad.

En Estambul: Iconoclastas e Iconódulos

Estambul fue durante siglos una ciudad sitiada no solo por ejércitos políticos, sino también por doctrinas religiosas. Entre los años 700 y 900, la disputa más ardua del Imperio bizantino enfrentó a iconoclastas e iconódulos. En 726, el emperador León III ordenó retirar todos los iconos de las iglesias, al considerar que constituían una continuación del paganismo. Este “iconoclasmo” no fue simplemente una guerra contra las imágenes, sino también un eco tardío de la tradición arriana del monoteísmo surgida dentro del cristianismo.

A mediados del siglo, la emperatriz Teodora, tras la muerte de su esposo, devolvió los iconos a las iglesias; los iconódulos contaron entonces con el respaldo del Estado. No obstante, este vaivén no se aquietó del todo hasta la conquista musulmana de Constantinopla, pues el asunto no era si una pared debía adornarse o no, sino cómo debía trazarse la frontera entre la concepción de Dios, la conciencia de servidumbre y el ámbito de lo “visible” y lo “invisible”.

En 336, Arrio, el libio que sería martirizado en el lugar donde hoy se levanta Santa Sofía, vio cómo sus ideas se convertían con el tiempo en lo que se etiquetó como “arianismo”. El fundador de la ciudad, Constantino, adoptó las enseñanzas arrianas en los dos últimos años de su vida e incluso exilió a ciertos sacerdotes trinitarios. Constancio II, que le sucedió, fue aún más lejos en su empeño por convertir el arrianismo en la comprensión oficial del Imperio.

Como relata el gran sabio andalusí Ibn Hazm en al-Faṣl, basta con saber que los dos primeros emperadores del Imperio bizantino se inclinaron hacia la unicidad para comprender hasta qué punto la herencia arriana dejó huellas profundas en la historia de Estambul y de Anatolia.

Constancio II: Una Ola de Monoteísmo en Roma

Tras la muerte de Constantino en 337, el Imperio romano se repartió entre sus tres hijos. Occidente pasó a manos de Constantino II; las regiones centrales (Italia–Norte de África), a Konstans; y la parte oriental, la más poderosa, a Constancio II. Constantinopla, Anatolia, Siria, Palestina, Egipto y los Balcanes quedaron bajo su administración. Mientras sus hermanos se inclinaban por la línea trinitaria, Constancio II se adhirió al arrianismo, adoptó la fe en la unicidad y consideró a Jesús como siervo y mensajero de Dios.

En el centro de su pensamiento político se encontraba la siguiente idea: lo que sustenta las leyes no es la espada, sino la fe y la conciencia en el corazón. Procuró eliminar la opresión y las doctrinas religiosas falsas no mediante la coacción, sino invitando a las personas a buscar sinceramente la verdad. Por ello, los historiadores musulmanes lo recuerdan como “el emperador romano más cercano al islam”. Intentó fundamentar la autoridad del Estado no en la teología trinitaria que proclamaba “Jesús es Dios”, sino en una comprensión cristiana más cercana al monoteísmo.

Trazó una línea roja sobre las decisiones trinitarias impuestas por su padre en el Concilio de Nicea de 325. En los concilios que convocó en 350 y en la reunión de Milán en 355, volvió a discutir las decisiones de Nicea. Así, la doctrina trinitaria sufrió un duro golpe en el escenario imperial; los clérigos y predicadores arrianos encontraron un espacio donde respirar. Que el indio Theófilos pudiera llamar al monoteísmo en Abisinia, en las islas del océano Índico y en la península arábiga fue fruto directo de esa protección política.

Cuando Constancio II murió en 361, el arrianismo se había convertido, desde Oriente hasta Occidente, en una fe vivida en la lengua, la oración y la devoción del pueblo romano. Jerónimo, el traductor de la Biblia al latín, registró esta realidad con su célebre observación: “El mundo está lleno de arrianos”. Pero su sucesor, Juliano el Apóstata, intentó resucitar el paganismo y rechazó completamente el cristianismo; y Teodosio, que vino después, emprendió una feroz campaña para oficializar la Trinidad. Se clausuraron iglesias, se confiscaron propiedades, se exilió a sacerdotes y se quemaron libros.

Aun así, no pudieron borrar la exclamación de Maris de Calcedonia: “Alabado sea Dios que me ha hecho ciego para no ver a Jesús como dios”, ni el legado monoteísta que Ulfilas difundió entre las tribus godas. La frase de Arrio era breve, pero su causa profunda: “Jesús es un siervo creado por Dios; es Su Palabra y Su Espíritu, pero no es Dios.” Cuando siglos después el Corán afirmó: “El Mesías, hijo de María, no es sino el Mensajero de Dios…” (Corán 4:171), otra pieza del gran mosaico histórico encajó en su lugar.

Por eso, los historiadores musulmanes interpretan la lucha monoteísta de Arrio como un umbral que preparó el advenimiento del islam. Esta doctrina, difundida dentro y fuera de Roma desde Abisinia hasta Arabia, desde las tierras godas hasta Asia Central, facilitó la aceptación del monoteísmo cuando llegó el islam.

La Memoria De Las Piedras: Las Tres Vidas de Santa Sofía

Mientras el rostro político de aquella ola monoteísta se manifestaba en Constancio II, su reflejo arquitectónico y simbólico aparecía en la primera Santa Sofía. Antes de la actual, la primera gran basílica llamada Megale Ekklesia, “la Gran Iglesia” fue construida durante el reinado de Constancio II hacia el año 360, cerca de donde hoy se encuentra la Cisterna Basílica. Fue el primer gran templo cristiano en la capital imperial tras la oficialización del cristianismo.

En 404, en medio de tensiones políticas y religiosas, esta iglesia fue destruida. En su lugar, Teodosio II erigió otra en 415, esta vez en el sitio donde hoy se alza Santa Sofía. A partir de 430, esta nueva edificación recibió el nombre de “Hagia Sophia”, “la Sagrada Sabiduría de Dios”. En 532, durante la Revuelta de Nika, la segunda Santa Sofía también fue consumida por las llamas.

El emperador Justiniano ordenó el 23 de febrero de 532 la construcción de la tercera y actual Santa Sofía, y encargó la obra a Anthemios de Tralles e Isidoro de Mileto. Las piedras que decenas de miles de trabajadores transportaron durante cinco años se unieron en un templo inaugurado el 27 de diciembre de 537. Así, la línea que va desde la iglesia levantada en tiempos de Constancio II hasta la Santa Sofía de Justiniano no constituye solo una continuidad arquitectónica, sino también la historia, grabada en piedra, de la prolongada tensión entre la unicidad y la Trinidad en el corazón del Imperio romano.

El Rostro Occidental De La Ola Del Monoteísmo: Los Visigodos

En la misma época, también en el norte del Imperio romano se percibían movimientos semejantes. Los visigodos de origen germánico adoptaron en el siglo IV, gracias al arzobispo Wulfila (Yūfīlās), la fe arriana basada en la unicidad divina. Esta creencia, que veía a Jesús no como Dios, sino como un siervo creado y enviado por Él, entraba en inevitable contradicción con la doctrina trinitaria de Roma. Por ello, los arrianos sufrieron durante siglos la persecución imperial.

Uno de los mayores líderes formados por Wulfila fue el legendario rey visigodo Alarico I. Monoteísta arriano, Alarico combatió desde 395 contra los ejércitos de Bizancio y de Roma en busca de un territorio seguro para su pueblo. Cuando en el año 410 se convirtió en el primer comandante de la historia que quebró las puertas de Roma, derribó también el mito de invencibilidad de la “Ciudad Eterna”. Su objetivo no era un saqueo bárbaro, sino establecer un orden estable que protegiera a las comunidades arrianas del yugo romano.

Tras Alarico, el Reino visigodo se transformó en un poderoso Estado con capital en Toulouse. Alcanzó su época más brillante bajo el rey Teodorico I, devoto del monoteísmo arriano. Su influencia fue tan profunda que numerosos críticos de literatura moderna afirman que Tolkien vio en él el modelo del personaje de Théoden en El Señor de los Anillos. España, Portugal y el sur de Francia quedaron bajo el amparo de este reino.

Pero este orden centrado en la unicidad divina se vio sacudido cuando, en 586, el rey Recaredo I abrazó el catolicismo por razones políticas. Aunque gran parte del pueblo permanecía fiel al arrianismo, el giro doctrinal de la corte abrió grietas internas. En esos mismos años nacía en la península arábiga un niño llamado Muhammad ﷺ. Con él, el estandarte del monoteísmo volvió a elevarse; pronto alcanzó el norte de África y, después, los antiguos territorios visigodos.

Por eso, la entrada de Ṭāriq ibn Ziyād en al-Ándalus en 711 no fue solo una conquista militar. Muchos visigodos arrianos, agobiados por la presión católica, se aliaron con los musulmanes; en numerosas ciudades, las puertas se abrieron sin combate. El monoteísmo que los musulmanes traían despertaba la esencia arriana reprimida. Así, al-Ándalus con Córdoba, Toledo, Sevilla y Granada se convertiría en una de las civilizaciones más luminosas de la historia humana.

Los Ostrogodos y Teodorico: El Rey Arriano De La Justicia

Otro de los grandes escenarios del monoteísmo en la Europa posromana fue el Reino ostrogodo. A finales del siglo V, este reino dominaba un vasto territorio que abarcaba partes de la actual Italia, Suiza, Austria, Alemania, Francia y España. En su centro se hallaba un gran soberano profundamente comprometido con la fe arriana: Teodorico el Grande.

Terry Unger afirma en Ragnarok: The Fate of the Gods:
“Teodorico, el célebre gran rey, proporcionó a su pueblo cincuenta años de seguridad y bienestar. Era arriano, pero su pueblo lo conocía y lo amaba. Su reino abarcaba toda Italia, parte de Alemania, una porción de la Galia y gran parte de España. Tenía además influencia en regiones extensas del norte de África.”

La grandeza de Teodorico no residía únicamente en la fortaleza de su espada, sino en su justicia, en el valor que concedía a la libertad religiosa y en el equilibrio instaurado mediante un doble sistema jurídico. Arrianos godos, romanos católicos y distintas comunidades convivían bajo sus propias leyes; no se oprimía a ningún grupo por su fe. Las rutas comerciales fueron reparadas, el orden urbano restaurado, la carga tributaria aligerada, y los débiles y pobres protegidos.

Los mosaicos de la basílica de Sant’Apollinare Nuovo, en Rávena, con los rostros raspados, son testimonio pétreo del intento católico de borrar aquel pasado arriano. Las figuras que caminaban entre las columnas han desaparecido: solo quedan las huellas difusas de sus manos, vestiduras y sombras, como los restos de unos reyes arrianos que se quiso extirpar de la memoria.

Mientras la Iglesia intentaba borrar su nombre y su fe, la memoria popular hizo lo contrario: lo elevó. En las epopeyas germánicas y escandinavas aparece como Dietrich von Bern, figura encarnada del rey justo que resiste a la opresión. Dante, desde la perspectiva católica, lo colocó en el infierno en la Divina Comedia; pero en las gestas del pueblo, Teodorico sigue siendo un símbolo de justicia y valentía.

Jerónimo, el traductor de la Biblia al latín, expresó con claridad esta paradoja:
“La mayor parte del mundo está asombrada, pues se pregunta cómo es posible que quien trajo paz a los hombres Teodorico fuera arriano.”

El Reino Vándalo: El Puente Silencioso Del Monoteísmo En El Norte De África

En estos mismos siglos apareció otro pueblo arriano en el escenario histórico: los vándalos. Este pueblo germánico, descendido del norte de Europa, adoptó la fe arriana gracias a la predicación de Wulfila. En ella, Jesús era visto como siervo y mensajero de Dios, no como Dios mismo. A comienzos del siglo V cruzaron el Rin y se unieron a los alanos; en 409 alcanzaron la península ibérica y se establecieron en Hispania Bética. El pueblo comenzó a llamar a esta región “Vandalusia”, nombre que con el tiempo derivaría en “Andalucía”.

Fue en estos años cuando creció Geiserico, quien presenció las torturas, hogueras y exilios infligidos a los creyentes arrianos, y alimentó una profunda hostilidad contra Roma. En 429 cruzó el Estrecho de Gibraltar con su ejército. Al llegar al norte de África, la población lo recibió no como invasor, sino como libertador frente a la opresión romana: la mayoría de los cristianos norteafricanos ya era arriana.

Cuando los vándalos sitiaron Hipona, en la ciudad se hallaba san Agustín, una de las grandes figuras del catolicismo; murió bajo el asedio, y el destino quiso que uno de los pilares de la teología católica exhalara su último aliento bajo la sombra de un ejército arriano. Tras la caída de la ciudad, los vándalos conquistaron Cartago y construyeron una de las flotas más poderosas del Mediterráneo. En 455, Geiserico entró en Roma; la ciudad quedó bajo control vándalo durante dos semanas. Los historiadores romanos describieron este episodio como “la devastación vándala”; sin embargo, fue una escena en la que se quebró el orgullo imperial y se trasladaron riquezas, pero derramando mucha menos sangre de la que Roma había vertido durante siglos.

Siglos después, el mundo católico acuñó una nueva palabra para catalogar a los vándalos como bárbaros destructores: “vandalismo”. Se olvidó el pasado romano de arrasar ciudades, exterminar pueblos y quemar templos; y el término se aplicó a un reino que defendía el monoteísmo arriano. Fue uno de los juegos más sutiles de la propaganda política en el lenguaje.

Aun así, la historia no pudo sofocar del todo la verdad. The Cambridge Ancient History afirma:
“La población del norte de África no recibió a los vándalos como invasores, sino como libertadores. Los vándalos abolieron los impuestos abusivos de Roma, terminaron con la presión de los sacerdotes católicos y concedieron al pueblo libertad para vivir conforme a su fe.”

En 468, la flota combinada romano-bizantina fue incendiada frente a las costas de Túnez por los barcos de fuego de Geiserico, cargados de aceite; cientos de naves ardieron en pocas horas y el dominio del Mediterráneo pasó a los vándalos. Durante su reinado, los impuestos se redujeron, las ciudades fueron reconstruidas, el comercio y la agricultura prosperaron y el monoteísmo arriano se consolidó.

Cuando el general bizantino Belisario llegó a África bajo órdenes de Justiniano I, con la promesa de “traer justicia”, Cartago le abrió las puertas. Pero tan pronto como tomó el control, volvió el orden romano: se cerraron iglesias arrianas, se exilió a sus clérigos, regresaron los impuestos pesados y los sacerdotes católicos recuperaron su poder. En 534, el Reino vándalo cayó, pero la herencia del monoteísmo perduró en el corazón del pueblo.

Como recordó el profesor Thomas R. Martin:
“No debemos olvidar que la gran mayoría de la población de las regiones romanas del norte de África era cristiana arriana. La llegada de los vándalos no debe verse como una invasión, sino como la continuación natural de su propia doctrina.”

Menos de un siglo después, cuando los ejércitos musulmanes llegaron al norte de África, el pueblo no recibió el islam como una “religión extranjera”, sino como el retorno del monoteísmo perdido. Entre la caída del Reino vándalo y el ascenso del islam en el norte de África y al-Ándalus se tendió un puente silencioso que la mayoría de los libros de historia pasa por alto, pero que la memoria profunda de la geografía nunca ha olvidado.

Estambul, Ciudad Del Monoteísmo

Hoy, mientras el Papa León XIV se inclina sobre las aguas de Nicea para revivir la memoria del concilio, la verdadera pregunta es esta:
¿Quién le recordará a Arrio y a los arrianos?
¿Quién narrará cómo la voz del tawhid, que hace 1700 años se intentó silenciar, siguió resonando durante siglos en estas tierras?

¿Quién recuerda hoy la falla histórica a la que aludía el Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) cuando, en su carta al emperador bizantino Heraclio, mencionaba a los “arrianos”?
¿En la mente de quién sigue vivo el presentimiento, perceptible en aquella carta, de que la corriente monoteísta surgida desde el interior del cristianismo podía encontrar un punto de convergencia con la llamada del islam?

Y no olvidemos un detalle quizá menos conocido: los primeros habitantes de Estambul fueron pueblos del Magreb. Constantino, fundador de la ciudad, trajo a su primera población desde Libia, Túnez, Argelia y Marruecos. La antigua ciudad argelina de Constantina, uno de sus principales centros, es en cierto modo un “segundo Estambul”. En las piedras de esa ciudad no circula solo la firma de Roma, sino también el aliento monoteísta procedente de África.

Estambul es una ciudad del tawhid. Santa Sofía, la Columna de Constantino, la sombra de las murallas, las mezquitas y las iglesias entrelazadas, reúnen en un mismo horizonte las huellas que se quiso borrar de los arrianos y el estandarte del monoteísmo que los musulmanes volvieron a alzar.

En última instancia, la cuestión se resume así:
El Papa viene a Nicea, pero Arrio sigue bajo el agua…

Recordarlo significa hacer justicia a la lucha por el tawhid que permanece viva en la memoria de esta geografía. Rescatar de nuevo ese nombre silencioso que espera bajo el agua, en los rostros raspados de los mosaicos y en las sombras de las piedras no es solo una deuda histórica de conocimiento, sino también una deuda de conciencia con la verdad.

Turan Kışlakçı

Turan Kışlakçı completó su educación superior en Islamabad e Estambul. Comenzó su carrera periodística en la escuela secundaria y fue editor de noticias internacionales en el periódico Yeni Şafak. Es fundador de Dünya Bülteni y Timeturk. Además, ha desempeñado roles como director de publicaciones en la Agencia Anadolu para Medio Oriente y África, y coordinador general en TRT Árabe. Fue presidente de la Asociación de Periodistas Turco-Árabes y de la Asociación MEHCER, además de haber trabajado como subsecretario en el Ministerio de Cultura de Catar. Actualmente, presenta el programa Fildişi Kule en Ekol TV y escribe para el periódico el-Kuds el-Arabi. Es autor de dos libros sobre Oriente Medio.

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