“Somos parte de una sola civilización: la civilización occidental. Estamos unidos por los vínculos más profundos que pueden compartir las naciones: siglos de historia común, la fe cristiana, la cultura, la herencia, el idioma, la ascendencia y los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por una civilización común.”
El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, 14 de febrero de 2026.
El secretario de Estado Marco Rubio fue ovacionado de pie al final de su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich en febrero; la razón principal fue su afirmación citada arriba de que Estados Unidos y Europa forman parte de una única “civilización occidental”. Sin duda, sus oyentes se sintieron aliviados de que Rubio pareciera retroceder respecto al tono agresivo y grosero que el vicepresidente JD Vance había adoptado hacia Europa el año anterior, y de que, al igual que muchos líderes estadounidenses antes del ascenso de Donald Trump, pareciera basar la relación transatlántica en valores compartidos.
Pero ¿qué es exactamente la “civilización occidental” de la que habla Rubio? La versión particular de la civilización occidental que él tiene en mente probablemente difiere bastante de la que entienden la mayoría de los europeos contemporáneos —y también de la mía. (Rubio tampoco dejó de hacer una alusión a mí y a la tesis del “fin de la historia”).
Para una parte significativa de los conservadores estadounidenses, la “civilización occidental” significa, ante todo, una civilización cristiana, una cultura construida en torno a una fe cristiana activa. Rubio también alude a esta idea en su discurso al hablar de la “fe cristiana” en lugar de la “herencia cristiana”. El hecho de que incluya palabras como “herencia” y “ascendencia” entre los elementos compartidos de la civilización común recuerda el uso que hace Vance de la expresión “heritage Americans” (estadounidenses de linaje), un término empleado para describir a quienes pueden remontar su genealogía hasta la época de la Guerra Civil estadounidense, insinuando así que nuestra cultura se basa no solo en una religión compartida, sino también en una etnicidad común.
No hay duda de que la civilización occidental se sustenta en una herencia cristiana. Uno de los valores cristianos más profundos es la creencia en la igualdad universal de todos los seres humanos ante Dios. Los nacional-conservadores se burlan de la idea liberal de la igualdad universal de los seres humanos, y Rubio sostiene que nadie lucha por una abstracción, sino por un modo de vida concreto. Sin embargo, existe una idea abstracta importante en el corazón mismo del cristianismo y de la cultura occidental. El apóstol Pablo, en Gálatas 3:28, lo expresó así:
“Ya no hay judío ni gentil, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.”
Muchos pensadores importantes, desde Alexis de Tocqueville hasta G.W.F. Hegel y Friedrich Nietzsche, comprendieron que el cristianismo dio origen a la democracia liberal moderna. Aunque hoy muchos defensores de los derechos humanos no utilicen términos religiosos, no hay duda de que las concepciones modernas de los derechos tienen raíces en la fe cristiana.
Sin embargo, al realizar esta transición hacia lo secular, la civilización occidental evitó definirse explícitamente en términos religiosos. Las razones fueron históricas: tras la Reforma protestante, los europeos pasaron los siguientes 150 años matándose entre sí por diferentes interpretaciones de la doctrina cristiana, por ejemplo sobre la transubstanciación la creencia de que el pan y el vino de la eucaristía se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo— o sobre el bautismo infantil. Desde la Edad Media no ha existido una doctrina cristiana única y uniforme; el protestantismo produjo un “modo de vida” muy diferente del del catolicismo.
Como resultado de este desacuerdo sobre los fines últimos, los fundadores ilustrados del liberalismo moderno acordaron relegar la religión al ámbito de la creencia privada y centrar la política no en la “vida buena” definida por una doctrina religiosa particular, sino en la vida misma. Además, los primeros científicos naturales estuvieron durante mucho tiempo en conflicto con la Iglesia católica; la ciencia moderna y el mundo económico que hizo posible solo pudieron surgir cuando la investigación empírica se separó del dogma religioso.
Existe, por tanto, una comprensión de la civilización occidental bastante diferente de la defendida por Rubio: una interpretación que se organiza en torno al liberalismo mismo, adoptando valores ilustrados como la apertura, la tolerancia y el escepticismo frente a las ideas establecidas. Esta interpretación de la civilización occidental relegó el papel de la religión en la política. Podemos reconocer plenamente los orígenes cristianos de muchas de nuestras ideas sobre los derechos democráticos sin necesidad de definir nuestra civilización común en términos religiosos. De hecho, las sociedades han sido religiosamente diversas no solo en la actual era de migraciones masivas, sino también desde el siglo XVI.
Más allá de la religión compartida, el intento de definir nuestra civilización a través de la “herencia” o la “ascendencia” resulta aún más problemático. No quisiera recordárselo a Marco Rubio, pero su propio linaje personal se remonta a un Imperio Habsburgo autoritario y católico, mientras que el de James Monroe y Thomas Jefferson se remonta a una región de Europa mucho más liberal y protestante.
El mes pasado fuimos testigos de la muerte del líder de los derechos civiles Jesse Jackson. Jackson desempeñó un papel fundamental en mantener viva la lucha por la igualdad racial iniciada por su mentor Martin Luther King Jr. Sin embargo, en cierto sentido Jackson no ayudó demasiado. En 1987, visitó la Universidad de Stanford y participó en una marcha en la que los estudiantes coreaban el lema:
“Hey, hey, ho, ho, Western Civ has got to go”
(“Hey, hey, ho, ho, la civilización occidental tiene que desaparecer”).
Como resultado de estas presiones, Stanford y otras universidades de élite eliminaron sus cursos troncales sobre cultura occidental y los sustituyeron por una mezcla incoherente de cursos multiculturales. Esto fue un gran error.
Al parecer, Jackson nunca aceptó plenamente este rechazo de la cultura occidental ni cabría esperar que lo hiciera. Su propia vida estuvo completamente moldeada dentro del marco de la civilización occidental en ambos sentidos del término. Era un ministro cristiano que participó en un movimiento por los derechos civiles liderado por otros ministros cristianos como Martin Luther King, predicando como dice Jesús en el Evangelio de Mateo la ayuda a “los más necesitados”. Al mismo tiempo, era un defensor de los derechos humanos universales, una posición protegida por el Estado de derecho establecido por la Declaración de Independencia y la Constitución de su país.
Esa protección no podrá mantenerse si los estudiantes occidentales no aprenden la historia de su propia cultura. La única manera de combatir ideas reaccionarias como las de Rubio o Vance es comprender correctamente cómo ha evolucionado la civilización occidental y cómo hoy se define por los valores liberales de la Ilustración, cuyas raíces se encuentran originalmente en la fe cristiana.
Son precisamente esas “ideas abstractas” las que definen nuestro modo de vida por las que hoy deberíamos estar dispuestos a luchar e incluso morir.
Fuente:https://www.persuasion.community/p/dont-define-western-civilization
