Protestas En Irán y La Política De Türkiye

Las protestas ponen de manifiesto los problemas estructurales a los que se enfrenta el régimen; sin embargo, estos problemas no se traducen, en el corto plazo, en una ruptura revolucionaria. La capacidad del Estado, la cohesión del aparato de seguridad y la actitud mayoritariamente adversa al riesgo de amplios sectores de la sociedad permiten que el régimen mantenga su resiliencia. La intervención externa, aunque en teoría podría constituir una variable capaz de sacudir al régimen, en la práctica podría acarrear consecuencias devastadoras que desestabilizarían a todo Oriente Medio. Precisamente por ello, el enfoque de Türkiye se basa no en deseos, sino en probabilidades. Esta línea demuestra que, en la cuestión iraní, aún son posibles la sangre fría, la disciplina académica y la razón estratégica.
enero 12, 2026
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Desde 2017, las oleadas de protestas que resurgen de forma intermitente en Irán son trasladadas al escenario mediático global casi siempre acompañadas por un relato similar. Los medios occidentales y numerosos centros de pensamiento encuadran las movilizaciones registradas en distintas regiones del país bajo la narrativa de “esta vez el régimen cae”. El paso del tiempo ha proporcionado suficiente material empírico para comprender por qué esta afirmación se repite constantemente y por qué, a la vez, fracasa de manera sistemática. Si bien las tensiones actuales y la salida a las calles de una parte de la población constituyen un hecho relevante, no pueden interpretarse como el anuncio automático de una ruptura revolucionaria espontánea. Más que negar la existencia de las protestas, lo fundamental es situarlas correctamente dentro del marco de la capacidad estatal iraní, la naturaleza del tejido social y el contexto geopolítico regional.

Las Causas Estructurales De Las Protestas y La Ilusión De La “Revolución Permanente”

El carácter recurrente de las protestas en Irán refleja la persistencia de profundos problemas socioeconómicos. La alta inflación, la drástica erosión del poder adquisitivo, la percepción generalizada de corrupción, el debilitamiento de las expectativas de futuro entre la juventud y las presiones sobre los estilos de vida generan un malestar real y extendido. Estos problemas no son menores ni pueden ser descartados como mera “propaganda del régimen”. Sin embargo, la distinción clave reside entre el descontento social y la capacidad política revolucionaria. Los relatos revolucionarios, a los que recurren con frecuencia los análisis centrados en Occidente, suelen aplicarse de manera mecánica al caso iraní. Aunque factores como la crisis económica, el distanciamiento de las élites, la fragmentación de la oposición o el aislamiento internacional están presentes en cierta medida, su existencia no implica automáticamente el colapso del régimen. En Irán, las protestas aún no han generado la continuidad organizativa, el liderazgo ni la descomposición interna del régimen necesarios para paralizar el poder central.

Un elemento decisivo en este contexto es que la gran mayoría de la sociedad iraní no participa activamente en las protestas. No se trata de un juicio moral, sino de un hecho sociológico constatado sobre el terreno y señalado por numerosos especialistas. La llamada “mayoría silenciosa” tiende a evitar riesgos y a concentrarse en la supervivencia cotidiana antes que comprometerse con un proyecto revolucionario. Este comportamiento limita la expansión y la sostenibilidad de las movilizaciones. La narrativa de que “todo el mundo está en la calle” es, en gran medida, una ilusión producida por las cámaras de eco digitales.

Capacidad Estatal, Aparato De Seguridad y Relaciones Centro–Periferia

Uno de los errores más comunes a la hora de analizar Irán consiste en concebirlo como un Estado institucionalmente débil, fácilmente penetrable desde la periferia hacia el centro. En realidad, Irán posee una estructura política compleja y capilar, en la que el poder no se reduce a las altas instituciones de Teherán. Redes administrativas, ideológicas y semioficiales que se extienden desde el nivel barrial hasta la escala provincial garantizan una presencia constante del Estado en el espacio social. En este sentido, Irán no es comparable a un escenario como el de Siria durante la era de Asad, donde resultaba plausible una dinámica de avance “de la periferia al centro”.

La autoridad central se sostiene no solo mediante la fuerza militar, sino también a través de mecanismos de control distribuidos. Dentro del aparato de seguridad en particular en el seno de la Guardia Revolucionaria y de las estructuras vinculadas a ella no se ha producido hasta ahora una fractura de alto nivel capaz de sacudir al régimen. Esto permite que las protestas sigan siendo una amenaza gestionable desde la perspectiva del poder.

Otro componente de la capacidad estatal es la flexibilidad ideológica. Aunque el régimen iraní ha erosionado parcialmente su ideología fundacional, ha preservado una notable capacidad de adaptación pragmática. Muchas prácticas que desde el exterior se interpretan como signos de “decadencia” funcionan internamente como mecanismos de ajuste que contribuyen a la continuidad del sistema. Así, la pérdida de fervor ideológico no equivale necesariamente a descomposición; en ocasiones, indica precisamente el fortalecimiento de los instintos de supervivencia del régimen.

El Escenario De La Intervención Externa

Cada vez que las protestas en Irán ocupan la agenda internacional, la intervención externa suele presentarse como un potencial “factor decisivo”. Una posible acción militar de Estados Unidos o asesinatos selectivos vinculados a Israel se consideran variables capaces de intensificar las tensiones internas. No obstante, los efectos de este escenario suelen debatirse de manera deliberadamente restringida. En la práctica, una intervención de este tipo tendría más probabilidades de generar una inestabilidad profunda y prolongada que de producir un “cambio de régimen controlado”. En un país grande, heterogéneo y estratégicamente crucial como Irán, el debilitamiento de la autoridad central podría activar rápidamente fracturas étnicas, sectarias y regionales. Las estructuras paralelas que emergerían en ese contexto podrían desencadenar una crisis de seguridad con repercusiones en todo Oriente Medio. En tal escenario, el cambio de régimen pasaría a ser casi una cuestión secundaria frente al caos generalizado.

Por ello, la intervención externa se perfila menos como un factor de “liberación” y más como un elemento que incrementaría la fragilidad regional. En este punto, la postura de Türkiye resulta especialmente significativa. Las valoraciones de Hakan Fidan no romantizan las protestas ni promueven la intervención externa. Esta actitud no se basa en afinidades ideológicas, sino en un cálculo estratégico. Un colapso incontrolado en Irán implicaría para Türkiye costes directos en términos de presión migratoria, seguridad fronteriza, suministro energético y rutas comerciales regionales.

La política turca combina el principio de no injerencia en los asuntos internos de Irán con la búsqueda de estabilidad regional. Ankara no actúa como defensora del régimen iraní, pero tampoco se alinea con las agendas de “cambio de régimen” promovidas por actores externos. Este equilibrio orienta a Türkiye hacia una estrategia basada en probabilidades y no en deseos. La pregunta central no es “qué nos gustaría que ocurriera”, sino “qué es lo más probable y lo menos destructivo”.

En conclusión, las tensiones que vive Irán no pueden ni negarse ni explicarse mediante exageraciones. Las protestas hacen visibles los problemas estructurales del régimen, pero no se traducen, en el corto plazo, en una ruptura revolucionaria. La capacidad del Estado, la cohesión del aparato de seguridad y la actitud mayoritariamente adversa al riesgo de la sociedad permiten que el régimen mantenga su resiliencia. La intervención externa, aunque en teoría podría sacudir al régimen, en la práctica conllevaría consecuencias devastadoras para todo Oriente Medio. Precisamente por ello, el enfoque de Türkiye se fundamenta en las probabilidades y no en las ilusiones. Esta línea demuestra que, en la cuestión iraní, todavía son posibles la serenidad, la disciplina académica y la razón estratégica.

Dr. Mehmet Rakipoğlu

Dr. Mehmet Rakipoglu se graduó en 2016 del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad de Sakarya. Su doctorado, titulado Estrategia de Protección en la Política Exterior: Relaciones de Arabia Saudita con Estados Unidos, China y Rusia después de la Guerra Fría, fue completado con éxito. Rakipoglu, que trabajó como Director de Estudios sobre Türkiye en el Mokha Center for Strategic Studies, es actualmente profesor en el Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Artuklu de Mardin.

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