La agresión dirigida contra Venezuela no constituye únicamente una guerra contra Venezuela; es, en realidad, una guerra contra toda América Latina.
Desde que Hugo Chávez llegó al poder en 1998, Estados Unidos ha intentado derrocar la Revolución Bolivariana. Salvo una invasión militar a gran escala, Washington ha probado prácticamente todos los métodos imaginables: promover un golpe de Estado, designar a un presidente alternativo, cortar el acceso al sistema financiero global, imponer sanciones escalonadas, sabotear la red eléctrica, enviar mercenarios y organizar intentos de asesinato contra sus dirigentes. Si existe un manual para derrocar gobiernos, es muy probable que Estados Unidos lo haya aplicado contra Venezuela.
Sin embargo, en 2025 la escalada se ha vuelto imposible de negar. Buques de guerra estadounidenses fueron enviados a patrullar las costas venezolanas; comenzaron a hundir pequeñas embarcaciones que zarpaban del continente sudamericano y a matar a sus ocupantes; y se incautaron de un petrolero con destino a Cuba. El número de ataques contra Venezuela ha aumentado, señal inequívoca de que la naturaleza de las amenazas ha alcanzado un nivel cualitativamente distinto. Se impone la impresión de que Estados Unidos se prepara para una invasión a gran escala.
Cuando Donald Trump asumió el cargo, afirmó oponerse a las intervenciones militares que no sirvieran a los intereses estadounidenses; por ello calificó la guerra ilegal contra Irak como un “despilfarro de sangre y riqueza”. Esto no significaba, sin embargo, que Trump se opusiera al uso del ejército estadounidense: lo desplegó en Afganistán (recordemos la “Madre de Todas las Bombas”) y en Yemen, y respaldó plenamente el genocidio cometido por Estados Unidos e Israel contra el pueblo palestino. Su fórmula no consiste en estar a favor o en contra de la guerra por principios, sino en calcular qué obtiene Estados Unidos de ella. En el caso de Irak, su objeción no era la guerra en sí, sino el hecho de no haberse apoderado del petróleo iraquí. De haberlo hecho, Trump probablemente habría estado dispuesto a construir un hotel Trump en Bagdad, en una antigua propiedad presidencial, financiado con el tesoro iraquí.
Naturalmente, la acumulación militar estadounidense en el Caribe está vinculada al petróleo venezolano, las mayores reservas probadas del mundo. La política respaldada por Estados Unidos María Corina Machado quien, tras apoyar en 2025 el genocidio perpetrado por Israel y pedir la invasión de su propio país por parte de Estados Unidos, fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz ha prometido abrir los recursos nacionales al capital extranjero. Mientras que el objetivo de la Revolución Bolivariana iniciada por Hugo Chávez era que la riqueza social mejorara la vida del pueblo, Machado acogería con agrado la explotación de la riqueza venezolana. Bajo una presidencia de Machado, todas las reivindicaciones territoriales sobre la región del Esequibo serían abandonadas de inmediato y el control de las reservas petroleras venezolanas sería entregado por completo a ExxonMobil. Ese es el verdadero premio.
No obstante, este no es el detonante inmediato. Una lectura atenta de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2025 revela un claro retorno del énfasis en el Hemisferio Occidental. La interpretación que Trump añade a la Doctrina Monroe de 1823 es inequívoca: el hemisferio occidental debe permanecer bajo control estadounidense, y Estados Unidos hará todo lo necesario para garantizar que solo políticos afines a Washington gobiernen. El pasaje pertinente de la estrategia merece citarse extensamente:
“Tras años de abandono, Estados Unidos volverá a invocar y aplicar la Doctrina Monroe con el fin de restablecer la primacía estadounidense en el Hemisferio Occidental, proteger nuestra patria y asegurar nuestro acceso a geografías críticas en la región. No permitiremos que competidores extrarregionales desplieguen fuerzas u otras capacidades amenazantes dentro de nuestro hemisferio, ni que posean o controlen activos estratégicamente vitales. Esta adición de los ‘Corolarios Trump’ a la Doctrina Monroe constituye una reafirmación prudente y eficaz del poder y las prioridades estadounidenses, en consonancia con nuestros intereses de seguridad”.
Mientras Argentina se dirigía a elecciones locales, Trump amenazó con cortar la financiación externa estadounidense si triunfaban candidatos que se opusieran al presidente proestadounidense Javier Milei. En Honduras, Trump intervino directamente contra el Partido Libre, llegando incluso a ofrecer la liberación de un narcotraficante condenado (y expresidente). Estados Unidos actúa con agresividad porque ha identificado correctamente la debilidad de la Marea Rosa y la fuerza emergente de una nueva “Marea Furiosa” de extrema derecha. El surgimiento de gobiernos derechistas en América del Sur, América Central y el Caribe ha envalentonado a Washington para presionar a Venezuela y, con ello, debilitar a Cuba, uno de los dos grandes polos de la izquierda latinoamericana. La reversión de estos procesos revolucionarios permitiría a la Doctrina Monroe restablecer un control pleno sobre América Latina y el Caribe.
Desde la década de 1990, Estados Unidos había comenzado a referirse a América Latina como un socio bajo el marco de la “prosperidad compartida”, enfatizando la globalización en lugar del control directo. Hoy, el lenguaje ha cambiado por completo. Como señalan los Corolarios Trump: “Queremos un hemisferio que respalde cadenas de suministro críticas, libre de interferencias extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave… queremos mantener el acceso a posiciones estratégicas vitales”. América Latina es vista ahora como un campo de batalla de la competencia geopolítica con China y como una fuente de amenazas migración, narcotráfico que deben ser contenidas. El ataque contra Venezuela y Cuba no se dirige únicamente contra estos países; constituye la ofensiva inicial de una intervención directa estadounidense en nombre de la Marea Furiosa. Esta intervención no traerá una vida mejor para los pueblos; solo generará mayor riqueza para las corporaciones estadounidenses y las oligarquías latinoamericanas.
Trump está dispuesto a reavivar la creencia de que todo problema puede resolverse mediante el uso de la fuerza militar, incluso cuando existen otros instrumentos disponibles. Los Corolarios Trump prometen saquear los recursos del hemisferio empleando “el sistema militar más poderoso del mundo”.
La agresión contra Venezuela no es solo una guerra contra Venezuela. Es una guerra contra toda América Latina.
