¿Por qué Cambiar El Mundo?

Nunca hemos amado este mundo: no hemos amado los modos de vida modelados por el Diablo y su linaje, las máscaras mediante las cuales asignaron sentido y valor, ni ninguna mercancía, fenómeno, instrumento o artificio que fragmentaron en fronteras y transformaron en propiedad. Nosotros, en cambio, amaremos siempre el calor del pan nacido de la lluvia que cada ángel hace descender, uno a uno; la conversación fraterna que el té y el cigarrillo vuelven fecunda; los relatos de las abuelas que condensan la historia de la descendencia de Adán; las vestiduras antiguas, aunque limpias; el regazo materno impregnado de aroma a rosas; las manos encallecidas del padre; la fe humilde de las ancianas, en la que incluso el infortunio es acogido como gracia y la súplica, aun cargada de reproche, encuentra indulgencia; los poemas inscritos en los cabellos del ser amado; las canciones encendidas por un amor trágico; las balas dirigidas contra los tiranos; y el mundo auténtico que habita en las pupilas de los niños.
enero 13, 2026
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Nota: Publicado originalmente en www.haber10.com, 2010.

La célebre undécima tesis de Marx afirma:
«Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversos modos; de lo que se trata, sin embargo, es de transformarlo»
(Tesis sobre Feuerbach).

Hoy casi nadie presta atención a Karl Marx, quien formuló la teoría revolucionaria de la praxis, es decir, de la práctica transformadora. Sin embargo, Marx no solo no ha sido superado, sino que ni siquiera puede decirse que haya sido comprendido con rigor, al menos en lo que respecta a su método el pensamiento dialéctico y a su finalidad un mundo sin clases, sin explotación, justo e igualitario.

La ofensiva voraz del capitalismo global y el colapso trágico de las experiencias del socialismo real han contribuido, por ahora, a relegar a Marx al olvido. No obstante, ni el método de la praxis que empleó ni ese horizonte ético-político que propuso podrán desaparecer mientras exista el mundo.

La undécima tesis de Marx era correcta, pero incompleta. Sostenía que el esfuerzo por comprender el mundo, la vida y al ser humano, por sí solo, carecía de sentido y de viabilidad. Carecía de viabilidad porque ningún intento de comprensión puede ser coherente si se abstrae de los órdenes sociales, de las leyes históricas y de las contradicciones de clase. Y carecía de sentido porque ninguna filosofía que no parta del análisis concreto de una situación concreta puede contribuir a la construcción de un mundo más habitable para el ser humano.

En realidad, Marx dirigía su crítica contra las filosofías institucionales dominantes de su tiempo. Las tradiciones filosóficas judeocristianas o grecolatinas, convertidas en sistemas idealistas abstractos, desconectados de la vida, y obsesionados con la autovalidación conceptual, no eran sino ejercicios de autosatisfacción intelectual para una élite ilustrada. Mientras tanto, la ciencia y la tecnología avanzaban a diario, el mundo se transformaba vertiginosamente y el ser humano se enfrentaba a nuevas contradicciones y problemas inéditos.

Paradójicamente, Marx reconocía el carácter transformador de la praxis burguesa surgida con la revolución industrial, pero aspiraba a que esa capacidad de transformación dejara de ser un privilegio de la burguesía y se convirtiera en una posibilidad histórica para el proletariado.

No obstante, la filosofía revolucionaria de Marx adolecía de un límite fundamental: concebía el cambio histórico como un proceso necesario, regido por leyes objetivas independientes de la voluntad humana. En este marco, atribuía a la burguesía una misión histórica progresiva, llegando incluso a considerar el colonialismo británico en la India como un fenómeno positivo en la medida en que desarticulaba una sociedad “anquilosada” y la abría a la historia. De ello se desprende que no es el cambio en sí mismo lo que importa, sino el motivo y el sentido del cambio.

¿Por qué Queremos Cambiar El Mundo?

Si comenzamos con Marx es porque incluso quienes hoy proclaman el “fin de los grandes relatos”, quienes presentan el liberalismo como el único camino realista e inevitable, o quienes reducen toda aspiración emancipadora a una nostalgia romántica del siglo XIX, hablan todavía desde los debates que Marx inauguró. La trayectoria de los neoconservadores muchos de ellos antiguos militantes de izquierda, el itinerario intelectual de los teóricos liberales y los esfuerzos desesperados de la economía capitalista por neutralizar las preguntas incómodas de Marx mediante cifras, estadísticas y tecnicismos, confirman que su espectro sigue presente.

Nunca antes en la historia se había despreciado tanto el impulso por transformar el mundo, al mismo tiempo que el mundo era transformado de manera tan radical. El capitalismo modifica la realidad hasta en sus detalles más ínfimos, pero lo hace eliminando toda demanda de cambio que no provenga de su propia lógica. Toda crítica frontal al orden existente, toda lectura clasista o análisis de economía política es silenciado. Solo se legitima una interpretación del mundo filtrada por la mirada de comerciantes y usureros.

Producto interior bruto, mercado, banca, bolsa, crédito, interés, divisa, crecimiento, acumulación, rentabilidad… Se nos obliga a pensar y hablar mediante un vocabulario que jamás producirá una transformación positiva en la vida de la mayoría, pero que permite a los más ambiciosos y moralmente degradados ascender sobre nuestras espaldas. Mientras nosotros repetimos estos conceptos, ellos acumulan, expolian y nos despojan de todo, dejándonos indefensos, sin lenguaje y sin fe.

Vivimos como notas al pie de una vida que no nos pertenece. Servimos a mundos ajenos mientras sufrimos como si fueran propios. Ese es el mundo que Marx denominó alienación, fetichismo de la mercancía y conspiración del silencio.

¿Qué Haremos Ahora?

Marx ya no seduce. Su lenguaje secular resulta incómodo para sociedades que aún conservan algún tipo de fe. Sin embargo, el mundo que rechazamos, que cuestionamos y que debemos transformar sigue ahí. Necesitamos una teoría de la liberación, una idea emancipadora. Ante todo, necesitamos una fe.

Debemos volver a formular las preguntas fundamentales: ¿qué es la vida?, ¿qué es el mundo?, ¿qué es el ser humano?, ¿qué es el bien y el mal?, ¿qué es el poder, el dinero, la propiedad, la guerra, la paz, el amor, la sociedad? Preguntas que el capitalismo ha enterrado bajo la ilusión de que ya tienen respuestas definitivas.

Necesitamos también un método de pensamiento que articule naturaleza, sociedad y ser humano como una totalidad; que permita comprender la relación entre las guerras interminables que enriquecen a los Estados-empresa y las tragedias individuales que vivimos al no poder pagar nuestras deudas; que explique la conversión de antiguas ideologías en instrumentos dóciles del capital.

Finalmente, necesitamos una praxis: un camino de acción, de lucha y de transformación que derribe el decorado de este mundo falso y permita construir uno propio.

Nunca hemos amado este mundo: no hemos amado los estilos de vida modelados por el Diablo y su linaje, ni las máscaras a las que atribuyen sentido y valor, ni las mercancías, fenómenos o instrumentos que dividen mediante fronteras y convierten en propiedad.

Amaremos siempre, en cambio, el calor del pan nacido de la lluvia que cada ángel hace descender; la conversación fraterna bendecida por el té y el cigarrillo; los relatos de las abuelas que condensan la historia de la descendencia de Adán; las vestiduras antiguas pero limpias; el regazo materno con aroma a rosas; las manos encallecidas del padre; la fe humilde que acoge tanto el dolor como la gracia; los poemas escritos en los cabellos del amado; las canciones encendidas por un amor trágico; las balas dirigidas contra los tiranos; y el mundo verdadero que habita en las pupilas de los niños.

O haremos inhabitable este mundo para el Diablo y su estirpe, o construiremos, en toda circunstancia, otro mundo para nosotros.

De un modo u otro, seguiremos intentando transformar el mundo. Este mundo del Diablo y sus servidores lo convertiremos en su propio infierno. Si nosotros no podemos existir, ellos tampoco podrán. Jamás abandonaremos esta causa.

Fuente: El hombre sin causa no es un hombre, Ahmet Özcan, Editorial Yarın, 2016.

Ahmet Özcan

Ahmet Özcan, cuyo nombre de registro es Seyfettin Mut, se graduó de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Estambul (1984-1993). Ha trabajado en publicación, edición, producción y como escritor. Fundó las editoriales Yarın y el sitio de noticias haber10.com. Ahmet Özcan es el seudónimo del autor.
Sitio web personal:
www.ahmetozcan.net -
www.ahmetozcan.net/en
Correo electrónico: [email protected]

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