Michael Hudson – Glenn Diesen
A continuación se presenta una interesante conversación entre Michael Hudson y Glenn Diesen sobre las ideas de Hudson acerca del rentismo y la financiarización. Como sostiene Hudson especialmente en su influyente artículo “De Marx a Goldman Sachs”, el capitalismo industrial intentó minimizar los costos improductivos como los intereses y los altos alquileres cobrados por los propietarios para que los dueños de fábricas pudieran operar de manera más eficiente. Alemania, por ejemplo, introdujo estrictas regulaciones sobre los propietarios de viviendas, otorgando a los inquilinos derechos de propiedad significativos. Esto hizo atractivo para los trabajadores convertirse en inquilinos a largo plazo y ayudó a mantener bajos los costos laborales.
Hudson explica cómo la financiarización y más recientemente el rentismo apoyado por la tecnología ha invertido el potencial positivo del capitalismo para aumentar la producción de manera eficiente, generando en su lugar explotación y niveles crecientes de desigualdad.
GLENN DIESEN
Bienvenido nuevamente. Hoy nos acompaña el profesor Michael Hudson para debatir el rumbo de la civilización. Muchas gracias por volver a estar con nosotros.
MICHAEL HUDSON
Gracias por invitarme de nuevo, Glenn.
GLENN DIESEN
Cuando observamos las condiciones económicas, políticas y sociales actuales, es difícil no pensar que ya no estamos en la cima de la civilización. Usted escribió anteriormente un libro titulado The Destiny of Civilization: Finance, Capitalism, Industrial Capitalism, or Socialism (El destino de la civilización: finanzas, capitalismo, capitalismo industrial o socialismo). Si quisiera reescribir ese libro hoy, imagino que habría mucho material nuevo que añadir. Pero para empezar: ¿cómo relaciona usted el sistema económico con el ascenso y la caída de las civilizaciones? ¿Y cuáles son los indicadores económicos de la decadencia civilizatoria?
MICHAEL HUDSON
No voy a reescribirlo, pero sí escribiré una continuación. Ese nuevo libro volverá atrás en el tiempo para analizar qué fue realmente la economía política clásica y por qué esta representaba, en esencia, el programa del capitalismo industrial.
Aquí es necesario reconsiderar algunas teorías económicas, porque existe una gran diferencia entre el declive de un sistema económico y el declive de una civilización entera. Hoy se habla de un conflicto civilizatorio entre el capitalismo rentista financiero de Occidente y el capitalismo industrial con características chinas —un modelo que, curiosamente, se parece mucho al antiguo proteccionismo estadounidense, al modelo británico de la época de David Ricardo y John Stuart Mill, e incluso a ciertos rasgos del modelo alemán.
Todo el avance de lo que llamamos civilización industrial fue, en realidad, una transformación de la propia economía. El gran salto del capitalismo industrial ocurrió en Gran Bretaña. Si observamos lo que los británicos pensaban sobre el curso del capitalismo industrial, la civilización que esperaban construir y el mundo que creían dominar, podemos comprender mejor qué fue lo que salió mal y cómo esperaban los economistas clásicos que evolucionara el capitalismo industrial.
Ellos preveían el desarrollo de una economía mixta, en la que el gasto en infraestructuras aumentaría para mantener bajos los costos, combinando sector público y sector privado. Y sobre todo esperaban lograr algo revolucionario para el capitalismo industrial: liberarse del feudalismo y de su herencia.
La herencia más importante del feudalismo era la clase terrateniente hereditaria, que todavía dominaba la Cámara de los Lores y cuyo principal interés era proteger las rentas de sus tierras agrícolas.
En ese momento, las rentas inmobiliarias urbanas aún no habían alcanzado su pleno auge, pero el gran problema que enfrentaba Gran Bretaña era cómo alimentar a su población frente a una clase terrateniente proteccionista. En 1817, David Ricardo explicó que el principal obstáculo para la expansión de la industria británica era la necesidad de emplear trabajo para producir bienes y venderlos con un margen de beneficio. Según la teoría del valor-trabajo, el precio y el valor de la mayoría de los productos podían reducirse finalmente al trabajo. Esto incluía tanto el trabajo incorporado en las máquinas utilizadas por los industriales como el trabajo necesario para producir los alimentos y otros bienes que los trabajadores debían comprar con sus salarios.
Los empleadores estaban obligados a pagar salarios suficientes para cubrir el costo de vida. Y dado que una fuerza laboral bien educada, bien vestida, sana y bien alimentada es más productiva, esos costos debían ser asumidos por los empleadores. Por ello, el objetivo del capitalista industrial era reducir los costos de consumo necesarios para la fuerza laboral.
En la época de Ricardo, el costo más urgente y el que aumentaba con mayor rapidez eran los precios de los alimentos, que se elevaban debido a las Leyes del Maíz (Corn Laws), las cuales impedían el libre comercio de alimentos mediante aranceles a las importaciones.
Gran Bretaña había salido de las Guerras Napoleónicas en 1815, durante las cuales había estado aislada. Como resultado, dependía de sus propios terratenientes y de su propia tierra para alimentarse. Cuando volvió la paz y se reanudó el comercio exterior, los terratenientes exigieron aranceles para proteger sus ingresos por renta. Esto impidió a los empleadores británicos importar alimentos más baratos para alimentar a sus trabajadores, obligándolos a pagar salarios más altos.
Entre 1815 y 1846, cuando se abolieron las Leyes del Maíz, se libró una intensa lucha por el libre comercio. Esta lucha fue el primer paso para quebrar la resistencia de los terratenientes, que afirmaban:
“Para nosotros la economía no es el beneficio industrial, sino la renta de la tierra”.
Ricardo explicó que, si se permitía que la economía se convirtiera en una economía rentista, donde las rentas se pagaran primero por alimentos y luego por vivienda, los costos de vida aumentarían constantemente. Los economistas del siglo XIX añadieron que lo mismo ocurriría con los monopolios, ya que estos también elevan el costo de vida y de hacer negocios. Finalmente señalaron que la mayor renta de todas se paga en forma de intereses financieros a acreedores, banqueros y tenedores de bonos.
Por ello, el objetivo del capitalismo industrial era minimizar tres clases rentistas:
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Los terratenientes,
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Los monopolistas,
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La clase bancaria.
Ricardo formuló la teoría clásica del valor: el valor lo produce el trabajo, pero los precios no reflejan ese valor. La diferencia entre precio y valor es renta económica, es decir, ingreso no ganado. John Stuart Mill observó que los terratenientes obtenían sus rentas incluso mientras dormían.
Según los economistas clásicos, toda economía se divide en dos partes:
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la economía productiva,
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la economía rentista.
El objetivo de una economía industrial era aproximar los precios al costo real de producción, eliminando las rentas.
Hoy, sin embargo, ya no vivimos en una economía de capitalismo industrial. La mayoría de la gente llama “capitalismo” al sistema actual, pero este no es el capitalismo industrial del que hablaban Marx o Werner Sombart. Lo que tenemos hoy es capitalismo financiero.
El sector financiero apoya ahora los intereses monopolistas, rentistas e inmobiliarios. La tierra ya no está en manos de una aristocracia hereditaria, pero cualquiera que quiera comprar una vivienda debe endeudarse con un banco. De este modo, la renta de la tierra ya no se paga al terrateniente, sino al banquero.
Tras la Segunda Guerra Mundial, las hipotecas a 30 años se convirtieron en la norma en Estados Unidos. Durante ese período, los bancos obtuvieron más ingresos en forma de intereses que los propios vendedores de las viviendas.
En consecuencia, el precio de la vivienda que deben pagar los trabajadores en Estados Unidos y Europa —ya sea mediante alquiler o compra— debe ser lo suficientemente alto como para cubrir intereses y comisiones bancarias. Cuando se observa el crecimiento del PIB, se descubre que gran parte de este crecimiento proviene en realidad de ingresos rentistas: intereses, tarifas financieras y precios monopolísticos.
El resultado es que, dentro del PIB, la proporción de producción real disminuye, mientras que los costos rentistas aumentan constantemente.
¿Cómo ocurrió esto? A finales del siglo XIX, los terratenientes y, sobre todo, las clases financieras lanzaron una contraofensiva contra la economía clásica, que era la ideología del capitalismo industrial. El libre mercado, en el sentido clásico, significaba un mercado libre de rentas.
En Estados Unidos, esta reacción fue encabezada por John Bates Clark. En Europa, fue impulsada por los economistas de la Escuela Austriaca, hostiles al Estado y al socialismo. En Gran Bretaña, los teóricos utilitaristas argumentaron que no existía diferencia entre precio y valor: el precio era simplemente lo que el consumidor estaba dispuesto a pagar.
En el libro que estoy escribiendo ahora debo volver a la pregunta fundamental: ¿qué es la economía y cómo funciona?. Esa es la clave para entender por qué Occidente Estados Unidos y Europa percibe la competencia con China y otros países como un conflicto civilizatorio.
Para ellos, la civilización consiste en proteger los intereses rentistas: los intereses de banqueros, tenedores de bonos, terratenientes y monopolistas.
Pero en el siglo XIX, durante el auge del individualismo y del pensamiento del libre mercado, Adam Smith, John Stuart Mill, y más tarde los movimientos socialistas y socialdemócratas, sostenían algo muy diferente: que las economías debían hacerse más productivas eliminando a las clases que obtenían ingresos sin trabajar ni producir.
Existe por tanto una distinción fundamental entre:
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ingresos ganados e ingresos no ganados,
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sector productivo y sector rentista.
Hoy estas distinciones prácticamente no se enseñan en los programas de economía. El sector financiero y el sector inmobiliario han logrado imponer la idea de que no existe la renta económica ni el ingreso no ganado, y utilizando las rentas y ganancias de capital financiadas con deuda han logrado comprar y privatizar el proceso político.
Especialmente desde la década de 1980 desde Margaret Thatcher en Gran Bretaña hasta Ronald Reagan en Estados Unidos, e incluso en varios partidos socialdemócratas europeos ha existido un movimiento orientado a la privatización de la infraestructura pública. Se decía que “los gestores privados hacen un trabajo mucho mejor”. Por lo tanto, se propuso privatizar el sistema de agua. Se vendió el agua británica a Thames Water Company. Se afirmaba que la empresa privada sería mucho más eficiente y menos burocrática. Luego se privatizaron también los ferrocarriles británicos, bajo el mismo argumento de que serían más eficientes.
Sin embargo, hoy vemos que los precios del agua en Gran Bretaña han aumentado considerablemente tanto para los consumidores como para la industria. Los precios del ferrocarril han subido mucho y el servicio ya no llega a los suburbios como antes. La empresa pública de autobuses también fue privatizada y, para aumentar sus beneficios, eliminó las rutas más lejanas de Londres, aquellas con menos pasajeros. En cambio, en varios países de Europa continental, muchos de estos servicios siguen siendo gratuitos o fuertemente subsidiados.
Entonces, ¿cuál sería hoy el equivalente al alto precio del grano que enfrentaba Gran Bretaña en el siglo XIX? La energía. Todas las industrias necesitan energía, y los hogares requieren electricidad para calefacción y, si tienen acceso a gas, para cocinar.
La teoría del valor-trabajo no había tenido plenamente en cuenta la productividad del capital. Los estadounidenses lo hicieron a partir de la década de 1850. Yo escribí mi tesis doctoral sobre el economista Erasmus Peshine Smith, quien convirtió esta idea en la base del programa del Partido Republicano, fundado en 1853. Según ellos, el progreso de la civilización consistía en una transición desde la energía natural del viento y del agua hacia el carbón, y posteriormente hacia el petróleo y el gas.
En aquella época nadie imaginaba otras formas de electricidad, como la energía nuclear. Tampoco se preveía que los molinos de viento de los Países Bajos se transformarían en gigantescas instalaciones de energía eólica como las que China ha construido hoy en el desierto de Gobi y en todo el país.
Hoy China ha comprendido que el desarrollo de la energía eléctrica como alternativa al petróleo y al gas no puede dejarse únicamente al sector privado, porque ello llevaría demasiado tiempo. En Estados Unidos, por ejemplo, crear una empresa eléctrica requiere años. Pasar por todos los procedimientos administrativos y regulatorios puede tardar hasta diez años.
Otro problema es que, además del sector bancario y el sector inmobiliario, uno de los principales grupos rentistas que ha capturado la política en Estados Unidos es la industria petrolera. En algunos estados también la industria del carbón es extremadamente poderosa. Estos sectores han comprado influencia sobre la administración Trump. Trump afirmó: “Yo represento a la industria del carbón”. En realidad, representaba principalmente a la industria del petróleo y del gas.
El objetivo era impulsar la expansión mediante el petróleo y el gas como fuentes energéticas. En primer lugar, impedir que Europa dependiera de energía producida fuera de Estados Unidos y sus aliados. Se dijo a Europa: no pueden importar petróleo de Rusia, Irán o Venezuela; deben comprar petróleo y gas natural licuado (LNG) a Estados Unidos. Y eso ocurrió. Una consecuencia de las ventas de LNG estadounidense a Europa fue el aumento del precio del gas dentro de Estados Unidos.
Todo esto empezó a definirse como una cuestión de “civilización” por parte del gobierno estadounidense, porque la economía norteamericana ya no puede competir con otros países mediante capitalismo industrial, como lo hacía en 1945. Estados Unidos ya no puede presentarse realmente como una economía industrial. Gran parte de su industria y su fuerza laboral se trasladaron a otros países, especialmente en Asia.
La única manera de lograr que otros países subsidien a Estados Unidos es afirmar que existe una nueva Guerra Fría con Rusia y China. Se intenta convencer a Europa de que debe defenderse de una supuesta invasión rusa inminente. Se afirma que Rusia estaría dispuesta a perder otros 22 millones de personas para invadir Europa, lo cual es absurdo. Pero sobre esa narrativa de Guerra Fría, Estados Unidos logró convencer a los miembros de la OTAN de evitar el libre comercio.
Esta es la misma lucha que los industriales británicos ganaron en 1815, pero que los industriales alemanes perdieron después de 2022: cortar el comercio con Rusia, especialmente el comercio energético. También se ha interrumpido el comercio tecnológico con Rusia y con China. Hace pocos días, incluso Donald Trump presionó al Tribunal Supremo de Panamá para nacionalizar una inversión portuaria vinculada a China en el Canal de Panamá.
Por lo tanto, realmente existe el riesgo de una guerra civilizatoria. Y la cuestión fundamental es la siguiente:
¿Habrá gobiernos que representen el interés general de la población a través del crecimiento económico y el bienestar, o gobiernos que representen a la clase rentista, enemiga de ese bienestar?
Si se permite que el sector financiero, el sector inmobiliario y los monopolios controlen todos los servicios públicos y la tierra, sin gravar esas rentas, y si se crea riqueza financiera mediante créditos que representan las deudas del 90 o 99 % de la población, la economía finalmente se paraliza.
Si Estados Unidos se toma en serio esta Guerra Fría y dice a Europa: “Debemos luchar contra Rusia hasta el último ucraniano y no ceder ni un centímetro de territorio”, entonces lo que se está diciendo realmente es que la vida humana no importa; lo que importa es el control del territorio y debilitar a Rusia.
Esto es una locura. Y creo que el colapso de las civilizaciones ocurre cuando las sociedades dejan de comprender las dinámicas económicas que originalmente las hicieron prosperar.
En mi libro sobre el colapso del mundo antiguo mostré cómo, desde el siglo VII a.C. hasta el final de la República romana, las guerras civiles surgieron porque el pueblo exigía cancelación de deudas y redistribución de tierras. Esa lucha fracasó, y el resultado fue el feudalismo.
Así, el Imperio romano perdió aquello que lo había convertido en una civilización y se transformó en una estructura decadente. Algo similar está ocurriendo hoy.
En Asia, durante miles de años, existió una filosofía política distinta. Desde el confucianismo, se entendía que si existía un emperador, su función era mantener al pueblo satisfecho y evitar rebeliones. Si el pueblo se rebelaba, el emperador perdía su legitimidad.
Algo similar existía también en los orígenes de la civilización occidental, que en realidad comenzó en Mesopotamia, Egipto, Sumer y Babilonia. Entre el tercer y el primer milenio a.C., las civilizaciones de la Edad del Bronce cancelaban regularmente las deudas para evitar que una oligarquía capturara el poder.
Cada rey de la dinastía de Hammurabi comenzaba su reinado anulando las deudas, devolviendo las tierras a los campesinos y permitiéndoles volver a producir, pagar impuestos y servir en el ejército.
Lo mismo ocurría en Egipto. Cuando los arqueólogos descifraron la Piedra de Rosetta, descubrieron que en realidad era un decreto de cancelación de deudas fiscales.
Lo mismo ocurrió en Judea. Tras el exilio en Babilonia, los judíos regresaron con las leyes del Levítico, que ordenaban liberar a los esclavos por deudas, cancelar deudas y devolver las tierras confiscadas.
Así, la ruptura entre civilizaciones comenzó hace unos 2000–2500 años entre un Occidente que dejó de cancelar deudas y un Oriente que continuó haciéndolo.
Las sociedades asiáticas comprendieron que, cuando los ricos capturan el Estado y lo transforman en un instrumento de sus intereses, las economías tienden inevitablemente a polarizarse, concentrando la riqueza y debilitando el bienestar general.
MICHAEL HUDSON:
No es que ellos se hayan desvinculado por sí mismos; Donald Trump y Estados Unidos los desvincularon, y eso terminó beneficiándolos.
Usted dijo que el socialismo era una conspiración. No, no lo es. El socialismo era visto como la siguiente etapa del capitalismo industrial. A finales del siglo XIX no solo Marx hablaba de socialismo; existía el socialismo cristiano, el socialismo anarquista y la socialdemocracia. Y el punto en el que todos coincidían era este: los Estados debían asumir un papel adicional en la economía y proporcionar las necesidades básicas a precios subvencionados.
El primer profesor de economía de la primera escuela de negocios de Estados Unidos, la Wharton School, Simon Patten, sostenía que la infraestructura pública era un cuarto factor de producción, junto al trabajo, el capital y la tierra; aunque, en realidad, no se trata de un factor de producción, sino de una forma de evitar la extracción de renta.
La infraestructura pública no busca obtener ganancias. Su objetivo es reducir al mínimo el precio de las necesidades básicas, de modo que los trabajadores no tengan que cargar con esos costos y los empleadores tampoco tengan que pagarlos. La inversión pública es más productiva y menos costosa que la inversión privada, porque el propósito de los canales, los ferrocarriles y la salud pública no es obtener beneficios, sino hacer rentable a la economía en su conjunto.
En Gran Bretaña, el primer ministro conservador Benjamin Disraeli decía que la salud pública estaba en el centro de todo. Disraeli promovió la salud pública. En cambio, en Estados Unidos, la administración Obama sostuvo que debíamos privatizar la salud pública. La Asociación Médica Estadounidense llevaba luchando contra la medicina socializada desde la década de 1950. Al final, no fue la medicina social la que controló la práctica médica, sino las compañías privadas de seguros de salud, y el gasto sanitario llegó al 20 % del PIB.
Esa cifra está muy por encima de la de otros países, desde Europa hasta China. China ofrece salud pública y educación pública gratuita; Gran Bretaña lo hizo durante mucho tiempo, y muchos países europeos también. Pero ahora la educación es extremadamente cara; en Estados Unidos supera fácilmente los 50.000 dólares al año, y en las universidades angloparlantes de Occidente y probablemente también en las alemanas los costos son muy elevados. Todas aquellas funciones que se suponía debían crear una economía competitiva y de bajo costo han sido privatizadas y encarecidas.
China y Rusia, en cambio, mantienen bajos los precios de las necesidades básicas y hacen lo que, en teoría, deberían hacer las llamadas democracias.
Los estadounidenses dicen: “Nosotros somos democracia, ellos son autocracia”. Pero ese no es el verdadero problema. El problema es la lucha entre la oligarquía occidental y un capitalismo industrial apoyado por el Estado, basado en fuertes subsidios públicos. Ese apoyo estatal impide el desarrollo de una oligarquía financiera.
China ha ido incluso más lejos que lo que defendían los movimientos socialistas en Occidente, al afirmar lo siguiente: el dinero es un servicio público. Creamos dinero y crédito a través del Banco Popular de China no para financiar adquisiciones empresariales o ganar dinero mediante ingeniería financiera, sino para financiar construcción real y producción real.
Por supuesto, financiaron en exceso la construcción de vivienda; pero al mismo tiempo también financiaron su industria, sus parques eólicos y su investigación básica, o subvencionaron a las empresas privadas que hacían ese trabajo. Esto es una economía mixta. Toda civilización que ha tenido éxito en la historia ha tenido una economía mixta.
Y cuando los grupos de interés dicen: “No queremos una economía mixta; no queremos que el Estado nos regule ni nos grave; queremos controlar la economía nosotros mismos; queremos apropiarnos de los ingresos que debería gravar el Estado; queremos empobrecer al resto de la sociedad y volverla dependiente de nosotros. Y si eso provoca una revolución, también lucharemos contra ella. Y lucharemos igualmente contra otros países que quieran enriquecerse mediante un sector público fuerte”, ahí es donde está el problema.
Hoy, el país que más hace lo que las democracias occidentales afirman hacer es China; pero las democracias occidentales no lo hacen, porque en realidad no son democracias, sino oligarquías.
El vocabulario de la narrativa occidental es este: China es una autocracia. Si regulas una empresa o un monopolio, eso es autocracia. Si gravás a los ricos y reducís la carga fiscal sobre los asalariados, eso es autocracia. Si impedís que cobremos precios monopólicos, que explotemos a la gente o que elevemos las tasas de interés a niveles usurarios, eso es autocracia. Todo aquello que impida endeudar a la población y transformarla, de una clase propietaria y autosuficiente, en una clase dependiente y pagadora de renta, es llamado autocracia. Están intentando presentar la autocracia como si fuera algo extraordinariamente bueno. Antes, a eso se lo llamaba socialismo.
Una vez más vemos que un vocabulario económico engañoso constituye la base de toda esta narrativa. En mi libro J is for Junk Economics, analicé precisamente esta transformación conceptual. Si se dispone de un conjunto adecuado de conceptos, se puede entender cómo funciona cualquier economía y cuáles son sus dinámicas.
