En el aniversario de la liberación del régimen de Assad, el futuro de Siria encierra un optimismo cauteloso.
Como dice el célebre aforismo: «El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado». Esta verdad elemental rara vez resulta tan evidente como en las sociedades que emergen de un conflicto, y especialmente en Siria, apenas un año después del colapso del régimen de Assad, ocurrido el 8 de diciembre de 2024. En un aniversario de esta naturaleza, el país continúa enfrentándose simultáneamente a oportunidades y desafíos en su transición desde uno de los regímenes más bárbaros del siglo XXI. Todo ello configura un panorama estratégico de cara a 2026 marcado por una combinación difusa de esperanza y de potencial horror.
En diciembre de 2025, el súbito fin de la dinastía Assad, tras la sorprendente toma del país por parte de la oposición liderada por el grupo yihadista Hayat Tahrir al-Sham (HTS), conmocionó al mundo. En cuestión de días, Assad pasó de ser un dirigente que, pese a sus innumerables crímenes, había comenzado a recuperar gradualmente cierta legitimidad regional e internacional, a convertirse en un fugitivo que huía de su propio pueblo. Tras años observando cómo la fragmentación de facto del país se afianzaba entre facciones armadas rivales, y después de presenciar la brutal desintegración de su sociedad a lo largo de líneas étnicas y políticas, los sirios se unieron de forma abrumadora para rechazar a la familia que había conducido al país a la ruina y la miseria.
Conscientes del devastador impacto de la guerra sobre su nación, los sirios celebraron con una alegría desbordante. Al menos 500.000 personas habían perdido la vida como consecuencia de una cadena de horrores que incluyó ataques con armas químicas perpetrados por el régimen, el ascenso del Estado Islámico (EI), la desaparición forzada de aproximadamente 177.000 personas y la destrucción masiva del territorio sirio. Millones más fueron desplazados, dentro y fuera del país, como resultado de una crisis humanitaria de dimensiones colosales que empobreció y desgarró a la sociedad. Actores locales e internacionales clave contribuyeron en gran medida a alimentar y prolongar esta tragedia mediante su apoyo a grupos armados, la imposición de sanciones y la persecución de intereses que, con frecuencia, ignoraron las necesidades y aspiraciones de la población civil siria.
Sin embargo, la euforia que acompañó la conciencia del fin de esta tragedia fue efímera. Las fracturas sectarias y políticas de la guerra no tardaron en reaparecer y en alcanzar a una nación profundamente marcada por la violencia. Mientras los nuevos dirigentes del país encabezados por el antiguo líder de HTS y presidente interino Ahmed al-Sharaa, junto con sus aliados más cercanos trataban de consolidar su poder y emprender la reconstrucción y reunificación nacional, la violencia y las tensiones sectarias comenzaron a extenderse de manera gradual. El resultado fue, como cabía temer, atroz: en marzo se produjeron brutales masacres sectarias en las regiones costeras de mayoría alauí, así como episodios de violencia similares en la provincia meridional de Sueida, de población drusa predominante.
Desafortunadamente, estos acontecimientos han llegado a definir el primer año de Siria tras la caída del régimen de Assad. Desde los primeros días del conflicto e incluso durante el colapso del régimen apenas quedaban actores con un historial limpio en el país. En consecuencia, quienes detentaban poder sobre el terreno aprovecharon los vacíos dejados por el régimen para ampliar su influencia mediante asesinatos de venganza y esfuerzos por asegurarse un lugar en la “nueva” Siria. No obstante, la responsabilidad última de estas atrocidades recae, con razón, sobre el Estado, que no solo ha integrado en su seno a elementos implicados en estas violencias antes y después de la caída de Assad, sino que además ha asumido la dirección del país, particularmente en un contexto marcado por fracasos tan graves.
Con todo, los nuevos dirigentes sirios también pueden señalar numerosos logros alcanzados durante su primer año en el poder. En este sentido, Damasco obtuvo una histórica flexibilización de sanciones por parte de Estados Unidos, antiguo enemigo jurado y potencia ocupante. A pesar de las profundas sospechas existentes en Occidente respecto a los vínculos pasados de HTS y de al-Sharaa con Al Qaeda, así como de los temores regionales hacia cualquier forma de islam político, Siria ha logrado reincorporarse plenamente al sistema regional e internacional. Aunque persisten deficiencias estructurales significativas, el Estado ha conseguido mejorar la producción eléctrica un factor vital para la recuperación económica y la reconstrucción, lo que ha contribuido a mejorar las perspectivas económicas del país y la vida cotidiana de sus ciudadanos.
La adhesión de al-Sharaa en noviembre a la Coalición Global contra el Estado Islámico representa otro logro notable para los nuevos dirigentes sirios, especialmente a la luz de su pasado. La coordinación de seguridad de Damasco con Occidente, al igual que el esfuerzo por equilibrar relaciones entre grandes potencias siguiendo el ejemplo de sus vecinos árabes, supondrá una ganancia sustancial para la mejora de la situación de seguridad. Tales iniciativas resultan fundamentales para facilitar el levantamiento de las sanciones restantes, incluida la inclusión de Siria en la lista estadounidense de Estados patrocinadores del terrorismo desde 1979, particularmente tras la retirada en noviembre de la designación terrorista de HTS y de al-Sharaa.
No obstante, la situación económica y de seguridad de Siria continúa siendo el desafío más urgente de cara a 2026, especialmente en el ámbito de la seguridad. Dentro del país, grupos yihadistas que operan tanto dentro como fuera de las estructuras gubernamentales representan una amenaza real para la autoridad y el control del poder transitorio. En particular, antiguas facciones del Ejército Nacional Sirio (ENS) siguen cometiendo violaciones de derechos humanos, manteniendo control territorial y gestionando redes criminales en abierta violación del derecho internacional. Muchas de estas facciones continúan bajo sanciones de actores occidentales clave, y su integración formal en el ejército no ha sido suficiente para resolver estos problemas. Para que Siria experimente una transición genuina tras el conflicto, es imprescindible avanzar en procesos de justicia transicional dirigidos contra todos los responsables de violaciones de derechos humanos, y no únicamente contra los aliados del antiguo régimen.
Esta cuestión sigue siendo central para las minorías del país. Algunas de ellas controlan parcial o totalmente extensas zonas del territorio sirio debido al temor que les inspiran las orientaciones ideológicas pasadas y presentes de la autoridad transitoria. Mientras el gobierno central no logre responder a sus preocupaciones, milicias drusas y kurdas, la comunidad alauí y elementos del antiguo régimen opuestos a las nuevas autoridades seguirán encontrando respaldo para proyectos separatistas o aspiraciones de autonomía. En este contexto, las negociaciones entre la autoridad transitoria y las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) constituyen uno de los mayores desafíos, especialmente porque el noreste de Siria alberga recursos indispensables para una recuperación real del país, al ser su principal granero y reserva petrolera.
En efecto, el riesgo de fragmentación territorial o de un retorno a una guerra civil a gran escala sigue siendo elevado. Esta amenaza se ve agravada por la presencia de actores externos poco dispuestos a la construcción de un Estado sirio fuerte y unificado o al respaldo de sus nuevos dirigentes. En este sentido, Israel e Irán representan las mayores amenazas externas al proceso de transición sirio, tanto en el presente como de cara a 2026.
Ambos países prefieren una Siria débil que puedan instrumentalizar en función de sus intereses, en el marco de su prolongada y apenas encubierta confrontación por el equilibrio de poder. La persistente ocupación ilegal por parte de Israel de territorio soberano sirio y su demanda de una zona tampón resultan tan inaceptables como dignas de rechazo. Del mismo modo, el deseo de Teherán de rearmar a Hizbulá en Líbano a través de Siria es legítimamente rechazado por Damasco, aunque extremadamente difícil de contener.
En este contexto, si bien la estrategia estadounidense en Siria se ha asentado en líneas generales sobre bases sólidas, ha fracasado a la hora de contener a Israel. No obstante, el enfoque de Washington en aliviar las sanciones y apoyar a Damasco en coordinación con actores regionales con mayor peso en el país ha sido una decisión acertada desde la óptica de los intereses regionales. En un momento en que Siria intensifica sus esfuerzos para combatir el extremismo violento, las iniciativas paralelas de Estados Unidos orientadas a poner fin a su operación militar en el país indican que Washington reconoce la necesidad de concluir este despliegue. Aun así, la retirada no se ha producido con la rapidez necesaria, probablemente debido al lento avance de las negociaciones entre Damasco y las FDS. Estados Unidos tiene un interés y un papel crucial en la culminación de este proceso.
En última instancia, con un apoyo suficiente que reconozca el valor de construir una nueva Siria libre de los conflictos del pasado, el país puede emerger con éxito de esta guerra devastadora. No será fácil y hasta ahora no lo ha sido, pero la alternativa, un retorno a una guerra sectaria brutal y a la internacionalización del conflicto, resulta absolutamente inaceptable dadas las consecuencias que ya ha tenido y sigue teniendo tanto en Oriente Medio como más allá.
Aunque persisten numerosas incógnitas en torno a la reconstrucción, la unificación política, la reconciliación social y la reforma constitucional, el horizonte sirio para 2026 ofrece un optimismo prudente. La capacidad del país para sacudirse el peso del pasado que define su presente será, en gran medida, el factor determinante del rumbo que tome el próximo año.
- Alexander Langlois es analista de política exterior; editor sénior en DAWN e investigador colaborador en el think tank Defense Priorities. Su trabajo se centra en la geopolítica del Levante y en las dinámicas más amplias de Asia Occidental. Posee una maestría en Relaciones Internacionales por la American University. Sus artículos han sido publicados en Sada del Carnegie Endowment for International Peace, MENASource del Atlantic Council, el Lowy Institute, Gulf International Forum, New Arab, The Nation e Inkstick, entre otros medios. Puede encontrarse en la plataforma X como @langloisajl.
Fuente:https://nationalinterest.org/blog/middle-east-watch/lingering-challenges-in-the-new-syria
