Las Armas Callan, La Política No: La Verdadera Prueba De La Razón De Estado
Uno de los errores más frecuentes al abordar la cuestión del PKK en Türkiye consiste en interpretarla exclusivamente desde una perspectiva de seguridad o únicamente desde el prisma de la democratización. El primer enfoque sostiene que “primero debe garantizarse la seguridad; lo demás puede esperar”. El segundo afirma que “primero deben ampliarse los derechos; las armas desaparecerán por sí solas”. Sin embargo, ambos enfoques son ajenos a la realidad que ha revelado un conflicto que se aproxima ya al medio siglo de duración. Esa realidad demuestra con claridad que estas dos dimensiones no pueden separarse por completo. La pregunta fundamental es la siguiente: ¿el objetivo del Estado debe ser destruir físicamente a una organización o eliminar de manera permanente la amenaza armada? La respuesta a esta cuestión determinará el rumbo de todo el proceso.
En el mundo moderno, los Estados pueden desmantelar estructuras armadas. Lo que no pueden hacer es erradicar por completo corrientes políticas que cuentan con una base social determinada. Desde el IRA hasta ETA, pasando por las FARC y diversos movimientos asiáticos, la historia lo ha demostrado una y otra vez. Si existe una realidad sociológica que se ha mantenido durante décadas, que obtiene respaldo constante en las urnas y cuya persistencia no puede explicarse únicamente por el miedo o la coerción, entonces el problema deja de ser exclusivamente una cuestión de terrorismo para convertirse también en un asunto de representación política. Reconocer esta realidad no debilita al Estado; al contrario, libera la razón de Estado de objetivos ilusorios y la aproxima a la realidad.
La estrategia de seguridad aplicada por Türkiye durante largos años produjo determinados resultados. La capacidad operativa del PKK dentro del territorio turco se redujo significativamente; su control sobre las zonas rurales se debilitó; las operaciones transfronterizas y la superioridad tecnológica proporcionada por los vehículos aéreos no tripulados hicieron cada vez más ineficaz el modelo clásico de actuación de la organización. Hoy, el modelo de presencia y actividad armada centrado en las montañas ha perdido gran parte de la funcionalidad que tenía en los años noventa. Precisamente por ello resulta imprescindible comprender correctamente la naturaleza de esta nueva etapa. La cuestión ya no es únicamente el abandono de las armas, sino la gestión de la transición desde la lucha armada hacia la actividad política.
Todos estos avances son importantes. Sin embargo, no responden a la pregunta fundamental de la nueva etapa. En realidad, reconocer este hecho no es difícil. Lo difícil es asumir el coste político que implica aceptarlo. Durante más de cuarenta años, la razón de Estado demoró la construcción de una perspectiva verdaderamente inclusiva. No se trataba de una incapacidad técnica; lo que faltó durante mucho tiempo fue la voluntad política necesaria para asumir ese coste.
¿Cuál Debería Ser El Verdadero Objetivo Del Estado?
La razón de Estado contempla la cuestión de la siguiente manera: las armas deben desaparecer completamente dentro de Turquía, mientras que la política debe permanecer dentro del sistema. El éxito duradero de los Estados democráticos se basa precisamente en este principio. El Estado expulsa la violencia del ámbito de la política legítima y, al mismo tiempo, permite que ideas, demandas y corrientes políticas compitan dentro del sistema. La forma de combatir una idea no es mediante operaciones de seguridad, sino a través de la política, el derecho, el desarrollo económico y la integración social.
La dificultad del debate en Türkiye radica en que, durante muchos años, el espacio político kurdo y el PKK estuvieron profundamente entrelazados. Por ello, para muchas personas resulta complicado establecer una línea divisoria clara entre la estructura armada y la representación política. Sin embargo, desde la perspectiva de los intereses estratégicos del Estado, lo esencial es precisamente construir esa separación. La continuidad ideológica de un movimiento no equivale a la preservación de su capacidad armada. Las personas pueden hacer política basándose en identidades étnicas, reclamar mayor autonomía local, criticar el centralismo o utilizar un lenguaje político duro. Los sistemas democráticos pueden convivir con todo ello. La línea roja para el Estado es clara: las armas, las estructuras armadas y la amenaza de la violencia.
La idea de que “si abandonan las armas, también debe desaparecer la política” no es realista. Los ejemplos internacionales lo confirman. La influencia política del IRA no desapareció por completo tras el desarme. El entorno político vinculado a ETA continuó existiendo. Las FARC obtuvieron resultados electorales limitados, pero pasaron a formar parte legítima de la política colombiana. La mayoría de los procesos modernos de resolución de conflictos consisten precisamente en una transición desde la legitimidad armada hacia la legitimidad política. Para Türkiye, lo importante es que esta transición fortalezca, y no debilite, tanto la autoridad del Estado como la paz social.
La razón de Estado enfrenta una prueba concreta en este proceso. Debe establecer un mecanismo que verifique técnicamente la culminación del desarme, definir un estatus jurídico claro para quienes regresen y presentar públicamente un plan de desarrollo integral para la región. Hablar de “gestión del proceso” sin responder a estas cuestiones revela intención, pero no estrategia. El marco constitucional y legal de estas cuestiones constituye un debate aparte, pero es un debate inevitable.
Dos Peligros: La Estructura Híbrida y La Re-Radicalización
Existen dos riesgos fundamentales. El primero es la aparición de una estructura híbrida. La organización podría parecer formalmente disuelta mientras sobreviven conexiones con milicias regionales, redes criminales o capacidades armadas indirectas. Este escenario mantendría al Estado en una situación permanente de incertidumbre. Ni podría avanzar plenamente ni retirarse. Por ello, el desarme debe completarse no solo simbólicamente, sino también de manera técnica e institucional.
El segundo riesgo es la re-radicalización. Para que las armas desaparezcan, el espacio político no debe cerrarse. Cuando los canales de representación política se bloquean, especialmente entre las nuevas generaciones, resurgen dinámicas de radicalización. Existe una amplia población que durante décadas ha desconfiado de las instituciones estatales y que no se siente plenamente integrada en el sistema. Pensar que esta realidad se normalizará automáticamente tras el abandono de las armas sería uno de los mayores errores del proceso. La desconfianza no se supera únicamente en una mesa de negociación; se supera en la escuela, en el ayuntamiento, en los tribunales, en los hospitales y en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Mantener cerrados estos espacios impide la eliminación permanente del radicalismo armado. Para ello se necesita un lenguaje diferente y una capacidad institucional distinta.
Proteger al Estado no significa mantener permanentemente a determinados sectores de la sociedad bajo una psicología de represión. La verdadera cuestión consiste en construir una capacidad estatal sólida que permita a distintas identidades permanecer dentro del sistema sin recurrir a la violencia. Un Estado fuerte no es únicamente aquel que puede realizar operaciones de seguridad. Es también aquel que genera legitimidad, fortalece el vínculo entre los ciudadanos y las instituciones, y no teme la competencia ideológica. Esta definición no contradice la tradición histórica del Estado turco; por el contrario, representa su adaptación y reconstrucción en las condiciones del presente.
El Verdadero Umbral
El hecho de que el proceso haya llegado hasta este punto indica que la razón de Estado ha comenzado a prevalecer. La verdadera prueba consiste en determinar si esa racionalidad seguirá actuando de manera coherente en las etapas posteriores.
La eliminación de la capacidad armada del PKK es posible. Las condiciones históricas hacen que esta posibilidad sea hoy más realista que nunca. Sin embargo, lo que ocurra después dependerá de cómo el Estado conviva con un movimiento que, aunque desarmado, continúe existiendo políticamente. Si el Estado rechaza categóricamente esta posibilidad, el proceso corre el riesgo de regresar a una espiral centrada nuevamente en la seguridad. Pero si logra fortalecer un espacio político donde la violencia quede excluida, Türkiye podrá trasladar un conflicto de décadas a un terreno mucho más gestionable. Al final, la cuestión no es únicamente el fin de una organización, sino la naturaleza de la relación política que la República de Türkiye establecerá con sus propios ciudadanos.
Pero este proceso no constituye únicamente una prueba para el Estado y la clase política. También es una prueba para la sociedad en su conjunto, para todos los ciudadanos de este país. La normalización no surge por decreto desde arriba; se construye en la vida cotidiana, mediante la capacidad de pensar juntos. Es necesario liberar la cuestión kurda del lenguaje estrecho de las organizaciones, de los reflejos producidos por la violencia y de los marcos impuestos por una política polarizada, para volver a abordarla como una cuestión común que concierne a todos quienes viven en este país.
La política no es únicamente el lugar desde el cual se formulan demandas al Estado o a las organizaciones. Es también el espacio donde se generan soluciones, donde se articulan colectivamente y donde se ofrecen horizontes de futuro. Si los distintos sectores de la sociedad dejan de esperar respuestas exclusivamente unos de otros y comienzan a pensar y concretar soluciones de manera conjunta, la normalización encontrará una base real. De otro modo, no habrá verdadera normalización.
La auténtica razón de Estado no será juzgada por proclamar una victoria, sino por su capacidad para convertir los logros alcanzados en una realidad permanente.
Fuente:https://perspektif.online/silah-susar-siyaset-susmaz-devlet-aklinin-gercek-sinavi/
