La dura arremetida del presidente estadounidense contra esta figura veterana de la política esta semana podría no producir exactamente el efecto que pretende. ¿O quizá sí?
El 27 de enero, el presidente Donald Trump advirtió en una publicación en Truth Social que, si el ex primer ministro iraquí Nuri al-Maliki regresaba al poder, “Estados Unidos dejará de ayudar a Irak y, si no estamos allí para ayudar, Irak tendrá CERO posibilidades de éxito, prosperidad o libertad”.
El mensaje resultó sorprendente viniendo de un país que desde hace tiempo afirma apoyar elecciones libres y justas en Irak, sin presiones externas. Las declaraciones de Trump agitaron aún más un proceso postelectoral ya incierto y provocaron protestas en un país que, desde 2003, atraviesa su sexto ciclo de elecciones generales.
La coalición de partidos chiíes conocida como el Marco de Coordinación designó la semana pasada a Maliki como candidato a primer ministro. El martes debía celebrarse una sesión parlamentaria para elegir primero al presidente y luego encargarle la formación de gobierno, pero la sesión fue cancelada por falta de quórum. Se espera que Maliki gane, aunque aún no hay nada definitivo. Precisamente por eso las declaraciones de Trump han tenido un impacto tan negativo.
“En Irak solemos hablar de tres vetos informales sobre el primer ministro: Washington, Teherán y la autoridad religiosa de Nayaf”, señaló Marsin Alshamary, experta en construcción del Estado y democratización en el Irak posterior a 2003 y profesora adjunta de Ciencia Política en Boston College. “La diferencia esta vez es que la intervención ya no se hace a puerta cerrada, sino de manera abierta y pública”.
Aunque Trump sostiene que el anterior mandato de Maliki debilitó a Irak, fortaleció a Irán y perjudicó los intereses estadounidenses, muchos iraquíes interpretan estas declaraciones como una injerencia directa en el debate político interno. Esta percepción resulta aún más amenazante en el contexto de los recientes acontecimientos en Venezuela, la reiteración de las amenazas de Trump contra Irán y la insistencia estadounidense en “tomar Groenlandia”, lo que refuerza la idea de que la presión punitiva sigue siendo una herramienta central de su política exterior.
Maliki se prepara para convertirse nuevamente en primer ministro. Por ello, conviene recordar cómo llegó por primera vez al poder y el papel que desempeñó Washington en la construcción tanto de su autoridad como de su imagen.
Cuando Maliki apareció en la escena política iraquí, fue respaldado en 2006 por el presidente George W. Bush como “el hombre adecuado para Irak”. Entre 2006 y 2008 estuvo al frente del Estado durante una guerra civil sectaria y, en 2008, desplegó al ejército iraquí para contener a las milicias de Muqtada al-Sadr. Aunque estas medidas fueron solo algunos de los factores que contribuyeron al fin del conflicto sectario, Maliki emergió como una figura de fuerte nacionalismo iraquí.
Sin embargo, la imagen del “líder nacionalista estabilizador” no duró. Las políticas y decisiones con las que consolidó su poder sembraron también las semillas de una desintegración mucho más peligrosa. En junio de 2014, Al Qaeda en Irak reapareció bajo el nombre de ISIS, y muchos consideran que Maliki fue uno de los detonantes. Todo comenzó con los enfrentamientos armados de 2013 entre las fuerzas de seguridad profundamente politizadas desde la llegada de Maliki al poder y manifestantes árabes suníes, lo que avivó aún más la ira entre los suníes iraquíes, que se sentían discriminados desde la caída de Sadam.
Las consecuencias no se limitaron al campo de batalla. A medida que se profundizaba la crisis de seguridad, las fracturas políticas e institucionales se hicieron más visibles. Se produjo un nuevo estancamiento postelectoral, similar al de 2010, esta vez centrado en la figura de Maliki. El bloqueo se prolongó hasta el verano, de modo que Irak no logró formar gobierno cuando ISIS lanzó su ofensiva contra Mosul en 2014.
Incluso después de anunciar su dimisión en agosto de 2014, tras perder el apoyo de su coalición por el ascenso de ISIS, Maliki siguió siendo un peso pesado de la política iraquí. No ha habido una sola elección desde entonces en la que no se hablara de su regreso al primer plano. Pese al sólido desempeño del actual primer ministro Mohammed Shia al-Sudani, el reciente retorno de Maliki a la escena política sorprendió a pocos.
Aun así, incluso si el presidente estadounidense hubiera guardado silencio, Maliki se enfrentaría a serios desafíos como primer ministro. En 2013 se enemistó con los árabes suníes al autorizar el uso de la fuerza militar contra los manifestantes, y con los kurdos al retener ingresos petroleros.
Tampoco cuenta con un apoyo unificado dentro de la comunidad chií. Maliki y Muqtada al-Sadr han sido rivales acérrimos desde sus primeros enfrentamientos en 2008. Aunque la coalición de Sadr obtuvo el mayor número de escaños en las elecciones de 2018, fue bloqueada para formar gobierno por el Marco de Coordinación de Maliki, de manera similar a como Maliki había hecho con Ayad Allawi en 2010. Sadr mantiene una base amplia y movilizable, lo que no augura un terreno favorable para el consenso y aumenta la probabilidad de que continúe la polarización dentro de la comunidad chií.
Sin embargo, en Irak la soberanía es la vaca sagrada de la política: cualquier acción percibida como injerencia externa activa dinámicas que permiten el resurgimiento de figuras como Maliki. Es posible que el presidente Trump y sus asesores hayan caído en esta trampa.
No es la primera vez que Trump intenta imponer resultados en Irak mediante la fuerza bruta. En las primeras horas de enero de 2020 ordenó un ataque con drones para matar a Qasem Soleimani, jefe de la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) y arquitecto de la red de milicias en Irak. Más importante aún, en el mismo ataque fue asesinado Abu Mahdi al-Muhandis, subcomandante de las Fuerzas de Movilización Popular de Irak y líder de la milicia Kataib Hizbulá, considerado un héroe nacional por su papel en la lucha contra ISIS.
Mientras la muerte de Soleimani tuvo un impacto limitado dentro de Irak, el asesinato de al-Muhandis provocó una reacción masiva en todo el país, incluidos ataques contra la embajada estadounidense, y fortaleció a las milicias cuya retirada Trump ahora exige es decir, reforzó exactamente a las fuerzas que pretendía debilitar.
Ya sea a través de las redes sociales o del uso de la fuerza militar, la intervención de Trump probablemente resulte contraproducente. Nuri al-Maliki sigue siendo una figura divisiva en Irak, pero la historia demuestra que la presión externa explícita, especialmente cuando adopta la forma de amenazas, tiende a desplazar el debate desde la rendición de cuentas hacia la soberanía.
Al advertir públicamente al pueblo iraquí sobre sus propias opciones políticas, Washington corre el riesgo de desencadenar una reacción que convierta a Maliki en un símbolo de resistencia frente a la presión externa. Este tipo de intervenciones, lejos de debilitarlo, pueden devolverle legitimidad al ex primer ministro, endurecer las posturas y reducir el margen para un consenso interno.
La publicación de Trump en Truth Social, con la que intenta influir en el futuro político de Irak mediante presión pública y apoyo condicionado, probablemente producirá el efecto contrario al buscado: dañará la credibilidad de Estados Unidos y reforzará dinámicas bien conocidas en Irak como la ira, la dependencia y la polarización. Al intentar forzar el avance de Irak, Trump podría empujar de nuevo al país hacia los brazos de Nuri al-Maliki.
* Tanya Goudsouzian es una periodista canadiense que lleva más de dos décadas cubriendo Afganistán y Oriente Medio. Ha ocupado cargos editoriales de alto nivel en importantes medios internacionales, incluido el de editora de Opinión en Al Jazeera English.
** Ibrahim al-Marashi es profesor asociado de Historia de Oriente Medio en la Universidad Estatal de California y profesor visitante en el Mediterranean American College y en el Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad Centroeuropea. Entre sus publicaciones se encuentran Las Fuerzas Armadas Iraquíes: una historia analítica (2008), Historia moderna de Irak (2017) y Una breve historia de Oriente Medio (2024).
