La Sombra De Israel En Las Relaciones UE–Türkiye

Türkiye un país que no tiene una deuda histórica con Israel, que considera la resistencia armada como una respuesta legítima frente a la ocupación y que rechaza subordinar su política exterior a las preferencias israelíes es precisamente por estas razones el actor que una Europa verdaderamente independiente más desearía tener como socio. El hecho de que la UE, en cambio, clasifique a Türkiye como una amenaza muestra con toda claridad en beneficio de quién opera realmente la política exterior europea.
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Ceguera Estratégica y Dobles Raseros

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, definió a Türkiye, junto con Rusia y China, como una potencia frente a la cual Europa debe protegerse, durante el acto del 80.º aniversario del Die Zeit. Puede afirmarse que estas declaraciones no constituyen un análisis de política exterior, sino un síntoma de prejuicios ideológicos acumulados contra Türkiye y de la influencia de actores externos sobre la política exterior europea. De hecho, al examinar discursos anteriores de von der Leyen, se observa un patrón similar. En consecuencia, Europa, desde una posición superior, como actor occidental clásicamente colonial, intenta convertir a Türkiye en un enemigo, marginarla y excluirla.

En un momento en que Europa atraviesa una crisis en su arquitectura de seguridad debido a la guerra en Ucrania, Oriente Medio enfrenta tensiones por el eje Irán–Líbano–Yemen–Palestina–Siria, y las relaciones transatlánticas se ven afectadas por el factor Trump, adoptar una retórica anti-turca resulta profundamente irracional. Türkiye es miembro de la OTAN, candidato oficial a la UE y, en esta coyuntura histórica crítica, uno de los socios más estratégicos a los que Bruselas puede acceder. Definir a Ankara como un adversario similar a China o Rusia no es una afirmación audaz, sino una muestra del grado al que puede llegar la hostilidad hacia Türkiye. Aunque, tras las declaraciones de von der Leyen, varios funcionarios especialmente la comisaria de Ampliación Marta Kos destacaron la importancia estratégica de Türkiye en el contexto de la ampliación de la UE, estas afirmaciones han perdido credibilidad. Lejos de ser algo nuevo, forman parte de un repertorio de clichés repetidos durante años, que reflejan múltiples dimensiones del problema estructural de la postura europea hacia Türkiye.

En este sentido, destacan tres dimensiones: la ambivalencia histórica de Europa hacia Türkiye y la realidad estratégica contemporánea que esta oculta; la alineación institucional de la UE con los intereses de Israel; y la relación directa entre el factor israelí y la actitud hostil europea hacia Ankara.

La Historia De La Ambivalencia: Por qué Europa Necesita Más A Türkiye Que Türkiye A Europa

La relación de la UE con Türkiye nunca ha sido una negociación entre iguales basada en la buena fe. Ha estado marcada por aplazamientos constantes, criterios cambiantes y la aplicación selectiva de principios que Europa presenta como “universales”. Türkiye presentó su solicitud oficial de adhesión a la Comunidad Económica Europea en 1987. En la cumbre de Helsinki de 1999 obtuvo el estatus de candidato oficial, lo que parecía un punto de inflexión, pero pronto derivó nuevamente en estancamiento. Las negociaciones de adhesión comenzaron en 2005, pero han sido bloqueadas, congeladas o vaciadas de contenido mediante procedimientos.

Durante este proceso, países como Rumanía y Bulgaria con historiales problemáticos en términos de consolidación democrática y Estado de derecho fueron admitidos como miembros plenos en 2007. Por su parte, la administración grecochipriota, que opera en un marco que viola directamente resoluciones de las Naciones Unidas sobre la división de la isla, ha disfrutado continuamente de los privilegios de la membresía plena. El mensaje es claro: los criterios de adhesión no se aplican como estándares imparciales, sino como instrumentos políticos, y Türkiye ha sido su objetivo más consistente.

Asimismo, la UE ha intervenido en los asuntos internos de Türkiye procesos judiciales, resultados electorales, libertad de prensa con una frecuencia y determinación que no aplica a Estados miembros con registros similares o peores. Esta presión selectiva no es principista, sino política. Refleja la posición independiente de Türkiye, especialmente en cuestiones en las que difiere de las preferencias de actores poderosos dentro de la alianza occidental. Sin embargo, el panorama estratégico ha cambiado tan profundamente que Europa ya no puede permitirse el lujo de mantener esta ambivalencia.

La guerra en Ucrania ha reconfigurado la arquitectura de seguridad europea. La invasión rusa ha puesto de manifiesto la fragilidad de la infraestructura de defensa del continente y los límites de la disuasión sin socios militares creíbles. Türkiye como mediador indispensable entre Kiev y Moscú, como garante del control de los estrechos bajo la Convención de Montreux y como actor que mantiene abiertos canales diplomáticos que las capitales occidentales no han logrado sostener ha demostrado ser una potencia insustituible. Gracias a su mediación, se implementó la Iniciativa de Granos del Mar Negro, evitando una crisis alimentaria global. Asimismo, su control de los estrechos ha redefinido la presencia naval de la OTAN en el Mar Negro.

Del mismo modo, Türkiye desempeña un papel crucial en las relaciones de Europa con China. La creciente influencia económica de China en los mercados, infraestructuras y sectores tecnológicos europeos representa un desafío estructural al que Bruselas ha respondido con lentitud. Türkiye, como puente entre Europa y Asia y sede de una de las economías más dinámicas de la región, emerge como un actor clave en rutas alternativas como el Corredor Medio y la vía trans-caspiana, que eluden rutas controladas por Rusia y China.

El factor energético es igualmente determinante. La implicación de Irán en conflictos regionales y el riesgo de escalada en el Golfo generan incertidumbre en los mercados globales de petróleo y gas. La posición geográfica de Türkiye, su infraestructura de oleoductos y gasoductos y sus vínculos con productores del Mediterráneo oriental y Asia Central la convierten en un nodo indispensable para la diversificación energética europea.

En materia migratoria, Türkiye ya ha logrado lo que ninguna institución europea ha conseguido: alberga la mayor población de refugiados del mundo. A pesar de tensiones legales y éticas, el acuerdo UE–Türkiye de 2016 ha funcionado, reduciendo los flujos irregulares y protegiendo a los gobiernos europeos de las consecuencias políticas de la crisis siria. A cambio, Europa nunca cumplió plenamente sus compromisos, como la liberalización de visados, y la ayuda financiera ha sido tardía e insuficiente. Türkiye ha asumido las obligaciones de un acuerdo que Europa nunca implementó completamente.

Por último, en el ámbito militar, la transformación de la industria de defensa turca en la última década ha sido uno de los cambios más significativos dentro de la OTAN. El dron Bayraktar TB2, que ha demostrado su impacto en Libia, Nagorno Karabaj y Ucrania, ha alterado los cálculos de la guerra asimétrica y ha evidenciado que Türkiye ya no es solo un receptor de tecnología militar occidental, sino un productor capaz de influir en los resultados del campo de batalla a escala global. Clasificar a un país con esta capacidad no como socio estratégico, sino como amenaza, no es pensamiento geopolítico, sino negligencia geopolítica.

La UE Como Una Institución Al Servicio Del Sionismo

Para comprender plenamente la declaración de Ursula von der Leyen, no basta con analizarla únicamente desde la perspectiva de las relaciones bilaterales entre la UE y Türkiye. Es necesario situarla en el marco más amplio de la relación institucional de la Unión Europea con Israel, una relación que a pesar del genocidio en Gaza no solo se ha mantenido, sino que en ciertos aspectos se ha profundizado. El historial de von der Leyen respecto a Israel es incuestionable. Pocos días después del inicio de lo que se describe como el genocidio israelí en Gaza, en octubre de 2023, viajó a Tel Aviv en una visita de solidaridad incondicional, sin consultar a los Estados miembros, sin plantear condiciones y sin reconocer las víctimas civiles palestinas. Su declaración afirmando que Israel tenía “derecho a defenderse” en un momento en que miles de civiles morían bajo bombardeos fue objeto de una condena oficial dentro de su propia institución (por ejemplo, por parte del Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores, Josep Borrell). Varios Estados miembros expresaron su incomodidad ante una postura unilateral en un asunto geopolítico extremadamente delicado, pero von der Leyen no atendió dichas críticas.

En este contexto, la UE ha mantenido su Acuerdo de Asociación con Israel, ha continuado la cooperación científica y académica en el marco de Horizonte Europa y ha preservado plenamente sus relaciones comerciales. Todo ello ha persistido a pesar de las decisiones de la Corte Internacional de Justicia que apuntan a un posible genocidio. Mientras tanto, Israel bajo el pretexto de combatir a Hamás y al llamado “eje de la resistencia” ha adoptado decisiones como la ejecución de prisioneros palestinos y ha llevado a cabo ataques contra Líbano, Yemen, Irak, Siria, Irán y el mediador Catar. Umbrales que en cualquier otro caso habrían provocado la suspensión de relaciones no se han aplicado cuando se trata de Israel, reintroduciendo una vez más la lógica del excepcionalismo israelí.

Esta asimetría tiene una explicación histórica que las instituciones europeas evitan expresar abiertamente, pero que sigue influyendo en la política. Los judíos europeos fueron perseguidos, expulsados y sistemáticamente exterminados a lo largo de la historia de la civilización cristiana europea, un proceso que culminó con el Holocausto, un crimen concebido y ejecutado en el corazón de la modernidad europea. La generación fundadora de la UE cargó con esta culpa como un peso político constitutivo. En este marco, el apoyo a Israel dejó de ser una mera postura de política exterior para convertirse en una forma de expiación civilizatoria. Por lo tanto, independientemente de cómo Israel utilice este capital político, el respaldo de la UE se configura como una deuda que Europa siente que debe saldar.

La afirmación del canciller alemán Friedrich Merz de que Israel “hace el trabajo sucio de Europa en la región” resume perfectamente esta lógica. Israel es percibido por amplios sectores de la cultura política europea como un “puesto avanzado de la civilización occidental” en Oriente Medio. En este sentido, Israel y el sionismo pueden definirse como un proyecto colonial de asentamiento financiado, armado y protegido diplomáticamente por Europa tanto en nombre de sus intereses como de su culpa histórica. Líderes israelíes han expresado este marco en múltiples ocasiones. Benjamin Netanyahu ha instrumentalizado reiteradamente la narrativa de una civilización judeocristiana compartida y de los valores occidentales para legitimar la ocupación, la anexión y la limpieza étnica como una defensa existencial en nombre de Occidente.

El Factor Israelí En La Hostilidad De La UE Hacia Türkiye

Puede afirmarse que el factor israelí también está presente detrás de la hostilidad de la UE hacia Türkiye, en tanto institución alineada con el sionismo. La postura de Türkiye sobre la cuestión palestina no es meramente retórica; es estructural, sostenida y orientada a resultados. Ankara reconoce legitimidad política a la resistencia palestina, acoge a dirigentes políticos de Hamás, mantiene relaciones multidimensionales con actores que los gobiernos occidentales consideran organizaciones terroristas y rechaza repetidamente el consenso occidental sobre Gaza en foros de la ONU y en el ámbito del derecho internacional. Para Israel, esto no solo resulta incómodo, sino que representa una amenaza directa a su estrategia de aislar internacionalmente la causa palestina.

La respuesta de Israel ha consistido en utilizar su arraigada infraestructura de lobby y sus instrumentos económicos y políticos en las capitales occidentales para financiar, amplificar e institucionalizar el discurso anti-turco. En este sentido, organizaciones de lobby israelí operan en los niveles más altos de las instituciones de la UE, del Congreso de Estados Unidos y de los parlamentos nacionales europeos. La representación de Türkiye como un socio poco fiable, un actor “autoritario” y un Estado que se aleja de Occidente no ha surgido de manera orgánica; ha sido construida sistemáticamente.

Las tensiones entre Israel y Türkiye en Siria y en múltiples cuestiones regionales forman parte integral de este panorama. La incertidumbre en Siria ha puesto de manifiesto las profundas contradicciones entre las preocupaciones de Israel sobre su frente norte y las prioridades de seguridad de Türkiye respecto al PKK/PYD. La agresividad israelí en territorio sirio y las relaciones de Türkiye con actores regionales reflejan una competencia estratégica que se proyecta sobre el terreno. En este contexto, la reciente declaración de von der Leyen que sitúa a Turquía junto a Rusia y China debe interpretarse bajo esta luz. Clasificar a Türkiye miembro de la OTAN y candidato a la UE como un enemigo carece de fundamento racional desde el punto de vista de la seguridad. Estas declaraciones reflejan un clima político en Bruselas en el que la hostilidad hacia Türkiye ha sido normalizada durante años bajo presión influida por Israel, reforzada además por las inclinaciones ideológicas personales de von der Leyen.

Cuando se comparan las políticas de la UE hacia Türkiye con su actitud hacia Israel, emerge una conclusión analíticamente contundente. La UE interviene en los procesos judiciales internos de Türkiye, condiciona la ayuda financiera a criterios políticos y emite juicios sobre la integridad electoral. Sin embargo, cuando Israel ejecuta prisioneros palestinos, bombardea infraestructuras civiles en múltiples regiones, lleva a cabo asesinatos selectivos de líderes políticos y realiza ataques simultáneos e ilegales en varios países, la UE responde con declaraciones cuidadosamente formuladas de “preocupación” y continúa sus actividades como si nada hubiera ocurrido. El estándar aplicado a Türkiye no puede coexistir con la exención permanente otorgada a Israel. Esta exención no es principista; es política. Y resulta casi imposible desvincular esta preferencia política del poder que Israel ejerce sobre las instituciones del bloque occidental.

Türkiye un país que no tiene una deuda histórica con Israel, que considera la resistencia armada como una respuesta legítima frente a la ocupación y que rechaza subordinar su política exterior a las preferencias israelíes es precisamente por estas razones el actor que una Europa verdaderamente independiente más desearía tener como socio. El hecho de que la UE, en cambio, clasifique a Türkiye como una amenaza revela con total claridad en beneficio de quién opera realmente la política exterior europea.

Doç. Dr. Mehmet Rakipoğlu

Dr. Mehmet Rakipoglu se graduó en 2016 del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad de Sakarya. Su doctorado, titulado Estrategia de Protección en la Política Exterior: Relaciones de Arabia Saudita con Estados Unidos, China y Rusia después de la Guerra Fría, fue completado con éxito. Rakipoglu, que trabajó como Director de Estudios sobre Türkiye en el Mokha Center for Strategic Studies, es actualmente profesor en el Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Artuklu de Mardin.

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