Quinientos treinta y cuatro años después, la lógica subyacente a aquel proceso permanece esencialmente inalterada; únicamente han evolucionado los instrumentos empleados y los actores que lo protagonizan. Hoy, los pequeños espejos se han digitalizado; los conquistadores ya no surcan los océanos a bordo de carabelas, sino que viajan en aeronaves acompañadas de drones y sofisticados algoritmos. Bienvenidos a la nueva conquista de América.
El imperio no ha renunciado a sus ambiciones históricas. Sigue codiciando el oro, la plata y el petróleo, pero ahora ha incorporado a su inventario de recursos estratégicos el litio, el coltán, las tierras raras y las reservas de agua dulce. Todo aquello que reluce, todo cuanto resulta indispensable para mantener en funcionamiento su maquinaria bélica y su industria tecnológica. ¿Y qué ofrece a cambio, como ya sucedía en 1492? Prácticamente nada, salvo bombardeos, balas, fuerza bruta, discursos violentos, promesas incumplidas, fotografías tomadas durante cumbres internacionales y algunos «me gusta» en las redes sociales destinados a las nuevas Malinches dispuestas a participar en este juego.
Esta continuidad histórica del despojo no constituye una anomalía propia de nuestra época, sino la reproducción estructural de la acumulación originaria del capital. Como advirtió Karl Marx, el descubrimiento de los yacimientos de oro y plata en América, acompañado de la esclavización de los pueblos indígenas y de su sepultamiento en las minas, marcó el amanecer de la era de la producción capitalista.
El 12 de octubre de 1492 inauguró una relación constitutiva entre modernidad, capitalismo y colonialidad del poder, estableciendo una división internacional y racial del trabajo. Dentro de este entramado colonial, los territorios periféricos del sistema mundial se transforman en fuentes de materias primas y en escenarios de expoliación de recursos naturales mediante la violencia estatal o paramilitar. Ello demuestra que la dependencia estructural y la renovada subordinación a la explotación de materias primas fundamentales siguen ocupando una posición central en las dinámicas de acumulación del capital global.
La política exterior de Donald Trump hacia América Latina tiene un nombre preciso: la Doctrina Donroe. Se trata de una versión de la clásica Doctrina Monroe llevada al extremo, una suerte de doctrina hipertrofiada que, amparándose en la consigna «América para los americanos», pretende ocupar en el siglo XXI el lugar que antaño correspondió al Imperio español.
La operación militar denominada Absolute Resolve («Resolución Absoluta»), ejecutada en Venezuela el 3 de enero de 2026, simbolizó el bautismo de fuego de esta doctrina. La fulminante ofensiva militar descabezó al Gobierno venezolano. Apenas siete meses después, mediante un acuerdo petrolero firmado en agosto, se transfirió a Estados Unidos el control de diecisiete yacimientos petrolíferos cuyas reservas estimadas alcanzan los 65.000 millones de barriles, una cantidad equivalente a más de una quinta parte de las reservas probadas de Venezuela.
Tras el secuestro de Nicolás Maduro, el Gobierno venezolano, cuya conducción pasó a manos de la vicepresidenta, intentó minimizar el alcance del acuerdo. Sin embargo, los documentos oficiales estadounidenses confirman la realidad: North American Blue Energy Partners (NABEP), empresa en la que el Pentágono posee una participación mayoritaria, obtuvo concesiones por un período de cien años. Estas concesiones garantizan a la compañía el derecho a adquirir, a precio de coste, el 20 % de la producción para la reserva estratégica estadounidense, así como un derecho de adquisición preferente sobre el 80 % restante.
La Asamblea Nacional de Venezuela aprobó el acuerdo mediante una votación a mano alzada, sin siquiera hacer público su contenido. Este procedimiento constituye una manifestación del profundo deterioro de las normas institucionales. Pero el petróleo representa tan solo el comienzo. Como proclamó abiertamente el propio Trump: «Ganamos y nos quedamos con el botín».
La estrategia estadounidense recurre al decisionismo soberanista y a la primacía del poder geoeconómico material para establecer mecanismos de control externo sobre los recursos estratégicos. Este proceso no solo desmantela los fundamentos del nacionalismo petrolero y de los hidrocarburos surgido durante el siglo XX, sino que también instaura un régimen de tutela impuesto mediante la coerción, en el que la soberanía queda reducida a una suerte de «neolengua» meramente formal.
De este modo, las élites políticas sometidas a tutela extranjera llegan a describir, paradójicamente, como «fondos soberanos» aquellos recursos que administran bajo la supervisión colonial de Washington.
Venezuela no constituye una excepción aislada; por el contrario, representa el modelo que el imperio reproduce, mediante procedimientos diversos, en el resto del continente.
En Honduras, por ejemplo, Trump realizó declaraciones públicas destinadas a intimidar y presionar al electorado antes de las elecciones del 30 de noviembre de 2025. El Congreso Nacional hondureño condenó oficialmente aquella «injerencia absoluta», calificándola de vulneración de la libertad de los votantes.
El día de los comicios, el Sistema de Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP) colapsó, las autoridades eliminaron los mecanismos de verificación biométrica y, como consecuencia de un fraude electoral, la victoria fue adjudicada al candidato alineado con Washington.
Argentina, por su parte, ofrece un ejemplo aparentemente opuesto, aunque en realidad complementario: el de la sumisión voluntaria. El Gobierno de Javier Milei ha convertido la cesión de los recursos naturales en uno de los pilares fundamentales de su política de Estado.
En septiembre de 2026, Washington y Buenos Aires pusieron en marcha un proyecto de infraestructura denominado Andes-Atlantic Corridor («Corredor Andes-Atlántico»). Su propósito declarado consistía en transferir al control estadounidense los yacimientos de litio y cobre del noroeste argentino, así como los recursos de Vaca Muerta, y desplazar de la región al capital chino.
Brasil aparece como el siguiente objetivo. Además de poseer las segundas mayores reservas de tierras raras del mundo, el país dispone de importantes depósitos de litio, níquel, cobre y niobio. En este escenario, el representante político de Washington se presenta bajo la figura del hijo de Bolsonaro.
La nueva conquista no requiere desplegar soldados en cada esquina. Basta con disponer de gobiernos preparados para firmar acuerdos, figuras opositoras dispuestas a aplaudirlos y pueblos que hayan renunciado a la movilización colectiva.
Frente a las imposiciones del poder imperial y la colaboración de las burguesías dependientes de la región, la autonomía estratégica de los Estados latinoamericanos se ha visto considerablemente erosionada.
No obstante, mientras se debilitan los fundamentos normativos del derecho internacional y las élites políticas se someten a esta situación, la historia nos recuerda que la soberanía no se defiende mediante discursos paternalistas, sino a través del patrimonio moral y ético acumulado por la clase trabajadora y los sectores populares.
La resistencia independiente y descolonizadora constituye la única fuerza capaz de contener el avance de las nuevas ambiciones coloniales que se proyectan sobre el continente.
Han transcurrido quinientos treinta y cuatro años desde aquel 12 de octubre de 1492: más de cinco siglos de saqueo, despojo y resistencia inquebrantable. La conquista, en realidad, nunca llegó a su fin.
Las luchas por la independencia dejaron como legado una libertad política esencialmente formal, mientras que la guerra económica, la subordinación y la expoliación neocolonial continuaron reproduciéndose bajo nuevas modalidades.
Y, sin embargo, la capacidad de resistencia de los pueblos permanece intacta. Los pueblos latinoamericanos han conseguido mantenerse en pie frente a imperios, dictaduras, bloqueos y ocupaciones, porque a lo largo de la historia han sabido organizarse y construir alternativas colectivas.
La lógica del saqueo es poderosa, pero no invencible. Mientras un pueblo se niegue a convertirse en el botín de la conquista, la historia seguirá abierta a nuevas posibilidades de emancipación. Siempre habrá traidores, pero la movilización popular terminará por derrotarlos.
Que este 12 de octubre sea, más que nunca, una jornada de conmemoración activa; un día en el que recordemos no solo las injusticias históricas, sino también la dignidad de nuestros pueblos y su inquebrantable capacidad transformadora.
Que sea una ocasión para reafirmar que, pese al transcurso de 534 años, seguimos en pie y que, así como en el pasado sucumbieron los imperios español, británico y francés, nosotros continuaremos aquí cuando los imperios de nuestro tiempo también se derrumben.
Fuente:https://en.tdjnoticias.com/2026/10/13/the-reinvention-of-the-conquest-in-latin-america/
