La influencia de la dinastía Nehru-Gandhi que incluye al primer ministro de la India independiente Jawaharlal Nehru; a los primeros ministros Indira Gandhi y Rajiv Gandhi; y al actual líder de la oposición Rahul Gandhi y a la diputada Priyanka Gandhi Vadra está entrelazada con la propia historia de la lucha por la libertad del país. Sin embargo, esta trayectoria también ha consolidado la idea de que el liderazgo político puede ser un derecho adquirido por nacimiento. Dicha noción ha permeado la política india en todos los partidos, regiones y niveles de gobierno.
Aunque la familia Nehru-Gandhi se identifica de manera emblemática con el Congreso Nacional Indio, la sucesión dinástica es un fenómeno extendido a lo largo de todo el espectro político. Tras el fallecimiento de Bijayananda (Biju) Patnaik, figura clave en la fundación del Janata Dal (Partido del Pueblo), su hijo Naveen obtuvo el escaño vacante de su padre en la Lok Sabha (la cámara baja del Parlamento). Posteriormente, Naveen fundó el Biju Janata Dal nombrado en honor a su padre y, siguiendo sus pasos, asumió el cargo de ministro principal del estado de Odisha, puesto que desempeñó durante más de dos décadas.
En Maharashtra, Bal Thackeray, fundador de Shiv Sena (el Ejército de Shivaji), transfirió el liderazgo a su hijo Uddhav; el hijo de este, Aditya, espera visiblemente su turno. Un patrón similar se observa en Uttar Pradesh, donde Mulayam Singh Yadav, ex ministro principal y fundador del Partido Samajwadi, fue sucedido por su hijo Akhilesh Yadav, quien hoy es diputado y presidente del partido. En Bihar, Chirag Paswan tomó el relevo de su padre, Ram Vilas Paswan, al frente del Partido Lok Janshakti.
Más allá del llamado “corazón” de la India, Jammu y Cachemira ha estado gobernada durante tres generaciones por la familia Abdullah, mientras que el principal partido de oposición ha sido dominado durante dos generaciones por la familia Mufti. En Punjab, el Shiromani Akali Dal, liderado durante largo tiempo por Parkash Singh Badal, pasó al control de su hijo Sukhbir. En Telangana, el Bharatiya Rashtra Samithi, fundado por K. Chandrasekhara Rao, atraviesa una pugna sucesoria entre su hijo y su hija. En Tamil Nadu, la familia del difunto M. Karunanidhi mantiene el control del gobernante Dravida Munnetra Kazhagam: su hijo M. K. Stalin es actualmente ministro principal y su nieto ha sido señalado como heredero político.
Este fenómeno no se limita a unas cuantas familias prominentes; se ha incrustado profundamente en el tejido de la gobernanza india, desde los consejos aldeanos hasta las cúpulas del Parlamento. Un estudio reciente revela que 149 familias cuentan con múltiples miembros en las asambleas legislativas estatales; además, once ministros del gobierno central y nueve ministros principales estatales mantienen vínculos familiares. Un análisis de las elecciones de 2009 mostró que dos tercios de los diputados menores de 45 años tenían parientes cercanos en la política, y que casi todos los legisladores jóvenes heredaron un escaño parlamentario, por lo general de uno de sus progenitores. En todos los partidos, el 70 % de las diputadas procede de linajes dinásticos. Incluso figuras sin herederos directos, como Mamata Banerjee y Kumari Mayawati, han señalado a sobrinos como sucesores.
Para ser justos, la política dinástica es común en el subcontinente indio: en Pakistán, las familias Bhutto y Sharif; en Bangladés, las familias Sheikh y Zia; y en Sri Lanka, las familias Bandaranaike y Rajapaksa. No obstante, este patrón resulta particularmente disonante con la vitalidad democrática de la India. ¿Por qué, entonces, el país ha adoptado de manera tan plena el modelo dinástico?
Una explicación reside en el valor de marca de los apellidos influyentes: los candidatos con reconocimiento previo no necesitan esforzarse tanto para captar la atención o la confianza del electorado. Si los votantes aceptaron al padre, la tía o el hermano, es probable que acepten también al descendiente; la confianza ya está dada. Este efecto fue especialmente potente en la India del pasado, caracterizada por bajos niveles de alfabetización y acceso limitado a los medios.
Sin embargo, con una tasa de alfabetización cercana al 81 % y un uso de internet móvil que supera el 95 %, el legado familiar por sí solo no basta; deben intervenir otros factores. Entre los más determinantes se encuentran las dinámicas internas de los partidos. Salvo contadas excepciones, los partidos políticos indios son altamente personalistas. Los procesos de selección de líderes suelen carecer de transparencia; las decisiones se toman en círculos reducidos o incluso por una sola figura, poco dispuesta a alterar el statu quo. En consecuencia, el favoritismo hacia los parientes suele imponerse al mérito.
A ello se suma el elevado costo de competir por un cargo público. Las familias dinásticas, tras años en el poder, han acumulado un capital financiero significativo y disponen de una maquinaria electoral ya aceitada: redes de donantes, cuadros partidarios y apoyos locales que otorgan una ventaja abrumadora frente a los recién llegados.
Existe también una dimensión cultural. Pese a los avances en modernización, la sociedad india conserva un sentido de lealtad de raíz feudal: la deferencia antes reservada a terratenientes o monarquías se transfiere hoy a los líderes políticos. Esto refuerza la percepción de que las élites políticas pertenecen a una categoría distinta, singularmente apta para gobernar. Tal sentimiento de derecho adquirido puede eclipsar incluso trayectorias deficientes y permitir que las dinastías mantengan el control de los partidos pese a derrotas electorales consecutivas.
La política dinástica constituye una amenaza seria para la democracia india. Cuando el poder se asigna por linaje y no por capacidad, compromiso o conexión con la base social, la calidad de la gobernanza se resiente. Reducir el abanico de talento nunca es ventajoso; lo es aún menos cuando el principal atributo de los candidatos es su apellido. No sorprende, entonces, que los miembros de dinastías políticas, a menudo aislados de las dificultades cotidianas de la población, resulten especialmente ineficaces para responder a las necesidades de sus electores y, aun así, no siempre rindan cuentas por su mal desempeño.
Ha llegado el momento de que la India abandone la dinastía y abrace el mérito. Ello exige reformas fundamentales: desde imponer límites de mandato por ley hasta exigir elecciones internas significativas en los partidos; y, además, un esfuerzo sostenido para educar y empoderar al electorado a fin de que elija a sus líderes por mérito. Mientras la política india siga funcionando como una empresa familiar, la promesa esencial de la democracia “un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” no podrá realizarse plenamente.
- Shashi Tharoor es ex secretario general adjunto de las Naciones Unidas y ha sido ministro de Estado de Asuntos Exteriores y de Desarrollo de Recursos Humanos de la India. Es diputado del Congreso Nacional Indio y preside el Comité Permanente de Asuntos Exteriores del Parlamento. Ha sido elegido por cuarta vez consecutiva a la Lok Sabha en representación de Thiruvananthapuram. Su libro más reciente es Ambedkar: A Life (Aleph Book Company, 2022).
