En las salas de reuniones estériles y de gran altura del Golfo, el mantra de la última década fue la noción de un destino compartido. Desde el bloqueo impuesto a Catar en 2017 hasta la primera intervención en Yemen, Riad y Abu Dabi parecían los motores gemelos de un nuevo y ambicioso orden árabe. Sin embargo, al entrar en 2026, esa imagen de unidad no solo se ha resquebrajado; ha sido sustituida por una serie de disputas de alta intensidad sobre jurisdicciones que se extienden desde las montañas del sur de Yemen hasta los puertos del Cuerno de África.
La prueba más dramática de este cambio surgió en los últimos días de 2025. El 30 de diciembre, la Fuerza Aérea Saudí lanzó un ataque inusual y de objetivo explícito contra el puerto yemení de Mukalla. El blanco no eran los rebeldes hutíes, sino un presunto envío de vehículos blindados y armas destinado al movimiento separatista apoyado por los Emiratos Árabes Unidos, el Consejo de Transición del Sur (STC). Para Riad, fue un momento de “línea roja”. Para Abu Dabi, un “ataque militar manifiesto” contra un socio.
Para entender esta fricción, hay que ir más allá de simples choques personales entre el príncipe heredero Mohamed bin Salmán y el presidente Mohamed bin Zayed. La divergencia es estructural. Arabia Saudí, un peso pesado regional tradicional con una larga frontera terrestre con Yemen, mantiene su compromiso con los principios de soberanía estatal e integridad territorial. Riad considera vital para su seguridad nacional un Yemen unificado y estable. En cambio, los Emiratos Árabes Unidos han adoptado cada vez más una estrategia de “imperio marítimo”. Abu Dabi prefiere un Yemen descentralizado, donde un Estado sureño amistoso e independiente pueda asegurar las rutas comerciales marítimas vitales del estrecho de Bab el-Mandeb.
Este enfoque emiratí de “dividir y construir” no se limita a Yemen. En Sudán, ambas potencias se encuentran en bandos opuestos de una guerra civil de desgaste y consecuencias catastróficas. Mientras Arabia Saudí se posiciona como principal mediador al acoger conversaciones en Yeda y apoyar a las Fuerzas Armadas sudanesas regulares para preservar el cascarón institucional del Estado, los EAU son ampliamente acusados de respaldar a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Abu Dabi niega estas acusaciones; sin embargo, la lógica geopolítica mantiene su coherencia: priorizar socios ágiles y no estatales capaces de asegurar intereses económicos y logísticos concretos, en lugar de capitales árabes tradicionales con estructuras complejas y a menudo rígidas.
La rivalidad ha cruzado ya el mar Rojo y se ha proyectado sobre el Cuerno de África, tejiendo una compleja red de diplomacia “de puerto a puerto”. El reciente reconocimiento por parte de Israel de la independencia de Somalilandia una decisión que los EAU no condenaron de forma destacada, pero que Arabia Saudí criticó con dureza ha convertido la región en un nuevo escenario de competencia. Al respaldar a Somalilandia y su puerto de Berbera, Abu Dabi obtiene un punto de apoyo estratégico que elude al gobierno central de Mogadiscio, apoyado por Riad.
Un rasgo distintivo de esta fricción reside en el “factor Trump”. Tras una reunión de alto perfil a finales de 2025 entre el príncipe heredero saudí y el presidente estadounidense Donald Trump, Washington parece haberse inclinado hacia la visión saudí de la estabilidad regional. Analistas sostienen que los recientes avances del STC en Yemen constituyen una “represalia” táctica frente a las actividades de cabildeo lideradas por Arabia Saudí en la Casa Blanca, que Abu Dabi percibe como dirigidas contra los intereses emiratíes en Sudán.
Pese a la dureza del discurso, esta situación no anuncia una guerra entre los dos gigantes del Golfo. Ambos países están profundamente interconectados económicamente y compiten por diversificar sus economías lejos del petróleo. Una ruptura total equivaldría a una “destrucción mutuamente garantizada” para sus visiones económicas 2030 y 2031. El turismo, la aviación y los polos tecnológicos necesitan una imagen de estabilidad.
No obstante, la dinámica de “Hermano Mayor, Hermano Menor” que definió los primeros años de la década de 2010 ha desaparecido. El que fuera socio menor, los EAU, dispone hoy de sus propias y sofisticadas redes de apoderados y activos marítimos, y no está dispuesto a someterse al liderazgo saudí. Arabia Saudí, fortalecida por su transformación interna y por la renovación de sus vínculos con Irán y Turquía, ya no está dispuesta a mirar hacia otro lado cuando los experimentos de política exterior de su vecino amenazan la estabilidad de sus fronteras.
Para el resto del mundo, el riesgo es la “sudanización” de los conflictos regionales: un escenario en el que actores locales en Yemen o Somalia instrumentalizan a las dos potencias del Golfo una contra la otra para obtener más armas y financiación. En 2026, la mayor amenaza para la paz regional en Oriente Medio podría no ser ya la vieja rivalidad entre Riad y Teherán, sino la competencia fría que se perfila entre Riad y Abu Dabi.
Aunque ambas capitales comparten una visión de futuro para la era posterior al petróleo, descubren que tienen ideas muy distintas sobre qué mapa regional conduce a ese objetivo. La manera en que gestionen esta rivalidad ya sea mediante una diplomacia silenciosa o manteniendo advertencias públicas de “líneas rojas” determinará en los próximos años la estabilidad de algunas de las rutas comerciales más críticas del mundo.
Fuente:https://www.middleeastmonitor.com/20260103-the-gulfs-cold-war-saudi-uae-rivalry-spills-into-africa/
