La Disolución De Las FDS y La Oportunidad De Salir Del Trauma

La era de las fuerzas delegadas ha terminado, y el periodo de los Estados como poderes principales ha comenzado de manera contundente. En Siria, las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), concebidas desde el primer día como una estructura insostenible, fueron disueltas por la voluntad que las fundó. Tras la desaparición de la base “global y regional” de las FDS, una amenaza para Türkiye ha llegado a su fin.
febrero 8, 2026
image_print

En Siria, las FDS (Fuerzas Democráticas Sirias), “diseñadas” desde el primer día como una estructura insostenible, fueron disueltas por la voluntad fundacional que las había constituido. No se trataba de un desenlace inesperado. El espíritu de la época indica que el ciclo de las fuerzas proxy en la región se ha agotado. Al fin y al cabo, los llamados “actores no estatales” (non-state actors) emergieron allí donde el Estado, por alguna razón, no estaba presente o no quería implicarse de forma directa (non-acting state). Hoy, las tensiones avanzan de manera más frontal: directa, convencional y asumiendo el riesgo de la guerra. En un escenario así, las organizaciones y fuerzas usadas por delegación en el pasado se vuelven cada vez más irrelevantes. La era de la delegación ha terminado; la etapa en la que los Estados actúan como fuerzas principales ha comenzado con dureza.

Tras el 11 de septiembre, la tendencia a reducir la geopolítica global y regional a la “lucha contra el terrorismo” convirtió a DAESH en un enemigo funcional para todos los actores. Al hacer de DAESH su única razón de existencia y de legitimidad, las FDS produjeron también, de facto, una “fecha de caducidad”. Esa fecha llegó el 8 de diciembre. Durante un año, rechazaron sin merecerlo las invitaciones a incorporarse a la “revolución” en Siria y, además, no asumieron la responsabilidad política de convertirse en socios del nuevo gobierno de Damasco. El resultado fue una disolución tardía, brusca y poco elegante. El motor principal que dio vida a las FDS fue global. Tras el cambio radical de ese suelo, el asunto se replegó hacia lo local y, quizá, hacia un problema de alcance nacional dentro de Siria. Si el acuerdo firmado tras la disolución no se implementa o si, con el tiempo, surgen fricciones naturales entre el mundo organizativo y Damasco, las crisis que aparezcan tenderán a mantenerse en gran medida en el plano local o, en ocasiones, nacional.

Con la desaparición del “suelo global y regional” de las FDS, desde la perspectiva de Türkiye una amenaza llegó a su fin. Para Ankara, el problema se leyó como un asunto de seguridad por la presencia del PKK; pero las FDS en sí mismas nunca fueron una amenaza de seguridad verdaderamente seria. Es decir, el origen del peligro que los actores del eje del PKK repetían con frecuencia no residía en la capacidad militar de las FDS. Quienes conocían mínimamente el terreno sabían bien la naturaleza y el alcance real de esa fuerza; y esa realidad quedó expuesta en el primer episodio de tensión militar auténticamente significativo. El punto central era otro: el riesgo que actores regionales y globales podían generar apoyándose en el “ancla” de las FDS. Hasta hace apenas unas semanas, desde la presencia aunque limitada de Rusia en la zona controlada por las FDS, pasando por los vínculos provocadores de Israel, hasta el interés de ciertos Estados europeos y los movimientos especulativos de Washington del año anterior, el área era percibida como un espacio “invertible”, virgen, para maniobras geopolíticas. No era realista esperar que Türkiye dejara su línea fronteriza más extensa al arbitrio de una estructura que ofrecía, en la práctica, un servicio de “tiempo compartido” a todo tipo de actores.

Ahora que esas dinámicas internacionales se han evaporado, es razonable que el enfoque oficial y populista utilizado durante años en Türkiye se aleje del tono maximalista, en beneficio de los intereses de Ankara. El lenguaje que el presidente Erdoğan planteó tras la descomposición de las FDS apunta a que Ankara puede mostrar ese pragmatismo. Con todo, también es evidente la presencia de un discurso y un ánimo de “victoria” exagerados, casi como un eco traumático comparable al de la propia organización. Hace falta ver con claridad que perseguir al ladrón hasta su casa no aportará ventajas a Türkiye; más bien, puede chocar con el nuevo proceso iniciado para desarmar al PKK. De hecho, el núcleo de ese proceso consiste en abandonar el maximalismo de “eliminar” al PKK tras casi medio siglo y pasar a una estrategia de desarme, abriendo una puerta histórica para tratar los problemas dentro del espacio político. Una postura madura exige, al menos después de tantos años, comprender que la guerra no es el fin de la política, sino un instrumento.

La racionalización del YPG lo que queda de las FDS y la garantía de que los kurdos no resulten perjudicados en futuras tensiones con Damasco dependen, en última instancia, de construir una relación muy saludable entre Türkiye y los kurdos sirios. Exagerar al PKK incluso más de lo que lo hace el propio PKK, y reducir una potencia del tamaño de Türkiye a un lenguaje obsesivo centrado únicamente en “combatir a una organización”, no puede tener otro resultado que agrandar un ciclo estéril que lleva años produciendo costos. Una organización puede ser hostil a Türkiye, pero no es “el enemigo” de Türkiye; como mucho, es un problema. Desde los años 80, una de las fuentes de justificación del orden tutelar que hizo perder décadas al país fue precisamente el uso de un enemigo “cómodo” como el PKK. Si hoy aún existen problemas sin resolver algunos ya gangrenados, es porque esa “excusa útil” se agrandó hasta oscurecer el horizonte entero de Türkiye. El proceso actual, en esencia, es el esfuerzo de reducir al PKK de enemigo a problema y afrontarlo con valentía. Además, cualquiera que tome en serio el peso específico de Ankara en Damasco debe recordar que el acuerdo posterior a la disolución de las FDS se firmó con el YPG. Pueden surgir dificultades en la implementación, sí; pero lo decisivo es que hoy existe un terreno mucho más manejable para resolver problemas que el que existía ayer.

En este marco, la retórica política y el enfoque geopolítico en Türkiye si así lo desean pueden gestionar con relativa facilidad la realidad de facto que queda tras las FDS, los campos problemáticos y la fractura social producida por más de una década de propaganda intensa, tanto en Türkiye como en Siria. Además, el instrumento político ya está a mano: el proceso en curso. Porque cada nueva “línea roja” trazada desde Siria no solo complicará el proceso, sino que encerrará a quienes la dibujen en sus propios callejones sin salida. Para ver los resultados amargos de ese enfoque basta mirar la experiencia del “mundo organizativo” con la historia de las FDS.

A medida que la historia de las FDS perdió su camuflaje y se transformó en YPG, en manos del lenguaje construido por el universo del PKK emergió rápidamente un estado de herida narcisista. El fin de un “privilegio” temporal y condicionado insostenible e indefendible en términos morales, políticos, militares y geopolíticos es transformado en un trauma de “despojado-despojador”. En vez de racionalizar el fin de la anomalía, lo convierten en una herida existencial de humillación y devaluación. Evaporan el límite entre el “ojalá” y lo real, y se refugian en una retórica de “ruptura emocional”, abrazando la negación colectiva y la percepción selectiva. Si tomamos prestado a Lacan: frente al derrumbe del “orden simbólico” que construyeron, reaccionan con una ira desproporcionada incluso mayor que la reacción que tendría alguien que realmente perdiera algo legítimamente suyo, pese a que aquello no era una posesión real. Dejan a los demás la carga de “convencerlos” de que no perdieron lo que nunca tuvieron. Y lo más grave: intentan anular, con las “pérdidas” de la organización, el hecho de que algunos de los derechos humanos fundamentales que los kurdos anhelaban desde hace años en Türkiye se hayan convertido con rapidez en logros concretos en Siria.

La Crisis Del Mundo Del PKK

Romper el círculo vicioso descrito en el mundo del PKK parece extremadamente difícil. Además, ese mundo no está compuesto únicamente por actores armados; con los años se ha formado toda una “industria”. El capital principal de esta industria se nutre del déficit democrático en Türkiye y del financiamiento político externo. Uno de sus pilares está formado por sectores no kurdos que carecen del valor, la lucidez y la responsabilidad moral para enfrentar directamente los problemas de democratización en Türkiye, y que prefieren atajos que les permiten preservar su existencia política. A veces canalizan todos sus ajustes históricos a través de los kurdos; otras, dependen de un escenario en el que la cuestión kurda o el PKK existan para no perder relevancia. Otro pilar lo sostienen actores que ven a los kurdos y a la cuestión kurda como una palanca o catalizador en sus cálculos geopolíticos sobre Oriente Medio. Y, en el centro de ese universo, se encuentra un PKK convertido en una estructura militarizada, atrapado en un lenguaje propio incomprensible para los demás, perdido en contradicciones, en una teología política y en un mundo de significados confusos.

El estado en que este “complejo PKK-industrial” ha caído tras el trauma de las FDS recuerda a una instrumentalización política de la acusación una retórica que tilda de “anti-kurdo” a cualquiera que intente hablar con sensatez, mencionar hechos materiales o realizar análisis realistas, utilizando a los kurdos como escudo. Convertir la identidad kurda en munición política durante décadas no ha producido suficientes costos ni siquiera después de que el mayor precio lo hayan pagado los propios kurdos, y aun así ese universo continúa atrapado en laberintos de teorías conspirativas, interpretaciones y narrativas desconectadas de la realidad. No resulta sorprendente que quienes durante años ignoraron las humillaciones sufridas por los kurdos bajo el régimen baasista en Siria hoy no reaccionen de manera sincera o saludable ante los kurdos. Sin embargo, lo que sí sorprende es que actores que pretenden mantenerse en la escena política, frente a cada desarrollo, regresen a una postura de repliegue y se conviertan en simples consumidores del discurso organizativo. Tras décadas, la incapacidad persistente de superar ese marco revela una crisis profunda.

Por ello, durante más de diez años, mientras Siria vivía una de las mayores tragedias humanas del siglo XXI, quienes no miraron siquiera una vez hacia esa catástrofe ni criticaron al régimen baasista, ni denunciaron las matanzas, ni hablaron de genocidio, limpieza étnica o crímenes hoy no logran suscitar la atención que esperan con sus actuales heridas narcisistas. Que aquellos que intentaron extraer de la tragedia siria proyectos de autogobierno, cantones o autonomía no hayan mostrado el mismo esfuerzo tras la disolución de las FDS vuelve el panorama aún más trágico. A pesar de controlar durante años recursos económicos que no les pertenecían, no priorizaron ni siquiera los servicios básicos para la población, optando en cambio por inversiones irracionales que trasladaban la lógica de la montaña a la ciudad.

La Necesidad De Salir Del Costo Producido Por La Lógica Del PKK

Puede entenderse, en cierto grado, la desesperación y las utopías de quienes orbitan alrededor de la organización, así como de quienes, por diversas razones, forman parte de esa “industria”. Sin embargo, resulta difícil comprender que sectores kurdos considerados sensatos caigan de un análisis racional a una “fractura emocional”, pese a conocer bien la naturaleza del mundo organizativo. Aun frente al colapso posterior a las FDS, persisten numerosas dudas sobre cómo la organización podría sostener el nuevo acuerdo firmado y ya quebrado en repetidas ocasiones. Si se formula una pregunta retrospectiva: ¿qué tipo de orden habría existido en el norte de Siria en 2035 si el régimen baasista no hubiera caído y el statu quo de las FDS hubiera continuado una década más bajo supervisión estadounidense? Probablemente, por un lado, prisiones de DAESH denunciadas por organismos internacionales; por otro, regiones convertidas en espacios cerrados. Más allá de su lógica organizativa, el PKK no ha ofrecido a los kurdos un proyecto realista, coherente con el mundo de hoy. Aun conociendo estas realidades, se evita el enfrentamiento con ellas, refugiándose en narrativas sobre déficits democráticos y agravios históricos.

Este problema ha alcanzado tal nivel que ni siquiera se menciona el carácter transformador de los avances en derechos fundamentales para los kurdos en Siria. Algo similar puede observarse retrospectivamente al mirar episodios como los “eventos de las trincheras”: evitar cuestionar decisiones erráticas, convertir resultados inevitables en narrativas políticas y reciclar el sufrimiento como capital discursivo. El presente muestra ecos de aquel pasado.

Más allá de estas dinámicas traumáticas, el mundo atraviesa hoy una profunda ruptura geopolítica y económica. En medio de cambios tectónicos de tal magnitud, es necesario que una mentalidad que construye universos imaginarios a partir de problemas menores recupere la serenidad. Se espera, al menos, una postura más madura que la de quienes, atrapados en el mundo del PKK, permanecen en un espacio ficticio. El desarme del PKK no puede gestionarse únicamente en el ámbito militar; también requiere una política democrática y madura que conduzca la desmilitarización en el plano civil. Para ello, es necesario abandonar la identificación casi existencial con el mundo del PKK y liberarse de la idea de que la cercanía a ese universo define la legitimidad política.

Durante años, las utopías geopolíticas construidas sobre la desesperación de un pueblo empobrecido y atrapado en la guerra han agotado a todos. La realidad se ha impuesto: las proyecciones basadas en un poder inexistente se han revelado vacías. El trauma de perder algo que nunca se tuvo no ofrece salida; no puede haber duelo real ni normalización tras una pérdida ficticia. La única vía es salir del callejón sin salida. El acuerdo firmado anteriormente en varias ocasiones por las FDS y nuevamente por el YPG el 30 de enero podría abrir una puerta a la normalización. Las manifestaciones de apoyo tras acuerdos anteriores muestran el profundo cansancio social acumulado en Siria. No debe perderse nuevamente la oportunidad de normalización bajo narrativas forzadas de colapso emocional o pérdida existencial.

El PKK no es una organización capaz de gobernar un orden político, gestionar un sistema o cooperar con diversos actores. Ni siquiera logró desde el inicio una convivencia con otros movimientos políticos kurdos, eliminándolos en muchos casos por la fuerza. En su propio universo, vive dentro de una identidad y una utopía política que reproduce constantemente. Por ello, el acuerdo del 30 de enero puede no significar mucho para la organización. Incluso antes de secarse las firmas, comenzó a reinterpretarlo dentro de su narrativa, pudiendo transformarlo rápidamente en una nueva teoría conspirativa. La incapacidad de comprender los cambios regionales y el papel de Ankara revela la limitada visión estratégica del mundo organizativo.

La Necesidad De Pasar A Un Lenguaje Racional

Para los kurdos de Siria, el camino más beneficioso consiste en construir un marco político maduro que supervise la implementación del decreto emitido en enero y garantice que los logros obtenidos queden asegurados a nivel constitucional. Salir de la difícil posición en la que el PKK situó a los kurdos en Siria colocándolos frente a identidades árabes y, en cierta medida, islámicas, y asociándolos a dinámicas externas tomará tiempo. Hoy no se vislumbra en el escenario una inteligencia política capaz de gestionar plenamente estas tensiones de normalización. En lugar de reforzar un lenguaje de ruptura emocional que aleja de la realpolitik, es momento de invertir en la construcción de un lenguaje político racional, aunque exigente. A medida que el peso del PKK disminuya en la región, este lenguaje racional podrá desarrollarse con mayor facilidad.

Por otro lado, la forma de volver a centrarse en el proceso en curso dentro de Türkiye pasa por mantener cierta distancia respecto a la agenda siria. Esta distancia no significa indiferencia, sino preservar una prudente separación política. Quienes desperdiciaron el mayor apoyo político de su historia en el “abismo de las trincheras” de 2015 deben reflexionar nuevamente. Dentro de la dinámica electoral presidencial, que hoy se presenta como una ventana de oportunidad, se ha entrado en una senda difícilmente reversible. En un contexto en el que las condiciones globales y regionales generan una presión y unas oportunidades sin precedentes para obtener resultados por vías distintas, una interrupción del proceso abriría incertidumbres más complejas y retrasaría aún más el camino de la democratización.

Esta situación también impone responsabilidades tanto a la Alianza gobernante como a la oposición que apoya el proceso. La narrativa simbólica sobre las FDS en Siria, construida durante años, ha llegado a su fin con su disolución. Aunque las FDS ya no existan, el potencial del PKK para generar crisis y ampliar conflictos debe gestionarse con un lenguaje más minimalista. Décadas persiguiendo al “último terrorista” no han producido beneficios estratégicos, políticos ni sociales para Türkiye; al contrario, han profundizado el problema. El reconocimiento de esta realidad por parte de diversos actores políticos y la búsqueda de una vía de moderación han contribuido significativamente a mantener el proceso en curso. Más importante aún, se ha demostrado que muchas de las narrativas especulativas producidas por el PKK en torno al proceso carecían de fundamento real.

En última instancia, el marco que el presidente Erdoğan ha planteado a lo largo del proceso especialmente tras la reciente crisis de las FDS constituye una base posible para la solución. Un factor clave para maximizar los intereses geopolíticos, de seguridad y económicos de Türkiye es la preservación de la paz interna y la estabilidad en Siria. Una relación política madura basada en esta realidad puede ofrecer oportunidades de beneficio mutuo para todos los actores que no busquen sabotear el rumbo común. En medio de condiciones tan favorables, convertir esta coyuntura en una realidad concreta se ha convertido en una responsabilidad histórica de la política: una deuda con la esperanza.

Taha Özhan

Taha Özhan es director de investigación en el Instituto de Ankara. Entre 2019 y 2020, trabajó como académico invitado en la Universidad de Oxford. Durante los años 2014-2016, ocupó el cargo de asesor principal del Primer Ministro, además de ser diputado en las 25ª y 26ª legislaturas, y presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Gran Asamblea Nacional de Turquía. En 2005, fue uno de los directores fundadores de SETA, donde presidió la institución entre 2009 y 2014. Özhan, que obtuvo su doctorado en Ciencias Políticas, es autor del libro Turkey and the Crisis of Sykes-Picot Order (Türkiye y la Crisis del Orden Sykes-Picot).
Correo electrónico: [email protected]

Deja una respuesta

Your email address will not be published.