La Destrucción Del Espacio y De La Memoria Por El Sionismo: La Liquidación De Un Barrio Waqf En Jerusalén

El Barrio de los Magrebíes no es un episodio relegado al pasado; sigue siendo, aún hoy, un ejemplo temprano y contundente de la política sionista en curso. Este proceso, articulado en torno a la eliminación de un barrio waqf, demuestra que el espacio no se concibe únicamente como un ámbito físico, sino también como un instrumento de poder directamente vinculado con la historia, el derecho y la memoria colectiva. Por ello, la desaparición del Barrio de los Magrebíes continúa siendo un caso clave para comprender la lógica de las intervenciones espaciales llevadas a cabo en Jerusalén y en Palestina en su conjunto.
enero 18, 2026
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Jerusalén, a lo largo de la historia, ha estado bajo el dominio de distintas soberanías políticas y ha sido una de las ciudades donde comunidades pertenecientes a las religiones monoteístas han convivido, permitiendo observar con claridad la relación entre espacio, poder y teología. Por ello, las transformaciones que se producen en Jerusalén no deben entenderse únicamente como cambios arquitectónicos o demográficos, sino también como intervenciones políticas que reconfiguran la escritura de la historia, la memoria colectiva y las reivindicaciones de soberanía. En este marco, la destrucción del Barrio de los Magrebíes (Meghâribe), situado junto al Haram al-Sharif, constituye un ejemplo significativo para comprender las políticas de ocupación sistemáticas y simbólicas llevadas a cabo en Palestina, tanto en el pasado como en el presente.

El Barrio de los Magrebíes se encontraba dentro de los límites de la Ciudad Vieja de Jerusalén, en una ubicación contigua a la fachada occidental de la Mezquita de Al-Aqsa. Esta zona, adyacente al Muro Occidental, abarcaba una superficie aproximada de 45.000 metros cuadrados y constituía una parte relevante de la Ciudad Vieja. Cuando Saladino recuperó Jerusalén de manos de los cruzados en 1187, combatientes musulmanes procedentes de la región del Magreb que hoy comprende Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y parcialmente Mauritania desempeñaron un papel importante tanto en las campañas terrestres como en las navales, así como en el ámbito logístico. Tras la conquista, Saladino asentó a estos musulmanes magrebíes en un barrio específico que les fue asignado dentro de las murallas de Jerusalén. Por esta razón, la zona pasó a ser conocida como el “Barrio de los Magrebíes” o “Harat al-Maghariba”.

Aunque se señala que los orígenes históricos del barrio se remontan al período fatimí, el estatuto jurídico e institucional del Barrio de los Magrebíes quedó definitivamente establecido en 1193 mediante las iniciativas adoptadas por al-Malik al-Afdal, hijo de Saladino. Al-Malik al-Afdal amplió las tierras en favor de los musulmanes magrebíes y las consagró como waqf, registrando oficialmente estas dotaciones en los archivos de los tribunales de la sharía de Jerusalén. De este modo, el barrio adquirió formalmente el estatus de waqf, quedando integrado en un marco jurídico inviolable e inalienable, lo que permitió a los habitantes del Barrio de los Magrebíes mantener una presencia permanente en la ciudad. En esta zona se encontraban las madrasas Efdaliyya y Fahriyya, representativas de la escuela malikí, así como la Mezquita de los Magrebíes. Además, el hecho de que el barrio estuviera situado junto al Muro de al-Burāq, considerado el lugar donde el profeta Muhammad (la paz sea con él) ató su montura durante el viaje del Mi‘rāŷ, otorgó al Barrio de los Magrebíes una posición singular en la memoria histórica y espacial de Jerusalén. En este sentido, el barrio se definía tanto por la protección jurídica derivada de su condición de waqf como por el significado simbólico de su proximidad a un lugar sagrado.

El estatus de waqf hacía jurídicamente inválida la venta, transferencia o transformación forzosa del Barrio de los Magrebíes. A lo largo de los siglos, sus habitantes se integraron plenamente en la vida económica y social de Jerusalén, contribuyendo de manera significativa a la continuidad urbana mediante la artesanía, el comercio, los servicios públicos y las actividades educativas. Las madrasas, mezquitas y diversas estructuras sociales convirtieron al Barrio de los Magrebíes en una parte inseparable del tejido urbano vivo de Jerusalén. Sin embargo, desde comienzos del siglo XX esta estructura empezó a enfrentarse a presiones crecientes, especialmente durante el período del Mandato Británico. La intensificación de las reivindicaciones de grupos judíos en torno al Muro Occidental convirtió al Barrio de los Magrebíes en un objetivo directo. Los disturbios del Muro Occidental de 1929 fueron una manifestación explícita de esta tensión espacial. Pese a ello, el barrio logró preservar su existencia hasta la proclamación del “Estado” sionista en 1948 y la división de facto de Jerusalén.

La ruptura decisiva se produjo tras la Guerra árabe-israelí de junio de 1967. Después de la ocupación de Jerusalén Oriental por parte de Israel, el Barrio de los Magrebíes fue atacado directamente, a pesar de su condición de waqf. Inmediatamente después de la ocupación, sin que se siguiera procedimiento jurídico alguno, la población fue desalojada por la fuerza y, en el transcurso de un solo día, las 138 edificaciones del barrio fueron completamente demolidas. Mezquitas, madrasas, viviendas y comercios fueron arrasados con excavadoras, y cientos de familias fueron desplazadas forzosamente. Esta intervención no puede explicarse por razones de seguridad ni por necesidades militares, sino que constituyó una práctica de ocupación deliberada y planificada con antelación.

Aproximadamente ocho siglos de patrimonio islámico fueron eliminados por la ocupación sionista y el área fue reorganizada bajo el nombre de “Plaza del Muro Occidental / Muro de las Lamentaciones” (Western Wall Plaza). Esta plaza se amplió y transformó en un espacio público destinado a los rituales judíos y a ceremonias oficiales. De este modo, la existencia del Barrio de los Magrebíes fue invisibilizada no solo en términos espaciales, sino también a nivel histórico y social. Este proceso debe entenderse como parte de una política más amplia aplicada por el Israel ocupante en Jerusalén y en Palestina en general: una política orientada a la eliminación sistemática de los espacios que representan la presencia musulmana y palestina, y a la instauración de nuevas reivindicaciones espaciales mediante reconfiguraciones simbólicas y demográficas. En efecto, esta transformación no se limitó a la destrucción de un asentamiento del pasado, sino que se convirtió en una intervención destinada a reescribir de manera unilateral la continuidad histórica de Jerusalén y a borrar sistemáticamente la memoria colectiva.

En la actualidad, estas intervenciones que continúan ignorando los registros de waqf, las normas del derecho internacional y los derechos de propiedad privada junto con la construcción de nuevos asentamientos ilegales por parte del Israel ocupante, ponen de manifiesto de forma inequívoca que el urbanismo sigue utilizándose como una herramienta política para destruir la arquitectura, el tejido social y la identidad de las ciudades. Hoy, lo que queda del Barrio de los Magrebíes son apenas unas pocas familias musulmanas que continúan viviendo en un área donde las huellas físicas del barrio han sido en gran medida borradas y donde la población judía es mayoritaria. Estas familias, pese a las ofertas de elevadas sumas de dinero para abandonar sus hogares, así como a las amenazas y presiones constantes, se niegan a marcharse. Aisha Masluhi, de origen magrebí, con la bandera de Marruecos ondeando en el tejado de su casa, y las pocas familias que siguen viviendo en la Zawiya de los Magrebíes, representan tanto a este barrio destruido como a sus habitantes desplazados por la fuerza.

La historia del Barrio de los Magrebíes no puede analizarse al margen del carácter estructural y persistente de la relación entre espacio, poder y memoria en Jerusalén. Las políticas de transformación espacial del sionismo se basan en una estrategia consciente que busca privilegiar una determinada narrativa histórica y memoria social mientras elimina sistemáticamente otras. En este marco, cada demolición y cada desplazamiento forzoso han formado parte de una política más amplia destinada a moldear el futuro de Palestina, con Jerusalén como eje central. Los métodos aplicados durante la liquidación del Barrio de los Magrebíes en los primeros años de la ocupación sionista la suspensión de estatutos jurídicos, la destrucción física y la renominación de los espacios sentaron las bases de intervenciones posteriores tanto en Jerusalén como en el conjunto de Palestina.

En el contexto de la intervención espacial y la destrucción de la memoria por parte del sionismo, las prácticas que Israel lleva a cabo hoy en Jerusalén Oriental ocupada y en Cisjordania pueden observarse claramente a través de ejemplos concretos y reiterados. Los procesos de desalojo en barrios palestinos, las demoliciones de viviendas, los regímenes de licencias que hacen prácticamente imposible la construcción, y la expansión de asentamientos ilegales contrarios al derecho internacional, apuntan a una ocupación planificada que no puede explicarse por razones de seguridad ni de urbanismo. Estas intervenciones no solo buscan transformar la estructura demográfica, sino también erosionar la memoria espacial que encarna las relaciones vecinales palestinas, las prácticas de la vida cotidiana y las redes de solidaridad mutua, con el objetivo último de borrar todo rastro de la presencia palestina y musulmana, como si nunca hubieran habitado estas tierras. De hecho, hoy en Jerusalén la administración de ocupación no concede a los palestinos ningún permiso para reparar o restaurar sus viviendas y comercios, y confisca edificaciones alegando la protección del patrimonio histórico. Así, el régimen de ocupación pretende hacer la ciudad inhabitable para los habitantes de Jerusalén que se resisten a vender sus propiedades, forzándolos a abandonar sus hogares. Los residentes se ven ante una alternativa cruel: esperar a que sus casas se deterioren lentamente hasta derrumbarse sobre ellos, o desalojarlas para presenciar su ocupación.

Asimismo, en el barrio de Sheikh Jarrah, las familias palestinas se enfrentan a procesos de desalojo basados en reclamaciones de propiedad que se remontan a la década de 1950; paralelamente, en la misma zona, organizaciones de colonos judíos, con respaldo estatal, se apropian de viviendas pertenecientes a palestinos. En Silwan, especialmente en el barrio de al-Bustan, cientos de viviendas palestinas se encuentran bajo amenaza de demolición con el pretexto de proyectos de “parque arqueológico” y “espacio público”; dichos proyectos persiguen, en la práctica, despejar la zona de sus habitantes palestinos para asentar en su lugar a población colona judía ilegal. En Wadi al-Joz y sus alrededores, la designación de áreas industriales y residenciales como “zona de alta tecnología” ha provocado el cierre de talleres y comercios palestinos, así como la liquidación de sus actividades económicas.

Los asentamientos que rodean Jerusalén Oriental considerados ilegales según el derecho internacional no solo fragmentan la integridad geográfica de la ciudad, sino que también configuran un cinturón de cerco que separa entre sí a los barrios palestinos. Si se consideran conjuntamente las demoliciones de viviendas, la imposibilidad práctica de construir mediante la denegación sistemática de permisos y la rápida expansión de los asentamientos, el panorama resultante revela de forma inequívoca una práctica de ocupación sistemática y planificada que no puede explicarse por motivos de seguridad ni de urbanismo.

En este marco, el Barrio de los Magrebíes no constituye un episodio del pasado, sino un ejemplo temprano y contundente de una política sionista que continúa vigente. Este proceso, articulado en torno a la liquidación de un barrio waqf, demuestra que el espacio se concibe no solo como un ámbito físico, sino también como un instrumento de poder directamente vinculado con la historia, el derecho y la memoria colectiva. Por ello, la eliminación del Barrio de los Magrebíes sigue siendo un caso clave para comprender la lógica de las intervenciones espaciales llevadas a cabo en Jerusalén y en Palestina en su conjunto. Este ejemplo pone de manifiesto que el objetivo último de las políticas espaciales sionistas no es únicamente la apropiación territorial, sino la ruptura del vínculo con el pasado, la destrucción de civilizaciones y culturas, y la consolidación de una nueva realidad política basada en la ocupación.

Fuentes seleccionadas sobre el Barrio de los Magrebíes:

– Abowd, Thomas (2000). “The Moroccan Quarter: A History of the Present”, Jerusalem Quarterly, n.º 7.

– Güneş, Hasan Hüseyin (2017). Kudüs Meğâribe Mahallesi, Publicaciones de la Dirección General de Fundaciones, Ankara.

– Eroğlu Memiş, Şerife (2017). “La gestión de los waqf del Barrio de los Magrebíes en Jerusalén en el siglo XVIII y el empleo de sus funcionarios”, Journal of Islamicjerusalem Studies, 17(1), pp. 37–69.

– İnce, Yusuf (2020). “Una evaluación sobre los waqf de los Magrebíes en Jerusalén”, Revista de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad de Bayburt, n.º 6, pp. 39–55.

– Arramín, Muhammad Buhays – al-Rifāʿī, Nasser Dawud (2008). “Los magrebíes y el Noble Muro de al-Burāq: hechos y falsedades (un estudio documental)”, Publicaciones del Archivo Nacional Palestino.

– al-Jaʿba, Nazmi (2019). El Barrio Judío y el Barrio de los Magrebíes en la Jerusalén Antigua: historia y destino entre la destrucción y la judaización, Instituto de Estudios Palestinos y Cooperación.

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